la-asuncion-de-maria

Vademécum de Apologética Católica

Aunque no aparece atestiguada en la Escritura, la Asunción de María no es, ni en lo más mínimo, contraria a ella, dado que encontramos varios ejemplos de precedentes bíblicos para tales acontecimientos.

Hechos 2, 27 — «… no abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo experimente la corrupción».

Se refiere al Salmo 16, 10

Salmo 16, 10 — «… porque no me entregarás a la muerte ni dejarás que tu santo vea el sepulcro.»

Citado antes en Hechos 2, 27. La eventual descomposición del cuerpo es causada por el pecado. Los más santos están exentos de la corrupción corporal.

Génesis 5, 24 — «Henoc… siguió siempre los caminos de Dios y luego desapareció porque Dios se lo llevó».

Henoc fue asumido al cielo, en cuerpo y espíritu. Por esto vemos que la asunción tiene un precedente espiritual registrado claramente en las Escrituras.

Hebreos 11, 5 — «Por la fe, Henoc fue trasladado, de modo que no vio la muerte… la Escritura da en su favor testimonio de haber agradado a Dios.»

Hay un claro precedente en la Escritura para la idea de que los santos son llevados al cielo, en cuerpo y alma, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento.

2 Reyes 2, 1-13 — Esto es lo que sucedió cuando el Señor arrebató a Elías y lo hizo subir al cielo en el torbellino. Elías y Eliseo partieron de Guilgal, y Elías dijo a Eliseo: «Quédate aquí, porque el Señor me ha enviado hasta Betel». Pero Eliseo respondió: «Juro por la vida del Señor y por tu propia vida que no te dejaré». Y bajaron a Betel. La comunidad de profetas que había en Betel salió a recibir a Eliseo y le dijeron: «¿Sabes que hoy el Señor va a arrebatar a tu maestro por encima de tu cabeza?». El respondió: «Claro que lo sé; ¡no digáis nada!». Elías le dijo: «Quédate aquí, Eliseo, porque el Señor me ha enviado a Jericó». Pero él respondió: «Juro por la vida del Señor y por tu propia vida que no te dejaré». Y llegaron a Jericó. La comunidad de profetas que había en Jericó se acercó a Eliseo y le dijeron: «¿Sabes que hoy el Señor va a arrebatar a tu maestro por encima de tu cabeza?». El respondió: «Claro que lo sé; ¡no digáis nada!». Elías le dijo: «Quédate aquí, porque el Señor me ha enviado al Jordán». Pero Eliseo respondió: «Juro por la vida del Señor y por tu propia vida que no te dejaré». Y se fueron los dos. Cincuenta hombres de la comunidad de profetas fueron y se pararon enfrente, a una cierta distancia, mientras los dos estaban de pie a la orilla del Jordán. Elías se quitó el manto, lo enrolló y golpeó las aguas. Estas se dividieron hacia uno y otro lado y así pasaron los dos por el suelo seco. Cuando cruzaban, Elías dijo a Eliseo: «Pide lo que quieres que haga por ti antes de que sea separado de tu lado». Eliseo respondió: «¡Ah, si pudiera recibir las dos terceras partes de tu espíritu!». «¡No es nada fácil lo que pides!, dijo Elías; si me ves cuando yo sea separado de tu lado, lo obtendrás; de lo contrario, no será así». Y mientras iban conversando por el camino, un carro de fuego, con caballos también de fuego, los separó a uno del otro y Elías subió al cielo en el torbellino. Al ver esto, Eliseo gritó: «¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Carro de Israel y su caballería!». Y cuando no lo vio más, tomó sus vestiduras y las rasgó en dos pedazos. Luego recogió el manto que se le había caído a Elías de encima, se volvió y se detuvo al borde del Jordán.

Elías es llevado corporalmente al cielo en una carroza de fuego. Por lo tanto, la idea de que otra persona santa sea llevada corporalmente al cielo no contradice las Escrituras en lo más mínimo. Las Escrituras nunca se atribuyen el contener cada palabra y cada evento en la vida de Jesús y la Iglesia temprana. De hecho sabemos que ciertamente no lo hacen (Juan 16, 12-13; Juan 21, 25). No debemos olvidar que el Nuevo Testamento no es una crónica de acontecimientos importantes sino una colección de cartas y otros escritos de la era apostólica. Si las Escrituras no registran la Asunción de María, eso no implica necesariamente que dicho acontecimiento nunca ocurrió.

Salmo 132, 8 (§131, 8) — ¡Levántate, Señor, entra en el lugar de tu reposo, tú y tu arca poderosa!

El lugar del reposo de Dios en el Antiguo Testamento es su morada dentro del templo santo de Jerusalén. La realización de Jerusalén en el Nuevo Testamento, vista en el Apocalipsis, es el cielo. La realización del templo en el Nuevo Testamento es el santuario celestial. Dado que la realización del arca en el Nuevo Testamento, como vimos anteriormente, es el cuerpo de María, debemos concluir que el cuerpo de María debe estar en el cielo. De otro modo este pasaje de la Escritura no sería cierto.

Apocalipsis 11, 19 – 12, 1-5 — Y se abrió el santuario de Dios en el cielo y apareció el Arca de su Alianza en el santuario y se produjeron relámpagos y fragor y truenos y temblor de tierra y fuerte granizada. Una gran señal apareció en el cielo: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otra señal en el cielo: un gran dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y sobre sus cabezas siete diademas. Su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz. La mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro y su Hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono.

Juan describe el Arca de la Alianza como algo visible en el santuario celestial. Esta es una clara referencia a María, el Arca de la Nueva Alianza, corporalmente presente en el santuario celestial. El cielo perfecciona en las realidades del Nuevo Testamento, por lo tanto, no hay en él tipos imperfectos del Antiguo Testamento. El Arca de la Alianza es un paralelo de este personaje que solo puede ser María, dado que se dice que su Hijo está destinado a «…regir a todas las naciones con cetro de hierro.» (Apocalipsis 12, 5). [1]

Los padres de la Iglesia temprana reconocieron el paralelo entre Eva y María, en el cual se basan muchas de las enseñanzas de la Iglesia acerca de María. A fines del siglo segundo—más de 100 años antes de que el canon del Nuevo Testamento fuera establecido—el gran teólogo San Ireneo escribió:

«El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María. Lo que la virgen Eva había atado en incredulidad, fue desatado por la Virgen María a través de la fe.» [2]

 

 


[1] Notemos que la separación entre los capítulos es un elemento arbitrario que fue introducido siglos después de escrito el Apocalipsis. En consecuencia, debemos entender los versículos anteriores como un solo texto.

[2] The Faith of the Early Fathers, vol. 1, p. 93, William A. Jurgens, publ. Liturgical Press, Collegeville, Minnesota 1970.

 

 

Anuncio publicitario