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Carlos Caso-Rosendi

El vecindario es un suburbio típico de Washington. Casas de estilo neocolonial alineadas nítidamente entre jardines bien cuidados. Aún queda un poco de nieve en esta fría pero soleada mañana de febrero en que he venido a Virginia para entrevistar a Deal Wyatt Hudson, una figura del catolicismo americano cuyo perfil se proyecta a la política conservadora desde hace ya desde hace muchos años, cuando su intervención captó una buena parte del voto católico para George W. Bush.

Hudson es el vástago de una vieja familia tejana. Hubiera sido el quinto tejano en su línea ancestral si no fuera porque su padre, piloto de la Fuerza Aérea y luego de la Braniff International, estaba a la sazón trabajando en Denver, Colorado cuando nació Deal, su primer hijo varón. De todas maneras, Hudson se considera un tejano. Toco a la puerta y me reciben varios rostros sonrientes.

Teresa, la esposa de Deal, me guía y la sigo hasta el estudio donde me espera su esposo. Hudson es un hombre alto, su mirada y su sonrisa destilan franqueza. El apretón de manos es típicamente tejano, breve pero fuerte. Se acomoda en la silla frente a su escritorio y me invita sentarme en una poltrona. Los libros abundan en toda la casa, prolijamente ordenados por temas.

En la pared detrás del escritorio hay un par de estanterías llenas de volúmenes—son mis libros de Maritain—me explica. Jacques Maritain, otro converso, ha influído notablemente en la vida intelectual de Hudson a través de libros como Le Paysan de la Garonne. Hudson ha escrito largamente sobre el filósofo francés y su obra. Es coautor—junto a Matthew Mancini—de Understanding Maritain: Philosopher and Friend. [1] Los escritos del pensador galo, así como los de Tomás de Aquino y Agustín de Hipona fueron elementos cruciales en su conversión, como él mismo nos contará en detalle más adelante. Comienza a entrevistarme, olvidándose por un momento de que el entrevistado es él. Me da la impresión de estar procesando información a mucha velocidad. Los ojos delatan una curiosidad insaciable pero sana, las preguntas son mucho más inteligentes que las que me hacen usualmente los americanos.

En cinco minutos y otras tantas preguntas, Hudson se ha formado una idea de quién soy y dónde estoy parado. El diálogo es vertiginoso pero absolutamente amigable y franco. Estoy en presencia de un intelecto poderoso alojado en una personalidad encantadora y ecuánime. Finalmente se somete bondadosamente a dejarse entrevistar.

Le explico que deseo centrar mi entrevista en su conversión y no en ninguno de los problemas públicos que lo han acuciado en un tiempo. Aprovecho para aclarar que el acoso de la prensa americana es quizás el mayor inconveniente de los que llegan a la política por vía de la religión—especialmente si el neófito es conservador y cristiano—habiendo hecho esta aclaración, dejamos ese tema irrelevante de lado para ocuparnos de la persona en total y no de los incidentes coloridos de su vida. Le doy el esquema de lo que espero contarle a mis lectores españoles y le paso el magnetófono. Sonriente, Hudson presiona el botón rojo y comienza a contarnos su vida y su conversión al catolicismo. Deal nos habla ahora.

Nací en Denver, Colorado el 20 de noviembre de 1949. tengo dos hermanas una mayor, Ruth y otra menor, Elizabeth. Soy el único católico en mi familia. Fuimos criados como protestantes de la típica mayoría americana. Asistíamos a los servicios presbiterianos y metodistas. Fui a la escuela dominical y traté de cantar en el coro. Me gustaba la escuela dominical, me gustaba ir a la Iglesia pero no estaba muy entusiasmado. Asistía solamente porque era lo que creía correcto. Con el tiempo mi madre comenzó a llevarme y traerme de la Iglesia pero sin quedarse al servicio. Mi padre nunca iba a la iglesia ni tampoco mis dos hermanas. Fue en la escuela secundaria cuando conocí a unos evangélicos el año anterior a mi graduación. Fueron ellos quienes me presentaron a John Sullivan, un predicador bautista de personalidad carismática y encantadora. El supo motivarme—en ese tiempo yo ya estaba estudiando Filosofía en la Universidad de Texas en Austin—Sullivan supo como dirigir mi interés al cristianismo evangélico. Al poco tiempo, en mi primer año de universidad acepté a Cristo en una iglesia bautista del sur. Tan solo dos meses después ya era presidente de la Asociación de Estudiantes Bautistas de la Universidad de Texas en Austin. Corría la segunda mitad de los años sesenta, eran los días de Vietnam, drogas, rock’n’roll, etc. Curiosamente elegí la dirección del cristianismo clásico americano en un tiempo en que todos decidían abandonarlo para unirse a la locura general. Hice lo posible para evitar los peores excesos de la época.

Continué estudiando filosofía y sentí el llamado a ministrar en el movimiento bautista del sur. Cursé mis estudios en el Seminario Teológico de Princeton del 71 al 74 y visité algunos de los seminarios bautistas del sur, que no me gustaron por ser muy estrechos de miras. Estaba más cómodo en Princeton, que se parecía más al ambiente al que ya me había acostumbrado en Austin. En esos tiempos fundé la Unión de Estudiantes Bautistas en Princeton, una asociación que aún hoy continúa activa. Trabajaba como pastor de una pequeña comunidad.

En mi primer año de Princeton conocí a un profesor de Historia llamado Karlfried Froelich que me introdujo al estudio de la Tradición Católica. Comencé con San Agustín, leyendo su obra sobre la Trinidad. Esa lectura me asombró por su magnificencia y por combinar magistralmente la Filosofía, Literatura, Teología, las Escrituras—todo perfectamente armonizado. Eso era lo que me faltaba, no solamente en la tradición bautista sino también en la tradición general del protestantismo. Ya no podía leer todas esas cosas superficiales que había estado leyendo ¿Cómo podía leer esas cosas cuando había tanto para leer de San Agustín?

No quiero decir con esto que los escritores protestantes fueran superficiales. Hay muchos excelentes escritores como Karl Barth, Paul Tillich y muchos otros. Lo que yo sentía es que era imposible aun para esos grandes escritores, el compararse con la grandeza de Agustín. La puerta estaba abierta, como era de esperarse, no tardé mucho en descubrir a los grandes escritores medievales y a los grandes escritores católicos contemporáneos. Llegué a estar tan interesado en la Iglesia Católica que tomé un curso con un jesuita que había venido de New York a enseñar Religión y Literatura, el Padre William Lynch, un precursor del estudio de la Teología en relación a las Artes.

Quienes me conocen hoy día, asocian mi nombre con la política. En realidad nunca tuve ninguna relación con la política hasta 1999. Siempre he sido una persona allegada a las Artes y la Filosofía. En la Historia de mi conversión [1] se ve a las claras que ese es el impulso mayor de mi vida y mis ideas. Fueron las Artes y la Filosofía quienes me trajeron a la Iglesia, y no la política. Nunca tuve en mí la pasión política. Fui siempre un típico americano de corte conservador con un toque de los años sesenta— pero eso fue hace ya mucho tiempo en mi juventud. Nunca me envolví en ninguna causa política. Tampoco fui miembro activo de partido alguno.

Fue en una charla que dió el Padre Lynch que aprendí el significado de lo sacramental. El tema era el Edipo Rey de Sófocles. Cuento la historia en mi libro [2]. Creo que fue en ese momento que pensé por primera vez que quizás yo debería ser católico.

Me gradué en Princeton y fui aceptado luego en Emory University en el programa de Literatura. Quería continuar el estudio de las conexiones que hay entre la Teología y la cultura en general. Lo que siguió fue un estudio simultáneo de Literatura, Filosofía y Teología. No quería convertirme en un experto de tal o cual esquina de la cultura. En el camino conocí a un cubano de origen griego, Erasmo Leiva-Merikakis (foto)[3] que en esos tiempos era un estudiante de posgrado en Emory. Erasmo, quien llegó a ser mi mejor amigo, reconoció prontamente el amor por las cosas católicas y comenzó a presentarme las obras de los grandes autores católicos contemporáneos: Claudel, Mauriac, Bernanos— leímos juntos a Dante y también a otros como Angelus Silesius en una grand tourneé de las obras mayores de la tradición católica.

Erasmo hablaba ya varios idiomas, había sido trapista en un monasterio de Conyers, Georgia. Anduvimos ese camino por un par de años en los que me enseñó a mirar el mundo con ojos católicos. En esos días Erasmo había descubierto a Hans Urs Von Balthasar, que aún no estaba traducido al inglés. Mientras me leía pasajes selectos en voz alta le recomendé que comenzara a traducir esas obras. Lo hizo así y al tiempo produjo el primer volumen de Herrlichkeit (Eine theologische Ã;„sthetik). [4] Cuando partió para enseñar en San Francisco, ya me había puesto en camino a ser católico.

Al tiempo de ir a mi primera Misa me intrigaba todo lo que sucedía: la gente se paraba, se arrodillaba y se sentaba a intervalos. Mi gran pregunta era ¿cómo saben cuándo hacer cada cosa? Nadie me lo explicaba. Veía gente con libros y aunque tomé un misal del estantillo al poco tiempo estaba perdido porque la liturgia saltaba de una sección a otra del libro. La cosa era para mí un misterio. Si hubiera estado en una iglesia bautista alguien se hubiera acercado enseguida para ayudarme a navegar la liturgia. Eso no sucedió. Era algo totalmente diferente a mi experiencia: los niños lloraban, la predicación era más bien mala pero no tan mala como la música. La gente me pareció realmente devota pero faltaban todas las cosas que abundaban en las iglesias bautistas: calor humano, buena música, buenos sermones. Sin embargo la devoción de los fieles era palpable. Eso me hizo preguntarme qué era lo que inspiraba semejante devoción. Con el tiempo obtuve la respuesta cuando llegué a saber lo que era la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía.

Ya llevaba dos años enseñando Filosofía en un colegio bautista de la localidad. Un buen amigo que enseñaba allí era un católico no-practicante pero gustaba de leer las obras de Jacques Maritain. Con él co-editamos mi primer libro sobre Maritain. [5] El hombre tenía un gran respeto por la Tradición Católica a pesar de que no era ya un católico practicante. Cuando se enteró de mi divorcio—entonces yo acababa de divorciarme de mi primera esposa que era hija de un pastor bautista—me preguntó si me había hecho católico. Cuando le dije que no, me preguntó qué me detenía. El sabía los problemas por los que había pasado y tenía razón. Creo que en ese tiempo yo estaba un poco golpeado por la vida y no atinaba a hacer nada definitivo. Estaba como en una especie de niebla. Para entonces tenía cierta amistad con el Padre Richard Lopez (quien desde entonces ha sido elevado al obispado y es Obispo de Atlanta, Georgia). Lo consulté por algún tiempo en reuniones semanales. Eventualmente el P. Lopez entendió que yo ya estaba listo para ser recibido en la Iglesia. Yo asentí y fui recibido privadamente en Febrero de 1984 en Atlanta, Georgia. Mi entrada en la Iglesia ocurrió en el hospital de las Hermanas Dominicanas de Hawthorne, el mismo lugar donde Flannery O’Connor—la gran escritora católica americana—convaleció antes de su muerte. En una de esas coincidencias místicas, mi actual esposa, Teresa, recibió la gracia de su conversión representando a Flannery O’Connor en un monólogo teatral.

Nunca sufrí oposición alguna de los colegas protestantes, aparte de alguna bromita bien intencionada. Mi conversión fue fácil en ese sentido. La Cruz se presentaría luego de otras maneras— ya hablaremos otra vez de eso. Algunos de mis alumnos se hicieron católicos en esa época. De entre ellos salieron algunos religiosos y sacerdotes. Yo por mi parte pasé a ser presidente de la Asociación Americana Jacques Maritain, un dulce cargo que tuve por más de diez años. Tuve el privilegio de organizarla y de establecer su casa de publicaciones que ha publicado en sociedad con Notre Dame y Catholic University.

Hace veinticuatro años que soy católico. Usted me preguntó qué cambios trajo a mi vida la conversión. En realidad muchas cosas pero una fundamentalmente es la percepción de la Iglesia en la que sirvo a Dios y que permanece más o menos como aquella primera Misa a la que asistí. Cuando enseñaba en Fordham University, por ejemplo, tuve ocasión de conocer personas muy devotas con una fe extraordinaria. También encontré un ambiente, no en general pero sí bastante extendido donde se cultiva o se espera “pasar” del catolicismo para sumergirse en, lo que se ha dado en llamar, “el espíritu del Concilio Vaticano II.” Siempre fui muy bien tratado pero esa actitud que describo, me ha resultado siempre chocante.

Una nueva etapa se abrió cuando me confiaron la dirección de Crisis Magazine en 1995. La revista fundada por Michael Novak estaba luchando por sobrevivir. La dirigí por catorce años y llegó a ser uno de las principales publicaciones católicas en los Estados Unidos.

Como consecuencia de mi trabajo en Crisis Magazine tropecé, por decirlo así, con la política cuando publiqué algunos artículos sobre el voto católico en 1998. Una tarde me llamó Karl Rove, el asesor y estratega político de la campaña presidencial de George Bush. Básicamente me pidió que representara a George Bush ante los católicos americanos. Creo que puede afirmarse que los católicos pusieron a Bush en la Casa Blanca en el 2000 y en el 2004. Ahora mismo estoy ayudando a John McCain, de manera informal y no como asesor pagado. Algunas personas ven mi nombre en la prensa y creen que soy un ‘operador político’ o un ‘activista católico’. Eso me hace sonreír porque yo simplemente creo ser un hombre de libros, de letras, un admirador de Maritain, alguien que medita sobre la belleza.

De Maritain aprendí que el arte es la costumbre del artista. De eso, que es habitual, viene el arte que se hace y debe ser juzgado y evaluado por su belleza. La creación artística es una imitación de la creación por Dios, el acto divino de crear ex-nihilo. Trato entonces de desarrollar un entendimiento estético de la relación entre el artista y el público que observa su arte. Ambos, artista y observador experimentan un éxtasis, uno al crear y el otro al responder a esa creación que se parece tanto a la relación entre Dios creador y el hombre contemplando su creación. Para mí esta es una experiencia trascendental, la experiencia de la belleza tan bien desarrollada por Von Balthasar en su teología de la estética en el Herrlichkeit. Francamente, no puedo entender por qué tan poca gente es como yo. En el mundo en que vivimos muy poca gente busca o tan siquiera observa la belleza con la que se encuentra a diario. Eso me parece extrañísimo. Un ejemplo superlativo de belleza mística podría ser la Santísima Eucaristía, o sea, la participación en algo infinitamente superior a nosotros.

Creo que mis desilusiones con la Iglesia son las mismas desilusiones que afectan a tantos otros hoy día. Hay una gran falta de calidez y compañerismo, poco sentido de comunidad. Cuando se habla de comunidad en el ambiente católico se da énfasis a algún aspecto o propósito de acción. Organizar la comunidad para cierto acto de caridad o acción social, por ejemplo. Cuando digo comunidad hablo de koinonia confraternidad. Nuestras parroquias no se conducen de esa manera, especialmente las que han sido transportadas de la ciudad a los suburbios. Nunca se ha hecho entre nosotros lo que las iglesias evangélicas han hecho para que la gente se quede un poquito más en la iglesia, que participe un poco más en la vida comunitaria. Simplemente no se hace nada en ese sentido. Las razones son muchas pero creo que debemos pulir esos aspectos, revivir la belleza de nuestras comunidades, su calor humano.

Creo que ahora, a medida que los disidentes postconciliares pierden terreno será posible vivir una nueva primavera. Las generaciones nuevas tendrán una iglesia mucho más dinámica y más apegada al Magisterio, con menos tensiones y luchas internas. Sin la pesada carga de tener que soportar los experimentos de la modernidad que las generaciones pasadas (como la mía) tuvieron que tolerar.

 


[1] Nota: Para entender a Maritain: Filósofo y Amigo

[2] An American Conversion, Crossroads Publishing, 2003.

[3] Autor de Fire of Mercy, Heart of the Word, Ignatius Press 2003.

[4] The Glory of the Lord, Ignatius Press, 2004.

[5] Understanding Maritain: Philosopher and Friend, Homiletic and Pastoral Review, Agosto-Septiembre 1989, Deal W. Hudson y Matthew J. Mancini.