ordenacion-y-sacerdocio
Vademécum de Apologética Católica

Los sacerdotes no son un obstáculo entre Jesús y nosotros. Ellos están en Jesús, son de Jesús y están con Jesús. La función sacerdotal se remonta a través del Nuevo Testamento hasta el Antiguo Testamento, aun hasta sus más antiguos orígenes en Melquisedec el sacerdote que ofreció sacrificios por Abraham. Alrededor del año 250 d.C., San Cipriano de Cartago escribió:

«Si Nuestro Señor y Dios, Cristo Jesús es nuestro Sumo Sacerdote delante de Dios el Padre; si se ofreció a Sí Mismo como sacrificio al Padre y si nos ha ordenado que hagamos esto en memoria de El; entonces ciertamente el sacerdote que imita lo que Cristo hizo, verdaderamente actúa en lugar de Cristo.»[1]

Deuteronomio 34, 9 — Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había impuesto sus manos sobre él y los israelitas le obedecieron, obrando de acuerdo con la orden que el Señor había dado a Moisés.

La sabiduría y la autoridad del Espíritu Santo son impartidas por aquellos que tienen tal autoridad y por medio de la imposición de manos. Tal es el caso hasta nuestros días, como se ve en el Sacramento de las Santas Ordenes, que es oficiado bajo la supervisión de un obispo que actúa por la autoridad otorgada a los apóstoles por el mismísimo Jesús.

Génesis 14, 18 — Melquisedec, rey de Salem, que era sacerdote de Dios, el Altísimo, hizo traer pan y vino y bendijo a Abrám.

¿Qué necesidad tenía Abraham de ser bendecido por un hombre, cuando él mismo había sido elegido por Dios para que por su mediación Dios bendijera a toda la raza humana? En la Escritura nadie se unge a sí mismo con autoridad espiritual. Aun Moisés, después de haber sido elegido por Dios se somete a «todos los ancianos de entre los Israelitas» para convencerlos del llamado que ha recibido (Exodo 4, 29-31). De la misma manera, Jesús mismo es dedicado en el Templo y bautizado en el Jordán. Al someterse a estos actos sacramentales, Jesús nos está mostrando que nadie está exento de someterse a la autoridad divinamente establecida de la Iglesia.

Hebreos 7, 1-28 — […] Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec» […] Por lo tanto, Jesús ha llegado a ser el garante de una alianza superior […] Los otros sacerdotes tuvieron que ser muchos, porque la muerte les impedía permanecer; pero Jesús, como permanece para siempre, posee un sacerdocio inmutable.

Se refiere al Salmo 110, 4 que citamos a continuación.

Salmos 110, 4 — Juró el Señor y no se arrepentirá y dijo: «Tú eres sacerdote sempiterno, según el orden de Melquisedec.»

El sacerdocio del Señor es continuo y eterno. El sacerdocio humano individual fundado sobre el ejemplo de Cristo debe ser por fuerza continuo y eterno, de la misma manera.

Hebreos 5, 1-4 — Porque todo pontífice entresacado de los hombres, es puesto para beneficio de los hombres, en lo que se refiere al culto de Dios, a fin de que ofrezca dones y sacrificios por los pecados, el cual sepa sobrellevar y condolerse de aquellos que ignoran y yerran, como quien se halla igualmente rodeado de miserias. Y por esta razón debe ofrecer sacrificio en descuento de los pecados, no menos por los suyos propios que por los del pueblo. Ni nadie se apropia esta dignidad, si no es llamado por Dios, como Aarón.

El papel del sacerdote está definido muy claramente en las Escrituras. Desde los antiguos días del misterioso Melquisedec, los fieles han dependido de sacerdotes que representan a la comunidad delante del altar de Dios. En cuanto a aquellos que reclaman para sí una misión extraordinaria de Dios, no se les debe creer a menos que puedan manifestar algún signo sobrenatural (milagro) que de prueba de su investidura—como fue el caso con Moisés y San Pablo—Dios siempre hace evidente la autoridad de sus enviados de varias maneras. La primera es por medio de dar a su enviado un poder sobrenatural, como en el caso de Moisés. Otra forma es por medio de inspirar, en aquellos que tienen autoridad espiritual (por ejemplo la Iglesia) para que reconozcan a su enviado y le den validez como genuino representante de Dios. Tal es el caso de San Pablo (Hechos 13, 1-3). Debemos demandar de aquellos que reclaman tener autoridad espiritual especialmente otorgada por Dios, a que produzcan claras manifestaciones sobrenaturales (milagros) como evidencia de su investidura y que, adicionalmente, tengan la aprobación de la Iglesia. Ni siquiera Jesús resultó exento de estos requisitos, como veremos en el siguiente texto.

Juan 14, 10-11 — ¿No creéis que yo soy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo de mí mismo. El Padre que está en mí, él mismo hace conmigo las obras que yo hago. ¡Cómo no creéis que estoy en el Padre y que el Padre está en mí?

Ni siquiera Jesús espera que le creamos—solamente sobre la base de su palabra—que El ha sido ungido fuera de los límites de la jerarquía sacerdotal levítica. Jesús mismo produjo pruebas asombrosas y virtualmente continuas de su condición de Mesías. Tal evidencia estableció indisputablemente la autoridad de su enseñanza. ¿Por qué debiéramos creer a otros individuos—que son mucho menos merecedores que Jesús—que también reclaman tener encargos divinos extraordinarios pero que no proveen ninguna evidencia clara de los milagros que afirman el origen celestial de su misión?

Juan 20, 19-23 — Aquel mismo día primero de la semana, siendo ya muy tarde y estando cerradas las puertas de la casa, donde se hallaban reunidos los discípulos por miedo de los judíos: vino Jesús y apareciéndose en medio de ellos, les dijo: «La paz sea con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Se llenaron de gozo los discípulos con la vista del Señor. El cual les repitió: «La paz sea con vosotros. Como mi Padre me envió, así os envío también a vosotros». Dichas estas palabras, dirigió el aliento hacia ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. Quedan perdonados los pecados a aquellos a quienes los perdonáreis y quedan retenidos a los que se los retuviéreis.»

Luego de su Resurrección, Jesús ordenó a los apóstoles y los comisionó para ser ministros al mundo entero. El hecho de que Cristo envíe a los apóstoles así como el Padre lo había enviado a El, muestra a las claras su deseo de que actúen tal como El actuó: como sacerdotes. No es coincidencia que sea justo en ese momento cuando les otorga el poder sacerdotal de perdonar pecados.

Hechos 13, 1-3 — Había en la Iglesia de Antioquía varios profetas y doctores, de entre los cuales estaban Bernabé y Simón, llamado el Negro y Lucio de Cirene y Manahén (hermano de leche del tetrarca Herodes) y Saulo. Mientras estaban un día ejerciendo las funciones de su ministerio delante del Señor y ayunando, díjoles el Espíritu Santo: «Separadme a Saulo y a Bernabé para la obra a que los tengo destinados.» Y después de haberse dispuesto con ayunos y oraciones, les impusieron las manos y los despidieron.

Aun al gran apóstol San Pablo no le fue permitido declararse a sí mismo como ministro de Dios, ni siquiera cuando el mismo Señor lo llamó especialmente. San Pablo tuvo que someterse a la autoridad de la Iglesia y ser ordenado.

Romanos 10, 15 — […] Y ¿cómo habrá predicadores, si nadie los envía? […]

Aun el mismo San Pablo tuvo que ser enviado por la Iglesia. Eso es lo que la ordenación es—una comisión del Espíritu Santo—que envía a alguien por medio de la imposición de manos.

2 Timoteo 1, 6 — Por cuya causa te exhorto, que avives la gracia de Dios, que reside en ti por la imposición de mis manos.

San Pablo se está refiriendo claramente a un acto sacramental, mediante el cual el Espíritu Santo es impartido por medio de la imposición de manos. Asi se puede describir la ordenación de sacerdotes desde el principio de la Iglesia hasta nuestros días.

Hechos 6, 6-7 — Los presentaron a los apóstoles, los cuales, haciendo oración, les impusieron las manos o consagraron.

Dondequiera que fueran, los apóstoles ordenaron líderes para la comunidad, impartiendo el Espíritu Santo y la consiguiente autoridad para continuar el trabajo de la Iglesia.

Hechos 14, 23 — En seguida, habiendo ordenado sacerdotes en cada una de las iglesias, después de oraciones y ayunos, los encomendaron al Señor, en quien habían creído.

Pablo y Bernabé ordenan a terceros. Nadie se ordena a sí mismo. Tampoco la comunidad de creyentes tiene el poder de impartir la ordenación.

Hechos 8, 9-25 — Desde hacía un tiempo, vivía en esa ciudad un hombre llamado Simón, el cual con sus artes mágicas tenía deslumbrados a los samaritanos y pretendía ser un gran personaje. Todos, desde el más pequeño al más grande, lo seguían y decían: «Este hombre es la fuerza de Dios, esa que es llamada grande». Y lo seguían, porque desde hacía tiempo los tenía seducidos con su magia. Pero cuando creyeron a Felipe, que les anunciaba las buenas nuevas del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo, todos, hombres y mujeres, se hicieron bautizar. Simón también creyó y una vez bautizado, no se separaba de Felipe. Al ver los signos y los grandes prodigios que se realizaban, él no salía de su asombro. Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que los samaritanos habían recibido la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos, al llegar, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo. Porque todavía no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo. Al ver que por la imposición de las manos de los apóstoles se confería el Espíritu Santo, Simón les ofreció dinero, diciéndoles: «Os ruego que me déis ese poder a mí también, para que aquel a quien yo imponga las manos reciba el Espíritu Santo». Pedro le contestó: «Maldito sea tu dinero y tú mismo, porque has creído que el don de Dios se compra con dinero. Tú no tendrás ninguna participación en ese poder, porque tu corazón no es recto a los ojos de Dios. Arrepiéntete de tu maldad y ora al Señor: quizá él te perdone este mal deseo de tu corazón, porque veo que estás sumido en la amargura de la hiel y envuelto en los lazos de la iniquidad». Simón respondió: «Rogad más bien vosotros al Señor, para que no me suceda nada de lo que acabas de decir». Y los apóstoles, después de haber dado testimonio y predicado la Palabra del Señor, mientras regresaban a Jerusalén, anunciaron la buena nueva a numerosas aldeas samaritanas. (BLA)

Cuando Simón el Mago deseó recibir el poder del Espíritu Santo, él no procedió a ordenarse ministro para comenzar a predicar. Por el contrario se acercó a San Pedro para hacerle su propuesta. Aun aquel pecador sabía que no podía ordenarse o ungirse a sí mismo.

1 Timoteo 5, 17 — Los presbíteros que cumplen bien con su oficio, sean remunerados con doble honorario, mayormente los que trabajan en predicar y en enseñar […]

San Pablo da instrucciones a Timoteo de que se honre a quienes trabajan en la obra pastoral. La lectura de este texto y de la entera Primera Carta a Timoteo dan evidencia de la existencia de un orden jerárquico en la Iglesia primitiva.

Hebreos 6, 1-3 — Por eso, dejando aparte la enseñanza elemental acerca de Cristo, elevémonos a lo perfecto, sin reiterar los temas fundamentales del arrepentimiento de las obras muertas y de la fe en Dios; de la instrucción sobre los bautismos y de la imposición de las manos; de la resurrección de los muertos y del juicio eterno. Y así procederemos con el favor de Dios.

Malaquías 2, 7 — […] porque en los labios del sacerdote ha de estar el depósito de la ciencia y de su boca se ha de aprender la Ley: puesto que él es el ángel del Señor de los Ejércitos.

Filipenses 1, 1 — Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús, que están en Filipos, con los obispos y diáconos.

La jerarquía de la Iglesia existe desde los tiempos de la primera generación cristiana.

Todos los fieles son «un sacerdocio real y una nación santa» (1 Pedro 2, 9) porque ofrecemos todo lo que tenemos y todo lo que somos al servicio del Señor. Y así rogamos que nuestro sacrificio sea aceptable a Dios. Pero eso no significa que estemos autorizados individualmente para ofrecer la Santa Misa en nombre de la comunidad. Ese privilegio es reservado a los hombres a quienes el Espíritu Santo les ha sido impartido por medio de la imposición de manos. No es casual que no veamos a nadie que se arrogue esa autoridad en la Iglesia temprana. En tiempos apostólicos, la autoridad de predicar y enseñar siempre fue impartida por medio de la imposición de manos de parte de los apóstoles.


[1] Citado en inglés en The Faith of the Early Fathers, Vol.1 pp. 232-233. William A. Jurgens. Publ. Liturgical Press, 1970. Collegeville, Minnesota.