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Vademécum de Apologética Católica

Este mandamiento de Jesús que hallamos en Mateo 23, 9-10, no se limita simplemente al vocabulario. Si así fuera, los escritores del Nuevo Testamento no hubieran usado esa palabra tan frecuentemente para referirse a diversas personas. En realidad, Jesús nos advierte contra el poner toda nuestra fe y confianza en un ser humano en vez de Dios. Nunca debiéramos someter todo nuestro ser a otro que no sea Dios mismo. No hay profeta, gurú o maestro que se merezca toda nuestra confianza, sino tan sólo Dios. Si el simple hecho de usar la palabra «padre» para referirse a un ser humano fuera una acción injusta, entonces no encontraríamos la palabra usada de esa manera en las Escrituras. Sin embargo, la encontramos una y otra vez.

¿Por qué, entonces, tenemos este mandamiento de Jesús? Primeramente debemos ver el contexto en el cual este mandamiento es enunciado: Cristo está haciendo una fuerte crítica de las malas costumbres de los fariseos:

[…] y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame Rabbí. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar Rabbí, porque uno solo es vuestro Maestro y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie Padre vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo.» (Mateo 23, 2-9)

En Mateo 23, 5 nos avisa que los fariseos exageran las prácticas visibles de la ley para aparecer a los demás como santos. De hecho los fariseos del tiempo de Jesús tomaban votos de sacerdotes, aunque ellos mismos no estaban obligados por no pertenecer a la tribu de Leví, a quienes les estaba reservado el sacerdocio en Israel. Algunos fariseos, habiendo tomado votos de sacerdote, procedían a vestirse en ropa sacerdotal y—tal como Jesús nos informa en Mateo 23, 7—exigían que se les llamase «Rabbí» o «Abba» (equivalentes a Maestro o Padre en el mismo sentido religioso que hoy usamos para referirnos a un Monseñor o Padre católicos).

Lo cierto es que esas personas externamente religiosas estaban usurpando los mismos títulos que Cristo usa en otras partes del Evangelio para dirigirse a personas que los ostentan con todo derecho. En Juan 3, 1 San Juan llama a Nicodemo «magistrado» y Nicodemo mismo usa la palabra «Rabbí» para dirigirse a Jesús en Juan 3, 2. En el versículo 9 Jesús usa la palabra «maestro» para dirigirse a Nicodemo. Como veremos más adelante, los cristianos que siguieron a Jesús no entendieron que la palabra «padre» («abba») o «maestro» («rabbí») eran palabras prohibidas, sino que ambos eran títulos reservados para quienes, como Jesús, tenían todo el derecho de ser llamados así. En Lucas 16, 24 Jesús mismo se refiere a Abraham como «padre» en la parábola del mendigo y el hombre rico. ¿Está entonces Jesús practicando lo que antes había prohibido?

1 Corintios 4, 14-15 — No os escribo estas cosas para avergonzaros, sino más bien para amonestaros como a hijos míos queridos. Pues aunque hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús.

San Pablo se refiere a sí mismo como un padre espiritual. Al hacerlo define la forma en que los católicos usamos el término «Padre» al referirnos a un sacerdote, cuya paternidad viene «por el Evangelio… en Cristo Jesús.»

Hechos 7, 1-2 — Hermanos y padres, escuchad. El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abraham cuando estaba en Mesopotamia, antes de que se estableciese en Jarán.

San Esteban, el primer mártir, se dirige al sumo sacerdote y a los ancianos y escribas del Sanedrín.

Romanos 4, 17-18 — Como dice la Escritura: «Te he constituido padre de muchas naciones,» padre nuestro delante de Aquel a quien creyó, de Dios que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean. El cual, esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones según le había sido dicho: «Así será tu posteridad.»

San Pablo se refiere a Abraham como el padre de los que tiene fe en Dios.

1 Tesalonicenses 2, 10-11 — Vosotros sois testigos y Dios también, de cuán santa, justa e irreprochablemente nos comportamos con vosotros, los creyentes. Como un padre con sus hijos, lo sabéis bien, a cada uno de vosotros.

Nuevamente San Pablo se refiere a sí mismo como padre espiritual de los fieles. Resulta difícil reconciliar el lenguaje de los apóstoles en el Nuevo Testamento con una supuesta prohibición de usar las palabras «padre» o «maestro».

1 Juan 2, 13-14 — Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis Al Que Es desde el principio […]

Pareciera que San Juan desobedece el mandamiento de Jesús—lo cual, por supuesto, es imposible—Esto demuestra que no es correcto interpretar esa orden de Cristo como una mera limitación del vocabulario cristiano.

Mateo 23, 8 — Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar «Rabbí», porque uno solo es vuestro Maestro y vosotros sois todos hermanos.

En efecto, «padre» no es la única palabra que el texto de Mateo 23, 9-10 pareciera prohibir. La palabra «Rabbí» significa «maestro». Sin embargo las mismas personas que objetan el uso de la palabra «Padre» no tienen ningún problema en llamar «maestro» a los que enseñan en su escuela dominical.

 

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