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John M. Oesterreicher

“¿Veis mi Nuevo Testamento?”–dijo Edmund Husserl más de una vez a sus alumnos predilectos–“está siempre sobre mi mesa , pero no lo abro nunca”. “Sé que una vez que yo lo abra y lo lea, abandonaré la Filosofía”. El admitió esto en sus últimos años, en un momento en que sus enseñanzas estaban encontrando eco en muchas mentes brillantes. Y no es que él pensara ni por un momento que su filosofía era incompatible con el cristianismo, todo lo contrario; pero se entregó por completo a su filosofía, e hizo de ella la suma y sustancia de su vida. Y temía, por tanto, que ésta quedara relegada a un segundo lugar si él seguía a Cristo.

En su juventud no había sospechado siquiera la soberanía de Cristo. Descubrió la Biblia por primera vez en la Universidad de Leipzig. Se sintió movido por los Salmos y los Profetas y agitado por el Nuevo Testamento, pero no percibió en modo alguno la exigencia total de Cristo. En esta época, estudiante de diecisiete años, en el primer trimestre en la Universidad, se acercó a un ministro con el Nuevo Testamento en la mano: “Basándome en este libro quisiera ser bautizado”. No deseaba una interpretación de la Escritura, ni una ulterior profesión de fe, sino simplemente ser recibido como cristiano según él lo entendía. Pero solo diez años más tarde, al cumplir 27, fue, por último, bautizado en la principal iglesia luterana de Viena, si bien todavía, en gran medida, con el mismo espíritu.

Husserl había sido influido en Leipzig por Masaryk, el cual en aquel tiempo se había apartado de la Iglesia católica, la fe de su juventud, y se había adherido a un cristianismo truncado, la “religión” de los intelectuales del siglo XIX. Como se ve en sus escritos posteriores Masaryk había eliminado todo lo que trascendía la razón, de tal modo que para él la religión era la respuesta del hombre al enigma de la eternidad, una respuesta dada por el corazón y la mente humanas, siendo el conocimiento del hombre la única autoridad, y los libros de la Biblia meros testimonios de una fase en la evolución religiosa del hombre. Masaryk veía a Cristo sólo como una gran figura, como un ideal que le hacía exclamar: “Jesús, no César” el mejor y más amable de los maestros, cuya pura religión de humanidad era para el hombre un deber realizar.

En la Universidad de Viena, Husserl, con poco más de veinte años, fue muy influido por Frans Brentano, un sacerdote que había dejado la Iglesia. Para Brentano, Jesús era “uno de los mas grandes profetas”, “un gran maestro de moralidad”, mientras que el Antiguo Testamento era “un anticuado legado de tiempos bárbaros”. De ahí que dijera a uno de sus jóvenes amigos judíos que seguir siendo judío era “adherirse por inercia social a las reliquias de un pasado muerto”, y esto era “contrario al espíritu de la libertad y de la cultura”. Este era el pensamiento crudamente expresado, de muchos espíritus “progresivos” del último siglo. El Antiguo y el Nuevo Testamento no eran la vía de la salvación, uno en símbolo y otro en verdad. Antes bien, los libros de Moisés y los de la Historia de Israel eran considerados como la expresión de una tribu retrasada, y los Evangelios simplemente como un paso adelante en el avance de la humanidad. El bautismo no era el sacramento que hace renacer, no era la unión con el cuerpo místico de Cristo, sino la entrada a la sociedad occidental, y el no quererlo no era—por extraño que parezca- negar a Cristo, sino rehusar la unión con la cultura.

Aunque el consejo de Brentano a su joven amigo judío fue dado algunos años después de que Husserl fuera bautizado, no hay duda de que fue una influencia de esta clase la que ejerció sobre Husserl. Las lecturas de Husserl en aquel tiempo indican también que en el momento de su bautismo él creía en los Evangelios, no como en la verdad revelada, como en la palabra de Dios al hombre, sino como en un testimonio de la bellísima vida y singular sabiduría del hombre Jesús.

Husserl, que era en gran medida hijo de su época en todas las cosas que no fueran su inmediato campo filosófico, no tuvo ninguna sospecha de adonde iba a conducir la “teología liberal”. Como muchos de sus contemporáneos, Husserl consideró como una búsqueda en pos de la verdad el intento de los críticos de disecar los libros de la Biblia y negarles toda unidad. Y no es que todo lo que éstos dijeran estuviera equivocado, porque hasta una gallina ciega puede coger de cuando en cuando un grano de trigo, pero su negativa, casi como una cuestión de principio, a aceptar lo tradicional, su inclinación a ver interpolaciones en todas las partes, y su pensamiento de que la Escritura era una abigarrada colección procedente de fuentes anónimas, eran, en realidad, los síntomas de una enfermedad general. Porque la manía de desposeer, la preferencia por lo innominado, la desconfianza por la antigüedad, las decisiones arbitrarias sobre lo que los escritores del pasado pensaron, sintieron y escribieron, todo esto no estaba limitado al campo de las Escrituras. Eduardo Tournier, el famoso helenista de la segunda mitad del siglo XIX, empezó por hallar en el Ayax de Sófocles pasajes indignos del gran poeta, y acabó por rechazar la tragedia entera. Cuando murió, había llegado a dudar de la autenticidad de las siete obras de Sófocles, y pedía perdón a Dios y a los hombres por haber editado tragedias clásicas espurias. Esta es la tendencia de la alta crítica, devorarse a sí misma, y ninguna parodia podría subrayar esto con más claridad que este relato verdadero.

Era la envoltura del cristianismo sin su sustancia lo que retuvieron las diferentes escuelas liberales. Con un espíritu de protesta rechazaron la plenitud, pero lo que para ellos fue una caída y una pérdida, fue para Husserl una ganancia. Por venir de una familia judía con muy escasa tradición religiosa, este cristianismo empobrecido enriqueció su vida. El cristiano para quien Cristo no es más que un hombre, por muy grande que fuera, está vuelto de espaldas a la verdad. El judío, empero, que ama al Hombre Jesús, está en el camino hacia ella. Sin embargo, la real significación del cristianismo se hizo patente a Husserl al parecer sólo cuando tenía más de sesenta años, en los años siguientes a la primera guerra mundial, cuando leyó las obras de Soren Kierkegaard. Con todas sus lecturas de Kierkegaard, Husserl no llegó nunca a entender plenamente su pensamiento. El dijo a uno de sus alumnos que le encontró inclinado sobre uno de los libros de Kierkegaard en la biblioteca de la universidad: “Estoy de acuerdo con todo lo suyo… excepto la paradoja”. También por este tiempo Husserl se sintió interesado por la teología de Karl Barth y su escuela, aunque tenía poco atractivo para él. Durante toda su vida se mantuvo hijo de la Ilustración y admirador de Goethe, tolerante y poco inclinado a comprometerse. Consideraba la religión como un “asunto privado”, una actitud extrañamente en desacuerdo con su vigorosa búsqueda de la verdad. El no oraba públicamente; siguiendo la falsa noción de “interioridad” y la errónea interpretación del Evangelio que sitúa el reino de los cielos en el corazón del hombre, rechazó la plegaria colectiva. Habiendo respirado la atmósfera del individualismo: rezar “es estar a solas con la soledad”, Husserl pensaba que la oración significativa sólo podía darse en la propia interioridad. Pero Dios no es “soledad”, ni tampoco lo es el hombre. La humanidad es una comunidad, y rogar juntos es amar juntos.

Husserl no percibió nunca por completo la significación de la Iglesia, aunque en sus últimos años entrevió su gloria más que antes. Una vez, comiendo con varios de sus colegas católicos de la universidad de Friburgo, participó en una conversación sobre religión. El teólogo Engelbert Krebs habló de los sacramentos, de la riqueza y belleza de la doctrina y vida católicas. Entones dijo Husserl, apreciativamente: “Ja, ja, querido colega; ¡oh sí!, ustedes los católicos se sientan a una mesa de regocijo”. El padre Kreda replicó rápidamente: “Bien, Herr Geheimrat, ¿por qué no se sienta Ud. Con nosotros?” “Eso no es tan fácil”, y sus colegas recuerdan que lo dijo con un suspiro, como si hubiera dicho: Si yo pudiese…

Estudió filosofía con Franz Brentano, cuya personalidad dejaría una huella tan profunda en él. Cada uno de los movimientos de Brentano—escribió- así como sus ojos que miraban hacia adentro y a lo alto, hablaban de un hombre que se sentía impulsado hacia una gran misión. Su lenguaje era elevado pero sencillo, preciso pero no afectado; cuando hablaba con su voz suave, con sus gestos sacerdotales, parecía, según recordaba Husserl, “un profeta de verdades eternas y un heraldo de otro mundo”. La Iglesia enseña que quien una vez es sacerdote, lo es siempre, y la actitud de Brentano parecía reflejar esto. También en la filosofía de Brentano quedaba mucho de su pasado católico. Aunque el concepto de intencionalidad sufrió un cambio considerable en su tránsito desde los escolásticos a Brentano, y, después, desde Brentano a Husserl, sin embargo, tanto Brentano como Husserl, por medio de él, se lo deben a Santo Tomás.

En este periodo Brentano introdujo a Husserl en el pensamiento de Bolzano, sacerdote, matemático y filósofo, fue un hombre notable. La claridad era la gran aspiración de Bolzano. Del método de Hegel, su contemporáneo, decía que era una desastrosa futilidad. En su teoría del conocimiento luchó también contra el relativismo. Muchos años después de su muerte, en 1848, la filosofía de Bolzano fructifico en la mente de Husserl. Hay quienes ven en la filosofía de Husserl simplemente una extensión de la de Bolzano; otros aminoran la dependencia entre los dos. Ambos se equivocan. El propio Husserl declaró que había recibido “impulsos decisivos de Bolzano”, al que llamaba “uno de los más grandes lógicos de todos los tiempos”.

En los Prolegómenos a la lógica pura, el volumen primero de sus Investigaciones lógicas, publicado en 1900, Husserl retiró su adhesión a toda teoría que sostuviera que la razón dependía de algo no racional, o de algo relativo a la especie humana, de la constitución psicofísica del hombre, de las operaciones de su mente, o de una etapa de su desarrollo, como una época cultural, por ejemplo. Estos puntos de vista, que Husserl agrupó bajo el nombre de “psicologismo”,, reducen las leyes de la lógica—y por tanto toda verdad, religiosa, moral o de cualquier otra clase- a un modo meramente humano de pensar, a experiencias subjetivas o a procesos psíquicos. En estas críticas demostró valentía porque sus enemigos filosóficos eran muchos.

Cuando Protágoras dice que el hombre es la medida de todas las cosas expresa la inclinación mental del relativismo, que es la marca del psicologismo. “Hombre” puede significar aquí el pensador individual o toda la Humanidad. Si lo primero, verdad es lo que a cada uno le parece ser verdadero, de tal modo que lo verdadero para uno puede ser falso para otro. Husserl calificó esta opinión como “impertinente escepticismo”, opinión en la que conocimiento y verdad son relativos al sujeto que juzga, y dudaba que esta impertinencia hubiera sido defendida alguna vez con seriedad.

La verdad es absoluta: ésta es la contestación de Husserl a los psicologistas. Ellos quisieran hacerla relativa, dependiente de los que la piensan, de tal modo que la ley de gravitación, por ejemplo, no habría sido verdadera hasta que Newton la descubrió.

En la opinión de Dietrich von Hildebrand, el que Husserl deje a un lado el mundo entero por una parte de él, por la conciencia del hombre, plantea un enigma; mas ¿qué puede justificarlo sino un sutil temor? Un hallazgo trascendente le había sido admitido en las Investigaciones lógicas. Impasible ante el coro de los que negaban la objetividad de la verdad, se atrevió a proclamarla pero parece faltarle la fuerza para perseverar. Ante un secreto del alma aparece la timidez; ante su intrincación, el apocamiento. Pero ¿quién puede estar seguro de su propia constancia y hablar sin temblar? Sin embargo, no se puede evitar el pensar que Husserl, valiente en un principio, más tarde llega a tener miedo de su propio valor, porque una consistente e incesante búsqueda de la verdad le podría haber llevado, como ocurrió a muchos de sus discípulos, a un reconocimiento de Cristo no sólo en lo profundo de su corazón, sino también en medio del foro de los filósofos.

A través de los siglos, la Iglesia ha mantenido la constancia de la verdad, la que enseñan Platón y Aristóteles, la que la Escritura refiere con silenciosa certidumbre: “Oh Señor Dios, Tú sólo eres Dios, y tus palabras son la verdad”. Lo que los filósofos han invocado para definirlo, la Escritura no necesita exponerlo, porque irradia en todas partes con la clara y simple luz de la revelación. En una época en que muchos, alejados de la Iglesia, negaban la objetividad de la verdad, fue confiado este depósito, a través de sus doctores Agustín y Tomás, a dos sacerdotes, Bolzano y Brentano. Aunque fue severamente juzgado y el otro la abandonó, ambos retuvieron este depósito y se lo pasaron a un joven judío, aún encadenado al psicologismo. Y este judío fue elegido años más tarde, cuando sus cadenas habían sido rotas, para traer la libertad a los demás, y nombrado acólito de la verdad.

En sus últimos años, cuando la saña nazi había ensombrecido su vida, cuando se dio cuenta que vivía más y más sub specie aeternitatis, se volvió con frecuencia al Nuevo Testamento. Sentado al sol una mañana, en la primavera de 1936, leyó los Evangelios, diciendo después: “Hoy han brillado dos soles para mí”. El último día del año 1934, durante una visita a la hermana Adelgundis Jaegerschmidt, O.S.B., su alumna en tiempos y entonces amiga de su familia, recordó que muchos años antes, estando gravemente enfermo, Edith Stein, sentada a su cabecera, le había leído el Nuevo Testamento. Enseguida la hermana Adelgundis le ofreció el mismo servicio si el lo necesitaba alguna vez, y Husserl replicó: “Ya veo que usted estará presente cuando me muera y leerá en voz alta el Nuevo Testamento cuando yo entre en la eternidad”.

Hacia el final de su vida Husserl se sentía atraído a veces hacia la Iglesia Católica, y una vez dijo que si tuviera cuarenta años menos tal vez intentaría ingresar en ella. “Pero, como usted ve—continuó- ya soy muy viejo, y durante toda mi vida he hecho todo con mucho cuidado, de suerte que tendría que invertir por lo menos cinco años en cada dogma. Ya puede darse cuenta de cuántos años tendría que vivir yo para poder acabar”. Parece que Husserl creía necesario “examinar” los dogmas como si fueran hipótesis científicas. Pero hacer esto es juzgar al Juez, juzgar la palabra de Dios, cuando es ella la que nos juzga. Es el estéril intento de desplazar el centro de la verdad y del ser de donde está a donde nos gustaría que estuviese, desde Dios a nosotros mismo. Por su misma naturaleza, el asentimiento a la verdad revelada no pede ser el resultado de años de investigación científica, porque la fe es un don instantáneo de Dios al hombre y un don del hombre a Dios. Su hora es todas las horas; su tiempo, todo y cualquier tiempo; no estando circunscrita a ninguna edad, la fe no puede nacer demasiado pronto ni demasiado tarde.

Sumisión y santuario

Bajo Hitler, todos los profesores judíos se convirtieron repentinamente en “mentirosos”, “falseadores”, “descastados”. Por tanto, Husserl fue expulsado de la Universidad de Friburgo de Brisgovja. Por temor, muchos amigos le evitaban; pero había un lugar donde siempre era bien recibido, el priorato benedictino de San Lioba, el convento de la hermana Adelgundis. Parece que allí Husserl se acercó algo más a la comprensión de la sumisión cristiana. La vida que contemplaba contradecía la opinión corriente de que la sumisión era un escape propio de cobardes; se manifestaba más bien como la feliz ventura del cobarde vuelto valiente, como el final de la mediocridad. La primera visita de Husserl a San Lioba fue en 1934, cuando admirado por su atmósfera y respirando su paz, exclamó: “Este es otro mundo, un mundo aparte, que se alza fuera de esta época malvada…casi el cielo.” Volvió un año más tarde para presenciar cómo su amiga y discípula hacía sus votos perpetuos. Habiendo estudiado previamente el ceremonial, lo siguió con suma atención.

En primer lugar, el coro de las hermanas profesas cantó la invitación: “Venid, hijas mías, y escuchadme; os enseñaré, dice el Señor, el temor de Dios. Acercaos a El. Su luz estará en vosotras y no seréis confundidas.” A esto las hermanas que iban a hacer sus votos perpetuos, replicaban: “Venid, que vamos con todo nuestro corazón”. Entonces el prelado que oficiaba se volvió hacia ellas: “¿Qué queréis?” “El favor de Dios y la gozosa estancia entre las hermanas de San Lioba”, contestaron. “¿Queréis de voluntad renunciar al mundo y a todas sus pompas para siempre?” “Queremos” “Prometéis perpetua obediencia, castidad y pobreza?” “Lo prometemos” “Dios ha empezado su buena obra vosotras; que la perfeccione” el prelado oró y rogó porque aquellas que de tan buena voluntad se entregaban a El fueran prudentes y humildes, alegres en la obediencia, sin desmayo en la adversidad, animosas y serenas, sumamente piadosas, fuertemente arraigadas en la paz, fervientes en la plegaria y misericordiosas.

Husserl estaba conmovido por esta sumisión dócil y tranquila, y aún más por el místico entierro y resurrección de las hermanas, con lo cual terminaba la ceremonia. Después de firmar y leer en voz alta la carta de profesión, todas ellas cantaron, primero con los brazos extendidos, y luego, cruzados: “Sostenme según palabra y viviré; no permitas que yerre en mi esperanza”. Mientras estaban postradas en el suelo de la capilla, el coro cantaba: “Estoy muerta y mi vida está guardada con Cristo en Dios. No moriré, sino viviré, y contaré las obras del Señor”. Después el prelado rezó para que las nuevas profesas amaran y buscaran siempre el recto y estrecho camino que habían elegido; les entregó las cogullas, prendas que indicarían su estado monástico, protegerían su salvación y las impulsarían por el camino de la santidad. Colocando coronas sobre sus cabezas dijo: “Recibid este signo de Cristo y sed sus esposas; uníos a El y nuestra corona será perdurable.” Una vez más las hermanas confirmaron gozosamente su elección: “He despreciado el reino de este mundo y todas las pompas del siglo por el amor de Nuestro Señor Jesucristo, a quien he visto, a quien he deseado, en quien he creído, a quien he amado”. Después de la ceremonia, cuando Husserl se reunió en la biblioteca con la hermana Adelgundis para felicitarla, se le saltaron las lágrimas. Repentinamente se llevó la mano al corazón y se desvaneció; al recobrarse, dijo con una sonrisa: “Estaba muy emocionado, fue demasiado para mí, era muy bello”.

En 1937 cayó enfermo con pleuresía y sufrió mucho pacientemente. Un día dijo: “Desde la época de mi juventud he luchado contra todas las formas de vanidad, y ahora casi las he superado; la vanidad profesional también, el respeto y admiración de los discípulos, sin los que ningún profesor joven puede trabajar. Antes de mi muerte me hubiera gustado volver hacia el Nuevo Testamento, como lo hizo Newton, y no leer ninguna otra cosa. ¡Qué hermosa tarde de la vida hubiera sido ésa!” ¿Cómo podía él ser tan inconsciente de que las cosas primeras deben ser las primeras? “Cumplida mi tarea como filósofo”, continúo, “podía sentirme libre ahora para hacer lo que ayudara a conocerme a mí mismo, porque nadie que no lea la Biblia puede conocerse a sí mismo”.

El día de Jueves Santo de 1938, sintiendo cercana su muerte, preguntó a su enfermera: “¿Se puede realmente morir bien?” “Si, en paz perfecta” le contestó ella. “Pero ¿cómo?” “Por medio de la gracia de nuestro Salvador, Jesucristo, dijo la enfermera, le leyó el Salmo: “El Señor es mi pastor”. Cuando llegó a las palabras: “Aunque tuviera que caminar por el valle de la sombra de la muerte, no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo”, Husserl la interrumpió: “Si, esto es lo que yo pretendo. Deseo que El esté conmigo. Pero no siento su cercanía” A continuación su enfermera leyó el himno:

Toma Tú mis manos y guíame… sólo mis pisadas vacilan o se extravían lejos; Señor, quien mi vida puede alterar, sé Tú mi gula… Muchas veces pienso que Tú escondes tu maravilloso poder; no obstante, hasta mi meta Tú me guías a través de la oscura noche.

“Sí, así sea—contestó Husserl- ¿Qué otra cosa podía desear? Debe rogar por mí”.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, le dijo a su mujer: “Hoy es Viernes Santo”. “Qué maravilloso día, Viernes Santo” dijo, “Sí, Cristo nos ha perdonado todo” Por la tarde de este mismo día, como él se quejara a la Hermana Adelgundis de estar todavía vivo, ella trató de confortarlo recordándole la muerte de Cristo en la cruz. “Dios es bueno” le dijo ella. “Si”, contestó él, “Dios es bueno pero incomprensible. Esto es una gran prueba para mi…” Incapaz de acabar la frase, sus manos se movían una hacia la otra como si deseara enlazarlas para rezar. Después de un rato continuó: “Existen dos movimientos que continuamente se buscan uno a otro, se encuentran, y se buscan de nuevo”. A lo cual la hermana Adelgundis agregó: “Así es, el cielo y la tierra se encuentran en Jesús. Dios se acerca al hombre en Cristo” “Si” dijo Husserl, “El es la analogía entre…” De nuevo sus palabras quedaron incompletas, pero la hermana Adelgundis, tratando de interpretar esta expresión fragmentaria e imperfecta, habló de Cristo, Puente entre el tiempo y la eternidad, de Cristo Mediador, y de nuestra redención por medio de El. “Si, así es”, asintió Husserl. Descansó algún tiempo y después levantó el brazo como si quisiera rechazar alguna visión espantosa. Preguntándosele qué veía, susurró: “Luz y oscuridad; mucha oscuridad, y de nuevo Luz” Parece aquí como si Husserl anticipara una visión del alma en el purgatorio, donde el pretexto y la vana ilusión desparecen, donde el alma se encuentra cara a cara con la realidad, y se ve así misma y a su propia oscuridad a la luz de la verdad. Compungida con la vista de sí misma, comienza su purificación. Mientras la luz de Dios resplandece sobre el alma, una penetrante visión del mal la sumerge en una noche de tristeza por su indiferencia, pereza, tibieza, ingratitud, por todos sus pecados en la tierra; pero luego emerge de esta noche de tristeza para convertirse en “Luz en el Señor”.

Durante días Husserl permaneció sumido en un ligero sueño, silencioso aun en los momentos de vela. Pero el 27 de abril de 1938 se volvió de pronto hacia su enfermera: “He visto algo maravilloso. ¡Escríbalo rápidamente!” Cuando la enfermera regresó con un cuaderno, Husserl había muerto.

Algunos meses después de la muerte de Husserl, el franciscano belga Padre Herman L. Van Breda fue a Alemania para recoger sus manuscritos, con los cuales formaría más tarde los Archivos de Husserl en la Universidad católica de Lovaina. Ya en Friburgo, supo que la señora Husserl corría peligro con los nazis; la salvó y buscó para ella refugio en un convento belga. En Bélgica, durante los años de la guerra, la señora Husserl entró en el seno de la Iglesia. Después de la guerra, pasó algunos años en Nueva Inglaterra; más tarde volvió a Friburgo, donde murió. Cuando vivía cerca de Boston, iba a menudo a la Holy Trinity Church—excursión difícil para persona tan delicada- con el fin de poder recibir los Sacramentos. Y en Friburgo, siempre que su salud se lo permitió, solía ir a la santa Misa, apoyada en un bastón y del brazo de su enfermera. De este modo la Iglesia tomó bajo su protección lo que Husserl dejó tras él: su pensamiento y su amor.

 


 

El autor, John M. Oesterreicher; siendo estudiante de Medicina en Viena, movido por los escritos del cardenal Newman, se convirtió al catolicismo. En 1927 se ordenó sacerdote. En la tercera década del siglo, marcada en Europa por el signo de Hitler, desempeñó un gran papel, en la Prensa y en la Radio, en la lucha contra el nazismo. Por dos veces logró escapar de la Gestapo. Los siete filósofos judíos, cuya gran aventura espiritual nos describe, son todos contemporáneos: Henri Bergson, Max Picard, Edmund Husserl, Paul Landsberg, Max Scheler, Adolf Reinach, Edith Stein.