aborto

Vademécum de Apologética Católica

Cuando se considera la presión constante de los grupos de acción política que promueven el aborto, se hace evidente que la posición de la Iglesia Católica en contra de esta práctica es uno de los signos de cómo el Espíritu Santo la asiste en forma permanente. Esta es una de las distinciones más claras que existen entre la Iglesia Católica y casi la totalidad de las confesiones protestantes. Esta divergencia prueba entre otras cosas que las comunidades eclesiales protestantes no se arredran en cambiar sus enseñanzas cuando les parece necesario. Recordemos que hasta bien entrado el siglo XX, ni siquiera una sola confesión cristiana enseñó que el aborto fuera permitido. Las comunidades de fe que han cedido en lo que toca a este importante principio se encuentran con un gran problema al tratar de identificarse como una «iglesia bíblica,» ya que no faltan textos bíblicos que muestren que aun el individuo no nacido debe ser considerado como un ser humano.

Salmo 139, 13-14 (§138, 13-14) — Porque Tú mis riñones has formado, me has tejido en el vientre de mi madre; yo te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy, prodigios son tus obras. Mi alma conocías cabalmente.

Claramente, somos conocidos por Dios como individuos aun antes del primer respiro. El aborto arranca de la existencia a una persona viva, quitándole el futuro que tenía en la mente de Dios.

Jeremías 1, 5 — Antes de haberte formado yo en el seno materno te conocía y antes que nacieses te tenía consagrado.

Aquí tenemos una poderosa declaración. Dios nos reclama como posesión propia y pone en movimiento nuestra vida desde el momento de la concepción.

Eclesiástico (Sirac) 11, 14-17 — Bienes y males, vida y muerte, pobreza y riqueza vienen del Señor. El don del Señor con los piadosos permanece y su complacencia les lleva por el buen camino para siempre.

La práctica del aborto no puede justificarse invocando la pobreza o la falta de recursos. Dios bendice a quienes se esfuerzan por comportarse rectamente y no deja nunca abandonados a los justos.

Job 31, 15 — El que me hizo a mí, ¿no lo hizo también a él? ¿No es Uno mismo el que nos formó en el seno materno? (BLA)

Nótese que Job dice que Dios nos forma en el vientre de nuestras madres y no—como algunos afirman—a partir del tejido fetal que deviene en una persona solamente después de haber sido dado a luz.

Génesis 9, 5 — Y yo os prometo reclamar vuestra propia sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamaré el alma humana.

La vida le pertenece a Dios. Cuando la interrumpimos no solamente estamos robándole la vida al individuo por nacer sino también a Dios.

Isaías 49, 1 — ¡Oídme islas, atended, pueblos lejanos! Yahvé desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre se acordó de mi nombre.

Somos individuos a quienes Dios conoce, ama y «nombra» desde nuestra misma concepción. Recordemos la importancia que tiene el nombrar a la persona entre los hebreos, quienes creían que el nombre de la persona refleja la esencia su ser. Eso se hace evidente en los nombres que ciertos hombres santos de la antigüedad reciben de Dios. Abram, Jacob y Simón recibieron nombres nuevos. Y no olvidemos el poder que el mismo nombre de Dios ha poseído siempre. Este versículo muestra entonces que la persona es considerada un ser completo desde el momento de la concepción.

Salmo 51, 7 (§52, 7) — Mira que en culpa ya nací, pecador me concibió mi madre.

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p>Vemos que la concepción es en cierto sentido el nacimiento a nuestra existencia espiritual. Este pasaje es también la afirmación de la doctrina del pecado original.

Lucas 1, 15 — […] será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre.

San Juan el Bautista fue lleno de Espíritu Santo mucho antes de haber nacido. De acuerdo con las Escrituras él ya era un ser humano completo con un alma y un cuerpo en el vientre de su madre.

Lucas 1, 41 — Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo.

Aun en el mismo seno de su madre, San Juan el Bautista fue capaz de responder a los impulsos del Espíritu Santo. Nótese que el seno de Santa Isabel se dice habitado por un «niño» y no por un «feto».

Levítico 20, 10-12 — Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto tanto el adúltero como la adúltera. El que se acueste con la mujer de su padre, ha descubierto la desnudez de su padre; ambos morirán: caerá sobre ellos su sangre.

La pena de muerte se reserva—en la Ley de Moisés—para los perpetradores de adulterio e incesto, pero no así para los niños que puedan ser concebidos en la comisión de dichos actos. Los niños son inocentes.

Levítico 18, 21 — No darás ningún hijo tuyo como ofrenda a Moloc, no profanarás así el nombre de tu Dios. Yo soy Yahvé.

El aborto sacrifica niños a los ídolos del dinero, la conveniencia o una carrera profesional.

1 Corintios 6, 19 — ¿No sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está entre vosotros, que está en vosotros y que habéis recibido de Dios y que no os pertenecéis?

El derecho que una mujer pueda tener a controlar lo que sucede con su cuerpo es sobrepasado por el derecho que Dios tiene sobre ambas partes de su ser, el cuerpo y el alma de ella.

Salmos 127, 3-4 (§126, 3) — La herencia de Yahvé son los hijos, recompensa del fruto de tus entrañas, como flechas en la mano del guerrero así son los hijos de la juventud.

Una pareja cualquiera que tenga dificultades en concebir hijos sabe bien y puede apreciar el hermoso don que es el traer una nueva vida a la existencia.

El aborto no solamente mata al individuo, también destruye todo futuro pensamiento, acción y contribución que esa persona pudiera haber hecho para el avance del Reino de los Cielos. Resumiendo, el aborto arranca un pedazo del entramado de la creación cuando destruye el plan de Dios para la vida de esa persona y sus descendientes. La comunidad cristiana primitiva prohibió explícitamente el aborto. En uno de los documentos más antiguos de la Iglesia, el Didaché, encontramos esta admonición inequívoca y absoluta: «No provocarás el aborto ni destruirás al niño recién nacido.» [1]

Unánimente, a lo largo de toda la historia, los Padres, los Doctores de la Iglesia, y sus Papas, han condenado el aborto como equivalente al homicidio. La tradición de la Iglesia ha sostenido siempre que la vida humana debe ser protegida y favorecida desde su comienzo, como en las diversas etapas de su desarrollo, oponiéndose de esa forma a las prácticas del mundo greco-romano. Los más antiguos documentos de la Iglesia denunciaron con severidad al aborto por ser contrario a la ley natural y a la ley de Dios. Los últimos pontífices romanos—como es de público conocimiento—han proclamado con insistencia y claridad la misma doctrina. Así lo atestiguan diversos documentos como «Casti Connubi» del Papa Pío XI (1930); el «Discurso a la Unión Médica Italiana» del Papa Pío XII (1944); la Encíclica «Humanae Vitae» del Papa Paulo VI (1968).

El Papa Juan Pablo II declaró reiteradamente las enseñanzas de la Iglesia sobre este asunto:

«Con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia Católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral. Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no escrita que cada hombre, a la luz de la razón, encuentra en el propio corazón (Romanos 2, 14-15), es corroborada por la Sagrada Escritura, transmitida por la tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal.” Para hacer comprender la gravedad del «delito abominable del aborto», el primer capítulo de la Encíclica «Evangelium Vitae» recuerda que, conforme a las Sagradas Escrituras, existen «pecados que claman venganza ante la presencia de Dios […] incluido, en primer lugar, el homicidio voluntario». (Evangelium Vitae, op. cit., IX y CVIII, pp. 17 y 104).


[1] The Faith of the Early Fathers por William A. Jurgens -Vol I p. 2, Publ. Liturgical Press, Collegeville Minnesota, 1970

 

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