salvacion

Vademécum de Apologética Católica

La salvación es un regalo de Dios que El hace posible por el sacrificio de Cristo Jesús. No se gana por nuestras propias obras o méritos. Negar la verdad de la salvación por Cristo es negar el catolicismo y afirmar la antigua herejía del pelagianismo. Sin embargo, de esto no se puede deducir que es posible eludir las consecuencias de nuestros actos o eludir la responsabilidad que proviene de nuestro compromiso de vivir la fe, tal como se afirma en la tradición protestante. Cada uno debe decidir si desea aceptar o rechazar la salvación ganada para nosotros por Cristo. Por ejemplo, si participaremos en el plan creativo de Dios o si obstinadamente insistiremos en el nuestro propio. Debemos responder afirmativamente a la llamada de Dios en forma activa y decidida antes de entrar en su vida eterna. En contraste con esta afirmación, Martín Lutero enseñó que somos salvados “sólo por la fe” (sola fide) y que no hay maldad alguna que podamos cometer que pueda poner en peligro nuestra salvación. La Biblia contradice esa propuesta. San Pablo nos enseña en Romanos 6, 23 que “la paga del pecado es la muerte.” A continuación se encuentran docenas de textos bíblicos que refutan la falsa enseñanza de Lutero. La Biblia enseña que, ciertamente, somos salvados por la fe, pero no “por la fe solamente.” Debemos vivir nuestra fe en obediencia, perseverancia y amor. Donde los reformadores quisieron poner una cuña que separase la fe y las buenas obras; ahí mismo la Biblia nos dice que ambas son inseparables.

Santiago 1, 22-25 — Pero habéis de ponerla en práctica y no solo escucharla, engañándoos lastimosamente a vosotros mismos. Porque quien se contenta con oír la Palabra de Dios y no la practica, este tal será parecido a un hombre que contempla al espejo su rostro nativo, ensuciado con algunas manchas y que no hace más que mirarse y se va sin quitarlas y luego se olvida de como está. Mas quien contemplare atentamente la ley perfecta del Evangelio, que es la de la libertad y perseverare en ella, no haciéndose oyente olvidadizo, sino ejecutor de la obra, éste será por sus obras bienaventurado.

Santiago es claro. Nuestra participación activa en el plan de Dios y nuestra respuesta afirmativa al llamado de Dios de vivir la fe es requisito indispensable de la vida cristiana.

Santiago 2, 14-16 — ¿De qué servirá, hermanos míos, el que uno diga tener fe si no tiene obras? ¿Por ventura a este tal la fe podrá salvarle? En caso que un hermano o una hermana estén desnudos y necesitados del alimento diario, ¿de qué les servirá que alguno de vosotros les diga: “Id en paz, defendeos del frío y comed a satisfacción”, si no les dais lo necesario para reparo del cuerpo?

Santiago parece estar bien seguro que la “fe solamente” no es suficiente para la salvación, porque hasta el Diablo y sus secuaces tienen “fe solamente”. Este pasaje se erige como una estentórea—y divinamente inspirada—refutación a la doctrina errónea de Lutero. No es maravilla que Lutero intentara impugnar la canonicidad de la Carta de Santiago en el Nuevo Testamento y se refiriera a ella como “una epístola de paja”. [1]

Mateo 25, 31-46 — Cuando venga, pues, el Hijo del Hombre con toda su majestad y acompañado de todos sus ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria. Y hará comparecer delante de él a todas las naciones y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, poniendo las ovejas a su derecha y los cabritos a la izquierda. Entonces el Rey dirá a los que estarán a su derecha: “Venid benditos de mi Padre, a tomar posesión del reino celestial, que os está preparado desde el principio del mundo. Porque yo tuve hambre y me dísteis de comer; tuve sed y me dísteis de beber; era peregrino y me hospedásteis; estando desnudo, me cubrísteis; enfermo y me visitásteis; encarcelado y vinísteis a verme y consolarme.” A lo cual los justos le responderán, diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos nosotros hambriento y te dimos de comer; sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te hallamos de peregrino y te hospedamos; desnudo y te vestimos? O ¿cuándo te vimos enfermo y en la cárcel y fuimos a visitarte?” Y el Rey en respuesta les dirá: “En verdad os digo, siempre que lo hicísteis con alguno de éstos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicísteis”. Al mismo tiempo dirá a los que estarán a la izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, que fue destinado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me dísteis de comer; sed y no me dísteis de beber; era peregrino y no me recogísteis; desnudo y no me vestísteis; enfermo y encarcelado y no me visitásteis”. A lo que replicarán también los malos: “¡Señor! ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o peregrino, o desnudo, o enfermo, o encarcelado y dejamos de asistirte?” Entonces les responderá: “Os digo en verdad, siempre que dejásteis de hacerlo con alguno de estos mis pequeños hermanos, dejásteis de hacerlo conmigo. Y en consecuencia irán éstos al eterno suplicio y los justos a la vida eterna”.

En el Juicio Final, Jesús reconocerá a aquellos que han vivido su fe amándose unos a otros y obrando de acuerdo con ese amor mutuo.

Mateo 7, 21-23 — No todo aquel que me dice, ¡oh Señor, Señor! entrará por eso en el reino de los cielos: sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos. Muchos me dirán en aquel día del juicio: “¡Señor, Señor! ¿pues no hemos nosotros profetizado en tu nombre y lanzado en tu nombre los demonios y hecho muchos milagros en tu nombre?” Mas entonces yo les protestaré: “Jamás os he conocido por míos: apartaos de mí, operarios de la maldad”.

Jesús es tajante. Nuestro juicio dependerá de cómo hayamos vivido nuestra fe y no de si tenemos “solamente la fe”. Jesús nos dice que los que hacen la voluntad de su Padre serán salvados y condena a los operarios de la maldad más bien que a los incrédulos. Se hace hincapié en ese mismo punto en Lucas 13, 25-28.

Juan 5, 29 — Y saldrán, los que hicieron buenas obras a resucitar para la vida eterna; pero los que las hicieron malas, resucitarán para ser condenados.

Nuestro juicio depende de cómo vivamos nuestra vida. Esta sencilla enseñanza es expresada en forma clarísima en las Escrituras.

Eclesiástico (Sirac) 16, 12-14 — Porque la misericordia y la ira están con el Señor: puede aplacarse y puede descargar su enojo: Así como usa de misericordia, así también castiga: él juzga al hombre según sus obras.

¿Es necesario aclarar esto?

Lucas 10, 25-28 — Se levantó entonces un doctor de la ley y le dijo con el fin de tentarle: “Maestro ¿qué debo yo hacer para conseguir la vida eterna?” Le dijo Jesús: “¿Qué es lo que se halla escrito en la ley? ¿qué es lo que en ella lees?” Respondió él: “Amarás al Señor Dios tuyo de todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente y al prójimo como a ti mismo.” Replicóle Jesús: “Bien has respondido: haz eso y vivirás.”

Aquí Jesús responde directamente a una pregunta sobre la salvación. Esta parte de la Biblia es terminante. Observe la pregunta que el hombre hace: “¿Qué debo hacer?” Luego examine la respuesta del Maestro. Aquí Jesús no sostiene el principio de Lutero—que afirma que somos salvados “por la fe solamente”—Jesús nos dice que debemos amar—lo que en sí mismo es una acción—de hecho, es una acción que presupone una cantidad de acciones subsiguientes, de lo contrario no somos salvados. Finalmente, no pierda de vista la palabra obtener que es diferente de la palabra ganar. En algunas versiones de la Biblia se traduce correctamente esta palabra griega (kleronomeso) como heredar. En su sentido más común, una herencia es un regalo que se recibe y no un salario que se gana. Nuestras acciones, guiadas por el amor son el modo de aceptar nuestra heredad, que ha sido ganada por Jesús, el Cordero de Dios.

Romanos 2, 13 — Que no son justos delante de Dios los que oyen la ley; sino los que la cumplen, ésos son los que serán justificados.

Simplemente oir la Ley con “fe solamente” no es suficiente para salvarnos. Debemos estar determinados a cumplirla. Se requiere que actuemos. Es necesaria una respuesta afirmativa al llamado de Dios.

Romanos 2, 5-11 — […] la manifestación del justo juicio de Dios, el cual ha de pagar a cada uno según sus obras.

Pablo es claro: seremos juzgados por obrar según la fe. Lo cual no es lo mismo que decir que nuestra salvación proviene de nuestras propias obras o méritos. Es por eso que la Iglesia siempre ha enseñado que sin Jesús no existe posibilidad de redención.

Ezequiel 33, 13-14 — Si yo digo al justo: “Vivirás”, pero él, confiado en su justicia, comete una iniquidad, no quedará ningún recuerdo de su justicia: él morirá por la iniquidad que cometió. Por el contrario, si digo al malvado: “Morirás”, pero él se convierte de su pecado y practica el derecho y la justicia: si devuelve lo que tomó en prenda, si restituye lo que arrebató por la fuerza y observa los preceptos de vida, dejando de cometer la iniquidad, él ciertamente vivirá y no morirá. No quedará contra él el recuerdo de ninguno de los pecados que cometió: ha practicado el derecho y la justicia, por eso vivirá.

Estos versículos declaran explícitamente que somos juzgados por nuestras acciones y en ninguna parte se menciona que “sólo la fe” sea suficiente para obtener la salvación. De hecho, no se menciona la fe para nada. También se desautoriza aquí a la doctrina protestante de la “eterna certeza,” por la cual el pronunciarse una sola vez por la fe nos asegura la salvación, sin importar las acciones subsiguientes. Nuevamente, este pasaje no dice que “ganamos” nuestra admisión en la vida eterna fuera del sacrificio de Jesús. Lo que dice es que es necesario que respondamos a la llamada de Dios con la “obediencia de la fe,” como San Pablo enseña. Si fallamos en hacerlo, no seremos salvados.

Romanos 1, 4-6 — […] y que fue predestinado para ser Hijo de Dios con soberano poder, según el espíritu de santificación por su resurrección de entre los muertos, por el cual nosotros hemos recibido la gracia y el apostolado para someter a la fe por la virtud de su nombre a todas las naciones, entre las cuales sois también contados vosotros, llamados a ella por Jesucristo.

La fe requiere de nosotros una respuesta, un “acto de obediencia,” como podemos leer en este texto. La fe obra como resultado un cambio en la vida del creyente. Debemos obedecer nuestra fe y someternos a la voluntad de Dios. San Pablo entrelaza la fe y las buenas obras cuando nos exhorta a “someternos a la fe”.

Romanos 6, 16 — ¿No sabéis que si os ofrecéis por esclavos de alguno para obedecer a su imperio, por el mismo hecho quedáis esclavos de aquel a quien obedecéis, bien sea del pecado para recibir la muerte, bien sea de la obediencia a la fe para recibir la justicia o vida del alma?

De nuevo San Pablo se refiere al sometimiento u obediencia a la fe. Nótese que San Pablo no se refiere en ningún momento a “solamente la fe” separada de la obediencia, de las buenas obras o del amor. La fe implica y requiere todas esas cosas. “Solo la fe” es, en realidad, “nada de fe”.

Romanos 16, 25-26 — Gloria a aquel que es poderoso para fortaleceros en mi evangelio y en la doctrina de Jesucristo que yo predico, según la revelación del misterio de la redención; misterio que después de haber permanecido oculto en todos los siglos pasados, acaba de ser descubierto por los oráculos de los profetas, conforme al decreto del Dios eterno y ha venido a noticia de todos los pueblos, para que obedezcan a la fe.

La “obediencia de la fe” predicada por San Pablo, es una respuesta de fe, un compromiso que hacemos de cambiar la propia vida para responder positivamente a Dios, que nos ha salvado.

Ezequiel 18, 26-30 — Porque cuando el justo se desviare de su justicia y pecare, por ello morirá: morirá por la injusticia que obró. Y si el impío se apartare de la impiedad que obró y procediere con rectitud y justicia, dará él mismo la vida a su alma: Porque si él entra otra vez en sí mismo y se aparta de todas las iniquidades que ha cometido, tendrá verdadera vida y no morirá. Y dicen los hijos de Israel: “No es justa la conducta que tiene el Señor”. ¿Acaso es la conducta mía la que no es justa, oh casa de Israel y no son antes bien depravados vuestros procederes? Por tanto, “Yo juzgaré”, dice el Señor Dios, oh casa de Israel, a cada cual según sus obras. Convertíos y haced penitencia de todas vuestras maldades y no serán éstas causa de vuestra perdición.

Nuevamente el juicio se fundamenta tanto en nuestras acciones como en nuestra fe pero no en “solamente la fe.”

1 Corintios 13, 2-3 — Y cuando tuviera el don de profecía y penetrase todos los misterios y poseyese todas las ciencias; cuando tuviera toda la fe posible, de manera que trasladase de una a otra parte los montes, no teniendo caridad, nada soy. Cuando yo distribuyese todos mis bienes para sustento de los pobres y cuando entregara mi cuerpo a las llamas, si la caridad me falta, todo lo dicho no me sirve de nada.

¿Justificaría este texto una doctrina de “solamente el amor”? Entonces, ¿cómo hacemos para justificar una doctrina de “solamente la fe” que no dispone tan siquiera de un solo versículo que la mencione expresamente?

Efesios 5, 4-7 — Porque tened esto bien entendido, que ningún fornicador, o impúdico, o avariento, lo cual viene a ser una idolatría, será heredero del Reino de Cristo y de Dios.

Dios no nos juzga por lo que creemos meramente sino por la manera en que vivimos nuestras creencias. En sus cartas, San Pablo condena a los transgresores en cuatro ocasiones diciendo que los que practican tales cosas “merecen la muerte,” que quedarán a merced de “la ira de Dios” y que no “heredarán el Reino.” (Vea también las siguientes escrituras: Romanos 1, 18-32; 1 Corintios 6, 9-10; Gálatas 5, 19-21 y Colosenses 3, 5-6.) San Pablo no menciona la fe de los transgresores sino solamente sus acciones.

Romanos 3, 28 — Así que, concluimos que es justificado el hombre por la fe viva, sin las obras de la ley.

Lutero admitió la adición de la palabra “solo” en este verso para que se leyera: “Así que, concluimos que es justificado el hombre [solo] por la fe…” Esa doctrina pudo parecerle acertada a Lutero pero no proviene de Dios. De hecho sabemos que Revelación 22, 18-19 condena a cualquiera que cambie tan siquiera una palabra de la Escritura. Además, si uno coteja el contexto de este versículo se puede ver claramente que San Pablo está hablando de la ley mosaica, en contra de la creencia de muchos judíos de la época, que suponían que Dios estaba obligado a salvar a quienes cumplieran exteriormente los preceptos de la ley, a pesar de su arrogancia y dureza de corazón.

1 Juan 3, 21-24 — Carísimos, si nuestro corazón no nos reprocha, podemos acercarnos a Dios con confianza y estar ciertos de que cuanto le pidiéremos recibiremos de El, pues que guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables en su presencia. En suma, este es su mandamiento, que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y nos amemos mutuamente, conforme nos tiene mandado. Y el que guarda sus mandamientos, mora en Dios y Dios en él y por esto conocemos que El mora en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.

La fe, el amor y las buenas obras son inseparables.

Romanos 6, 23 — Porque el estipendio y paga del pecado es la muerte. Empero la vida eterna es una gracia de Dios por Jesucristo Nuestro Señor.

En la teología de Lutero no hay acción alguna que pueda afectar la salvación—ni el pecado ni las buenas obras—Este es el resultado de la interpretación errada de Romanos 3, 28. Su teología, sin embargo, contradice este otro versículo de la misma carta a los Romanos. Ahora tenemos evidencia clara del error de Lutero, ya que sabemos que la Biblia no puede contener contradicciones.

2 Corintios 5, 10 — Siendo como es forzoso, que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba el pago debido a las buenas o malas acciones que habrá hecho mientras ha estado revestido de su cuerpo.

De nuevo: “solo la fe” no es suficiente. Debemos vivir nuestra fe.

Lucas 8, 13 — Los sembrados en un pedregal, son aquellos que oída la palabra, la reciben, sí, con gozo: pero no echa raíces en ellos y así creen por una temporada y al tiempo de la tentación vuelven atrás.

Uno de los puntos principales de la parábola del sembrador es que la salvación no está asegurada. Cuando optamos por el mal—poniendo nuestra voluntad por encima de la voluntad de Dios—perdemos la salvación que Jesús ganó para nosotros.

Filipenses 2, 12 — Por lo cual, carísimos míos, (puesto que siempre habéis sido obedientes a mi doctrina sedlo ahora) trabajad con temor y temblor en la obra de vuestra salvación, no sólo como en mi presencia, sino mucho más ahora en ausencia mía.

San Pablo es claro: la salvación no está asegurada. Siempre existe la posibilidad de que sucumbamos a la tentación y rechacemos a Dios y al plan que El tiene para nuestra vida.

1 Juan 3, 7 — Hijitos míos, nadie os engañe. Quien ejercita la justicia, es justo, así como lo es también Jesucristo.

San Juan dice que la persona que “ejercita la justicia” se salva y no la persona que “cree”. Para salvarse es absolutamente necesaria una participación activa y comprometida con nuestra fe.

Hechos 10, 34-35 — En verdad veo que con Dios no hay parcialidad. Sino que en toda nación quienquiera que le teme y obra en justicia le es acepto.

De acuerdo a las palabras de San Pedro en este pasaje, es evidente que el temor de Dios y la práctica de la justicia son necesarios para ser aceptado por Dios.

Santiago 1, 4 — […] y que la paciencia perfecciona la obra; para que así vengáis a ser perfectos y cabales, sin faltar en cosa alguna […]

Debemos perseverar en la lucha por la salvación mientras vivimos en este mundo. Si nuestra salvación estuviera asegurada en esta vida, este versículo que habla de “perseverancia” no tendría ningún sentido.

Mateo 19, 16-21 — […] Si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo: ven después y sígueme.

El joven rico no falló por falta de fe. Más bien su falla consistió en no actuar de acuerdo con su fe. No le faltaba fe sino determinación para actuar de acuerdo con su fe.

Mateo 5, 19-20 — Y así el que violare uno de estos mandamientos por mínimos que parezcan y enseñare a los hombres a hacer lo mismo, será tenido por el más pequeño, esto es, por nulo, en el reino de los cielos; pero el que los guardare y enseñare, ese será tenido por grande en el reino de los cielos. Porque yo os digo, que si vuestra justicia no es más llena y mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Las acciones parecen ser importantes para Jesús. El espera que guardemos sus mandamientos aun sabiendo que su muerte pagará el precio de nuestros pecados.

Mateo 6, 1-4 — Guardaos bien de hacer vuestras obras buenas en presencia de los hombres, con el fin de que os vean, de otra manera no recibiréis el galardón de vuestro Padre, que está en los cielos. Y así cuando das limosna, no quieras publicarla a son de trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles o plazas, a fin de ser honrados de los hombres. En verdad os digo, que ya recibieron su recompensa. Mas tú cuando des limosna, haz que tu mano izquierda no perciba lo que hace tu derecha. Para que tu limosna quede oculta y tu Padre, que ve lo más oculto, te recompensará en público.

Si las buenas obras no tienen efecto alguno, como enseña Lutero, ¿por qué nos dice Jesús que el Padre nos recompensará cuando las hagamos?

Hebreos 10, 26-29 — Porque si pecamos a sabiendas después de haber reconocido la verdad, ya no nos queda sacrificio que ofrecer por los pecados, sino antes bien una horrenda expectación del juicio y del fuego abrasador, que ha de devorar a los enemigos de Dios. Uno que prevarique contra la ley de Moisés y se haga idólatra, siéndole probado con dos o tres testigos es condenado sin remisión a muerte. Pues ahora, ¿cuánto más acerbos suplicios, si lo pensáis, merecerá aquel que hollare al Hijo de Dios y tuviere por vil e inmunda la Sangre Divina del Testamento, por la cual fue santificado y ultrajare al Espíritu Santo autor de la gracia?

Seremos castigados con mayor severidad que aquellos que pecaron antes de la venida de Jesús.

2 Pedro 1, 5-11 — Vosotros, pues, habéis de poner todo vuestro estudio y cuidado en juntar con vuestra fe la fortaleza, con la fortaleza la ciencia, con la ciencia la templanza, con la templanza la paciencia, con la paciencia la piedad, con la piedad el amor fraternal y con el amor fraternal la caridad o amor de Dios. Porque si estas virtudes se hallan en vosotros y van creciendo más y más, no quedará estéril y sin fruto el conocimiento que tenéis de nuestro Señor Jesucristo. Mas quien no las tiene, está ciego y anda con la mano a tientas, olvidado de qué manera fue lavado de sus antiguos delitos. Por tanto, hermanos míos, esforzaos más y más y haced cuanto podáis para asegurar o afirmar vuestra vocación y elección por medio de las buenas obras; porque haciendo esto, no pecaréis jamás. Pues de este modo se os abrirá de par en par la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

La salvación no está garantizada, debemos esforzarnos para preservarla. Además, San Pedro nos indica que la seriedad de nuestra elección depende de nosotros y de nuestra respuesta al llamado de Dios—no del Sacrificio del Señor solamente—Las Escrituras muestran que la fe se manifiesta en la respuesta del hombre a la gracia de Dios. En buena medida la fe es una acción de asentimiento a la gracia divina.

1 Corintios 4, 4-5 — Porque si bien no me remuerde la conciencia de cosa alguna, no por eso me tengo por justificado; pues el que me juzga es el Señor. Por tanto, no queráis sentenciar antes de tiempo, suspended el juicio hasta que venga el Señor, el cual sacará a plena luz lo que está en los escondrijos de las tinieblas y descubrirá en aquel día las intenciones de los corazones y entonces cada cual será de Dios alabado según merezca.

Ni siquiera San Pablo puede estar seguro de su salvación.

1 Corintios 9, 27 — […] sino que castigo mi cuerpo rebelde y lo esclavizo, no sea que habiendo predicado a los otros, venga yo a ser reprobado […]

¿Cómo pudiera alguien estar presuntuosamente más seguro de su salvación que San Pablo?

1 Corintios 10, 12 — Mire, pues, no caiga, el que piensa estar firme en la fe.

San Pablo es claro una vez más: no podemos estar seguros de nuestra salvación. Depende de cómo nos conduzcamos en la vida—el compromiso que tengamos con la fe que hemos recibido como gracia de Dios—eso es lo que determinará últimamente si somos salvados.

Gálatas 5, 6 — Porque para con Jesucristo nada importa el ser circunciso o incircunciso, sino la fe, que obra animada de la caridad.

Difícilmente pudiera entenderse que este verso apoya la doctrina de “solamente la fe”.

2 Timoteo 2, 11-12 — Es una verdad incontrastable: Que si morimos con El, también con El viviremos: Si con él padecemos, reinaremos también con El; si le negáremos, El nos negará igualmente.

La salvación no se obtiene solamente con la fe. Si bien es un regalo, la fe debe comprometernos a cambiar nuestra vida, lo cual requiere perseverancia, como observa San Pablo. La cláusulas condicionales “si morimos”, “si con él padecemos”, etc. no se pueden ignorar.

Romanos 3, 25 — […] a quien Dios propuso para ser la víctima de propiciación en virtud de su sangre por medio de la fe, a fin de demostrar la justicia que da El mismo perdonando los pecados pasados […]

Las Escrituras no nos dan ninguna indicación que nuestros pecados sean perdonados antes de ser cometidos. La idea del perdón por todos los pecados, “cometidos y por cometer” no es bíblica. Dios no perdona los pecados por adelantado.

1 Juan 3, 10 — Por aquí se distinguen los hijos de Dios de los hijos del diablo. Todo aquel que no practica la justicia, no es hijo de Dios y así tampoco lo es el que no ama a su hermano.

Otra vez notamos que “amor solamente” sería una descripción mejor que “fe solamente” para describir lo que es necesario para la salvación. Lo que nos distingue de los “hijos del diablo” no es la falta de fe sino la falta de amor y rectitud.

1 Juan 5, 2-4 — […] Por cuanto el amor de Dios consiste, en que observemos sus mandamientos […]

No es entonces por “fe solamente” que se demuestra el amor de Dios sino por observar sus mandamientos.

Pedro 2, 20-21 — Porque si después de haberse apartado de las asquerosidades del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, enredados otra vez en ellas son vencidos, su postrera condición viene a ser peor que la primera. Por lo que mejor les fuera no haber conocido el camino de la justicia, que después de conocido, volver atrás y abandonar la ley santa que se les había dado.

¿Cómo se pueden reconciliar estas palabras de la Escritura con la doctrina protestante de “una vez salvo siempre salvo”?

Juan 3, 5 — En verdad, en verdad te digo, respondió Jesús, que quien no renaciere por el bautismo del agua y la gracia del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios.

El bautismo es necesario para la salvación y no “solamente la fe”. En verdad, hacer distinción entre fe y bautismo no hubiera tenido ningún sentido para los cristianos primitivos que entendían que ambos están íntimamente relacionados. El bautismo no está completo sin fe y viceversa.

Lucas 18, 9-14 — Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: “Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba en voz baja: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!” Os aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”.

En la parábola de las plegarias del fariseo y el recaudador de impuestos, Cristo nos enseña que “sólo la fe” no es suficiente para la salvación. El fariseo de la parábola tenía mucha fe, pero su orgullo pecaminoso ofendió a Dios. Su “sola fe” no fue suficiente para salvarlo.

Mateo 18, 32-35 — Entonces le llamó su señor y le dijo: “¡Oh criado malo! yo te perdoné toda la deuda porque me lo suplicaste. ¿No era, pues, justo que tú también tuvieses compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?” E irritado el señor le entregó en manos de los verdugos, para ser atormentado hasta tanto que satisficiera la deuda toda por entero. Así de esta manera se portará mi Padre celestial con vosotros, si cada uno no perdonare de corazón a su hermano […]

Jesús nos enseña que la “obra” de perdonarnos los unos a los otros es necesaria para la salvación.

1 Corintios 4, 4-5 — […] Por tanto, no queráis sentenciar antes de tiempo, suspended el juicio hasta tanto que venga el Señor, el cual sacará a plena luz lo que está en los escondrijos de las tinieblas y descubrirá en aquel día las intenciones de los corazones y entonces cada cual será de Dios alabado según merezca.

San Pablo nos muestra que la salvación no está eternamente asegurada.

Romanos 11, 22 — […] si perseverares en el estado en que su bondad te ha puesto; de lo contrario tú también serás cortado.

La salvación no está asegurada hasta que pasemos el día del juicio. Esto afecta a toda la comunidad a la que San Pablo escribe, los cuales son en su mayoría, cristianos bautizados.

Romanos 5, 2 — […] y nos gloriamos en la esperanza de los hijos de Dios.

Si la salvación estuviera asegurada, el apóstol hubiera dicho “nos gloriamos en la certeza”.

Romanos 8, 24-25 — […] Si esperamos, pues, lo que no vemos todavía; claro está que lo aguardamos por medio de la paciencia […]

Nuestra salvación no está totalmente asegurada. Debemos aguantar con paciencia.

Lucas 13, 6-9 — […] déjala todavía, este año y cavaré alrededor de ella y le echaré estiércol, a ver si así dará fruto; cuando no, entonces la harás cortar.

Debemos producir fruto en esta vida, o sea debemos trabajar en apoyo a los planes de Dios, o nos arriesgamos a ser cortados ¿Qué es lo que asegura que “llevemos fruto”? Ciertamente no la “fe solamente” sino el compromiso de moldear nuestra vida en la fe.

Hebreos 6, 4-8 — Porque es moralmente imposible que aquellos que han sido una vez iluminados, que así mismo han gustado el don celestial de la Eucaristía, que han sido hechos partícipes de los dones del Espíritu Santo, que sé han alimentado con la santa Palabra de Dios y la esperanza de las maravillas del siglo venidero y que después de todo esto han caído; es imposible, digo, que sean renovados por la penitencia, puesto que por su parte crucifican de nuevo en sí mismos al Hijo de Dios y le exponen al escarnio.

La salvación entonces, no está asegurada.

Gálatas 6, 6-10 — […] No nos cansemos, pues, de hacer bien […]

Nuestras obras, nuestras acciones son importantes. Es por eso que San Pablo exhorta constantemente a sus seguidores a hacer el bien.

2 Corintios 9, 6 — Lo que digo es: Que quien escasamente siembra, recogerá escasamente y quien siembra a manos llenas, a manos llenas recogerá.

San Pablo nos llama a dar generosamente de lo que somos y poseemos.

Romanos 7, 6 — […] pero ahora estamos exentos de esta ley ocasión de muerte, que nos tenía ligados, para que sirvamos a Dios según el nuevo espíritu […]

Los Diez Mandamientos resumen la Ley Natural—ni más ni menos—y la entera Ley de Moisés nunca fue suficiente para la salvación. Estamos llamados a hacer algo más que evitar el mal. Debemos responder positivamente al llamado de Jesús de amar a Dios y amarnos unos a otros.

Romanos 8, 13 — Porque si viviéreis según la carne, moriréis; mas si con el espíritu hacéis morir las obras o pasiones de la carne, viviréis.

Una vez más, San Pablo nos enseña que seremos juzgados de acuerdo a nuestras obras.

Marcos 8, 34 — Después convocando al pueblo con sus discípulos, les dijo a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y cargue con su cruz y sígame.

El cargar la Cruz supone mucho más que simplemente tener fe. Se entiende que la fe es el principio que nos lleva a la Cruz, pero además necesitamos la fortaleza, el valor y la perseverancia. El negarnos a nosotros mismos y el amor son también necesarios.

Apocalipsis 21, 7-8 — […] Mas a los cobardes, los incrédulos y execrables […] su suerte será en el lago que arde con fuego y azufre […]

Dios juzga nuestras acciones. Nuestra fe debe producir buenos frutos. Eso ocurrirá si cooperamos con la gracia que Dios nos ofrece y unimos nuestra voluntad a la de El.

Marcos 14, 38 — Velad y orad para que no caigáis en la tentación […]

La salvación no está asegurada hasta el Día del Juicio. Podemos “caer en tentación” en cualquier momento y dar lugar al pecado.

Mateo 10, 22 — […] pero quien perseverare hasta el fin, éste se salvará.

Nuestro aguante—o perseverancia—es necesario.

Romanos 6, 16 — ¿No sabéis que si os ofrecéis por esclavos de alguno para obedecer a su imperio, por el mismo hecho quedáis esclavos de aquel a quien obedecéis, bien sea del pecado para recibir la muerte, bien sea de la obediencia a la fe para recibir la justicia o vida del alma?

La justificación es un proceso que debemos tener en mente constantemente. El ser justificado no es algo que pasa y queda terminado. Quien medita en el contenido de este precepto de San Pablo, se da cuenta que la justificación es un proceso continuo cuyo éxito resulta en vida para el alma de la persona fiel y cuyo fracaso resulta en la muerte del alma para los que no perseveran en la fe.

Mateo 12, 36-37 — Yo os digo, que hasta de cualquiera palabra ociosa, que hablaren los hombres, han de dar cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras habrás de ser justificado y por tus palabras condenado.

No solamente nuestras acciones sino hasta nuestras palabras ayudarán a determinar nuestro juicio.

Gálatas 5, 4-5 — No tenéis ya parte ninguna con Cristo, los que buscáis la justificación en la ley; habéis perdido la gracia. Pues nosotros solamente en virtud de la fe esperamos recibir del Espíritu la verdadera justicia o santidad.

El ser declarados justos es un proceso cuya resolución se espera. La justificación del fiel creyente no es algo que haya ocurrido en el pasado, o sea en aquella primera vez que pusimos fe en las promesas de Dios. Es algo que ha pasado, pasa y pasará—un proceso que continúa—siempre y cuando respondamos afirmativamente a la gracia de la llamada divina.

Gálatas 2, 17 — Y si queriendo ser justificados en Cristo, venimos a ser también nosotros pecadores por no observar la antigua ley, ¿no se dirá entonces que Cristo es ministro y causa del pecado? En ninguna manera puede jamás serlo.

La justificación en esta vida no es permanente ni está asegurada. Muchos que se consideran “salvos” serán de hecho “hallados pecadores”.

Romanos 3, 24 — […] siendo justificados gratuitamente por la gracia […]

San Pablo se refiere a la justificación en tiempo presente. De esto se deduce que la justificación es un proceso constante que tiene lugar en el pasado, presente y futuro. No es el precepto de “una vez salvo, siempre salvo” que algunos erróneamente predican.

1 Corintios 1, 18 — A la verdad que la predicación de la Cruz o de un Dios crucificado, parece una necedad a los ojos de los que se pierden; mas para los que se salvan, esto es, para nosotros, es la virtud y poder de Dios.

San Pablo se refiere nuevamente a la justificación como un proceso presente y continuo.

Juan 3, 19-21 — […] quien obra mal, aborrece la luz y no se arrima a ella, para que no sean reprendidas sus obras […]

Las malas acciones nos alejan de la luz de Dios.

Tobías 4, 6 — Tú, empero, ten a Dios en tu mente todos los días de tu vida y guárdate de consentir jamás en pecado y de quebrantar los mandamientos del Señor Dios nuestro.

Lo que hacemos es tan importante como lo que creemos. Se requiere de nosotros que vivamos nuestra fe por nuestro obrar con justicia.

Mateo 9, 20 — Cuando he aquí que una mujer, que hacía ya doce años que padecía un flujo de sangre, vino por detrás y tocó la orla de su vestido.

La “fe solamente” no curó a esta mujer enferma. Ella tuvo que tener suficiente fe como para dar el paso de tocar la orla de la vestimenta de Jesús. La fe en Jesús combinada con su acción decidida efectuaron la cura.

Gálatas 5, 5 — Pues nosotros solamente en virtud de la fe esperamos recibir del Espíritu la verdadera justicia o santidad.

En sus cartas, muchas de las referencias que San Pablo hace a “las obras de la Ley” están dirigidas a los judíos de su tiempo que esperaban obtener salvación por medio de cumplir con la Ley Mosaica y sin la mediación del poder del sacrificio de Jesús. Lo que San Pablo nunca dice es que los creyentes estén libres de la necesidad de responder a la gracia del llamado divino o de vivir en la ley cristiana del amor. El simplemente recalca que el ser nacido judío no le asegura a nadie la salvación. Los rituales y prácticas de la Antigua Alianza—lo que en efecto significaba “ser judío”—han sido eliminados por el nuevo mandamiento cristiano del amor, escrito en nuestros corazones y no en tablas de piedra.

2 Corintios 3, 3 — Manifestándose por vuestras acciones que vosotros sois carta de Jesucristo, hecha por nuestro ministerio y escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo: no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, que son vuestros corazones.

Este es un texto magnífico que indica cómo de la ley cristiana del amor debe ser incorporada en nuestras vidas. El amor cristiano no puede permanecer simplemente como una influencia exterior, sino más bien debe ser parte de nuestro mismo ser. Este pasaje definitivamente no indica que los creyentes puedan ignorar la ley y actuar como les plazca, abusando del prójimo sin peligro de perder su salvación, tal como se interpreta en la doctrina protestante de la “salvación asegurada”.

2 Corintios 9, 10 — Porque Dios que provee de simiente al sembrador, él os dará también pan que comer y multiplicará vuestra sementera y hará crecer más y más los frutos de vuestra justicia.

Nuestras buenas obras no nos pertenecen solamente a nosotros sino que son evidencia del trabajo que Dios efectúa en nosotros. Negar su importancia y significado es quitarle ese valor a nuestra vida, haciendo que las lecciones que aprendemos sean superfluas.

Colosenses 1, 24 — Yo que al presente me gozo de lo que padezco por vosotros y estoy cumpliendo en mi carne lo que resta que padecer a Cristo en sus miembros, sufriendo trabajos en pro de su cuerpo místico, el cual es la Iglesia.

¿Qué sufrimientos pudieran haberle faltado al sacrificio de Cristo? Uno solamente, la respuesta libre y afirmativa de cada alma individual al llamado del Espíritu Santo. Jesús no puede responder por la fe de San Pablo—no puede salvar a Pablo en contra de su voluntad—y no puede responder por nosotros tampoco. Es por eso que “solamente la fe” no es suficiente para salvarnos y es por eso que aun el sacrificio perfecto de Cristo tampoco salva a cada individuo. Jesús nos redimió, haciéndonos hijos adoptivos del Padre y abriendo las puertas del cielo para nosotros. Nos corresponde ahora decidir si aceptaremos o rechazaremos esa redención, si vamos a entrar por la puerta que El ha abierto para que podamos entrar y aceptar nuestra herencia.

Desde sus primeros días, la Iglesia ha enseñado que cada individuo, habiendo sido salvado por el sacrificio de Jesús, será juzgado según la respuesta que haya dado a la fe en su vida. Cerca del año 200 d.C., San Clemente de Alejandría escribió:

“Cuando oímos “tu fe te ha salvado” no entendemos que el Señor simplemente dice que serán salvados aquellos que hayan creído de cualquier modo, aun si nunca hubiera seguido obra alguna.” [2]

Ocurre frecuentemente que la Iglesia ha resuelto un problema que luego confunde y molesta a los hermanos separados por siglos. Si ignoramos las enseñanzas de estos gigantes que vivieron a la sombra de los mismos apóstoles, lo hacemos por nuestra cuenta y riesgo. Compare los pasajes citados en esta sección, en los cuales las Escrituras urgen constantemente a los fieles a vivir vidas santas y justas, con el siguiente párrafo tomado de una carta escrita por Martín Lutero a su seguidor, Philip Melanchton en la que afirma:

“Sé un pecador y que tus pecados sean intensos, pero que tu confianza en Cristo sea aun más intensa y regocíjate en Cristo que triunfa victorioso sobre el pecado, la muerte y el mundo. Mientras estemos aquí cometeremos pecados, ya que la justicia no reside en esta vida […] No hay pecado que nos pueda separar de El, aun si matáramos y cometiéramos adulterio miles de veces por dia.” [3]

En esta carta Lutero no hace mención alguna del arrepentimiento, ya que cree erróneamente que el arrepentimiento es en sí mismo una “obra” y la teología de la salvación por Lutero no hace lugar para las buenas obras. Más bien, aquí Lutero exhorta a sus seguidores a pecar como signo de su fe. La perversidad de tal teología es asombrosa y es posible que esa sea la razón por la que hoy ya no pueden obtenerse fácilmente las versiones originales de sus obras completas. Con el tiempo el luteranismo en general se ha apartado de este tipo de ideas. Muchas de las agrupaciones eclesiales protestantes han ido decantando sus doctrinas y ahora, se diferencian marcadamente de las doctrinas originales de sus fundadores. Por contraste, esto nos enseña a apreciar la manera en que la Iglesia Católica ha guardado cuidadosamente y sin cambios las doctrinas de la fe, manteniéndose fiel a la enseñanza original de Cristo y de los apóstoles.


[1] “Si tuviera que descartar alguna de las dos, o las obras o la predicación de Cristo—antes preferiría quedarme sin las obras que sin su prédica. Porque las obras no me ayudan, pero sus palabras me dan vida, como El mismo dijo. Ahora bien, Juan escribe muy poco acerca de las obras de Cristo, pero bastante más sobre su prédica. Los otros evangelistas escriben demasiado sobre sus obras y muy poco sobre su prédica. Por lo tanto el Evangelio de San Juan es el único, inefable y verdadero que debe preferirse y ponerse muy por encima de los otros. De la misma manera también las Epístolas de San Pablo y San Pedro superan por mucho a los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. En una palabra, el Evangelio de Sna Juan y su primera Epístola, las Epístolas de San Pablo, especialmente Romanos, Gálatas y Efesios, así como la Primera Carta de San Pedro son los libros que nos muestran a Cristo y que enseñan todo lo que es necesario y bueno para aprender aun si nunca leyéramos ningún otro libro o doctrina. Por lo tanto, la Epístola de Santiago es realmente una epístola de paja en comparación con aquellos, ya que no tiene en sí nada de la naturaleza del Evangelio.” Lutero, Obras de Martin Lutero—The Philadelphia Edition, trad. C.M. Jacobs, vol. 6: Preface to the New Testament (Publ. Grand Rapids: Baker Book House, 1982), pp. 439-444. Según se cita en Will The Real Heretics Please Stand Up, del autor David W. Bercot, (Publ. Scroll Publishing, 1989) P.112. Traducción del editor.

[2] Citado en inglés en The Faith of the Early Fathers Vol. 1 p. 184. William Jurgens, Publ. 1970 Liturgical Press. Collegeville, Minnesota, EUA.

[3] Citado en inglés en el original de “Let Your Sin Be Strong” (“Que tu Pecado Sea Intenso”) de “The Wittemberg Project” el Segmento Wartburg, traducido por Erika Flores, de los “Saemmtliche Schriften,” (“Obras Completas”) Carta No. 99, 1 de Agosto de 1521.