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Benjamin Wiker

El ateísmo de Wilson llegó a su fin mientras escribía su novela Winnie y Wolf, que relata el romance entre Adolf Hitler (Wolf) y Winifred Wagner (Winnie) la nuera del compositor Richard Wagner. Entonces reflexionaba: “Lo que puso punto final a mis aspiraciones de permanecer ateo fue el trabajo aquel de escribir un libro sobre la familia Wagner y la Alemania Nazi. Entonces me di cuenta lo profundamente incoherentes que eran las rabietas neo-darwinianas de Hitler y lo potente que resultó la oposición que generó entre los cristianos. Oposición que se no fue apagada con una clara respuesta intelectual, sino con sangre. Lea el libro de Dietrich Bonhoeffer, Etica y vea la clase de mundo enloquecido pueden llegar a crear los que creen que la ética es una construcción puramente humana. Piense en la serenidad de Bonhoeffer antes de que lo colgaran, a pesar de haber estado enamorado en ese momento y de saber que sacrificaba todas su esperanzas a la verdad evidente de sus ideales.” Hitler comenzó con la creencia darwiniana de que el progreso humano es el resultado de la puja entre las razas, en la que los superiores conquistan a los inferiores, y de eso hizo un culto dedicado a purificar a Alemania de los elementos raciales inferiores. Bonhoeffer se opuso a Hitler desde el principio, dando un discurso por radio solo dos días después de que Hitler fuera nombrado Canciller. Bonhoeffer fue colgado como un enemigo del régimen, pero murió seguro que ese no era su fin, sino el principio de su vida eterna. La fe y el coraje de Bonhoeffer inspiraron a todos, incluso a los guardias nazis y a los doctores presentes para su ejecución. Al descubrir semejante magnanimidad en Bonhoeffer y compararla con la brutalidad darwiniana de los nazis, el alma de A. N. Wilson se inclinó de vuelta hacia Dios.

Por muchos muchos años el eminente novelista y autor A.N. Wilson fue un ateo satisfecho de sí mismo, orgulloso de ser miembro de la intelligentzia, marchando a la par de Richard Dawkins y el americano expatriado Christopher Hitchens. Pero ya no es así. Andrew Norman Wilson ha regresado a casa.

Todavía puedo recordar el regusto amargo que me dejó en el alma la lectura de su biografía de C. S. Lewis. Llena de esa clase de meticuloso veneno que solo puede ser generado por alguien decidido a estropear golpe a golpe la figura espléndida de Lewis, llenándola de marcas e imperfecciones hasta que ya no se lo pueda reconocer. Me di cuenta que no estaba viendo una imagen de Lewis, sino que estaba echando una mirada a Wilson, el ateo y su mal disimulado desprecio por el gran apologista cristiano.

En retrospectiva, me atrevo a sugerir que lo que motivaba el odioso tratamiento que Wilson le daba a Lewis, era la frustración de saber que Lewis, quien lo superaba intelectualmente, pudiera desperdiciar sus talentos en algo que consideraba tan pueril y obviamente inferior: el cristianismo. Si Lewis era tan listo ¿por qué no podía ver a Dios como un fraude, tal como lo veía Wilson?

Wilson simplemente no podía entenderlo, y por eso, al escribir sobre Lewis, dió vuelta hasta la última arruga psicológica para encontrar evidencia de que ese gran intelecto había sido afectado por alguna falencia escondida en su alma, deformándo su naturaleza para empujarlo a la defensa del cristianismo.

Esta pasada Pascua me encontré al mismo señor Wilson en la iglesia entre los fieles, cantando alabanzas al Cristo resucitado; creyente una vez más, un hombre que vivió la embriagante experiencia de haber tirado por la borda toda creencia en Dios para desembarazarse de toda afirmación sobre el absoluto. Y que luego, gradualmente, humildemente reconoció cuán estrecho de miras y cuán “a la moda” había resultado su etapa anti-Dios. Recordando todo eso, Wilson se pregunta:

“¿Por qué yo, junto con tantos otros, me volví tan despreciativo de todo lo que fuera cristiano? Como la mayoría de los británicos y europeos educados (nací en 1950) crecí en una cultura que era sobresalientemente secular y antireligiosa. Las universidades, los locutores de radio y los medios en general no ignoraban meramente la religión, eran hostiles a ella. Me avergüenza decir que esto me hizo perder la fe y el corazón en mi juventud. Era tan poco popular ser religioso. Con mentalidad infantil sentía en mi interior que ser religioso no era sexy, que era algo como tener manchas en la piel o usar anteojos. Esta actitud pueril nació de la postura anticristiana que uno aprendía de los comediantes de segunda que aparecían en la televisión o la radio, con sus bromitas blasfemas. Eso es lo que hace creíble el fervor de los fanáticos anti-Dios como el escritor Christopher Hitchens y el geneticista Richard Dawkins, que piensan que todo el mal del mundo es causado por la religión.”

Lo que finalmente cambió el punto de vista de Wilson no fue algo dramático, no hubo una conversión repentina sino una lenta admisión de que el ateísmo es algo vacío. La vida es demasiado profunda, demasiado rica como para ser mero materialismo.

“Mi retorno a la fe no ha sorprendido a nadie tanto como a mí mismo. ¿El motivo? Quizás no es ni más ni menos que la autoestima que he ganado con los años.”

Datos

Benjamin Wiker doctor en Teología Etica de la Universidad de Vanderbilt, ha enseñado en Marquette University, St. Mary’s University Minnesota, Thomas Aquinas College California, y Franciscan University de Steubenville, Ohio. Vive con su esposa y sus siete hijos en Hopedale, Ohio.

Publicado originalmente en To the Source