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Vademécum de Apologética Católica

La idea de que ciertos objetos se tornan santos — por estar cercanos a Dios o a una persona santa — viene de siglos antes de Cristo. Tenemos el testimonio del poder asociado con el Arca de la Alianza y la veneración que se le otorgaba. En el Nuevo Testamento también se veneran algunos objetos sagrados.

2 Reyes 13, 20-21 — Eliseo murió y le sepultaron. Las bandas de Moab hacían incursiones todos los años. Estaban unos sepultando a un hombre cuando vieron la banda y arrojando al hombre en el sepulcro de Eliseo, se fueron. Tocó el hombre los huesos de Eliseo, cobró vida y se puso en pie.

Este es un ejemplo de que las reliquias de una persona santa pueden producir milagros, aun hasta el volver a un muerto a la vida.

Hechos 19, 11-12 — Dios obraba por medio de Pablo milagros no comunes, de forma que bastaba aplicar a los enfermos los pañuelos o mandiles que había usado y se alejaban de ellos las enfermedades y salían los espíritus malos.

La Escritura relata como, por la gracia de Dios, los objetos materiales pueden transmitir su poder. Por ejemplo, los objetos que Pablo tocaba, luego podían curar a los enfermos.

Mateo 9, 20 — Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: «Con sólo tocar su manto, me salvaré.» Jesús se volvió y al verla le dijo: «¡Animo, hija! tu fe te ha salvado.» Y se sanó la mujer desde aquel momento.

El manto de Jesús no tenía poder en sí mismo sino por la Persona que lo llevaba. Aquí vemos que la «fe solamente» no fue suficiente para curar a la mujer, aunque por fe, la mujer fue motivada a tocar la orla del manto de Jesús. Ella tuvo que obrar por sí misma al avanzar y tocar el manto. Fue su fe en Jesús combinada con su acción personal la que le devolvió la salud.

Mateo 14, 35-36 — Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos. Le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto y cuantos la tocaron quedaron salvados.

Aparte de San Esteban, el primer mártir cristiano según se relata en Hechos capítulo 7, el más antiguo mártir de que tenemos noticia es San Policarpo que murió martirizado en 154 d.C. Aun en esos tempranos tiempos hay registros de que los fieles conservaron y veneraron las reliquias de este amado santo:

«Cuando el centurión vió el desorden que estaban causando los judíos, confiscó el cuerpo y de acuerdo a su costumbre, lo cremaron. Finalmente tomamos sus huesos, aun más preciosos que las más costosas gemas y más fino que el oro y lo pusimos en un lugar adecuado. El Señor nos permita, cuando sea posible, que nos reunamos allí con gozo y alegría para celebrar el aniversario de su martirio, para memoria de aquellos que ya han entrado en la lucha y para fortalecimiento de los que tengan que luchar en el futuro.» [1]

Nótese adicionalmente la referencia de los fieles a la celebración de días de fiesta en memoria de un santo.


[1] Citado en inglés en The Faith of the Early Fathers, Vol. 1 p. 31. William A. Jurgens. Publ. Liturgical Press, 1970. Collegeville, Minnesota.

 

 

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