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Vademécum de Apologética Católica

La oración intercesoria es una antigua tradición entre los fieles. Los ejemplos de ella en las Escrituras son numerosos. Cuando “rezamos a” los santos, estamos meramente pidiendo unos a otros por nuestra intercesión ante Dios, de la misma manera en que Abraham, Moisés, Job y San Pablo intercedieron ante Dios durante su vida rogando por otros. No estamos de ninguna manera disminuyendo el papel de Cristo como Rey, Salvador y Mediador. En vez de eso experimentamos la unidad del Cuerpo Místico y mostramos caridad cristiana por nuestros hermanos en la fe.

Job 42, 8 — Ahora conseguíos siete toros y siete carneros y luego id a ver a mi servidor Job. Ofreceréis un holocausto por vosotros mismos y mi servidor Job intercederá por vosotros. Y yo, en atención a él, no os infligiré ningún castigo humillante, por no haber dicho la verdad acerca de mí, como mi servidor Job.

Los tres amigos parlanchines de Job: Elifaz, Bildad y Zofar se entristecen cuando se enteran de la intención de Dios de castigarlos por su orgullo y vanidad. La respuesta de Dios es reveladora y Dios, no solamente se rehusa a aceptar sus peticiones de perdón, también les indica que pidan a Job que interceda por ellos. Dios les otorga el perdón sólo cuando Job ora por ellos.

1 Timoteo 2, 1-3 — Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador.

San Pablo nos indica explícitamente que oremos unos por otros.

2 Timoteo 1, 16-18 — Que el Señor conceda misericordia a la familia de Onesíforo, pues me alivió muchas veces y no se avergonzó de mis cadenas sino que cuando llegó a Roma, me buscó solícitamente y me encontró. Concédale el Señor encontrar misericordia ante el Señor aquel día. Además, cuántos buenos servicios me prestó en Efeso, tú lo sabes mejor.

Aquí es el mismo San Pablo quien ofrece una plegaria de intercesión por Onesíforo, quien ha muerto. Vemos entonces que la oración de intercesión por los muertos es no sólo bíblica sino también apostólica.

2 Timoteo 1, 3 — Doy gracias a Dios, a quien, como mis antepasados, rindo culto con una conciencia pura, cuando continuamente, noche y día, me acuerdo de ti en mis oraciones.

Si todo lo que tiene que hacer Timoteo es orar directamente a Dios sin ninguna intervención de Pablo, entonces ¿por qué Pablo se molesta en mantener semejante programa intensivo de oración para beneficio de Timoteo? La respuesta es, por supuesto, el espíritu de caridad que la doctrina de la Comunión de los Santos afirma y recomienda con tanta fuerza.

Mateo 5, 44 — Pues yo os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial que hace salir su sol sobre malos y buenos, justos e injustos.

Aquí es Jesús que nos ordena interceder a favor de otros, incluídos nuestros enemigos.

Romanos 10, 1 — Hermanos, el anhelo de mi corazón y mi oración a Dios a favor de ellos es que se salven.

Nuevamente San Pablo intercede por otros en oración.

1 Juan 5, 16 — Si alguno ve a su hermano cometer un pecado que no es de muerte, pida y le dará vida a los que cometan pecados que no son de muerte, pues hay un pecado que no es de muerte.

El apóstol San Juan nos nos urge a orar por la santificación de nuestros hermanos.

Hebreos 5, 1 — Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.

A lo largo de toda la historia de la salvación, los sacerdotes han sido designados para ofrecer plegarias y sacrificios en nombre de la comunidad. Tanto la intercesión como la expiación son mencionadas en esta cita.

Santiago 5, 13-16 — ¿Sufre alguno entre vosotros? Que ore ¿Está alguno alegre? Que cante salmos ¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en nombre del Señor. Y la oración de fe, salvará al enfermo y el Señor hará que se levante y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.

Se nos instruye que busquemos un sacerdote para que ore por nosotros; se nos dice que la oración del sacerdote es más poderosa que la nuestra. Santiago se refiere aquí al Sacramento de la Unción de los Enfermos. Santiago nos dirige a ofrecer plegarias de intercesión por los enfermos.

Génesis 18, 23-28 — Abordóle Abraham y dijo: “¿Así que vas a borrar al justo con el malvado? Tal vez haya cincuenta justos en la ciudad ¿Es que vas a borrarlos y no perdonarás a aquel lugar por los cincuenta justos que que hubiere dentro? Tú no puedes hacer tal cosa: dejar morir al justo con el malvado y que corran parejas el uno con el otro. El Juez de toda la tierra ¿va a fallar una injusticia?” Dijo Yahvé: “Si encuentro en Sodoma a cincuenta justos en la ciudad perdonaré a todo el lugar por amor de aquellos.” Replicó Abraham: “¡Mira que soy atrevido de interpelar así a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza! Supón que los cincuenta justos fallen por cinco ¿Destruirías por los cinco a toda la ciudad?” Dijo: “No la destruiré, si encuentro allí a cuarenta y cinco.”

Abraham intercede con Dios para salvar a Sodoma mientras trata de reducir el número de personas justas que se requerirían para salvar a toda la ciudad. Dios responde positivamente a la intercesión de Abraham, accediendo a su pedido.

Mateo 19, 28 — Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

Jesús, en su gracia, le ha dado a la humanidad un lugar en el Reino de Dios. Sea que estemos orando unos por otros o juzgando a las doce tribus de Israel, no le quitamos gloria a Dios ni lo suplantamos sino que compartimos con El en la gloria del Reino.

Apocalipsis 5, 8 — Cuando lo tomó, los cuatro, los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos.

Aquí se muestra a los fieles en el cielo claramente intercediendo para nuestro beneficio, presentando nuestras oraciones delante del trono de Dios.

Apocalipsis 8, 3-4 — Otro ángel vino y se puso junto al altar con un incensario de oro. Se le dio mucho incienso para que, con las oraciones de todos los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono. Y por mano del ángel subió delante de Dios con la humareda del incienso con las oraciones de los santos.

Nuestras oraciones en la tierra son ofrecidas por los santos en el cielo que las presentan delante del trono de Dios. Todos estamos unidos en la fe y el sacrificio del Cordero.

Apocalipsis 6, 9-17 — Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Se pusieron a gritar con fuerte voz: “¿Hasta cuándo, Dueño Santo y Veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?” Entonces le dio a cada uno un vestido blanco y se les dijo que esperasen todavía un poco, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que iban a ser muertos como ellos. Y seguí viendo. Cuando abrió el sexto sello se produjo un violento terremoto y el sol se puso negro como un paño de crin y la luna toda como de sangre y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera suelta sus higos verdes al ser sacudida por un viento fuerte y el cielo fue retirado como un libro que se enrolla y todos los montes y las islas fueron removidos de sus asientos y los reyes de la tierra, los magnates, los tribunos, los ricos y los poderosos y todos, esclavos o libres, se ocultaron en las cuevas y en las peñas de los montes. Y dicen a los montes y a las peñas: “Caed sobre nosotros y ocultadnos de la vista del que está sentado en el trono y de la cólera del Cordero. Porque ha llegado el gran día de su cólera y ¿quién podrá sostenerse?”

Las oraciones de los mártires en el cielo son responsables por incitar la ira de Dios contra los habitantes de la tierra a causa del derramamiento de su sangre inocente. Las oraciones de los santos tienen un efecto directo y significativo sobre el mundo. Así se puede definir la plegaria de intercesión.

2 Corintios 1, 11 — […] si colaboráis también con nosotros con la oración a favor nuestro, para que la gracia obtenida por intervención de muchos sea por muchos agradecida en nuestro nombre.

El poder de la oración se cuenta entre los dones que Dios ha dado a la comunidad de los fieles.

Mateo 21, 22 — Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis.

Nótese que Cristo no pone limitaciones a nuestra oración. En cambio nos promete que recibiremos con estas palabras: “todo cuanto pidáis”. Se puede asumir con confianza que eso incluye las oraciones que hacemos a favor de otros.

Hechos 12, 5 — Así pues Pedro estaba custodiado en la cárcel, mientras la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios.

Aquí tenemos otro ejemplo claro de intercesión en que la entera comunidad de los fieles ora por el bien de Pedro.

2 Macabeos 3, 31 — Pronto algunos de los acompañantes de Heliodoro instaban a Onías que invocara al Altísimo para que diese la gracia de vivir a aquel que yacía ya en su último suspiro.

Otro ejemplo claro. En este caso un grupo de individuos intercede con sus ruegos para el logro de una intención común.

2 Macabeos 12, 42-46 — Y pasaron a las súplicas, rogando que quedara completamente borrado el pecado cometido. El valeroso Judas recomendó a la multitud que se mantuvieran limpios de pecados a la vista de lo sucedido por el pecado de los que habían sucumbido. Después de haber reunido entre sus hombres cerca de dos mil dracmas, las mandó a Jerusalén para ofrecer un sacrificio por el pecado, obrando muy hermosa y noblemente, pensando en la resurrección. Pues de no esperar que los soldados caídos resucitarían, habría sido superfluo y necio rogar por los muertos, mas si consideraba que una magnífica recompensa está reservada a los que se duermen piadosamente, era un pensamiento santo y piadoso. Por eso mandó hacer este sacrificio expiatorio a favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado.

Claramente, las plegarias de intercesión por los muertos de hecho ya ocurrían siglos antes del tiempo de Jesús.

Números 12, 13 — Moisés clamó a Yahvé diciendo; “¡Oh Dios, cúrala por favor!”

Miriam se rebela y es castigada con la lepra. Moisés ruega a Dios para que libre a Miriam de ese castigo. Dios libera a Miriam de su pena una vez que Moisés ha orado por ella.

Génesis 48, 15-16 — […] y bendijo a José diciendo: “El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que ha sido mi pastor desde que existo hasta el presente día, el ángel que me ha rescatado de todo mal, bendiga a estos muchachos; sean llamados con mi nombre y con el de mis padres Abraham e Isaac y multiplíquense y crezcan en medio de la tierra.

Jacob ruega por sus nietos.

Tobías 12, 12 — Cuando tú y Sara hacíais oración, era yo el que presentaba y leía ante la Gloria del Señor el memorial de vuestras peticiones.

En el cielo, el Angel Gabriel presenta a Dios las oraciones de Tobías y de Sara. El ángel actúa como intercesor por ellos.

Levítico 5, 5-6 — […] el que es culpable en uno de estos casos confesará aquello en que ha pecado y como sacrificio de reparación por el pecado cometido, llevará a Yahvé una hembra de ganado menor, oveja o cabra, como sacrificio por el pecado. Y el sacerdote hará por él expiación de su pecado.

El ruego de intercesión ha sido parte de nuestra herencia espiritual desde el principio.

Romanos 15, 30 — Pero os suplico hermanos por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu Santo, que luchéis juntamente conmigo en vuestras oraciones rogando a Dios por mí.

San Pablo pide aquí a sus lectores a que se apoyen su ministerio apostólico por medio de la oración. Esta es una de las formas más hermosas del ruego intercesorio.

Zacarías 1, 12-13 — Tomó la palabra el ángel de Yahvé y dijo: “Oh Yahvé Sebaot, ¿hasta cuándo seguirás sin apiadarte de Jerusalén y de las ciudades de Judá, contra las cuales estás irritado desde hace setenta años?” Yahvé respondió al ángel que hablaba conmigo palabras buenas, palabras de consuelo.

En este caso el ángel está intercediendo por la ciudad de Jerusalén.

Santiago 4, 3 — Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones.

1 Pedro 3, 7 — De igual manera vosotros maridos, en la vida común sed comprensivos con la mujer que es un ser más frágil tributándoles honor como coherederas que son también de la gracia de vida para que vuestras oraciones no encuentren obstáculo.

Nuestros pecados y hasta nuestras malas intenciones, pueden reducir la efectividad de nuestras oraciones.

Génesis 4, 4-5 — También Abel hizo una oblación de los primogénitos de su rebaño y de la grasa de los mismos. Yahvé miró propicio a Abel y su oblación, mas no miró propicio a Caín.

Dios no ve todas las oraciones de la misma manera.

Mateo 5, 23-24 — Si pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti. Deja tu ofrenda allí, delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda.

El pecado altera la aceptabilidad de nuestro sacrificio de oración al Señor. Jesús nos dice que el estado de nuestra alma es examinado por Dios cuando considera nuestras oraciones. Nuestra relación con el prójimo afecta la aceptabilidad de nuestras oraciones. Esto nos ayuda a entender más fácilmente el concepto de la oración intercesoria si comenzamos por la idea de que es parte esencial de nuestra vida comunitaria en la Iglesia.

Salmos 45, 13 (§ 44, 13) — La hija de Tiro con presentes y los más ricos pueblos recrearán su semblante.

En este salmo es un pasaje que se refiere proféticamente a María como a una princesa que se sienta a la derecha de Mesías. Esto se refiere claramente en forma profética a los fieles que buscan la intercesión de María.

Es un hecho histórico que los cristianos primitivos oraban por las almas de los difuntos. En 213 d.C., Tertuliano escribió:

“Una mujer, después de la muerte de su esposo… ruega por su alma y pide que él pueda, mientras aguarda, hallar descanso y que pueda compartir la primera resurrección. Y cada año, en el aniversario de su muerte, ella ofrece el sacrificio.” [1]

Las objeciones a orar por los muertos son otra innovación de la Reforma Protestante. Nótese también la alusión de Tertuliano al “sacrificio” en clara referencia al Santo Sacrificio de la Misa, que se remonta a los tiempos apostólicos. Finalmente, vale la pena apuntar que la oración por los muertos muestra claramente la creencia en un proceso de purificación que ocurre después de la muerte—el purgatorio—ya que no hay ninguna necesidad de orar por las almas que están en el cielo y no tiene caso orar por las almas en el infierno. Una vez más comprobamos que las creencias de los cristianos de tiempos tempranos son completamente católicas.


[1] Citado en inglés en The Faith of the Early Fathers, Vol. 1 p. 158. William A. Jurgens. Publ. Liturgical Press, 1970. Collegeville, Minnesota.

 

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