libre-albedrio

Vademécum de Apologética Católica

Una de las diferencias fundamentales entre las teologías católica y protestante es la creencia en el libre albedrío, que niegan ambos Lutero y Calvino. Debido a la doctrina de “Sola Fide”—que la fe por sí misma es suficiente para la salvación—los reformadores concluyeron que el individuo de ninguna manera puede colaborar en su propia salvación. Esto los lleva a afirmar que toda elección moral está predeterminada. En contraste, los católicos creen que el hombre—por ser creado a imagen y semejanza de Dios—ha sido creado con la capacidad de aceptar o rechazar la gracia de Dios. Como los ángeles, podemos elegir entre hacer la voluntad de Dios o satisfacer nuestras propias inclinaciones egoístas o, dicho en otras palabras, pecar. De nosotros depende. Y éste es el gran regalo que brota del sacrificio redentor de Cristo, el participar libremente en la construcción de su reino. Sin Jesús, no tendríamos la oportunidad de aceptar nuestro lugar como hijos de Dios. Sin duda, el camino que elijamos es de la mayor importancia en la disposición divina de la salvación. Por que nadie puede tomar nuestro lugar en el plan de Dios ni completar para Dios el trabajo que nos corresponde realizar.

Deuteronomio 30, 19-20 — Yo invoco hoy por testigos al cielo y a la tierra, de que te he propuesto la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge desde ahora la vida, para que vivas tú y tu posteridad. Y ames al Señor Dios tuyo y obedezcas a su voz y te unas íntimamente a El (siendo El mismo, como es, vida tuya y el que ha de darte larga vida), a fin de que habites en la tierra que juró el Señor a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que les había de dar.

El hombre no es solamente libre de elegir, está obligado a elegir.

Génesis 4, 7 — ¿No es cierto que si obras bien serás recompensado? Mas, si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia y a quien tienes que dominar.” (BLA)

Dios le dice a Caín que puede derrotar al pecado si se lo propone.

Romanos 7, 21 — Y así es que, cuando yo quiero hacer el bien, me encuentro con una ley o inclinación contraria, porque el mal está pegado a mí.

San Pablo indica que el problema está en nuestra voluntad y no en nuestros destinos.

Eclesiástico (Sirac) 15, 11-20 — No digas: “En Dios consiste que la sabiduría se esté lejos de mí”. No hagas tú lo que El aborrece y la tendrás. Tampoco digas: “El me ha inducido al error” pues no necesita El que haya hombres impíos. Creó Dios desde el principio al hombre y le dejó en manos de su consejo. Le dio además sus mandamientos y preceptos. Si guardando constantemente la fidelidad que le agrada, quisieres cumplir los mandamientos, ellos serán tu salvación. Ha puesto delante de ti el agua y el fuego: extiende tu mano a lo que más te agrade. Delante del hombre están la vida y la muerte, el bien y el mal: lo que escogiere le será dado. Porque la sabiduría de Dios es grande y su poder fuerte e irresistible y está mirando a todos sin cesar. El Señor tiene puestos sus ojos sobre los que le temen y El observa todas las acciones de los hombres. A ninguno ha mandado obrar impíamente y a ninguno ha dado permiso para pecar.

1 Corintios 10, 13 — Hasta ahora no habéis tenido sino tentaciones humanas u ordinarias; pero fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados más allá vuestras fuerzas, sino que de la misma tentación os hará sacar provecho para que podáis sosteneros.

Santiago 1, 13-15 — Nadie cuando es tentado diga: “Es Dios quien me tienta”. Porque Dios, no pudiendo ser tentado al mal, no tienta El tampoco a nadie.

Proverbios 1, 24 — […] estuve yo llamando y vosotros no respondísteis; os alargué mi mano y ninguno se dio por entendido […]

Aquí vemos una afirmación explícita de la enseñanza del libre albedrío en la Iglesia. Dios nos invita pero no nos obliga.

2 Pedro 3, 9 — No retarda, pues, el Señor su promesa, como algunos juzgan, sino que espera con mucha paciencia por amor de vosotros el venir como juez, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos se conviertan a penitencia.

El hecho de que no todos se arrepientan—a pesar de que Dios desea que lo hagan—prueba concluyentemente que somos capaces de decidir si queremos aceptar o rechazar la voluntad de Dios. Eso es la esencia del libre albedrío.

Juan 6, 37 — Todos los que me da el Padre vendrán a mí y al que viniere a mí por la fe, no le desecharé.

Jesús nos promete aceptar a aquellos que lo acepten a El y ha tratado de alcanzar a toda persona creada desde el mismo principio.

Exodo 8, 15 — Dijeron los magos a Faraón: “¡Es el dedo de Dios!” Pero el corazón de Faraón se endureció y no les escuchó, como había dicho Yahvé. (BLA)

Dios no forzó la voluntad del Faraón para obligarlo a hacer el mal. Dios simplemente previó las acciones del Faraón antes de que ocurrieran.

Ezequiel 18, 23 — “¿Acaso quiero yo la muerte del impío”—dice el Señor Dios—”y no antes bien que se convierta de su mal proceder y viva?”

La elección de hacer bien o mal es totalmente nuestra. Dios desea que hagamos el bien pero no nos fuerza a hacerlo.

Gálatas 2, 17 — Y si queriendo ser justificados en Cristo, venimos a ser también nosotros pecadores por no observar la antigua ley, ¿no se dirá entonces que Cristo es ministro y causa del pecado? En ninguna manera puede jamás serlo.

El pecado es obra nuestra y no de Dios. San Pablo va directamente al grano. Nosotros somos los pecadores y no Dios.

Salmos 5, 5 — […] Porque no eres tú un Dios que ame la iniquidad.

Dios no puede tener mala voluntad o planear el mal. Sin embargo la doctrina errónea de la predestinación requiere que creamos que El sí lo hace. Aquellos que creen en la predestinación deben creer también que Dios es autor tanto del bien como del mal. Este es el resultado de una teología completamente monstruosa.

2 Timoteo 2, 11-13 — Es una verdad incontrastable: Que si morimos con El, también con él viviremos. Si con El padecemos, reinaremos también con El; si le negáremos, El nos negará igualmente. Si no creemos o fuéremos infieles, El permanece siempre fiel, no puede desmentirse a sí mismo.

San Pablo nos explica que nuestra salvación depende del camino que elijamos tomar: acercándonos o alejándonos de Dios.

Romanos 1, 20-21 — En efecto, las perfecciones invisibles de Dios, aún su eterno poder y su divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo, por el conocimiento que de ellas nos dan sus criaturas y así tales hombres no tienen disculpa. Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; sino que ensoberbecidos ofuscaron en sus razonamientos y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas.

La gloria de Dios es evidente a todos, pero no todos eligen reconocerle.

1 Samuel 23, 9-13 — Al saber que Saúl tramaba su ruina, David ordenó al sacerdote Abiatar: “Presenta el efod”. Luego dijo: “Señor, Dios de Israel, tu servidor ha oído que Saúl intenta venir a Queilá, para destruir la ciudad por causa mía. ¿Es verdad que Saúl bajará, como tu servidor ha oído decir? Señor, Dios de Israel, dígnate comunicárselo a tu servidor”. El Señor respondió: “Sí, él bajará”. David continuó diciendo: “Y los señores de Queilá, ¿me entregarán a mí y a mis hombres en manos de Saúl?”. “Sí”—respondió el Señor—”ellos te entregarán”. David partió con sus hombres, que eran unos seiscientos; salieron de Queilá y anduvieron a la ventura. Y cuando informaron a Saúl que David había escapado de Queilá, él desistió de su expedición.

David, enredado en una disputa con Saúl, le pregunta a Dios sobre algunos acontecimientos específicos que aún no han ocurrido. Le pregunta a Dios si Saúl vendrá a Queilá para tratar de matar a David. Dios le contesta “El vendrá”. Consecuentemente David le pregunta a Dios si los habitantes de la ciudad le traicionarán y Dios responde afirmativamente. Sabemos que Dios todo lo sabe y que es incapaz de engañar. De manera que Dios está avisando a David lo que El ve en el futuro: las intenciones de Saúl y de la gente de la ciudad, de matar a David. Esto no es una simple predicción, sino el aviso de una realidad que sin duda ocurrirá si las circunstancias se mantienen. Esta visión del futuro viene de la mente de Dios que puede ver no solamente cómo se desarrollan los acontecimientos sino también cada versión del futuro que pueda ocurrir.

Sin embargo la predicción divina que era cierta a la hora de ser pronunciada nunca llega a suceder ¿Por qué? Por que David recibe la información y decide seguir un derrotero diferente. En vez de quedarse en Queilá, David se retira de allí con sus hombres y con eso cambia el futuro. Saúl no visita el lugar y David no es traicionado por los habitantes de la ciudad. Vemos que las acciones de David—al ejercitar su libre albedrío—logran cambiar el orden futuro de los eventos. La premonición de Dios no limita la libertad de David. Por el contrario, las acciones de David—formadas y guiadas por su propio libre albedrío—determinan el futuro inmediato. Así es el regalo que Dios nos ha dado, participar en el desarrollo de la creación.

Los primeros padres de la Iglesia destronaron el error de la predestinación sin mayores problemas. Eusebio Pánfilo escribió en 315 d.C.:

“[…] el conocimiento adelantado de los eventos no es la causa de que hayan ocurrido. Las cosas no ocurren [solo] porque Dios sabe. Cuando las cosas están por ocurrir, Dios lo sabe […]” [1]

San Agustín, con esa su forma tan coherente nos dice en 390 d.C.:

“Así como tú por el ejercicio de la memoria no fuerzas la ocurrencia de los eventos del pasado, tampoco Dios por su presciencia fuerza la ocurrencia de los eventos del futuro.”[2]


[1] The Faith of the Early Fathers por William A. Jurgens -Vol I p. 296. Publ. Liturgical Press, Collegeville Minnesota, 1970.

[2] Ibídem Vol. III p.39.