homosexualismo

Vademécum de Apologética Católica

Cuando se menciona la homosexualidad en la Biblia, siempre es para condenarla. Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo.

Romanos 1, 27 — Hombres obraron con hombres lo que es obceno […]

1 Corintios 6, 9-10 — ¿Ignoráis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os hagáis ilusiones: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los pervertidos, ni los ladrones, ni los avaros, ni los bebedores, ni los difamadores, ni los usurpadores heredarán el Reino de Dios.

San Pablo dice que las relaciones homosexuales son un pecado mortal.

1 Timoteo 1, 8-11 — Ya sabemos que la Ley es buena, si se la usa debidamente, es decir, si se tiene en cuenta que no fue establecida para los justos, sino para los malvados y los rebeldes, para los impíos y pecadores, los sacrílegos y profanadores, los parricidas y matricidas, los asesinos, los impúdicos y pervertidos, los traficantes de seres humanos, los tramposos y los perjuros. En una palabra, la Ley está contra todo lo que se opone a la sana doctrina del Evangelio que me ha sido confiado y que nos revela la gloria del bienaventurado Dios.

Las acciones homosexuales están en la lista de las ofensas más serias.

Levítico 20, 13 — Si un hombre se acuesta con otro hombre como si fuera una mujer, los dos cometen una cosa abominable; por eso serán castigados con la muerte y su sangre caerá sobre ellos.

Esta enseñanza no puede ser más clara. Las relaciones homosexuales son un pecado mortal.

La Iglesia primitiva prohibió la homosexualidad. En el Didaché, uno de los escritos cristianos más antiguos aparte de las Escrituras, encontramos esta prohibición inequívoca: “No cometerás asesinato. No cometerás adulterio. No pervertirás a los jóvenes.” [1] Observemos que el hecho de que la homosexualidad sea pecaminosa no hace que aquellos que sufren de esta tentación en particular, sean menos amados por Dios que otros hijos de Dios que son tentados en otras direcciones. Es la acción la que es pecaminosa, no la tentación ni la—así llamada—”orientación sexual”. Nunca ha existido una sola persona que no haya sido tentada a pecar. La Divina Misericordia prefiere el arrepentimiento a la condena, por lo tanto, no debemos juzgar al prójimo, ya que el juzgar no es menos pecaminoso que los actos homosexuales.


[1] The Faith of the Early Fathers por William A. Jurgens -Vol I p. 2, Publ. Liturgical Press, Collegeville Minnesota, 1970.