regeneracion-bautismal

Vademécum de Apologética Católica

Sin descartar el hecho de que muchas denominaciones protestantes bautizan—la mayoría de ellas lo hacen usando la fórmula trinitaria prescripta en Mateo 28, 19—muchos no admiten la clara enseñanza bíblica de la regeneración bautismal. Si lo hicieran, estarían violando una de sus doctrinas más básicas, “sola fide” o “salvación por la fe solamente”. No obstante la Biblia es muy clara: el Bautismo no es un mero símbolo; es un Sacramento, lo cual significa que es al mismo tiempo un símbolo y una realidad que otorga gracia. El bautismo salva. Aunque la teología protestante presenta el asunto como una dicotomía entre la fe y el bautismo, la Sagrada Tradición católica ve a ambos como inseparables.

Ezequiel 36, 25 — Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré.

No se hace mención alguna de una purificación simbólica en este texto. La aspersión—el Bautismo—es el agente purificador prometido por Dios en el Antiguo Testamento. Es nada más y nada menos que un caso de causa y efecto. Nótese que la forma de bautismo que se profetiza en este caso es por aspersión (rociamiento) y no por inmersión.

1 Pedro 3, 18-21 — Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu. En el espíritu fue también a predicar a los espíritus encarcelados, en otro tiempo incrédulos, cuando les esperaba la paciencia de Dios, en los días en que Noé construía el Arca, en la que unos pocos, es decir ocho personas, fueron salvados a través del agua; a ésta corresponde ahora el bautismo que os salva y que no consiste en quitar la suciedad del cuerpo, sino en pedir a Dios una buena conciencia por medio de la Resurrección de Jesucristo.

San Pedro afirma que el bautismo nos limpia así como el Diluvio limpió a la tierra de maldad en los días de Noé. El Diluvio no fue un mero evento simbólico ¿Por qué creer que el bautismo lo sea? Nótese además que el apóstol es bien explícito al describir el efecto del bautismo al decir “bautismo que os salva”. La afirmación de Pedro es simple y clara: el bautismo salva.

Zacarías 13, 1 — Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza.

Este texto no dice nada sobre una supuesta limpieza simbólica. Alude a la fuente que es Jesucristo mismo, quien provee para nosotros las aguas salvíficas del bautismo. Así como Cristo es nuestro Salvador real y eficaz, así también lo es el Bautismo real y eficaz que El instituyó para nosotros.

Mateo 3, 16-17 — Bautizado Jesús, salió luego del agua y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

La Biblia nos cuenta que es el bautismo de Jesús el que causa que el Espíritu de Dios descienda como una paloma sobre El. Esto no es un mero evento simbólico porque es la realidad del Espíritu Santo que se hace presente, es la misma voz del Padre—un sonido real—que se hace oir desde los cielos. En ese momento, a orillas del río Jordán, el cielo se hace presente en la tierra en forma real y física, en el tiempo y en el espacio y no meramente como símbolo. Lo mismo ocurre cuando somos bautizados. Este es el renacimiento “en el agua y el Espíritu” que Jesús dice que debemos experimentar si queremos ser salvados. Tal como fue entonces lo es ahora: una entrega real de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Juan 3, 5 — Respondió Jesús: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.”

El bautismo es el único significado posible de esta frase de Cristo. Las palabras “agua y Espíritu” se refieren al aspecto sacramental del bautismo; es al mismo tiempo símbolo físico y realidad espiritual. Jesús agrega que no podemos entrar en el Reino de los Cielos si no renacemos, si no somos bautizados. Así que cuando un protestante evangélico nos pregunte si hemos “nacido de nuevo”, le podemos asegurar sin sombra de duda que en el día de nuestro bautismo hemos “nacido de nuevo”—del agua y del Espíritu, como lo enseñó el Señor. Otro punto interesante: este pasaje de la Escritura nos ha llegado como una conversación entre Jesús y Nicodemo.

Inmediatamente después, la lectura nos muestra a Jesús yendo a bautizar—y esta es la única ocasión en que los Evangelios nos muestran a Jesús bautizando—”Después de esto, se fue Jesús con sus discípulos al país de Judea y allí se estaba con ellos y bautizaba.” (Juan 3, 22) ¿Es esto una mera coincidencia? No. No hay coincidencias en la Escritura.

Juan 1, 33 — Yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo”.

Si el bautismo de Cristo fuera solamente agua funcionando como un mero símbolo ¿Cómo puede Juan el Bautista referirse a él como el bautismo con Espíritu Santo? En las Escrituras el Espíritu Santo se muestra como un agente—y no un mero símbolo—de cambio. De modo que, en un sentido real, negar el poder regenerativo del bautismo es, por extensón, negar la doctrina de la Santa Trinidad.

Hechos 2, 38-41 — Pedro les contestó: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro.” Con otras muchas palabras les conjuraba y les exhortaba: “Salvaos de esta generación perversa.” Los que acogieron su palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas tres mil almas.

San Pedro no habló para nada de símbolos en esta ocasión. Más bien afirmó en forma explícita que el bautismo resulta en el perdón de los pecados y el impartir el Espíritu Santo.

Hechos 22, 16 — Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre.

El prominente cristiano Ananías insta al fariseo Saulo de Tarso a responder al llamado de Dios. En este caso, Ananías es muy explícito sobre los efectos salvíficos del sacramento: resulta en el perdón de los pecados. Desde los primeros tiempos es perfectamente claro que la Iglesia ha afirmado que el bautismo resulta en un lavado real del pecado y en la incorporación del individuo al Cuerpo Místico de Cristo. No fue sino hasta los tiempos de la Reforma Alemana—unos quince siglos después—que surgieron innovaciones en la forma de falsas opciones (fe opuesta a obras, fe opuesta a ley, fe opuesta a bautismo, etc.) Es recién entonces que el bautismo comienza a ser visto por algunos como un símbolo de la fe.

Gálatas 3, 27 — En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo.

Nótese que San Pablo no escribió “todos vosotros que creéis en Cristo.” El bautismo tiene un efecto claro y definitivo.

Tito 3, 4-7 — Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, El nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna.

La referencia que San Pablo hace al “baño de regeneración”—o como lo presentan otras traducciones “el lavado de regeneración”—es bien explícita. Esto es precisamente lo que la Iglesia Católica enseña que el bautismo es, un renacimiento en agua y en Espíritu. En todas las referencias al bautismo que hace San Pablo ninguna tan siquiera insinúa una naturaleza simbólica. Nunca dice, por ejemplo, “el baño que simboliza el renacer” siendo que ciertamente hubiera podido expresarse así. Es claro que esto restringe la interpretación de las palabras de Pablo a un acto específico de lavado que solamente puede ser el bautismo.

Mateo 28, 19 — Id, pues y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

La instrucción de Jesús no es una mera sugestión o propuesta. Es inequívoca e implica causa y efecto. Bautismo resulta en discipulado. Es a través del bautismo que llegamos a ser hermanos adoptivos de Cristo y miembros de su Cuerpo Místico en la tierra: la Iglesia.

Los Padres de la Iglesia primitiva, en un texto tras otro, generación tras generación, afirman repetidamente la naturaleza regenerativa del bautismo. La idea de que este sacramento sea meramente simbólico no se encuentra en la literatura cristiana hasta el siglo XVI, cuando ciertos seguidores de la Reforma tratando de distanciarse de la Iglesia Católica, desarrollaron sus propias enseñanzas innovadoras basándose en interpretaciones holgadas de un número muy limitado de versículos bíblicos. Sin embargo aun esos versículos no hacen referencia al bautismo, sino a la fe. Porque la única manera en que puede sostenerse el punto de vista protestante de que el bautismo es meramente simbólico es creando una separación artificial entre fe y bautismo. Aun así, en la Iglesia temprana y en la Iglesia histórica, la fe y el bautismo han sido siempre considerados inseparables e integralmente relacionados una con otro. La realidad es que en las Escrituras uno no encuentra ni tan siquiera una insinuación de que el bautismo sea nada menos que una acción regenerativa y salvífica.

 

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