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Vademécum de Apologética Católica

En lo que concierne a su presencia viva y real en la Eucaristía, Jesús es más claro y más explícito que con ninguna de sus otras enseñanzas. De hecho Jesús enseña esta doctrina con verdadera insistencia.

Juan 6, 22-71 — […] Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida«.

Cuando muchos cuestionaron su «dura enseñanza» y comenzaron a irse, Jesús no los exhortó a regresar para corregir algún supuesto malentendido que pudieran haber tenido. Porque no había tal malentendido. En lugar de eso, Jesús insistió afirmando que lo que había dicho era lo que había querido decir, aun si resultara en la pérdida de sus amados apóstoles—Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo:

«¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? […] Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen.»

Como lo hizo San Pedro en aquella ocasión, estamos llamados a creer aun cuando no comprendamos del todo. La discrepancia entre simbolismo y presencia real se disipa con las mismas palabras de Cristo: «mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida…» En este caso la palabra «verdadera» se opone esencialmente la idea de simbolismo. El concepto les resulta difícil de entender a los discípulos precisamente porque no se trata de otra parábola que puede ser «explicada» como la ilustración del sembrador y la semilla. La Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre de Cristo, tal como El lo afirma. Los discípulos hubieran entendido fácilmente si Jesús les hubiera presentado esto como una parábola o metáfora—por ejemplo si la «verdadera comida» hubieran sido las enseñanzas de Cristo—tal como lo declaran ciertas confesiones protestantes. La retirada de los discípulos confundidos por esta enseñanza no hubiera sido necesaria. El apologista americano Carl Olson agrega:

«A medida que avanza la lectura de este pasaje también cambia la palabra que Jesús usa para «comer», que cambia en el griego del término «phago»—la palabra usada de ordinario—a «trogo» que más bien significa masticar o roer. La obra de origen protestante Vine’s Expository Dictionary, que afirma el entendimiento metafórico del capítulo seis de Juan, dice: «En Juan 6 el cambio que el Señor hace al suplantar el verbo phago por el verbo trogo es realmente notable.» (p. 192)

Esa palabra nunca es usada simbólicamente ni en la Biblia ni en ningún otro texto literario antiguo. Podemos agregar que el término «comer mi carne» es usado en otras partes de la Biblia en el sentido de «ensañarse» o «destruir» (ver Salmos 27, 2; Miqueas 3, 1-4; Isaías 9, 18-20; Apocalipsis17, 6). Si la intención de Cristo hubiera sido el transmitir una metáfora, hubiera sido responsable de crear confusión por haber usado expresiones sin sentido.

Una observación final: es evidente que Juan está conectando la traición de Judas con la falta de fe en la Eucaristía (Juan 6, 70-71). Se puede deducir que el rechazo de la «dura doctrina» de Jesús fue lo que al final hizo que Judas se decidiera a entregar a Jesús a las autoridades del Templo. Nótese también que la traición de Judas tiene lugar inmediatamente después de la última cena en la que Jesús dio a sus seguidores a comer de su cuerpo y beber de su sangre. La falta de fe del Iscariote en la Eucaristía puede haber sido el detonante que lo llevó a actuar. Como mínimo se puede decir que la conexión entre ambas es clara.

Marcos 14, 22-24 — Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, este es mi cuerpo.» Tomó luego una copa y dadas las gracias, se la dio y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos».

Jesús no eligió estas palabras caprichosamente. Se refiere a Exodo 24, 4-8 en donde se dice que Moisés ratificó la Antigua Alianza con la sangre de la ofrenda de paz:

«Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: «Esta es la sangre de la Alianza que Yahvé ha hecho con vosotros, según todas estas palabras».

¿Fue esa una alianza meramente simbólica? Ciertamente no, porque cuando los israelitas violaron esa alianza, pagaron por sus violaciones un precio real al recibir las maldiciones que dicha alianza detallaba. Nótese también que Cristo no dijo que el contenido del cáliz simboliza la sangre de la Nueva Alianza que sería derramada. Sabemos muy bien que el derramamiento de la sangre de Cristo fue muy real y no meramente simbólico. Así que ¿cómo podemos asumir que la sangre derramada sea menos real que su derramamiento? Los hechos apuntan a algo innegable: no hay un solo verso en las Escrituras en el que Jesús, los evangelistas o los apóstoles se refieran a la Eucaristía como un mero símbolo.

Lucas 24, 13-35 — Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos treinta kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentábais por el camino?» Ellos se detuvieron, con el semblante triste y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!» «¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron». Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo os cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los once y a los demás que estaban con ellos y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. (BLA)

Después de la resurrección de Jesús, dos de los discípulos pasaron un largo rato en una profunda conversación con el Señor en el camino a Emaús. No reconocieron al Señor, aun cuando El les enseñaba las Escrituras usando los pasajes que se refieren a El y a la Pasión. Según el Evangelio, esa noche durante la cena «se dio a conocer a ellos al partir el pan». Este es un hecho revelador. Aunque el Señor les ha velado el conocerle cuando hablaba de las Escrituras, sin embargo se les revela en la Eucaristía—aparentemente «sólo la Biblia» no fue suficiente para que se dieran cuenta del mero hecho de que Cristo estaba caminando junto a ellos—Esta «fracción del pan» es una referencia a la acción que aún tiene lugar en el Santo Sacrificio de la Misa hoy, cuando el sacerdote parte la Hostia Consagrada tal como lo hiciera Nuestro Señor Jesucristo.

1 Corintios 5, 7-8 — Purificaos de la levadura vieja, para ser masa nueva; pues sois ázimos. Porque nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado. Así que, celebremos la fiesta, no con vieja levadura, ni con levadura de malicia e inmoralidad, sino con ázimos de pureza y verdad.

Pablo se refiere a la Misa, la Nueva Pascua, en la que el Pueblo de Dios, unido en el perfecto sacrificio de Jesús en su Cuerpo y Sangre Eucarísticos, pasa del pecado y la muerte a la nueva vida de salvación. La Iglesia enseña que la Misa es al mismo tiempo sacrificio y cena.

1 Corintios 11, 26-30 — Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo. Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y muchos débiles y mueren no pocos.

Aquí San Pablo refuerza la enseñanza de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía. Ser juzgado culpable de «el cuerpo y la sangre» de alguien es una clara referencia al homicidio. Cabe preguntarse entonces ¿cómo pudiera alguien ser culpable de homicidio por violar un mero símbolo?

Este pasaje es clave para afirmar la práctica de la Iglesia en negar la Eucaristía a quienes no están en comunión completa con la Iglesia Católica. San Pablo nos advierte que el recibir el Sacramento de la Eucaristía sin la fe que corresponde sería una seria ofensa, comparable con participar en el asesinato del Señor.

Hebreos 13, 10-16 — Tenemos nosotros un altar del cual no tienen derecho a comer los que dan culto en la Tienda.

El autor apostólico hace una diferencia entre la comunidad cristiana y la comunidad judía que no ha aceptado a Cristo. Dice que aquellos que continúan adorando según la tradición judía no pueden compartir la Cena Eucarística. De nuevo, este pasaje afirma la tradición de la Iglesia Católica de no dar participación del Santísimo Sacramento a quienes no son miembros de la comunidad.

1 Corintios 10, 14-17 — Por eso, queridos, huid de la idolatría. Os hablo como a prudentes. Juzgad vosotros lo que digo. La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan.

Nótese la palabra «comunión». Esta es una palabra que denota una participación activa y no meramente el compartir un símbolo. San Pablo podría haber escrito fácilmente «¿no es este un símbolo del Cuerpo de Cristo?» sin embargo no lo hizo. La realidad es que participamos en comunión del Cuerpo de Cristo y no simplemente en un acto de honor o un pensamiento.

Génesis 14, 18 — Entonces Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo.

Este misterioso Sumo Sacerdote y Rey representa claramente a Cristo—que es nuestro sumo sacerdote y rey—El erudito bíblico católico Scott Hahn nos hace notar la importancia de Melquisedec en su libro La Cena del Cordero. Allí se observa que los papeles de rey y sacerdote en las Escrituras rara vez se encuentran en una sola persona tal como los hallamos en Melquisedec y en Jesús. Melquisedec es anterior aun al sacerdocio levítico, por lo tanto es muy antiguo. De hecho, Melquisedec es el primer sumo sacerdote que se menciona en las Escrituras. De él se nos dice que era el rey de Salem—el mismo lugar donde Jeru-salem (Ciudad de Paz, Salmos 76, 2) sería construída más tarde—Abraham volvió a visitar Salem muchos años después cuando llevó a su hijo Isaac a la cima del monte Moria para ofrecerlo como sacrificio a Dios (Génesis 22, 2). La tradición hebrea, según se cita en 2 Crónicas 3, 1, asocia al monte Moria con el monte donde fue edificado el Templo de Jerusalén. Así que vemos que el lugar en el que Melquisedec ofreció pan y vino por Abraham, pudo muy bien haber sido el mismo lugar al que Abraham luego fue a ofrecer su hijo en sacrificio a Dios y donde siglos después los israelitas ofrecieron sus sacrificios a Dios. Muy cerca de allí está el lugar en el cual nuestro sumo sacerdote, Jesús, ofreció su sacrificio en el Calvario. Esto es realmente una sorprendente convergencia geográfica. En otro tema, es importante notar que el Salmo 110 dice del anunciado Mesías «Eres sacerdote para siempre, a la manera de Melquisedec». Este versículo establece claramente la última cena como un sacrificio ya que ésta es el único momento en las Escrituras en que Jesús ofrece pan y vino. Como el salmo se refiere a Cristo como a un sacerdote «a la manera de Melquisedec,» entonces la última cena debe haber sido también un sacrificio—lo que implica un sacerdote y una víctima—Esta observación reafirma la enseñanza católica de que la última cena fue, de hecho, la primera Misa.

La creencia en la presencia real de Jesús en la Eucaristía se remonta a tiempos apostólicos. Esto se hace evidente que en los escritos de los más antiguos Padres de la Iglesia—entre ellos San Ignacio de Antioquía quien en 110 d.C. escribe:

«Cuidaos entonces de tener una sola Eucaristía, de manera que, lo que sea que estéis haciendo lo hagáis de acuerdo con Dios, porque hay una sola Carne y Sangre de Nuestro Señor Jesús y un solo cáliz en unión con su Sangre.» [1]

Los historiadores concuerdan en que Ignacio conoció a los apóstoles Pedro y Pablo y que probablemente haya sido ordenado por uno de ellos. Sería altamente improbable que un gran mártir como San Ignacio haya sacrificado su vida por la pureza de la fe, negándose a quemar tan solo un puñado de incienso en honor a César—cuando haberlo hecho lo hubiera salvado de la muerte en el circo romano—y al mismo tiempo haber corrompido la fe promoviendo enseñanzas novedosas y absurdas, ignorando voluntariamente lo aprendido de boca de los apóstoles. Esto no solo es improbable sino impensable. Sería aun más absurdo suponer que todos los líderes de la Iglesia hubieran seguido el mismo extraño proceder. Así nos damos cuenta de lo irrazonable que es la enseñanza de la «gran apostasía». Por lo tanto, la doctrina de la presencia real en la Eucaristía tiene que haber venido de los apóstoles, que estuvieron presentes en la última cena y que oyeron a Jesús predicar a las multitudes en la costa del Mar de Galilea. La completa unanimidad de los Padres de la Iglesia temprana en esta enseñanza no nos permite llegar a ninguna otra conclusión. Es interesante notar que nunca una voz cristiana habló en contra de esta doctrina por casi mil quinientos años hasta el tiempo de la Reforma.


[1] Citado en inglés en The Faith of the Early Fathers, Vol.1 p. 22. William A. Jurgens. Publ. Liturgical Press, 1970. Collegeville, Minnesota.

 

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