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Vademécum de Apologética Católica

Según las Escrituras, Jesús no esperaba que sus seguidores se dividieran en denominaciones, separadas por diferentes tradiciones y creencias, en desacuerdo sobre casi todas las doctrinas cristianas incluyendo la divinidad de Jesús mismo. En cambio vemos que el Señor ora para que sus seguidores permanezcan unidos en la fe. La noción protestante de que la Iglesia de la que habla el Nuevo Testamento es “invisible” no se encuentra en las Escrituras. Tal concepto—el de una iglesia que es en realidad imaginaria—es otra innovación protestante, una “tradición de hombres”.

Juan 17, 11-23 — Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo y yo voy a ti. Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad. No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.

Jesús afirma la unión de todos los creyentes en la comunión de los santos, diciendo que somos uno de la misma manera que el Padre y El son Uno. ¡Qué profunda plegaria se nos presenta aquí y qué glorioso será el día en el que se alcance su cumplimiento pleno!

Filipenses 1, 27-28 — Lo que importa es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo, para que tanto si voy a veros como si estoy ausente, oiga de vosotros que os mantenéis firmes en un mismo espíritu y lucháis acordes por la fe del Evangelio, sin dejaros intimidar en nada por los adversarios, lo cual es para ellos señal de perdición y para vosotros de salvación. Todo esto viene de Dios.

Las divisiones que plagan a las agrupaciones que siguen el principio de “Sola Scriptura”—en asuntos tan básicos como la naturaleza e identidad del mismo Jesús—son evidencia convincente de que el Espíritu Santo no les está guiando.

Filipenses 2, 1-2 — Así, pues, os conjuro en virtud de toda exhortación en Cristo, de toda persuasión de amor, de toda comunión en el Espíritu, de toda entrañable compasión, que colméis mi alegría, siendo todos del mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos.

Es obvio que la variedad de denominaciones no le hubiera parecido muy apetecible a San Pablo.

1 Juan 2, 19 — Salieron de entre nosotros; pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros.

La sumisión al mandato apostólico es signo inequívoco de la fe.