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Raymond Cleaveland

El estudio que Hans Urs Von Balthasar hizo en 1974 sobre la cátedra petrina y la estructura de la Iglesia, presenta en forma brillante una nueva visión eclesial de la autoridad. El título original en alemán da nuestra de las razones de Von Balthasar para escribir: Der Antirömische Affekt—(La actitud anti-romana). Si bien el autor ascendía ya en fama cuando esta obra fue presentada, no deja de vérselo como un David tirándole piedras a los goliaths posconciliares como Küng, Rahner y Schillebeeckx. Los ex-peritos del concilio tenían razones para ser ostentosos, ya que emergían con sus ideas reivindicadas, sus obras publicadas exitosamente y alentados a proseguir en medio de la confusión de aquellos días. [1]

Autoridad papal en la eclesiología de Hans Urs von Balthasar

Cuidadoso de no perder sus vínculos personales, Balthasar desafiaba a éstos teólogos de su tiempo con sus voluminosas obras confrontando el “sentimiento antirromano” y el resentimiento que, en sus propias palabras, “no los deja ver el objetivo” de la reflexión teológica. [2]

Von Balthasar realiza su objetivo por medio de un examen minucioso de los puntos de partida de la reflexión eclesiológica—una reflexión fundamentada en el discipulado—la cual resultó ser plataforma de sus reflexiones sobre el asunto de la autoridad en general y de la autoridad petrina en particular.

No es mi intención etiquetar a un hombre como conservador y a otros como liberales. Aclaremos esto desde el principio. Tampoco quiero presentar a Von Balthasar como un defensor de la fe en tiempos tormentosos. No lo hago pues cualquiera que le aplique etiquetas a un hombre de su talla y amplitud intelectual, sin duda pecará de reduccionismo.

Mas bien, este ensayo tratará sobre su singular visión eclesial que siempre se caracterizó por su fuerte sentido de la integridad de la Iglesia a saber, de la íntima conexión entre el discipulado y la autoridad. Lo desarrollaré en cuatro partes, siguiendo la secuencia natural de su profunda reflexión sobre Pedro y su papel en la Iglesia:

1-La esencia del discipulado y la paradoja del “seguir a Jesús”

2-La “Forma Christi” en el discípulo y particularmente en Pedro

3-La autoridad en la Iglesia como “communio”

4-El papel específico del oficio petrino como guardián de la unidad

Algunos antecedentes

¿Cuál es el origen de la autoridad en la Iglesia? ¿Es cierto que, de una gran variedad de carismas, el de la autoridad es meramente uno más?  ¿Qué papel tiene el Soberano Pontífice en la Iglesia posconciliar?

Estas y otras preguntas resonaron en las aulas de seminarios y universidades durante la segunda parte de la década del “60 y la mayor parte de la década del “70. Sin embargo Von Balthasar ya había resuelto estas y otras cuestiones en su propio interior ya en 1961, un año antes que el Concilio Ecuménico Vaticano II entrara en sesiones. Entonces ya escribía que la autoridad en la Iglesia se manifiesta precisamente porque el carácter institucional de la Iglesia y es por propia naturaleza inseparable de la idea de discipulado en el Nuevo Testamento. [3]

A pesar de eso el debate continuo e insoluble de aquellos tiempos ponía en contrapunto el llamado de los teólogos a una mayor libertad de reflexión [4] contra los repetidos llamados a la obediencia de Paulo VI (quien, dicho sea de paso, era mucho menos autoritario que muchos de sus prdecesores). Aquel desdén por Pablo VI se hizo particularmente agudo en los albores de Humanae Vitae y quizás fuera la razón por la que Von Balthasar publicara Der Antirömische Affekt contra la marea de voces que se alzaban en sentido contrario. En su artículo de 1971 “El Papa, hoy” sus juicios tienen fuerza y claridad.

“Los altisonantes cristianos, en su mayor parte clérigos renegados, que encuentran placentero el atacar a Roma pueden estudiar sus propias fisonomías en las caricaturas satíricas de Bosch y Breughel. Tienen todos la carcajada asegurada. Pero piensen que Pedro debe haberse visto bastante cómico cuando lo crucificaron cabeza abajo; eso debe haber parecido una buena broma a sus torturadores. Por eso, bendito sea su ministerio—sea el Papa, los obispos, simples curas que se plantan firmes por la ortodoxia, o cualquiera que se siente responsable por dar una respuesta cuando la gente dice “la Iglesia debiera hacer esto o lo otro”—el Oficio se ofrece a llenar esa función, el de ser objeto de esa burla. No hay honor que pueda ser obtenido en esta función. La plebe quiere divertirse y se necesita una cara para abofetear y así ostentar su propia fuerza. La oscilación de la aguja indicará segura e infaliblemente cuán fuerte es el golpe. Y eso también es una forma de infalibilidad.” [5]

No importa ya si Von Balthasar fue figurativamente “abofeteado”. Ya él había visto como se atacaba a Paulo VI y a otros, entonces usó la pluma, su arma preferida, para reafirmar que Pedro y su oficio de unidad no deben meramente ser tolerados, sino también ser apreciados y amados. Entre las vastas contribuciones de Von Balthasar, este último aspecto es realmente una gema, y es la victoria de su propio pensamiento sobre las opiniones académicas de sus contemporáneos. En palabras del entonces Cardenal Ratzinger, pronunciadas en la Misa del funeral de Von Balthasar en 1988, apenas dos dias antes del Consistorio en el que Von Balthasar iba a recibir la birreta roja de Cardenal: “lo que el Papa trata de expresar con esta marca de distinción y honor sigue siendo válido: ya no son solamente individuos particulares sino la misma Iglesia en su capacidad oficial la que nos dice que [Von Balthasar] ha enseñado la Fe…” [6]

Discipulado

Von Balthasar comienza sus reflexiones contrastando la idea de la autoridad en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. En el concepto del Antiguo Testamento, la autoridad era mucho mas reducida. Se encuentra la idea, por ejemplo, de los liderazgos de Moisés y David. Esto, sin embargo, se ve mayormente opacado por el concepto hebreo de la fidelidad a Yahweh. Si bien aparecen profetas de vez en cuando, estos son individuos que incitan al arrepentimiento y el pueblo judío sabe que su prosperidad en la vida depende de su propia fidelidad individual a la Ley de Dios. Cuando Yahweh castiga a su pueblo, o lo condena por varias generaciones, esto se debe a infidelidad (murmuraciones en el desierto, consorcio con las hijas de Moab, casamiento con midianitas, etc.) Sin embargo, para Von Balthasar, la Encarnación del Hijo de Dios cambia radicalmente la situación. Ya no es el Yahweh el Dios Trascendente el que se le aparece a Moisés en la zarza ardiente o en la montaña. Esta vez en la Encarnación es Dios mismo en Emmanuel quien trae la Nueva Alianza como si fuera un hombre que trae un regalo a para otro. Nótese que la naturaleza personal de la relación entre Dios y el hombre no ha cambiado. “Es verdad que los doce fueron elegidos por el Señor de entre el nuevo Israel espiritual”. Aquí el factor significante es que no son tribus sino individuos. El nuevo pueblo de Dios se construye sobre el fundamento de los apóstoles que siguen a esa persona singular que es Cristo.” [7]

Así, es el individuo el que es llamado a seguir a Cristo, y el establecimiento de órganos, instituciones y estructuras de autoridad en la Iglesia es parte necesaria de esta forma de fidelidad personal a Yahweh que llamamos “discipulado”. Esto resulta en algo que Von Balthasar llama la “Paradoja de seguir” [a Jesús]. Nos hace notar que la relación de Cristo con sus discípulos no era la relación típica de un discípulo y su maestro en esos tiempos. Los rabinos de aquellos tiempos impartían conocimiento y verdad; pero Cristo mismo “es” conocimiento y verdad, llamando a sus discípulos no solamente a “aprender de El” en lo externo, sino además a “unirse a El” en todo lo que es interno—”sin mí no podéis hacer nada” (Mateo 11,29; Juan 15,5). De ahí la paradoja, porque el discípulo no es un mero alumno en el sentido académico de la palabra. El discípulo debe, como dice San Pablo, “induire Christum”—”vestirse de Cristo” (Gálatas 3,27). Aquí Von Balthasar introduce el concepto de la Forma de Cristo, que ve como la transformación del discípulo en Cristo (Gálatas 4,9) por medio de este discipulado interno.

El acto de sujetarse en la fe bajo el impulso de la gracia trae como consecuencia la respuesta de Dios que viste al hombre en la “forma de Cristo” que se manifestará en el cristiano (Gálatas 4,19) y de esa manera él puede ser un modelo de fe para otros (1 Tesalonicences 1,7). Esta forma, común a todos los cristianos, es el terreno del cual surge la autoridad en la Iglesia, la forma del rebaño (1 Pedro 5,3) que es establecida especialmente por Cristo. [8]

Es claro que este concepto de la “transformación en Cristo” representa un problema para los Protestantes, que, invocando la noción de Lutero de la “depravación total”, insisten en que esta transformación es imposible. Por el contrario, Von Balthasar halla en esa regeneración del alma del discípulo, no solamente la esencia de la vida cristiana sino también la fuente de la autoridad y el oficio de la Iglesia. “El cristiano, el apóstol, está imbuído de esta forma de Cristo y es hecho una nueva criatura. En él sólo una forma puede ser generada y ésta es el producto del amor y el oficio ministerial que están indisolublemente unidos. Continuemos ahora explorando y comprendiendo esta noción en la persona de Pedro.

La Forma Christi en Pedro

Los apóstoles como todos los cristianos, no estan exentos de esta “paradoja de seguir a Jesús”. Como ningún otro jamás lo hiciera, lo siguieron a El por las planicies de Galilea, por las colinas de Judea y hasta a Jerusalén donde murió en la Cruz. Aunque los once huyeron de la Cruz, eventualmente todos los apóstoles siguieron a su maestro “usque ad mortem” y en el caso particular de Pedro “mortem autem crucis”. Aun antes de que se consumaran sus propios martirios, ellos participaron en la Pasión y martirio de Nuestro Señor. El caso de Pedro es particularmente amargo pues su triple negación del Maestro lo puso frente a frente con su propia pecaminosidad. Para Von Balthasar esto no es un accidente, sino un acto deliberado del plan de Dios que enseña que los futuros líderes de la Iglesia deberán probar el fracaso y la humillación tal como Jesús lo hizo. La negación de Cristo por Pedro fue esencial para que en él se realizara la forma del Cristo.

Los factores decisivos del entrenamiento de los Apóstoles son la Cruz y el fracaso total de Judas, Pedro y el resto que escapó frente al peligro (Juan, presente en la Cruz, también se queda dormido y deja al Señor solo en el Getsemaní). Lo que pasó no fue una fantasía sino una humillación fructífera, la cual por sí misma, llevó a su exitosa conclusión sus intenciones de “abandonarlo todo” y así los hizo capaces de recibir autoridad. [9]

Esto es un elemento crucial en la preparación de Pedro para recibir el poder de las llaves. La humillación y la Cruz son las condiciones esenciales para adquirir, o mejor dicho, para recibir la particular “forma Christi” que conlleva el carisma de gobernar al rebaño. Como explica Von Balthasar a continuación: “es necesario y es elemento esencial en la instigación de la forma que ha sido prefigurada para la forma de vida de los ministros. Repitamos: la forma no es el ministerio en sí mismo sino más bien la unidad del hombre tal como es (el fracaso) y la comisión que desciende por la gracia divina. [10] Para sopesar esto como corresponde, recordemos que Von Balthasar presenció en sus propios días una cruel repetición de estos hechos y lo hace notar en un artículo que apareció en la prensa en 1971.

Y si Paulo VI es un hombre profundamente humillado, a los ojos del mundo, como resultado de tantas equivocaciones inevitables que vienen como consecuencia de la absurda sobrecarga del Oficio Papal, entonces puedo dar un suspiro de alivio, ya que esto es lo que lo hace al Papa más digno de confianza que los altisonantes cardenales, cuya política democrática les gana el aplauso de los especialistas y de las masas (encabezadas por los teólogos). [11]

Pedro no fue el único en experimentar esta humillación. De hecho, los otros apóstoles la experimentaron también. San Pablo es uno de los ejemplos más destacados: humillado en Atenas, atacado por turbas enfurecidas, hecho prisionero y finalmente ejecutado en la Via Ostia. Pero estas astillas de la Cruz que el Apóstol tuvo que sufrir son también parte formativa de su estilo de liderazgo. Su experiencia en el fracaso, como en el caso de Pedro, lo volvió particularmente apto para gobernar en caridad y humildad aquellas comunidades por él fundadas. Aun cuando sus cartas no dan muchas muestras de la humildad de Pablo, queda claro que nunca usó su influencia de un modo agresivo “haciendo demandas como apóstol de Cristo” (1 Tes. 2, 6). Si bien Pablo disciplinaba y amonestaba cuando es necesario, siempre prefirió enseñar las lecciones de su propia experiencia, sabiendo que “verba docent, sed exemplum trahet”. Dice Von Balthasar: “Una vez más vemos como Pablo, lejos de presumir de su posición oficial para arengar a la comunidad, en realidad hace lo opuesto, refiriédose a su propia forma de vida para sacudirlos de sus certidumbres de estar ya completos, de ser ricos, de estar ya reinando (1 Corintios 4, 8). [12] De nuevo Von Balthasar demuestra su conclusión al referirse al uso que hace Pablo de su propia autoridad apostólica: “No es por su oficio que el apóstol representa a Cristo frente a la comunidad sino por su calidad de haber sido humillado en Cristo, hecho un espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres.” Para ser un enviado es necesario primeramente haber muerto al mundo y eso debe ser evidente en el ejercicio del oficio. Si se hace esto, solamente entonces el oficio es impuesto en forma cristiana y tiene el mismo poder teológico y apologético sobre cristianos y gentiles (1Corintios 4, 20). Este testimonio de vida cristiana es, de hecho, el testimonio de haber muerto con Cristo habiendo adoptado su forma. [13]

Sin embargo la humildad no resulta fácil de obtener para estos hombres. Pablo, en su tono característicamente directo y sin ambages, se refiere a sí mismo como un “mejor apóstol” que los otros (2Corintios 11, 23). Pedro prometió nunca abandonar al Señor para luego abandonarlo ni bien se hizo evidente la Cruz (Lucas 22, 33). Sin saberlo era precisamente por medio de aprender humildad en la escuela del fracaso que se le capacitó para “confirmar a sus hermanos” en la fe (Lucas 22, 32).

Von Balthasar ve tres momentos significativos en la vida de Pedro que lo han ayudado a entender y aceptar su papel de primado. Primeramente, Pedro es un receptor abierto a la sabiduría de Dios el Padre. Es él quien responde en Cesarea de Filipo “¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Vivo!” (Mateo 16, 18). Es él quien se niega a dejar a Jesús ante el escándalo de la Eucaristía “Señor sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (Juan 6, 68) Al hacerlo así parece estar respondiendo por el entero colegio de los Doce. [14] Aunque Pedro sea orgulloso no ambiciona lograr una posición de privilegio en el reino, como lo hicieran los Boanerges (Marcos 3, 17). En cambio hay evidencia de humildad verdadera. Tiene que aceptar que Jesús le diga muchas cosas muy fuertes. Comenzando así, no le queda mucha distancia a ser el primero de línea de los papas en la comunidad de “compañeros presbíteros” (1 Pedro 5, 1). [15]

En segundo lugar, la crucifixión de Pedro, el “ir a donde no quieres ir” (Juan 21,18) lo conforma de manera concreta con su Señor crucificado. Es de notar que Pedro y muchos de sus sucesores (no todos, desafortunadamente) no han deseado tener tan exaltada posición. Muchos, como Angelo Roncalli, temían recibirla y la trataron de evitar, apenas aceptando con un susurrado “accipiam”. Von Balthasar se refiere a esto como un “abismo” que solamente se puede salvar con la gracia de Dios, quizás recordando las palabras dichas a San Pablo: “sufficit tibi gratia mea” (2Corintios 12, 9). “El abismo de la demanda impuesta es demasiado ancho y yace entre el hombre y su deber, entre el pecador que niega [a Cristo] y su misión de apacentar el rebaño a la manera del Buen Pastor. Este abismo se salva con la gracia de Dios. [16] Finalmente vemos como Pedro abraza su oficio. Los Hechos de los Apóstoles están llenos de ejemplos de la primacía de Pedro en el Colegio Apostólico. Pedro ejercita su autoridad primeramente en Jerusalén, “in urbe”, y luego es llevado a donde no quiere ir, a la capital del Imperio Romano desde donde debe dirigir la Iglesia “in orbe”.

La Iglesia como “Communio”

Aun asi, la Iglesia primitiva era algo más que simplemente Pedro y Pablo. Era un complejo tapiz entretejido por las vidas de muchas personas. Según declara el teólogo jesuita John McDade, Von Balthasar identifica una serie de personas claves que ofrecieron sus propios carismas a la iglesia naciente. Estos carismas van más allá de los que usualmente menciona San Pablo: apóstoles, profetas y maestros. También incluyen (aunque sin limitarse a esta simple lista): a Nuestra Señora, modelo por excelencia de lo que es ser un discípulo del Señor; Pedro, que tiene el oficio de pastor; Pablo, el misionero; los Doce, que forman el Colegio apostólico; Juan el Bautista, último profeta del Antiguo Testamento y primer mártir del Nuevo; Juan, el discípulo del amor; Santiago, el guardián de la tradición y de la ley. [17] De este amplio grupo de protagonistas, Balthasar escoge a los que llama “Cuarteto Apostólico”: Pedro, Pablo, Juan y Santiago. Según observa McDade “Cada principio en los miembros de este cuarteto representa una clara y definida misión dentro de la Iglesia necesariamente interactuante con los otros [tres].” [18] A pesar de tener personalidades tan diversas y de debatir en ocasiones (como lo hacen Pedro y Pablo, por dar un ejemplo), la visión eclesiológica de Von Balthasar considera que éstos permanecen “en comunión” unos con otros. De ahí proviene la visión de la Iglesia como “communio” en las que la colegialidad y la primacía no están en conflicto.

De hecho Von Balthasar nota que tanto Juan como Mateo refuerzan la autoridad de Pedro, resaltando su primado al principio de cada Evangelio (Juan 1,42) y también en la conclusión, especialmente con la elocuente muestra de Jesús confirmando la autoridad de Pedro en amor. Los capítulos 20 y 21 de Juan están compuestos en forma de una sutil doctrina simbólica de la Iglesia (Juan 20, 1-10; 21, 1-125) en los cuales el mandato del oficio (Pedro) y el mandato del amor (Juan) están tan entrelazados que el “mayor amor” que se le demanda a Pedro (Juan 21, 15) pasa de Juan a él pero Juan permanece junto a Pedro (fundiendo en un solo cuerpo el oficio y el amor) en obediencia al deseo soberano del Señor de la Iglesia. [19]

En la eclesiología de la “communio”, la autoridad es compartida por los Doce. Todos son, para usar un término que vendrá a existir luego, “episkopoi”—todos han sido investidos del poder de “atar y desatar” (Mateo 18:18; Juan 20:23) y todos deben usar ese poder en humildad y amor.

El oficio de la unidad

Si lo que leímos antes es cierto y la autoridad apostólica fue compartida con cada apóstol entregando sus propios carismas al espíritu de la “communio”. Entonces ¿Cuál es la virtud específica del ministerio petrino? ¿Cuál es la función primaria del oficio de Pedro y de sus sucesores? Para mejor entender la respuesta de Von Balthasar. Recordemos que la Iglesia es y será siempre conocida como “Casta Meretrix”—la casta ramera. Al considerar esto evitamos la actitud reaccionaria de llegar a conclusiones como la de Martín Lutero, y sus repetidas referencias a la “Ramera de Babilonia”. Recordemos que Casta Meretrix es un nombre con la que la han apodado los Padres de la Iglesia. Adoptando el tema bíblico del adulterio como simbólico de la infidelidad del Pueblo Elegido de la Alianza de Dios (recordar a David y Berseba, el Cantar de los Cantares, Oseas, Rahab) la noción de la Casta Meretrix reconoce la pecaminosidad inherente del pueblo, mientras apunta a la santidad de la Iglesia, Novia Inmaculada de Cristo y Arca de Salvación.

Los padres del Concilio Ecuménico Vaticano II se hacen eco de esta dicotomía de pecado y santidad en Lumen Gentium:

“… la Iglesia, que recibe en su seno a pecadores, es al mismo tiempo santa y siempre en necesidad de ser purificada, siempre sigue el camino de la penitencia y la renovación.” [20] Me atrevo a decir que Orígenes es quien mejor ha captado la idea de la casta meretrix cuando escribió “fuera de la casa de Rahab no hay salvación”, presentando así a la famosa ramera de Jericó como un modelo profético de la Iglesia.

En la casa de Rahab, solamente una puede ser la Inmaculada Concepción. El resto de nosotros es capaz de negar al Señor como Pedro; buscar posiciones de privilegio como Santiago y Juan y de dudar como Tomás. Estos y otros pecados son parte de la fibra misma de la comunidad. Así, el papel del oficio petrino en las ideas de Von Balthasar se hace más claro. El lo considera la salvaguardia de la unidad dentro del Cuerpo de Cristo.

“El papado siempre ha tenido que ejercitar—desde los textos petrinos del Nuevo Testamento en adelante—la función de unidad en la Iglesia y, verdaderamente, de la unidad visible de la Iglesia que, considerada en forma realista, está hecha de pecadores, egoístas y separatistas.” [21]

Desde el momento que la función de preservar la unidad es real y necesaria, Von Balthasar llega a tres conclusiones específicas en su artículos sobre el oficio petrino en la Iglesia. Primeramente, no se trata de un oficio honorario en el que Pedro es el primero entre iguales (“primus inter pares”). Para ser capaz de cumplir con su misión, Pedro y sus sucesores deben poseer la capacidad de gobernar. Segundo, el ministerio petrino es un carisma particular dado a los papas. Es parte de la “communio”, y no meramente una extensión de la caridad fraternal que ya existe en ella. A la hora decisiva lo que cuenta son dogma, doctrina y creencias. Esos son los componentes que las herejías tratarán de alterar. El famoso lema de San Agustín “ama, et fac quod vis” no puede aplicarse a la predicación obstinada de doctrinas heréticas y cismáticas porque, en la idea de Von Balthasar, eso sería contradictorio con el amor. Ninguno duda que el ejercicio de este aspecto del oficio petrino puede ser doloroso. Es posible que sea más doloroso para el que lo ejerce que para el que recibe su ejercicio. En apoyo a la medida de Juan Pablo II de privar a Hans Küng la licencia para enseñar Teología Católica, Von Balthasar escribió:

“Juan Pablo II está salvaguardando nada menos que la sustancia fundamental de la fe Católica … Nadie puede negar que esta era una necesidad urgente después de años de permisividad dogmática, moral y litúrgica … Quizás sea inevitable que el Papa deba dar la impresión de ser Hércules limpiando los establos de Augeo. [22]

Tercero, el ministerio petrino no es meramente una “función transitoria” que deberá ser abolida algún dia o meramente usada en ocasiones. Más bien, dice Von Balthasar, “esta función de preservación de la unidad es la función constitutiva de la Iglesia y se ejercita solamente bajo la condición de que al individuo actuante le sean dados los poderes que le pertenecen dentro de los límites de su ejercicio.” [23]

Así llegamos a una frase balthasariana que muchos teólogos contemporáneos harían bien en considerar: “Esto presupone en los otros miembros de la Iglesia (obispos, clérigos y laicos) una docilidad y reverencia hacia este oficio espiritual.” [24]

Aquí encontramos el verdadero aspecto genial de la eclesiología de Von Balthasar en lo que respecta a la “communio”. Rechaza la idea imperial o medieval de que la Iglesia es una pirámide con el Papa en el vértice superior. En palabras de McDade, citando de la obra de Von Balthasar: “tal imagen distorsiona la relación del papado con el resto de la Iglesia, ya que el Papa no está “por encima” de la Iglesia en ningún sentido ni tampoco está la Iglesia “debajo de él” (Lucas 22, 26). Sólo Jesús está sobre la Iglesia como su Señor.” [25]

De esta manera, en lo que parece como una reversión radical de la eclesiología clásica, Balthasar demuele la pirámide y coloca al papado dentro de la más amplia unidad de la Iglesia. La primacía se le da primeramente a la santidad de la vida del discípulo, mas bien que al oficio que ejercita. La Bendita Virgen María aparece como el modelo ideal de discípulo, así como los Padres la han llamado el verdadero modelo de la Iglesia. [26] McDade nota que, “para Von Balthasar, el corazón radiante de la Iglesia es laico, fiel y santo, caracterizado por la contemplatividad receptiva en relación a Dios y simbolizado por la feminidad y la virginidad maternal de María: tal como María es, así es la Iglesia.” [27] Juan Pablo II, de quien algunos han dicho que Von Balthasar era su teólogo favorito, se refirió a esta noción de la “primacía de la santidad” cuando escribió en Mayo 22 de 1994 la Carta Apostólica Ordenatio Sacerdotalis, sobre el asunto de la ordenación de mujeres: ” Además, es para la santidad de los fieles que la estructura jerárquica de la Iglesia es ordenada en su totalidad. Por esa razón, la Declaración Inter Insigniores nos recuerda: “el mejor y único regalo que puede y debe ser deseado, es el amor (cf. 1 Cor. cc. 12 y 13). Los mayores en el Reino de los Cielos no son los ministros sino los santos.” [28]

Es posible que las numerosas beatificaciones y canonizaciones de Juan Pablo II (mas que ninguna otro Papa de la historia) sean parte de un mensaje más amplio para los fieles que se remonta al capítulo 5 de Lumen Gentium: “es la santidad de la vida lo que cuenta a los ojos de Dios y no que uno sea llamado a ser apóstol, profeta, maestro o persona laica.” Parte de esto encuentra eco en los escritos de Von Balthasar. Sin embargo el Papa anota que el asunto de la ordenación de mujeres era considerado en algunos ambientes como todavía “abierto a discusión.”

“De ahí, que para que se quite toda duda con respecto a este caso de gran importancia, un asunto que toca a la misma divina constitución de la Iglesia en virtud de mi ministerio de confirmar a mis hermanos (Lucas 22, 32). Declaro que la Iglesia no tiene autoridad alguna para conferir la ordenación sacerdotal a mujeres y que esta decisión ha de ser definitivamente afirmada por todos los fieles de la Iglesia.” [29]

Como es sabido, Ordinatio Sacerdotalis no fue recibido bien en ciertos círculos. Algunos la rechazaron abiertamente. Otros rápidamente respondieron que la ordenación de diáconos no se menciona explícitamente en el documento. Aquí también los discípulos del sigo XXI pueden aprender una lección de humidad de Von Balthasar. No cabe duda que durante los años de su exilio canónico, mientras no podía recibir el cardenalato, el Padre Von Balthasar sufrió mucho. Pudo ser director espiritual de Addrienne von Speyer, pero no podía escuchar su confesión. En muchas maneras los miembros de la “communio” se hieren unos a otros. A veces, el ejercicio del oficio petrino puede resultar en sufrimiento, pero siempre resulta para el bien del entero cuerpo de la Iglesia. En un tiempo las obras de Henri de Lubac fueron censuradas por la Santa Sede y durante ese período fue que él escribió su bella Meditation sur l”Eglise En todos sus sufrimientos, Von Balthasar nota que es importante reconocer la mano de Dios trabajando con instrumentos imperfectos.

Como el oficio de Pedro debe ser llevado a cabo por seres humanos falibles, necesita de la vigilante y amorosa cooperación de todos para que pueda ser ejercido con el grado de infalibilidad que le corresponde. Esto significa más precisamente que un papa puede ejercer un oficio fructífero solamente si es reconocido y amado en una forma verdaderamente eclesial aun en medio de una paraklesis o disputa. [30]

Esto se hace eco de ese pensamiento de Von Balthasar expresado antes, de que los miembros de la Iglesia pueden y deben crear un ambiente den el que el Papa pueda ejercer su autoridad y ser amado por ejercerla. Esto requiere indudablemente cierta humildad que es el material del que los santos estan hechos. En su clásica exposición “Por qué soy católico” Von Balthasar llama la atención a las vidas de los santos como ideales para los discípulos del Señor, discípulos que viven dentro de la “communio” ejercitandoo los carismas que les son propios con un sentido magnánimo de la integridad de la Iglesia.

“Y [los santos] son humildes, eso es decir, que la mediocridad de la Iglesia no los detiene de unirse a ella de una vez por todas porque saben bien que sin la Iglesia no pueden encontrar el camino a Dios… No luchan contra la mediocridad [de la Iglesia de Cristo] con un espíritu contencioso, sino por medio de mover e inspirar en aquellos que tienen las cualidades, encendiéndolos. Sufren en manos de la Iglesia, pero no se amargan ni se paran ofendidos a un costado. No se hacen su propio conventículo al costado de la Iglesia sino que arrojan su fuego hacia el mismo centro de ella.” [31]

Von Balthasar escribió una vez que si la Iglesia en su totalidad hubiera sido santa y amorosa, nunca hubiera habido necesidad del oficio petrino de la unidad. Sin embargo en la próxima oración, como si hubiera recordado en ese momento que la Iglesia es Casta Meretrix, entonces reconoce que el objeto de la autoridad de Pedro es “sostener la congruencia de esta fe única con la unidad del amor.” [32]

Traducción del inglés por Carlos Caso-Rosendi

 

 


[1] El autor, Raymond Cleaveland era al tiempo de ser redactado este artículo, seminarista de la Arquidócesis de Seattle (Washington, EUA). Cursa estudios en Mundelein Seminary en Illinois.

[2] Hans Urs Von Balthasar, The Office in the Church, en The Von Balthasar Reader, ed. Kehl and Löser, trad. Robert Daly (New York: Crossroad, 1982), 274.

[3] Hans Urs Von Balthasar, The Office in the Church, Esposa de la Palabra, vol. 2, trad. Littledale (San Francisco: Ignatius, 1991), 82.

[4] Para ver un ejemplo de esto, vea lo escrito por Karl Rahner, Theological Investigations, vol. 2. (Darton, Longman & Todd, 1963) en A Rahner Reader, ed. Gerald A. McCool, (New York: Crossroad, 1975) 300. “Debe haber lugar en la Teología para la investigación, para diferentes escuelas de pensamiento y progreso… Lado a lado con la función oficial que es transmitida en forma judicial, existe y debe encontrarse lo carismático y lo profético en la Iglesia lo cual debe… en toda paciencia y humildad, ser dado suficiente espacio para su crecimiento, aun cuando sus mentores sean en ocasiones impertinentes.”

[5] Hans Urs Von Balthasar, The Pope Today, Elucidations trad. John Riches, (Londres: SPCK, 1975), 103-04.

[6] Joseph Cardinal Ratzinger, Homily in the funeral of Hans Urs Von Balthasar citado en Hans Urs Von Balthasar: His work and life, ed. David L. Schindler, (Ignatius, San Francisco, 1991), 295.

[7] Hans Urs Von Balthasar, The Office in the Church, 86.

[8] Hans Urs Von Balthasar, The Office in the Church, 81.

[9] Hans Urs Von Balthasar, The Office in the Church, 114.

[10] Hans Urs Von Balthasar, The Office in the Church,114-5.

[11] Hans Urs Von Balthasar, Why am I still in the Church? Elucidations, trad. John Riches, (Londres: SPCK, 1975), 210.

[12] Hans Urs Von Balthasar, The Office in the Church, 117.

[13] Hans Urs Von Balthasar, The Office in the Church, 117.

[14] Hans Urs Von Balthasar, Peter-First Bearer of the Office of Unity, in The Von Balthasar Reader, ed. Kehl and Löser, trad. Robert Daly (New York: Crossroad, 1982), 221.

[15] Hans Urs Von Balthasar, Peter-First Bearer of the Office of Unity, 221.

[16] Hans Urs Von Balthasar, Peter-First Bearer of the Office of Unity, 222-3.

[17] John McDade, SJ, Von Balthasar and the Office of Peter in the Church, ensayo no publicado disponible en: Balthasar and the Office of Peter; según apareció el 17 de noviembre de 2004.

[18] John McDade, SJ, ibid. 3.

[19] Hans Urs Von Balthasar, Peter-First Bearer of the Office of Unity, 211.

[20] Lumen Gentium, 8

[21] Hans Urs Von Balthasar, The Petrine El Oficio Petrino en la Iglesia, en The Von Balthasar Reader, ed. Kehl and Löser, trad. Robert Daly (New York: Crossroad, 1982), 274.

[22] Hans Urs Von Balthasar, citado en John Allen, Debating Karl Rahner and Hans Urs Von Balthasar National Catholic Reporter, Noviembre 28, 2003.

[23] Hans Urs Von Balthasar, The Petrine Office in the Church, 274.

[24] Hans Urs Von Balthasar, The Petrine Office in the Church, 274.

[25] John McDade, SJ, 3.

[26] Lumen Gentium, 63, 68.

[27] John McDade, SJ, 3.

[28] Ordinatio Sacerdotalis, 3.

[29] Ordinatio Sacerdotalis, 4.

[30] Hans Urs Von Balthasar, The Office of Peter and the Structure of the Church, trad. Andree Emery, (San Francisco: Ignatius, 1986), 315.

[31] Hans Urs Von Balthasar, Why am I still in the Church? Elucidations, trad. John Riches, (Londres: SPCK, 1975), 214.

[32] Hans Urs Von Balthasar, The Petrine Office in the Church, 275

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