cuestiones-morales

David Currie

Todos tenemos diferentes distracciones: jugar al golf, nadar, correr, jugar ajedrez. Mi entretenimiento favorito es leer. Alguien me anotó en una excelente lista de correo que promociona libros y cintas católicos. Al principio, pensé que alguien me estaba gastando una broma. Pasada mi sorpresa inicial, comencé a ordenar ciertos libros y cintas que habían suscitado mi interés.

cuestiones-morales-1El primer escritor católico que recuerde haber leído específicamente por ser católico fue el Papa. Rápidamente llegué a la conclusión que lo que sea que este hombre fuera, no iba a estar en contra de Cristo o de su Reino. Cualquiera que llamara a este Papa el Anticristo, tenía que estar seriamente desinformado. El pensamiento papal me pareció profundamente cristiano, y su sabiduría absolutamente refrescante.

El segundo autor católico que leí fue el Dr. Peter Kreeft. Me interesaba su punto de vista en lo que toca a asuntos morales. Después de leer uno de sus libros, me di cuenta por qué los católicos tienen cosas profundísimas para decir sobre los dilemas éticos y morales de esta época. Me preguntaba si alguien alguna vez le había explicado al Dr. Peter Kreeft la teología evangélica. No me imaginaba que un académico tan notable pudiera responder positivamente al mensaje evangélico. Al tiempo, cuando me reconcilié con la Iglesia Católica, descubrí que Peter Kreeft también había nacido dentro del evangelicalismo. No me quedaron dudas de que entendía muy bien la teología evangélica.

Asuntos morales

En lo que concierne al tema de la moralidad, evangélicos y católicos edificamos sobre los mismos cimientos. Aquí llegamos a uno de los cuatro grandes puntos en lo que estamos plenamente de acuerdo. Ambos entendemos que el principal propósito de nuestras vidas es dar alabanza y gloria a Dios. Nuestro ser no nos pertenece; fuimos comprados por un precio (1 Corintios 6, 29). Dios es la base misma de nuestra existencia, y le debemos todo. Para El debemos vivir una vida virtuosa. Cuando lo hacemos, demostramos nuestro amor a Dios, y él es glorificado. Cuando no vivimos una vida virtuosa, traemos vergüenza sobre su nombre. Sobre este pilar de la moralidad, no podemos menos que estar profundamente de acuerdo. Una cosa está muy relacionada con la otra. Debemos proteger la dignidad de nuestro prójimo porque está hecho a la imagen de Dios. Su dignidad es un reflejo de la dignidad de Dios (Lucas 10, 25-28).

Como muchos evangélicos, siempre tuve admiración por la posición de la Iglesia Católica en lo que concierne a la moralidad. La Iglesia ha sido una de las pocas instituciones que se ha mantenido firme a pesar de la presión constante de la sociedad secular. La Iglesia siempre ha enseñado que las normas de Dios son un ideal. Ha enseñado siempre la virtud.

Esto es importante, porque la persona que cambie las reglas de la conducta moral está expuesto a un juicio más severo que la persona que sabe lo que es bueno pero simplemente no lo practica: «Ay de aquellos que llaman malo a lo bueno y bueno a lo malo» (Isaías 5, 20; ver también Mateo 5, 19). Sé de muchos católicos que saben que no han sido perfectos, y que, a veces, han estado escandalosamente lejos de ser perfectos. Pero los evangélicos tampoco son siempre perfectos. Todos faltamos al tratar de vivir perfectamente las normas de Dios en una ocasión o en otra. Todos fallamos. Sin embargo se puede contar con que la Iglesia Católica mantenga constante la línea de la verdad moral en su enseñanza oficial. Su moral moderna es idéntica a la antigua. Cuando joven, hubiera dicho lo mismo de los evangélicos. Pero ya no puedo. Durante mi vida, he visto evangélicos cambiar de posición sobre una cantidad de puntos morales. He concluido que, a un determinado nivel, los evangélicos están teniendo profundos problemas morales. Su moral práctica no es peor que la de la generalidad de las personas, pero sus normas están siendo rápidamente desgastadas. Estoy tratando de ilustrar el cambio en la enseñanza de lo qué es recto y moral, y no meros resbalones en la vida diaria. Un cambio en la enseñanza es mucho más alarmante.

Diferentes razas

Los proponentes del «desarrollo de la iglesia» en el Seminario Fuller (una prominente escuela evangélico americana) se han hecho famosos por su insistencia en que las iglesias cristianas deben segregar a sus congregaciones. Mientras estuve en TEDS (un prominente seminario para pastores y teólogos evangélicos en América), estudié bajo la influencia de uno de los líderes de ese movimiento. Ellos nunca usan la palabra «segregar», pero por casi una generación, los impulsores de este movimiento han enseñado que la mezcla de culturas y razas inhibe el crecimiento numérico de las iglesias. Por ejemplo, se promueve la formación de diferentes iglesias para blancos y negros de clase media. En un tiempo participé de un grupo que compartía esta filosofía. Muchos laicos y pastores que eran mis conocidos, se ofendieron por esta enseñanza. Sin embargo los líderes de la iglesia continuaron insistiendo firmemente en fomentar la segregación. Como muchos evangélicos laicos, he escuchado sermones en las iglesias aconsejando en contra de los matrimonios interraciales. Algunas escuelas fundamentalistas, como la Bob Jones University, han prohibido hasta las citas entre gente de diferentes razas. Al encontrar gente de todas las razas y condiciones sociales adorando juntos en la Iglesia Católica, quedé fascinado. En las primeras misas a las que asistí, vi una mujer oriental sentada en mi banca, una familia negra en la banca adelante mío, y una pareja hispana cruzando el corredor. ¡Qué alivio ver que la jerarquía católica enseña la tolerancia, y la aceptación entre todos los pueblos!

Esta enseñanza tiene un fuerte precedente histórico. G.K. Chesterton notó que los católicos que colonizaban un nuevo territorio, como regla general contraían matrimonio con los nativos después de haberlos cristianizado. Los protestantes en cambio, no se casaban con los nativos. Si seguimos el uso evangélico, ¿cómo haríamos para ser uno así como el Padre y el Hijo son uno? ¿Qué clase de mandamiento siguen los evangélicos en lo concerniente al racismo al promover iglesias separadas y aconsejar en contra de las citas y el matrimonio entre gente de diferentes razas?

Divorcio, anticonceptivos y aborto

Hay, por supuesto, islas de virtud en el evangelicalismo. Pero es perturbador que algunos de los principales pastores evangélicos en las iglesias en los Estados Unidos no quieran oponerse al aborto. No quieren exponerse a la controversia. Creen que postularse en contra del aborto, pudiera desalentar la entrada de los laicos en la iglesia y por lo tanto disminuir el tamaño de la congregación. Algunos evangélicos toman una posición valiente en contra del aborto, pero ¿cuán cristiano es el evangelicalismo en general, cuando se niega a hablar con una sola voz sobre el asunto moral más importante del día?

La enseñanza cristiana sobre el aborto es clara desde el primer siglo. La Didaché dice, «No matarás al embrión humano por medio del aborto». Este escrito sobre moral cristiana y normas de la Iglesia ya circulaba alrededor del 60 A.D., antes de que el templo de Jerusalén fuera destruido y mientras algunos de los Apóstoles todavía estaban vivos.

Otro asunto moral importante. Un popular locutor de radio evangélico ha hecho una serie de cassettes para pre-adolescentes. En esta presentación explica el cambio que ocurrirá en sus cuerpos durante esa etapa de la vida. Es admirable, y muchas de las cintas son excelentes. Lo que es preocupante son sus consejos sobre la masturbación. El autor le dice a sus oyentes que es perfectamente normal y saludable para ambos niños y niñas masturbarse regularmente. Su única justificación para esta posición parece ser que, lo van a hacer de todas maneras, y la culpa le resultará dañina al joven si alguien le dice que esto es incorrecto. ¡Qué trágico que este evangélico no conozca el sacramento de la Reconciliación!.

He oído ese mismo argumento aplicado a casi cualquier tipo de pecado. Por otro lado mas favorable, este evangélico admite que hay textos bíblicos que desaconsejan la masturbación. Nunca reconoce el hecho de que todas las iglesias cristianas del primer siglo declararon que este tipo de impureza es un pecado. Cuando su opinión personal se opone a las Escrituras y a la enseñanza histórica, el autor propone que los cristianos lo escuchen a él.

En otro frente, la retirada de los evangélicos sobre el divorcio y el volver a casarse apenas necesita ser recordada a cualquier evangélico que tenga los ojos abiertos. Varios predicadores evangélicos famosos adoptaron originalmente una posición firme contra el divorcio. Sin embargo ahora que sus hijos han crecido y encontrado problemas en sus vidas, esos predicadores han cambiado su punto de vista. Vengo de una familia de predicadores, me doy cuenta de lo que puede estar pasando entre bambalinas. Pero el divorcio es demasiado dañino para que sea tolerado con la idea de simplemente mantener la paz familiar.

La gente espera escuchar la verdad desde el púlpito

La enseñanza universal cristiana de diecinueve siglos ha sido que; el aborto, la masturbación, y bajo circunstancias comunes, divorciarse y volver a casarse, son pecados graves. Cada una de estas faltas fue siempre considerada incompatible con la vida cristiana. Entiéndase que ajustarse a la verdad histórica del cristianismo no significa que no podemos amar al pecador caído. Esa es la mismísima razón por la cual no debemos forzar las reglas. Comprometer la enseñanza de la verdad no ayuda a nadie, mucho menos a aquellos que están luchando con el pecado. Los evangélicos en general no se han dado cuenta del tremendo cambio que el cristianismo ha experimentado en el siglo XX en lo que toca a las normas morales. La situación me recuerda algo que Henry David Thoreau dijo una vez: «Puede ser que no hayas visto cuando le echaban agua a la leche, pero si ves una trucha nadando en el balde, tienes buena razón para sospechar.»

Sin embargo las dificultades morales del evangelicalismo no fueron suficientes para convencerme que la Iglesia Católica estaba en lo correcto. Creía que los católicos estaban fundamentalmente equivocados en su punto de vista sobre la salvación, María, la escatología, etc. Sería irónico que, después de todo, estuvieran en la posición moralmente correcta. Antes de aceptar sus enseñanzas morales como un signo de la mano de Dios, tuve que trabajar un poco en su teología y hallar respuesta a ciertas preguntas bíblicas.

Una vez que lo hice, mi perspectiva necesariamente cambió. Jesús dijo que conocería el árbol por sus frutos:»Por su fruto los reconocerán… Un buen árbol no puede dar mal fruto, y uno malo no puede dar fruto bueno… por su fruto los reconocerán (Mateo 7, 16-20; también Mateo 12, 33 y Lucas 6, 43-45). Esta enseñanza se confirma en la Iglesia Católica. La Iglesia se distingue en el mundo al promover la pureza moral.

A través de toda su historia, hasta el mismo presente, ninguna iglesia ha tenido tal cantidad de personas haciendo el esfuerzo de vivir de acuerdo a los principios cristianos. Algunos como San Agustín de Hipona vinieron al Catolicismo desde una herejía (Maniqueísmo). Otros nacieron católicos y nunca dejaron de serlo. Algunos han vivido como cristianos en comunidades religiosas. Algunos en un ambiente secularizado. Aún hoy hay una docena de órdenes católicas que aceptan gente de origen secular como miembros permanentes. (Como evangélico, no sabía de la existencia de todas esas órdenes). En todos los casos, el árbol ha dado muy buen fruto.

Siendo evangélico, quedé sorprendido cuando supe que la Iglesia ve su enseñanza moral como parte de la verdad original depositada en ella por los apóstoles. Las normas morales de la Iglesia Católica se remontan al depósito original de fe confiado a los primeros obispos. Es por eso que la Iglesia no cambia su posición en materia de enseñanzas morales. Mejor perder a toda Inglaterra en un cisma, como en el tiempo del rey Enrique VIII, que ser culpable de modificar el mandamiento de Cristo en lo concerniente a la santidad del matrimonio.

Cuando examinamos la posición de la Iglesia en lo que toca al control de la natalidad, queda claro que la Iglesia no se adapta, ni negocia sus enseñanzas. La Iglesia es virtualmente la única voz cristiana que todavía se opone al control artificial de la natalidad. La Iglesia sabe que no tiene autoridad para tomarse libertades con el depósito original de la fe.

Primero tenemos que entender lo que la Iglesia realmente enseña

Muchos católicos reniegan del término «control de la natalidad». La posición histórica de los cristianos es que la planificación responsable de la familia es correcta cuando resulta del control de uno mismo. El tamaño y la extensión de una familia puede ser controlado por vía Planificación Familiar Natural (PFN), lo que evita medios artificiales. No hay nada errado con tener solo uno o dos chicos si esto es realmente la voluntad de Dios y los padres están generosamente abiertos a la vida. Pero PFN siempre deja la posibilidad de que Dios pudiera crear vida en cualquier ocasión dada. No impide el trabajo creativo de Dios.

Es importante estar abiertos a la creación de vida, si Dios lo así lo estima. La vida es siempre mejor que ausencia de vida. Siempre. Esta visión sobre la creación de la vida en sí misma resulta de que, ser partidario de la vida significa mucho más para un católico que para un evangélico. Para estos últimos, ser pro-vida significa ser antiabortista. Para un católico es mucho, mucho más. Un católico puede honestamente decir «¡Amo la vida!».

Pero es mejor empezar por el principio. Como en toda cuestión moral, la discusión debe comenzar con la pregunta: ¿Cuál es el propósito de traer al mundo una nueva vida? Esto parece ser una cuestión que pocos católicos se preguntan hoy. ¿Es para satisfacer mi necesidad de ser padre? ¿Es para satisfacer a los abuelos? ¿Para tener a alguien a quien controlar o amar?

La Iglesia Católica fue el primer lugar donde encontré la respuesta a estos interrogantes enseñados con claridad y consistencia. Los evangélicos pudieran estar de acuerdo con la respuesta, pero raramente la conectan con su estilo de vida.

Como con el resto de la vida, el propósito de los hijos es traer alabanza y gloria a Dios eternamente. La gloria de Dios subyace a toda conducta moral, incluyendo nuestra conducta sexual. Aquí está la conexión: todo niño que traemos al mundo puede glorificar a Dios para toda la eternidad en los cielos. Esto contribuye a la gloria que Dios abundantemente merece.

Hay teorías económicas que afirman que los niños no consumen riqueza, sino que más bien crean. Cada nuevo ser humano suma a la prosperidad material de la entera raza humana. (Este principio contradice directamente el control de la natalidad). Pero lo que hacemos en este mundo es solo el preludio de la eternidad. Nuestra prosperidad material palidece en importancia ante el privilegio de colaborar en dar gloria eterna a nuestro Dios.

Los padres cristianos tienen la singular e importante tarea de poblar los cielos con santos. Cada vida, creada por Dios en concierto con un hombre y una mujer, puede vivir eternamente y dar eterna alabanza y gloria a Dios en los cielos. Ayudamos a poblar los cielos con dadores de alabanza. Si los ángeles de los cielos se regocijan cuando un pecador se arrepiente (Lucas 15, 10), ¿qué nos hace pensar que no resuenan los cielos con alabanza cuando un alma eterna viene a la existencia?

Los ángeles son ontológicamente diferentes a los humanos. Dios hizo a los ángeles específicamente. Hay solo un número determinado de ellos. No se pueden reproducir. El cielo nunca creará más ángeles que los que hay ahora, a menos que Dios cree nuevos ángeles. Pero cuando Dios crea humanos, les da el privilegio de trabajar en concierto con él para crear nuevos humanos. ¡Qué privilegio!

Esta libertad eleva a la paternidad cristiana a su adecuado y propio nivel. Una madre hace algo sublime y santo cuando da a luz. Su trabajo maternal tiene ramificaciones salvíficas. (1 Timoteo 2, 15). Un padre alimenta y viste a los futuros santos del cielo cuando provee por su familia. Será recompensado en el cielo por proveer para su familia debidamente: «Cualquier cosa que vosotros hagáis por uno de estos más pequeños… me lo hacéis a mí» (Mateo 25, 34-40; 1 Timoteo 5, 17).

Esto es exactamente lo que significa ser cristiano: poner la eterna gloria de Dios por delante de nuestros deseos. «¡A él sea la gloria por siempre!… Por lo tanto, hermanos, yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse vosotros mismos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios: este es el culto espiritual que debéisofrecer.» (Romanos 11, 33-12, 1). Estos versículos señalan al ofrecimiento de nuestros cuerpos a Dios como directamente relacionados con su gloria. Esto incluye todos nuestros cuerpos, aún (me arriesgo a decir, especialmente) nuestros órganos reproductivos.

Hay algo del amor de Dios que específicamente parte de traer una vida a la existencia. Esa nueva vida puede adorar a Dios para siempre. Nunca trabajaremos más cerca de Dios que en el lecho matrimonial. Pero permitir la voluntad de Dios en está área requiere generosidad.

Cuando mi esposa Colleen y yo comenzamos a visitar varias iglesias católicas, inmediatamente nos dimos cuenta de la dramática diferencia en la actitud de la gente. En ese momento, teníamos seis hijos entre dos y trece años. Los católicos en su mayoría no obedecen la enseñanza de la Iglesia en lo que respecta al control de la natalidad, pero respetan a aquellos que sí lo hacen. Un sorprendente número de personas nos felicitaron por el tamaño de nuestra familia. Un comentario que jamás olvidaré fue «¡Oh, cómo admiro su generosidad!». Yo nunca había pensado de mi familia en esos términos.

Los evangélicos, en cambio, tratan a las familias grandes en muchos sentidos como lo hace el resto de la cultura americana. Colleen y yo comentamos a veces con una sonrisa sobre «los cuatro evangélicos». Muchos evangélicos creen que es aceptable tener cuatro o menos hijos; pero tienes más de cuatro y eres criticado. En ocasiones ha habido extraños que se nos han acercado diciendo, «¡Cielo santo! No son todos suyos, ¿verdad?» Cuando Colleen quedó embarazada de nuestro sexto hijo hubo parientes y evangélicos amigos que se negaron a felicitarnos. En verdad, algunos de ellos nos sermonearon. Uno de los pastores de nuestra iglesia evangélica insistió en que yo fuera me hiciera una vasectomía. Me negué lo más educadamente que pude.

Cuando le cuento a evangélicos acerca de mi familia, sus comentarios son generalmente predecibles. Primero, comentan despreciativamente acerca de cuánto tiempo y energías requieren los hijos. Nuestra respuesta es, «sí, nos toman mucho tiempo. Pero después del segundo, el tiempo adicional que nos lleva cada uno es dramáticamente menor.» Otro comentario es generalmente «¡Tantos chicos debe ser muy caro!». La respuesta honesta es, «Sí, lo son. Pero el costo de seis chicos no es el triple de dos o seis veces el costo de uno.»

Llega el momento en que estos comentarios comienzan a aburrir. Ambos revelan una actitud de egoísmo. Egoísmo en términos de tiempo, energías y dinero. ¿Egoístas con quién? Con Dios mismo. La razón por la cual Dios creó el matrimonio fue para darse a sí mismo niños que lo adoren. «¿No los hizo el Señor uno solo, marido y mujer?… ¿Por qué uno? Porque estaba buscando santa descendencia?» (Malaquías 2, 15). Nuestro egoísmo es equivalente a rechazar nuestra participación en engrandecer la gloria de Dios por toda la eternidad.

¿De dónde sacamos la idea de que es importante la cantidad de hijos que tengamos? ¿O que debemos proveer por nuestros hijos de tal forma que sea la envidia de nuestros vecinos? ¿Por qué es que muchos cristianos creen que es su deber desanimar a otros de tener familias grandes? ¿Quién nos enseño que los hijos son una carga que hay que minimizar? ¿Debe el cristiano aceptar la filosofía anti-niños de la cultura americana? ¿Y qué hay del plan eterno de Dios?

La Biblia llama a los niños una bendición: «Los hijos son una herencia de parte del Señor, los hijos son una recompensa para él» (Salmos 127, 3-5). Esto está en directa oposición con la visión de aquellos quienes alaban las virtudes de las familias pequeñas. Margaret Sanger, fundadora de la organización ahora conocida como Paternidad Planificada, escribió (en su libro Women and the New Race, p. 63): «Lo más misericordioso que la familia numerosa puede hacer por sus hijos es matarlos.»

Un cristiano sabe que jamás va a poder devolverle a Dios lo que El nos da. Parece que cuanto más generosos somos con Dios, más generoso es él con nosotros. Sin embargo, no hay nada que pruebe más la generosidad de una pareja que la voluntad de criar hijos para la eterna gloria de Dios. El asunto realmente se reduce a ser generoso con Dios.

Nunca lo había pensado de esta manera. Cuando nos casamos, Colleen y yo, como casi todas las otras parejas evangélicos que conocimos usábamos métodos de anticoncepción. Yo estaba nominalmente a favor de la vida hasta que, dos años después de dejar el seminario, quise tener dos o tres hijos. Fue solo cuando vi a Colleen con nuestros hijos que Dios abrió mi mente a la posibilidad de más. Verla cuidar a nuestros hijos me dio una idea de la caridad de Dios en acción. Colleen fue siempre más apegada a la enseñanza bíblica de este asunto que yo. Vio siempre a los hijos como una bendición y jamás consideró ningún método permanente de control de la natalidad.

Yo estaba todavía intranquilo durante uno de los últimos embarazos. Empezaba a creer que tal vez eran muchos hijos. Los evangélicos amigos comenzaron a criticarnos por el tamaño de nuestra familia. Me preocupaban los compromisos financieros que otro chico podría traernos, en particular considerando la enseñanza secular. En la encrucijada, la generosidad de una católica amiga me ayudó a acrecentar mi fe. Me ofreció compartir ropas con nuestra familia. Nunca me criticó por el tamaño de mi familia o nuestra falta de fe. Como buena católica, simplemente se dispuso a ayudar. Dios la usó para enseñarme una importante lección. Mi falta de fe y caridad fue vergonzosa. Estaba siendo egoísta. Después que me hice católico, mi entera actitud hacia los niños cambió. El punto crucial de cambio vino cuando estuve de acuerdo con Dios que el nacimiento de otro chico sería una abundante bendición, aún si tuviera cincuenta años, decidiría que ser egoísta con Dios no era nada sabio. Hoy solo tengo cuarenta y un años, así que esa decisión fue un acto de fe trascendental.

El egoísmo del control de la natalidad ha sido etiquetado como «onanismo» desde tiempo inmemorial. Esta palabra tiene origen en el pecado de Onán, descrito en Génesis 38, 9-10. Sí, la Biblia discute el tema del control de la natalidad. En las Escrituras ¡Dios considera que el que la practica merece la muerte! Onán participó del acto sexual, un acto total de egoísmo en su caso, pero, por el mismo motivo, artificialmente hizo la concepción imposible. Dios lo mató por este solo acto de control de la natalidad. Ciertamente el hecho que ahora nosotros tengamos métodos más eficientes no cambia la cuestión básica.

Hay algo intrínsecamente egoísta en querer el placer de la procreación sin la responsabilidad. El sexo por su misma naturaleza es un acto de entrega total. Dietrich von Hildebrand lo ha descrito como una relación cuyo sentido es el amor y cuyo propósito es la procreación. El control de la natalidad por medios artificiales permite a alguien ir a través de movimientos de entrega sin reservas sin realmente entregar anda a cambio. Hace del acto marital una mentira.

No estoy discutiendo aquí, obviamente, a aquellas parejas que tienen familias pequeñas por motivos de salud o por motivos fuera de su control. Me refiero a aquellos que participan del acto sexual por lo que ellos quieren obtener y no por lo que quieren dar. Es precisamente esta actitud egoísta lo que fomenta la promiscuidad. La gloria de Dios ni pasa por la mente de los que tienen esa actitud.

Dios creó a los humanos con dos instintos básicos. El propósito principal del hambre es preservar mi vida. Puedo disfrutar del alimento, pero en cuanto me separo de su propósito me convierto en glotón. La gula tiene por razón de ser el placer del momento.

Otro es el instinto sexual. Su propósito es perpetuar la vida. Lo puedo disfrutar, pero si me separo de su propósito me convierto en culpable de pecado sexual. Así fallo en apreciar la perspectiva eterna: el aumento de la alabanza a Dios.

Cuando el placer y el propósito son totalmente dejadas de lado, hasta la masturbación y la homosexualidad suenan bien. Caemos peñas abajo sin nada a lo que asirnos.

Esta perspectiva eterna es la causa moral que une al aborto, el control de la natalidad, la homosexualidad, la eutanasia, el racismo, la masturbación y el divorcio. Se requiere que no perdamos de vista la gloria de Dios y cómo él hizo a la humanidad. Esto nos lleva a una piadosa perspectiva de la vida – su creación, dignidad, su central propósito- y preservación.

Aún desde un punto de vista legal, la unidad de estos asuntos es evidente. El fallo Roe vs. Wade (1973) fue el caso de la Corte Suprema que legalizó en efecto el aborto en los Estados Unidos. Los expertos legales han argumentado que esta decisión hubiera sido imposible sin el precedente anterior del caso Griswold vs Connecticut (1965). Pocos evangélicos han oído de este caso. En él, la Suprema Corte americana derribó cualquier ley estatal que prohibiere los medios de control de la natalidad (Los evangélicos parecen olvidar que el control de la natalidad dentro del matrimonio era ilegal en los Estados Unidos hasta antes de la «revolución sexual»). El derecho de usar medios artificiales de control de la natalidad fue basado en el derecho a la privacidad. Ocho años después, este derecho a la privacidad fue ensanchado, para permitir el aborto.

La legalización del control de la natalidad echó las bases para la legalización del aborto. Los evangélicos están ahora señalando que la aceptación del aborto está dirigiendo a la sociedad hacia la eutanasia y el suicidio asistido. Hasta los años 30, los cristianos de todas las corrientes teológicas estaban de acuerdo, junto con el Islam y el Judaísmo Ortodoxo, que la línea demarcatoria en el pecado sexual era el uso de métodos artificiales para prevenir la natalidad. Una vez que este problema haya sido separado del resto, podemos ser conquistados por cualquiera de los otros. Ahora tenemos la evidencia. Hemos violado un principio fundamental.

Si pudiéramos trazar una línea, ¿por qué no la iniciamos en el cristianismo histórico? Los evangélicos profesan el deseo de preservar el cristianismo original. En esto creo que son sinceros. William F. Buckley una vez escribió que una persona que está decidida a ser conservadora debe determinar primero qué quiere conservar. Por ejemplo, un conservador político en Rusia es una persona que desea preservar la vieja Unión Soviética y el comunismo. En política americana, un conservador generalmente desea preservar el espíritu o voluntad original de la Constitución. En el cristianismo, el obispo católico desea conservar la enseñanza original (incluyendo la enseñanza moral) de los apóstoles. Si nos vamos a llamar cristianos, debiéramos preservar la moralidad original de los cristianos.

El hecho que esta enseñanza de la Iglesia sobre control de la natalidad es impopular, molesta a los evangélicos tremendamente. Están seguros que la impopularidad general dentro de la Iglesia dirigirá a una modificación de la enseñanza del Magisterio de la Iglesia Católica. Nada puede ser más ingenuo. La Iglesia es la institución más vieja de Occidente.

La Iglesia recuerda que en el Concilio de Nicea (a.D. 324), los arrianos fueron condenados. Los evangélicos están de acuerdo con el Concilio porque proclamó claramente la divinidad de Cristo. Como lo notáramos previamente, sin embargo, por muchos años después del Concilio, hubo más arrianos herejes que los que hubo antes del Concilio. La Iglesia, con su proclamación, consolidó a la oposición.

Lo mismo puede esperarse de la enseñanza moral de la Iglesia. De tiempo en tiempo, la proclamación de la verdad solidificará a la oposición. La victoria de la ley de Dios sobre la ley del hombre parecerá incierta. Aún algunos cristianos estarán en desacuerdo con poner la gloria de Dios primero. La dignidad humana sufrirá. Pero Jesús prometió que aún las puertas del infierno no prevalecerían en contra de la Iglesia que él construiría sobre Pedro. La autoridad de enseñar de la Iglesia no será vencida. La Iglesia siempre preservará la verdad recibida de manos de aquellos doce hombres que pusieron al mundo cabeza abajo. En suma, es posible que mi conducta no afecte mucho los resultados finales, pero «yo y mi casa serviremos al Señor» en su Iglesia: una, santa, católica y apostólica (Josué 21, 15).

Traducción de Pablo Caso-Rosendi


Tomado del libro Born Fundamentalist, Born Again Catholic publ. Ignatius Press.

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