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Vademécum de Apologética Católica

Hay quien afirma que los muertos están en un estado de «suspensión animada» mientras esperan el día de juicio. Otros, como los Testigos de Jehová , aseguran que el alma muere con el cuerpo y que la persona queda en la «memoria de Dios». Las Escrituras, en cambio, nos muestran que no hay tal consuelo para los que han obrado el mal durante sus vidas.

Lucas 20, 38 — Porque El no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para El.

Las mismas palabras de Jesús indican que los muertos están vivos y no en ningún otro estado.

Marcos 12, 26-27 — Y con respecto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído en el Libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, lo que Dios le dijo: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob?» El no es un Dios de muertos, sino de vivientes. Vosotros estáis en un grave error.

Jesús nos dice que los muertos están vivos en realidad y nos advierte de la gravedad de pensar lo contrario.

Isaías 14, 9-10 — Abajo, se estremeció el Abismo al anuncio de tu llegada; por ti, él despierta a las sombras, a los potentados de la tierra; hace levantar de sus tronos a todos los reyes de las naciones. Todos ellos hablan a coro y te dicen: «¡Tú también has perdido las fuerzas como nosotros, te has vuelto igual que nosotros!»

Aquí se describe la escena en la que los espíritus en el más allá reciben a los recién llegados. Nótese que los espíritus de los muertos pueden responder. No se han disuelto ni están dormidos.

Apocalipsis 14, 9-11 — Un tercer ángel lo siguió, diciendo con voz potente: «El que adore a la Bestia o a su imagen y reciba su marca sobre la frente o en la mano, tendrá que beber el vino de la indignación de Dios, que se ha derramado puro en la copa de su ira y será atormentado con fuego y azufre, delante de los santos ángeles y delante del Cordero. El humo de su tormento se eleva por los siglos de los siglos y aquellos que adoran a la bestia y a su imagen y reciben la marca de su nombre, no tendrán reposo ni de día ni de noche».

Si el «humo del fuego» que atormenta a los condenados dura «para siempre jamás» ¿cómo puede ser que su tormento no dure eternamente?

Hebreos 12, 1 — Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la Cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios.

El autor de Hebreos se refiere a las almas ejemplares en la fe que vivieron en los tiempos del Antiguo Testamento. Estas almas no están muertas sino que viven en el espíritu.

2 Pedro 2, 17 — Los que obran así son fuentes sin agua, nubes arrastradas por el huracán, a ellos les está reservada la densidad de las tinieblas.

Filipenses 1, 23 — Me siento urgido de ambas partes: deseo irme para estar con Cristo, porque es mucho mejor.

San Pablo no dice que desea dejar esta vida para dormir hasta el fin del tiempo.

Sabiduría 1, 16-23 — Pero los impíos llaman a la muerte con gestos y palabras: teniéndola por amiga, se desviven por ella y han hecho con ella un pacto, porque son dignos de pertenecerle. Ellos se dicen entre sí, razonando equivocadamente: «Breve y triste es nuestra vida, no hay remedio cuando el hombre llega a su fin ni se sabe de nadie que haya vuelto del abismo. Hemos nacido por obra del azar y después será como si no hubiéramos existido. Nuestra respiración no es más que humo y el pensamiento, una chispa que brota de los latidos del corazón; cuando esta se extinga, el cuerpo se reducirá a ceniza y el aliento se dispersará como una ráfaga de viento».

La idea de que el espíritu de los muertos se disuelve sin que éstos entren en la vida eterna, viene de tiempos ancestrales. Las Escrituras contradicen abiertamente dicho error.

Ezequiel 32, 18-20 — Hijo de hombre, entona un canto fúnebre sobre la multitud de Egipto y húndela, a ella y a las capitales de las naciones más ilustres, en las regiones más profundas, con los que bajan a la fosa. ¿Eres tú más privilegiado que otros? ¡Baja y acuéstate con los incircuncisos! Ellos caerán entre las víctimas de la espada. Una espada está dispuesta: ¡arrastrad a Egipto y a toda su multitud!

Estos que otrora fueran poderosos guerreros y ahora están muertos pueden, sin embargo, hablar. No están disueltos ni dormidos.

Mateo 25, 46 — Estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna.

Las penas del infierno son eternas.

Lucas 16, 19-31 — Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico y hasta los perros iban a lamer sus llagas. El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vió de lejos a Abraham y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: «Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan». «Hijo mío», respondió Abraham, «recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo y tú, el tormento. Además, entre vosotros y nosotros se abre un gran abismo. De manera que aquellos que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí». El rico contestó: «Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento». Abraham respondió: «Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen». «No, padre Abraham», insistió el rico, «pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán». Abraham respondió: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán.»

En la parábola de Lázaro el mendigo, el hombre rico está consciente de sí mismo, de su situación y la situación de sus hermanos que están aún vivos en la tierra. El hombre rico está bien espabilado. Admitimos que ésta es solamente una parábola. Sin embargo, al enseñar temas tan importantes como el egoísmo, la soberbia y las limosnas; no podemos creer que Jesús nos diera una falsa impresión de la vida después de la muerte.

Lucas 9, 30-31 — Y dos hombres conversaban con él, eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.

Moisés y Elías aparecen durante la Transfiguración de Jesús. No están dormidos ni disueltos de manera alguna.

Marcos 9, 4 — Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Marcos, como Lucas, relata la misma aparición de Moisés y Elías. Ambos están vivos y conscientes.

Mateo 25, 41-43 — Luego dirá a los de la izquierda: «Alejaos de mí, malditos, id al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre y vosotros no me dísteis de comer, tuve sed y no me dísteis de beber, estaba de paso y no me alojásteis, desnudo y no me cubrísteis, enfermo y preso y no me visitásteis».

Es difícil de justificar que el fuego sea eterno si es que no hay almas malvadas que lo sufran.

Marcos 9, 47-48 — Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos a la Gehena, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

El mismo Jesús nos enseña que la condenación de las almas es eterna. El se está refiriendo aquí a Isaías 66, 24 que citamos a continuación.

Isaías 66, 24 — Y al salir, se verán los despojos de los hombres que se han rebelado contra mí, porque su gusano no morirá, su fuego no se extinguirá y serán algo horrible para todos los vivientes.

Este texto nos lleva a hacernos la pregunta: Si el tormento del alma es eterno, ¿Cómo se puede afirmar que el alma misma muere o tan siquiera duerme?

Apocalipsis 5, 8 — Cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero. Cada uno tenía un arpa y copas de oro llenas de perfume, que son las oraciones de los santos.

Los fieles difuntos llevan las peticiones de los vivos ante el trono de Dios. Vea la sección dedicada a Comunión de los Santos en este mismo libro.

Deuteronomio 18, 10-12 — Que no haya entre vosotros nadie que inmole en el fuego a su hijo o a su hija, ni practique la adivinación, la astrología, la magia o la hechicería. Tampoco habrá ningún encantador, ni consultor de espectros o de espíritus, ni evocador de muertos. Porque todo el que practica estas cosas es abominable al Señor, tu Dios y por causa de estas abominaciones, El desposeerá a esos pueblos delante de ti.

Si, como algunos afirman, los espíritus no están conscientes, alertas y no son capaces de recibir consultas, ¿por qué existe la prohibición de consultarlos?

Eclesiastés 12, 7 — […] antes que el polvo vuelva a la tierra, como lo que es y el aliento vuelva a Dios, porque es El quien lo dio.

En otras palabras nuestro aliento de vida no se disipa cuando nuestros cuerpos mueren. Nuestro espíritu retorna a Dios.

1 Samuel 28, 12-19 — Mañana, tú y tus hijos estaréis conmigo y también al ejército de Israel el Señor lo entregará en manos de los filisteos.

Después de la muerte de Samuel, el espíritu del profeta se le aparece a Saúl y le avisa de su inminente derrota. Así que debemos concluir que Samuel no está en estado de animación suspendida sino alerta, consciente y capaz de alternar con los seres humanos. La exactitud de esa profecía—dada por Samuel desde el más allá—descarta la posibilidad de que esta visión sea de origen demoníaco.

Hebreos 12, 22-23 — Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad de Dios vivo, la Jerusalén celestial y a miríadas de ángeles, reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos y a Dios, juez universal y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación y a Jesús, mediador de una Nueva Alianza y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel. Guardaos de rechazar al que os habla; pues si los que rechazaron al que promulgaba los oráculos desde la tierra no escaparon al castigo, mucho menos nosotros, si volvemos la espalda al que nos habla desde el cielo.

2 Macabeos 12, 42-45 — E hicieron rogativas pidiendo que el pecado cometido quedara completamente borrado. El noble Judas exhortó a la multitud a que se abstuvieran del pecado, ya que ellos habían visto con sus propios ojos lo que había sucedido a los caídos en el combate a causa de su pecado. Y después de haber recolectado entre sus hombres unos dos mil dracmas, los envió a Jerusalén para que se ofreciera un sacrificio por el pecado. El realizó este hermoso y noble gesto con el pensamiento puesto en la resurrección, porque si no hubiera esperado que los caídos en la batalla fueran a resucitar, habría sido inútil y superfluo orar por los difuntos. Además, él tenía presente la magnífica recompensa que está reservada a los que mueren piadosamente y este es un pensamiento santo y piadoso. Por eso, mandó ofrecer el sacrificio de expiación por los muertos, para que fueran librados de sus pecados.

Para que los justos sean liberados del pecado es necesario que todavía tengan existencia.

2 Macabeos 15, 12-15 — Cuando el Sumo Sacerdote, el bueno y virtuoso Onías, estaba orando delante de la comunidad judía, su visión fue tal como sigue: Onías, que había sido Sumo Sacerdote, hombre bueno y bondadoso, afable, de suaves maneras, distinguido en su conversación, preocupado desde la niñez por la práctica de la virtud, suplicaba con las manos alzadas por toda la comunidad de los judíos. Luego se apareció también un hombre que se distinguía por sus blancos cabellos y su dignidad, rodeado de admirable y majestuosa soberanía. Onías había dicho: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo y por la ciudad santa, Jeremías, el profeta de Dios.»

Las Escrituras nos cuentan, en el versículo 11, que esta visión merece ser creída. Ya que la visión incluye la declaración de que Jeremías está activo como profeta en la vida del más allá, ejerciendo el amor y la oración, este pasaje por sí mismo refuta la doctrina del «sueño del alma» a la que algunas denominaciones se adhieren.

Hebreos 9, 27 — Y del mismo modo que está establecido que los hombres mueran una sola vez y luego el juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, se aparecerá por segunda vez sin relación ya con el pecado a los que le esperan para su salvación.

No hay muerte corporal seguida de una muerte del alma tal cual algunos presumen. En este pasaje, el autor disputa tal error.

Eclesiástico (Sirac) 14, 16 — Da y recibe, olvida tus preocupaciones, porque no hay que buscar delicias en el Abismo.

Si los muertos fueran disueltos o estuvieran inconscientes, este pasaje no tendría sentido.

Apocalipsis 21, 7-8 — El vencedor heredará estas cosas y yo seré su Dios y él será mi hijo. Pero los cobardes, los incrédulos, los depravados, los asesinos, los lujuriosos, los hechiceros, los idólatras y todos los falsos, tendrán su herencia en el estanque de azufre ardiente, que es la segunda muerte.

1 Juan 3, 2 — Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a El, porque lo veremos tal cual es.

Jeremías 15, 1 — Aunque Moisés y Samuel se presentaran delante de mí […]

Es evidente que existe la posibilidad de que Moisés y Samuel pudieran estar de pie delante de Dios, como de hecho Moisés y Elías—conscientes y despiertos—se presentaron con Jesús, hablándole. (Lucas 9, 30-31).

Ciertos pasajes de la Escritura hablan de la muerte como si fuera un sueño o un estado de letargo (Job 14, 12) al referirse al efecto que la muerte tiene en el cuerpo ya que nuestros cuerpos terrenales tienen la apariencia de estar dormidos cuando morimos, aun cuando nuestro espíritu sobrevive.

 

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