redencion

Vademécum de Apologética Católica

Muchos protestantes creen que, en la Misa, los católicos «re-crucifican» a Jesús, negando así el poder salvífico «una vez para siempre» de la crucifixión. Afirman que cuando Jesús dijo desde la Cruz: «Todo está cumplido» (Juan 19, 30), se refería a su sacrificio perfecto y a nuestra redención. Interpretan de la misma manera el texto de Hebreos 10, 10 donde leemos: «Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo.» Sin embargo, San Pablo nos dice que nuestra salvación está completa sólo por la resurrección: «Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: estáis todavía en vuestros pecados.» (1 Corintios 15, 17). Además, las Sagradas Escrituras nos dicen que el sacrificio de Jesús—aunque innegablemente un hecho que ocurrió «una vez para siempre»—sigue, no obstante, ocurriendo en el tiempo. Aun mejor dicho, existe fuera del tiempo, ya que las Escrituras lo describen en el tiempo presente coincidiendo con la necesidad de los fieles de ofrecer sacrificio permanentemente.

Zacarías 14, 21 — Y toda olla, en Jerusalén y Judá, estará consagrada a Yahvé Sebaot; todos los que quieran sacrificar vendrán a tomar de ellas y en ellas cocerán.

Esta escritura es el final de un largo pasaje escatológico de Zacarías, que describe «el día del Señor». Se puede interpretar que nos habla, o bien del fin de los tiempos, o bien del tiempo después de la venida del Mesías. De cualquier manera, profetiza claramente el sacrificio perenne de aquellos que son fieles. Así es que el sacrificio de una vez para siempre no cesó después del primer viernes santo, sino que continúa. Nótese además que, interesantemente, este pasaje relaciona el sacrificio con la comida. La Eucaristía, conocida por los católicos como una «comida sacrificial», está claramente prefigurada en este pasaje.

Malaquías 1, 11 — Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura.

De nuevo, el sacrificio de los fieles mediante el sacerdocio eterno de Jesús, es continuo y permanente. Nótese que esta profecía se cumple hoy día, ya que cada segundo de cada día en algún lugar del mundo se está celebrando el Santo Sacrificio de la Misa.

1 Juan 2, 1-2 — Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

San Juan nos habla de la propiciación del sacrificio de Cristo en el tiempo presente, no el pasado. El papel de Cristo como víctima sacrificial no terminó hace dos mil años; su sacrificio es eterno.

Apocalipsis 5, 6 — Entonces vi, de pie, en medio del trono y de los cuatro vivientes y de los ancianos, un Cordero, como degollado.

La visión atemporal de Juan del cielo, incluye el sacrificio de Jesús—una vez más expresado, no en el tiempo pasado, sino en el presente atemporal.

Salmos 110, 4 — Tú eres por siempre sacerdote, según el orden de Melquisedec.

Este versículo claramente establece la última cena—y por tanto la Misa—como un sacrificio. La última cena la única ocasión en que Cristo ofrece pan y vino. Es el único punto de comparación entre Melquisedec y Jesús. Concluímos que Jesús definitivamente estaba actuando de «sacerdote» en la última cena y que su sacrificio es «para siempre». Este importantísimo versículo resuena en Hebreos 5, 6-10 y 6, 20.

1 Corintios 11, 25 — Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiéreis, hacedlo en recuerdo mío.

En los últimos siglos, autores protestantes han resaltado la palabra «recuerdo» para afirmar de que el Sacramento de la Eucaristía es solo un acto simbólico, un memorial. Sin embargo, cuando un viejo amigo nos visita—en persona—recordamos los viejos tiempos. Ciertamente, tal nostálgico compartir podría considerarse un «recuerdo». Los amigos íntimos se acuerdan del pasado más fácilmente cuando están juntos. Así que, la palabra «recuerdo» no describe nada sustancial en lo que se refiere a la presencia real de Cristo, ni en pro ni en contra. El Padre Mitch Pacwa, S.J., conocido autor y académico, nos dice que la palabra griega «anamnesis»—que ha sido traducida como «recuerdo»—es una palabra que aparece muy rara vez en las Escrituras pero, cuando es usada, siempre se la relaciona con el sacrificio. Fuera del contexto de la última cena, en el Nuevo Testamento solamente aparece en Hebreos 10, 3, donde el «recuerdo» equivale a la acción de llevar a cabo un sacrificio bajo la ley mosaica: «…con ellos [los sacrificios de la ley mosaica] se renueva cada año el recuerdo de los pecados…» En el Antiguo Testamento, la palabra aparece en Levítico 23, 24-25 donde aparece traducida como «conmemoración»: «…el primer día del mes será para vosotros de gran descanso, una fiesta conmemorativa con clamor de trompetas, una reunión sagrada. No haréis ningún trabajo servil y ofreceréis manjares abrasados a Yahvé.» Nótese una vez más el contexto de sacrificio. Y en Números 10, 10 vemos la traducción «se acuerde» nuevamente: «En vuestros días de fiesta, solemnidades, neomenias, tocaréis las trompetas durante vuestros holocaustos y sacrificios de comunión. Así haréis que vuestro Dios se acuerde de vosotros». Una vez más, hallamos una clara referencia a «oblación», es decir a sacrificio. Ahora bien, si Jesús no consideró la última cena—la primera Misa—como un sacrificio, entonces tendríamos que concluir que escogió una palabra muy inadecuada—»memoria»—para instruir a sus seguidores a que continuaran con la tradición. Pues, al decir: «hacedlo en memoria de mí», apuntó con toda claridad a los sacrificios, haciendo una referencia que sus seguidores no podían ignorar.

Hebreos 8, 1-3 — […] tenemos un sumo sacerdote tal, que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, al servicio del Santuario y de la Tienda verdadera, erigida por el Señor, no por un hombre. Porque todo sumo sacerdote está instituído para ofrecer dones y sacrificios: de ahí que necesariamente también él tuviera que ofrecer algo.

De nuevo, nuestro sumo sacerdote, Jesús, está ofreciendo un sacrificio—tiempo presente—en el cielo. Cuando un sacerdote católico celebra el santo sacrificio de la Misa, él y todos los presentes se unen a los habitantes del cielo en ese sacrificio celestial, con Jesús de sumo sacerdote.

1 Corintios 5, 7-8 — […] Porque nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado. Así que, celebremos la fiesta […]

San Pablo se refiere a la Misa, la nueva «pascua» que quiere decir «pasar de largo», donde el pueblo de Dios, unido al sacrificio perfecto de Jesús mediante su cuerpo y sangre en la Eucaristía, pasan del pecado y la muerte a la nueva vida de la salvación. La Iglesia enseña que la Misa es sacrificio y comida.

Desde los primeros tiempos, la comunidad cristiana se reúne para ofrecer sacrificio—la liturgia Eucarística. En el año 213 d.C., Tertuliano escribió:

«Una mujer, después de la muerte de su esposo… ora por su alma y pide que él, mientras espera, encuentre descanso y que pueda compartir en la primera resurrección. Y cada año, en el aniversario de su muerte, ella ofrece un sacrificio.»[1]

Este antiguo texto es un ejemplo de la Misa memorial, ofrecida por los católicos aún hasta nuestros días por sus seres queridos que han fallecido. La referencia al «sacrificio» es bien explícita en la gran mayoría, tanto de las Escrituras, como de los escritos de los primeros creyentes. Sin embargo, la mayoría de las congregaciones protestantes hoy día no ofrecen nada ni remotamente semejante a un sacrificio.


[1] Citado en inglés en The Faith of the Early Fathers, Vol. 1 p. 158. William A. Jurgens. Publ. Liturgical Press, 1970. Collegeville, Minnesota.

 

Anuncio publicitario