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Vademécum de Apologética Católica

Los obispos de la Iglesia Católica pueden remontar sus ordenaciones hasta el tiempo de los apóstoles. La imposición de las manos en el Sacramento de las Santas Ordenes tiene lugar dentro de una cadena ininterrumpida de dos mil años que nos conecta con Jesucristo mismo. En todo sentido, los obispos de hoy son sucesores de Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Santiago el Menor, Judas Tadeo y—en circunstancias muy raras y desafortunadas—de Judas Iscariote.

Hechos 6, 6 — Los presentaron a los apóstoles y estos, después de orar, les impusieron las manos.

La autoridad apostólica de la Iglesia es transmitida de esta manera de generación en generación.

Efesios 2, 19-20 — Por lo tanto, vosotros ya no sois extranjeros ni huéspedes, sino […] miembros de la familia de Dios. Vosotros estáis edificados sobre los apóstoles y los profetas […]

La autoridad de la Iglesia no está fundamentada en la sabiduría o perspicacia humanas, ni tan siquiera en la Biblia, sino más bien en la autoridad de Dios que es transferida al cuerpo apostólico.

1 Timoteo 3, 1 — Es muy cierta esta afirmación: El que aspira a presidir la comunidad, desea ejercer una noble función.

Nótese la referencia al episcopado como “función”. Se puede apreciar claramente que la institución es continua y que se renueva de una generación a la siguiente.

Hechos 1, 20-26 — […] Que otro ocupe su cargo […]

Pedro supervisa la elección del sucesor de Judas. El cargo de Judas no desapareció con él y debió ser reasignado. De esto se deduce que Jesús no llamó a aquellos hombres meramente para que lo siguieran por un tiempo; sino que estaba estableciendo un cargo que continuaría en el tiempo y que sería ocupado generación tras generación.

Hechos 14, 23 — En cada comunidad establecieron presbíteros […]

San Pablo y San Bernabé ordenaron a otros. Nadie en la Biblia se ordena a sí mismo. Tampoco, nadie asume presuntuosamente el puesto de presbítero sin haber sido ordenado primero.

2 Timoteo 1, 6 — Por eso te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos.

La imposición de manos es el vehículo por el cual el Espíritu Santo—el don de Dios—es impartido. Estamos ante una visión completamente sacramental de la infusión de la vida en el Espíritu Santo y del ungimiento con la autoridad apostólica.

2 Timoteo 2, 1-2 — Tú, que eres mi hijo, fortalécete con la gracia de Cristo Jesús. Lo que oíste de mí y está corroborado por numerosos testigos, confíalo a hombres responsables que sean capaces de enseñar a otros.

San Pablo comisiona a Timoteo para llevar a cabo el trabajo de los apóstoles. Pablo nos da aquí una visión cabal de cómo funciona la Sagrada Tradición: las enseñanzas apostólicas que son pasadas de generación en generación por la autoridad de la Iglesia.

2 Timoteo 3, 14 — Pero tú permanece fiel a la doctrina que aprendiste y de la que estás plenamente convencido: tú sabes de quiénes la has recibido.

La autoridad proviene de la sucesión apostólica y no de apelar a la “Sola Scriptura.” En esto la Biblia es muy clara.

Isaías 22, 15-25 — Así habla el Señor de los ejércitos: “Ve a encontrarte con ese intendente, Sebná, el mayordomo de palacio, que talla su sepulcro en la altura y se cava una morada en la roca. ¿Qué tienes y a quién tienes aquí, para tallarte aquí un sepulcro? […] ¡tú, deshonra de la casa de tu señor! yo te derribaré de tu sitial y te destituiré de tu cargo. Y aquel día, llamaré a mi servidor Eliaquím, hijo de Jilquías; lo vestiré con tu túnica, lo ceñiré con tu faja, pondré tus poderes en su mano y él será un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré sobre sus hombros la llave de la casa de David: lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá.”

A Eliaquim le son dadas las llaves del reino. Por ese medio es investido como mayordomo del palacio, que es el segundo hombre en el reino, solo superado en poder por el rey, en nombre de quien ejerce su autoridad. De la misma manera, en Mateo 16, 19, Jesús le da a San Pedro las llaves del Reino de los Cielos. De esa autoridad proviene el poder de Pedro de atar y desatar, así en la tierra como en el cielo.

Hebreos 13, 7 — Acordaos de quienes os dirigían, porque ellos os anunciaron la Palabra de Dios: considerad cómo terminó su vida e imitad su fe.

Nuevamente en este pasaje se afirma el carácter jerárquico de la Iglesia.

Gálatas 1, 8 — Pero si nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciare un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡que sea expulsado!

La verdadera interpretación de la Escritura viene del Espíritu Santo, por medio de los apóstoles y sus sucesores. No somos libres de llegar a nuestra propia interpretación de las Escrituras sin la intervención de los apóstoles y de la Iglesia que Jesús fundó sobre ellos. De hecho, la autoridad de las Escrituras proviene de su origen apostólico—o sea de la Iglesia—Lo opuesto simplemente no es cierto. Nadie puede reclamar ser un apóstol de Jesucristo tras meramente haber leído las Escrituras.

Como cualquier buen diccionario lo puede atestiguar, la palabra “presbítero” tiene su origen en las Escrituras, en el término griego “presbyteros”. La estructura básica de la Iglesia Católica es la misma que existía en tiempos apostólicos y que se puede deducir perfectamente del Nuevo Testamento. Obispos, presbíteros y diáconos son, aun hasta hoy, los cargos esenciales de la jerarquía eclesiástica.

 

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