purgatorio

Vademécum de Apologética Católica

En general, la gente cree que el purgatorio es un lugar, pero en realidad es un proceso por el cual aquellos de nosotros que no alcanzamos la santidad perfecta en esta vida somos limpiados en preparación para nuestra entrada al cielo. El purgatorio es un gran don de Dios, pues las Escrituras nos advierten que, a menos que seamos hechos perfectos, no tenemos parte en el Reino de los Cielos.

Apocalipsis 21, 27 — Nada profano entrará en ella, ni los que cometen abominación y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.

Para aquellos de nosotros que no seamos hechos totalmente perfectos en esta vida, la doctrina del purgatorio nos ofrece una gran esperanza. Porque no podremos entrar en la presencia de Dios hasta que hayamos sido completamente purificados.

1 Corintios 3, 15 — Mas aquél, cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño. El, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego.

San Pablo nos explica que una purificación ocurre en aquellas almas que han sido salvadas.

Hebreos 12, 14 — Procurad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.

Los que mueran sin haber logrado esa paz de la que habla el apóstol no deben descorazonarse. Serán limpiados después de la muerte. Esta escritura nos muestra que sin santidad no es posible acceder a la presencia de Dios en los cielos.

2 Samuel 12, 13-14 — David dijo a Natán: «¡He pecado contra el Señor!». Natán le respondió: «El Señor, por su parte, ha borrado tu pecado: no morirás. No obstante, porque con esto has ultrajado gravemente al Señor, el niño que te ha nacido morirá sin remedio».

Aun cuando el pecado de David ha sido perdonado queda un castigo por cumplir: su hijo muere tal como Natán se lo había predicho.

Hebreos 12, 22-23 — Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad de Dios vivo, la Jerusalén celestial y a miríadas de ángeles, reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos y a Dios, juez universal y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación.

No hay mejor definición de la doctrina del purgatorio que esta frase bíblica: «espíritus de los justos llegados ya a su consumación». Los espíritus que acceden al cielo han sido purgados de toda imperfección o impureza.

Mateo 5, 18-30 — Os aseguro que no desaparecerá ni una letra pequeña ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos. Os aseguro que si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. Vosotros habéis oído lo que se dijo a los antepasados: «No matarás y el que mata, será condenado por el tribunal». Pero yo os digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, será condenado por el tribunal. Y todo aquel que lo insulta, será castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, será condenado a la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez y el juez al guardia y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo. Vosotros habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero yo os digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea arrojado al Gehena.

Aquí encontramos—en boca del mismo Jesús—el pecado mortal, el pecado venial, el purgatorio y el infierno

Lucas 12, 58-59 — Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez y el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.

Jesús nos explica que todas las cuentas pendientes deben ser saldadas antes de que ocurra la salvación. Este proceso de pago, aprendizaje y purificación es lo que la Iglesia llama purgatorio.

Apocalipsis 7, 13-14 — Uno de los ancianos tomó la palabra y me dijo: «Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?» yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás». Me respondió: «Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario y el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos».

Las almas que han sobrevivido al tiempo de gran tribulación—o sea su tiempo de juicio en la tierra—lavan sus túnicas en la sangre del Cordero y como resultado, se les permite entrar en los cielos. La causa y el efecto son bien claros: «han lavado sus vestiduras» y «por esto están delante del trono de Dios». La doctrina del purgatorio es inequívoca.

1 Juan 5, 16-17 — Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es de muerte, pida y le dará vida—a los que cometan pecados que no son de muerte pues hay un pecado que es de muerte, por el cual no digo que pida. Toda iniquidad es pecado, pero hay pecado que no es de muerte.

¿A dónde vamos cuando morimos en pecado pero no en pecado mortal? ¿Qué nos sucede? Sabemos que no se nos permite la entrada inmediata en los cielos, ya que nada impuro puede entrar en ellos (Apocalipsis 21, 27) Y ciertamente no vamos al infierno ya que el apóstol Juan nos dice que el pecado no es mortal. Debemos entonces pasar por alguna clase de purificación.

Marcos 9, 49 — Porque cada uno será salado por el fuego.

En este pasaje, Jesús describe el purgatorio.

1 Pedro 3, 19 — En el espíritu fue también a predicar a los espíritus encarcelados.

¿Dónde está esta «prisión» de la que nos habla San Pedro? Ciertamente no está en el cielo. Pero tampoco puede estar en el infierno.

Efesios 4, 8-10 — Por eso dice: «Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres». ¿Qué quiere decir «subió» sino que también bajó a las regiones inferiores de la tierra? Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo.

Mateo 12, 32 — Al que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el futuro.

Aquí Jesús implica claramente que puede haber una expiación después de la muerte. Es aparente que algunos pecados son perdonados en el mundo por venir.

2 Macabeos 12, 42-46 — E hicieron rogativas pidiendo que el pecado cometido quedara completamente borrado. El noble Judas exhortó a la multitud a que se abstuvieran del pecado, ya que ellos habían visto con sus propios ojos lo que había sucedido a los caídos en el combate a causa de su pecado. Y después de haber recolectado entre sus hombres unas dos mil dracmas, las envió a Jerusalén para que se ofreciera un sacrificio por el pecado. El realizó este hermoso y noble gesto con el pensamiento puesto en la resurrección, porque si no hubiera esperado que los caídos en la batalla iban a resucitar, habría sido inútil y superfluo orar por los difuntos. Además, él tenía presente la magnífica recompensa que está reservada a los que mueren piadosamente y este es un pensamiento santo y piadoso. Por eso, mandó ofrecer el sacrificio de expiación por los muertos, para que fueran librados de sus pecados.

Si los muertos estaban en el infierno Judas Macabeo no hubiera orado por ellos, ya que allí de nada les hubiera servido su plegaria. Si hubieran estado en los cielos entonces no hubiera sido necesario orar por ellos tampoco.

La creencia en el purgatorio no es, como algunos afirman, una innovación medieval. Todo lo contrario. Esta doctrina en realidad se remonta a los tiempos apostólicos. Alrededor del 210 d.C. Tertuliano afirma:

«[…] si entendemos que la prisión de la que habla el Evangelio y si interpretamos que la «última monedita de ínfimo valor» (Mateo 5, 25-26) es una ofensa ligera que debe ser purgada antes de la resurrección, nadie dudará que el alma pasa por una purificación en el Hades, sin perjuicio de la plenitud de su resurrección, después de la cual cierta recompensa también tendrá lugar en la carne.» [1]

Todos los pecados veniales no son iguales ante Dios. Aun la imperfecta justicia humana admite variaciones de gravedad en las violaciones de la ley. Ante la justicia divina, las faltas ligeras y las imperfecciones de la vida diaria no serán castigadas con la misma severidad que se otorga a las violaciones serias a la ley de Dios. Como ya hemos visto, para comparecer ante la presencia de Dios, es necesario estar perfectamente puro. Sus «ojos son demasiado puros para contemplar el mal» (Habacuc, 1, 13). La Iglesia siempre ha enseñado la doctrina del purgatorio como medio de satisfacción, a través de castigo temporal, por los pecados veniales debidos y no arrepentidos al momento de la muerte. Esta creencia está tiene raíces tan profundas y antiguas que fue aceptada por los judíos y al menos en forma solapada por los paganos mucho tiempo antes del advenimiento del Cristianismo. Ver «La Eneida» VI, 735 et seq.; Sófocles, «Antigona,» 450 et seq.


[1] The Faith of the Early Fathers por William A. Jurgens -Vol I p. 145, Publ. Liturgical Press, Collegeville Minnesota, 1970.

 

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