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Vademécum de Apologética Católica

A Pedro, tanto Jesús como los evangelistas, lo describen claramente como el primero entre los apóstoles. Se lo menciona en 191 ocasiones en el Nuevo Testamento mientras que a los demás apóstoles sumados se les menciona por nombre un total de 130 veces. El apóstol nombrado más frecuentemente, aparte de Pedro, es Juan. Su nombre aparece 48 veces en el Nuevo Testamento. La autoridad de Pedro es incuestionable, aun para el apóstol San Pablo. Además, a Pedro se lo nombra en primer lugar en casi todas las listas de los apóstoles, así como a Judas se lo nombra siempre en último lugar. Si existen razones obviamente justificadas para nombrar a Judas último ¿por qué no debieran existir razones para nombrar a Pedro primero?

Mateo 16, 15-19 — Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, […] Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»

Algunos apologistas protestantes insisten en el hecho de que las dos palabras griegas usadas para decir «piedra», petros y petra pertenecen a distintos géneros (masculino y femenino). Afirman que la diferencia de género define el significado de la frase, indicando dos piedras, una de ellas inferior en tamaño (petra). Pero la diferencia de género radica en que el nombre de un hombre no puede tener una terminación femenina, como es el caso para la palabra griega para «piedra», petra. El error en la posición protestante se hace bien claro cuando se considera que en el idioma arameo—el idioma que Jesús hablaba—no hay declinación de género para el sustantivo kepha (piedra).

Cuando Jesús dice esta frase, la expresión suena como: «tú eres Piedra y sobre esta piedra edificaré mi iglesia.» De esta manera no hay ninguna diferencia original entre las palabras «Pedro «y «piedra». En realidad, la misma palabra es usada dos veces. Este es un claro ejemplo de cómo ciertos críticos de la Iglesia leen las Escrituras usando el filtro de sus tradiciones, mientras se pierden el sentido obvio de ciertos pasajes crucialmente importantes. En verdad, estos textos encierran un profundo significado, ya que contienen la promesa inequívoca de Jesús de proteger y guiar a la Iglesia que El está fundando sobre Pedro, a quien El confía las llaves del Reino (como se puede ver en el próximo párrafo). Cuando Dios da a alguien un nuevo nombre, está llamando nuestra atención, señalando a un evento singular e importante. Tal es el caso de Abram (Abraham), Jacob (Israel), Saulo (Pablo) y Simón (Pedro).

Isaías 22, 15-22 — Así habla el Señor de los ejércitos: «Ve a encontrarte con ese intendente, Sebná, el mayordomo de palacio, que talla su sepulcro en la altura y se cava una morada en la roca. ¿Qué tienes y a quién tienes aquí, para tallarte aquí un sepulcro? Mira que el Señor te arroja de un solo golpe, hombre fuerte; te envuelve bien envuelto, te ata fuerte como un ovillo y te arroja como una bola a un país de vastas dimensiones. Allí morirás y allí irán a parar los carruajes que eran tu gloria, ¡tú, deshonra de la casa de tu señor! yo te derribaré de tu sitial y te destituiré de tu cargo. Y aquel día, llamaré a mi servidor Eliaquím, hijo de Jilquías; lo vestiré con tu túnica, lo ceñiré con tu faja, pondré tus poderes en su mano y él será un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré sobre sus hombros la llave de la casa de David: lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá.» (BLA)

Las llaves del reino de Israel le son dadas a Eliaquim, de manera que él queda como el hombre más poderoso del reino con excepción del rey. Las llaves son el símbolo de la autoridad real. Desde el momento que las llaves pasan a cada uno de los sucesores, indica que la mayordomía sobrevive aun después de la muerte de los individuos que la han ejercido. El rey no deja de nombrar mayordomos cuando muere el que ocupa el cargo, entonces las llaves se pasan a un sucesor. De la misma manera, la autoridad delegada por Jesús no terminó con Pedro sino que fue pasada a la siguiente generación y así será hasta el fin del tiempo. Compare con Génesis 41, 40-44.

1 Corintios 15, 3-5 — Os he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Cefas y después a los doce.

Según declara San Pablo, San Pedro fue apartado especialmente por Jesús después de la Resurrección. Nótese que aquí San Pablo se refiere a San Pedro por el nombre que Cristo le diera: Cefas, es decir, «Roca». Esta referencia, por sí misma es suficiente para refutar las explicaciones alternativas que se dan para Mateo 16, 15-19 (ver párrafos anteriores). Si, por ejemplo, la palabra «roca» estuviera refiriéndose a la fe de Pedro, entonces San Pablo estaría cometiendo un serio error al referirse a Simón como «Roca». Esto no resulta así porque en ese pasaje de Mateo, Jesús mismo claramente le da a Simón un nuevo nombre, «Roca», indicando así un cambio en la condición de Pedro que va a tener un impacto crucial en la historia de la salvación.

Apocalipsis 3, 7 — […] El Santo, el que dice la Verdad, el que posee la llave de David, el que abre y nadie puede cerrar, el que cierra y nadie puede abrir, afirma […]

Las llaves le pertenecen a Cristo. En las Escrituras, las llaves son signo de la autoridad de Cristo. Cuando El le da las llaves a Pedro en Mateo 16, está delegando esa autoridad que es para toda la eternidad. Del mismo modo que antes con Eliaquim (vea Isaías 22, 15-25) San Pedro es el visir o mayordomo del reino, que ejerce la autoridad en nombre del Rey de Israel.

Gálatas 1, 18 — Tres años más tarde, fui desde allí a Jerusalén para visitar a Cefas y estuve con él quince días.

Después de recibir del Espíritu Santo sus revelaciones, San Pablo viaja a Jerusalén específicamente para visitar a San Pedro. Esta es una clarísima indicación de la posición de autoridad que ocupaba San Pedro. Nótese también que Pablo se refiere a Pedro por el nombre que Cristo le diera: Cefas, «Roca».

Isaías 51, 1-2 — ¡Escuchadme, los que váis tras la justicia, vosotros, los que buscáis al Señor! Fijaos en la roca de la que fuisteis tallados, en la cantera de la que fuisteis extraídos; fijaos en vuestro padre Abraham y en Sara, que os dio a luz: cuando él era uno solo, yo lo llamé, lo bendije y lo multipliqué.

Abraham fue elegido por Dios como patriarca de la Antigua Alianza. Para hacerlo evidente Dios le cambió el nombre. Como se puede ver en este texto, Abraham había sido el único hombre a quien la Biblia se refiere como «roca» hasta que Jesús se refiere a Pedro en la misma forma. En toda otra ocasión, la metáfora es reservada a Dios (Deuteronomio 32, 4; 1 Samuel 2, 2; Salmos 18, 3; etc.). Así que no solamente por referirse a Pedro como «Roca» sino por medio de cambiar su nombre, Jesús está estableciendo un paralelo innegable entre Simón Pedro y Abraham. Pedro es el patriarca de la Nueva Alianza como Abraham es el patriarca de la Antigua Alianza.

Hechos 2, 14-36 — Entonces, Pedro poniéndose de pie con los Once, levantó la voz y dijo: «Hombres de Judea y todos los que habitan en Jerusalén, prestad atención, porque voy a explicaros lo que ha sucedido.»

Este el primer sermón cristiano que se menciona en las Escrituras. Ya entonces se puede ver claramente el papel de liderazgo de Pedro, que se hace evidente por la expresión «los once», agrupación que nunca incluye a Pedro.

Lucas 22, 31-32 — Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos.

Jesús ora solamente por Pedro entre todos los apóstoles. Pedro recibe atención especial de parte de Jesús. Jesús hace la observación que Satanás está determinado a quebrantar la fe de los apóstoles. La respuesta de Jesús encaja perfectamente con el papel de Pedro sobre quien la Iglesia se apoya y con el papel del papado en la historia de la Iglesia.

Hechos 15, 1-40 — A raíz de esto, se produjo una agitación: Pablo y Bernabé discutieron vivamente con ellos y por fin, se decidió que ambos, junto con algunos otros, subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros […] Al cabo de una prolongada discusión, Pedro se levantó y dijo: […]

San Pablo y San Bernabé deben lidiar con los reclamos de los judaizantes. Viajan a Jerusalén, donde Pedro y los apóstoles se aprestan a considerar si los cristianos deben ser circuncidados según la ley mosaica. Este texto describe el primer concilio de la Iglesia en Jerusalén. Nótese que San Pablo no trató de arbitrar la disputa por medio de apelar a la doctrina de «Sola Scriptura.» En cambio, él se somete a la autoridad de la Iglesia. Nótese además que San Pedro zanja la cuestión después de recibir—tres veces—una revelación en la forma de un sueño. Eso se puede ver Hechos 11 donde Pedro explica el sueño «paso a paso», de la misma manera que los Papas explican sus enseñanzas hoy día. Claramente el Espíritu Santo no podía permitir que Pedro continuara en error. Cuando Santiago, frente al concilio, toma la palabra después de Pedro, lo hace a la manera de un moderador y hace un resumen de las palabras de Pedro, como corresponde al obispo de la ciudad en la que se realiza el concilio. Desde entonces, los obispos de las ciudades donde se celebran los concilios tienen tradicionalmente la autoridad ceremonial.

Mateo 10, 2-4 — Los nombres de los doce apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro […]

A San Pedro se lo llama específicamente «el primero» entre los apóstoles; de hecho en el primer listado de los apóstoles, a Pedro se lo nombra primero y a Judas, último. Judas fue nombrado último por obvios motivos. Y si Pedro es nombrado primero de todos; ¿no es razonable pensar que eso también se hace por un motivo específico?

Hechos 12, 5 — Mientras Pedro estaba bajo custodia en la prisión, la Iglesia no cesaba de orar a Dios por él.

Ningún otro apóstol ha sido tan agraciado con las plegarias de la Iglesia entera. Ni siquiera San Pablo.

Juan 21, 15-17 — Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. (BLA)

Tres veces le pregunta Jesús a Pedro «¿me amas?» y tres veces le encarga a Pedro: «apacienta mis corderos» y «apacienta mis ovejas.» Nótese que Jesús no da ese encargo a ningún otro apóstol.

Mateo 17, 24-27 — […] ve al lago, echa el anzuelo, toma el primer pez que salga y ábrele la boca. Encontrarás en ella una moneda de plata: tómala y paga por mí y por ti.

A San Pedro le son dados medios sobrenaturales para llevar a cabo la tarea que Jesús le encarga. Pedro, al pagar el impuesto por Jesús, actúa como delegado del Señor en un asunto terrenal.

Mateo 14, 28-33 — Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». «Ven», le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios».

Pedro es el único que, por fe, camina sobre el agua. Cuando su fe falla, Jesús extiende su mano y lo salva. La historia de la Iglesia sugiere que esta disposición está siempre en vigor.

Lucas 5, 1-3 — Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó y enseñaba a la multitud desde la barca.

Jesús llama a San Pedro; la barca y las redes son de Pedro. Este es el origen del apodo que ocasionalmente se le da a la Iglesia: «la barca de Pedro». El Señor mismo es pasajero en la barca de Pedro.

Hechos 1, 15-26 — Uno de esos días, Pedro se puso de pie en medio de los hermanos.

San Pedro inicia y supervisa la elección del sucesor de Judas.

Hechos 3, 1-10 — Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina». Y tomándolo de la mano derecha, lo levantó; de inmediato, se le fortalecieron los pies y los tobillos. Dando un salto, se puso de pie y comenzó a caminar […]

San Pedro realiza el primer milagro que se registra en la Escritura después de la Ascensión de Cristo.

Hechos 4, 8-12 — Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo […]

Cuando San Pedro y San Juan son arrestados, San Pedro es inspirado por el Espíritu Santo y habla por ellos.

Hechos 5, 3-11 — Pedro le dijo: «Ananías, ¿por qué dejaste que Satanás se apoderara de ti hasta el punto de engañar al Espíritu Santo?» […] Al oír estas palabras, Ananías cayó muerto. Un gran temor se apoderó de todos los que se enteraron de lo sucedido.

Cuando Pedro condena a Ananías por su deshonestidad, Ananías muere. Vemos que desde el mismo comienzo Dios sostiene las acciones de Pedro. Sus palabras tienen autoridad en el cielo y en la tierra. Ver Mateo 16, 15-19, el primer pasaje que se cita en esta sección.

Hechos 5, 15 — Y hasta sacaban a los enfermos a las calles, poniéndolos en catres y camillas, para que cuando Pedro pasara, por lo menos su sombra cubriera a alguno de ellos.

Esto es una asombrosa manifestación del poder sanador de Dios actuando por la mera presencia de Pedro.

Hechos 8, 9-25 — Pedro le contestó: «Maldito sea tu dinero y tú mismo.»

San Pedro pronuncia sentencia sobre Simón el mago. Simón se asusta de la admonición de Pedro y se arrepiente. Simón el mago, conoce la autoridad por la cual Pedro está expresándose.

Hechos 9, 36-43 — Pedro hizo salir a todos afuera, se puso de rodillas y comenzó a orar. Volviéndose luego hacia el cadáver, dijo: «Tabita, levántate». Ella abrió los ojos y al ver a Pedro, se incorporó. El la tomó de la mano y la hizo levantar.

San Pedro devuelve la vida a Tabita, que había muerto. Nuevamente el poder de Dios respalda las acciones de Pedro.

Hechos 9, 32-35 — Pedro le dijo: «Eneas, Jesucristo te devuelve la salud: levántate y arregla tú mismo la cama.» El se levantó en seguida.

San Pedro cura a Eneas.

Hechos 10, 9-43 — Entonces Pedro, tomando la palabra, dijo: «Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas y que en cualquier nación, todo el que le teme y practica la justicia es agradable a El.»

San Pedro recibe tres veces la visión por la que los gentiles son recibidos en la Iglesia—anulando el requerimiento de la circuncisión—y finalmente acepta la voluntad de Dios. El Espíritu Santo no permitió que Pedro permaneciera en el error. Esta es una vívida e inmediata ilustración de su infalibilidad. Nótese que el objeto de esta intervención sobrenatural es San Pedro y no San Pablo que estaba por entonces en el mismo centro de la controversia, ni tampoco Santiago que por entonces era Obispo de Jerusalén donde el primer concilio de la Iglesia estaba por ser celebrado. Pedro debía asentir a esta doctrina antes de que se promulgara como enseñanza de la Iglesia.

Mateo 23, 1-3 — Entonces Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: «Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; vosotros haced y cumplid todo lo que ellos os digan, pero no os guiéis por sus obras.»

Observemos de paso que la frase «cátedra de Moisés», no se encuentra en ningún lugar del Antiguo Testamento. Que el Señor se refiera a ella de esta manera confirma el hecho de que Jesús reconoció la autoridad de la Sagrada Tradición.

De los 265 Papas, 79 fueron santos, solo 10 fueron inmorales o corruptos y ninguno de ellos enseñó el error en materia de fe o moral. Estamos ante una tasa de menos del 4 por ciento de fallos. En comparación, de los apóstoles elegidos por Jesús, uno de los doce originales fue corrupto—esto representa una falla del ocho por ciento—De manera que la supuesta iniquidad y corrupción del papado a través de la historia no es argumento para desautorizar la institución papal. Por el contrario, el bajísimo número de papas malos sugeriría que el Espíritu Santo interviene—con lo estrictamente necesario— en su selección y asistiéndoles en su desempeño. Nótese también que la interpretación de los textos bíblicos presentados anteriormente no es novedosa. De esto da testimonio el pasaje de Tertuliano, escrito alrededor del año 200 d.C.:

«¿Hubo cosa alguna de la que no se diera conocimiento a Pedro, el que es llamado la roca sobre la que la Iglesia sería construida, quien también obtuvo las llaves del Reino de los Cielos, con el poder de atar y desatar?» [1] Y en los escritos de Orígenes solamente dos o tres décadas más tarde, encontramos: «¡Ved el gran cimiento, la más sólida de las rocas sobre la cual Cristo construyó la Iglesia! ¿Qué es lo que dice el Señor de él?—»Oh tú, el de poca fe!» [2]


[1] De Proescriptione Hoereticorum, ANF 3:253.

[2] Citado en la obra The Faith of the Early Fathers, Vol. 1, p. 205. William A. Jurgens. Publ. Liturgical Press. Collegeville, Minnesota, 1970.