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Alex Navajas

Tenía quince años cuando la prensa internacional la bautizó como “la niña prodigio del tenis femenino”. Solamente una gigante del deporte como Martina Navratilova la logró apear de llegar a lo más alto cuando, en 1982, logró derrotarla en las finales de Roland Garros y Wimbledon, relegándola así al número 2 del ránking mundial.

Ya ha pasado casi un cuarto de siglo desde entonces y, ahora, Andrea Jaeger se ha consagrado a Dios en la orden de las Madres Dominicas anglicanas. Según recoge la revista “¡Hola!” en su penúltimo número, la ex tenista tomó el hábito el pasado 16 de septiembre. “Es una mujer santa”, ha afirmado de ella la actriz y modelo Cindy Crawford. Y es que Jaeger, desde que dejó los circuitos mundiales de tenis, se ha ganado la amistad y la confianza de numerosas celebridades de Hollywood y de deportistas de élite por su dedicación a los más necesitados. Kevin Costner, John McEnroe, Paul Newman, Monica Seles, Madonna, Garth Brooks o Pete Sampras son algunos de los que la han apoyado decididamente desde que, en 1989, decidió invertir todo el dinero que había ganado para adquirir un pequeño rancho en Aspen (Colorado, Estados Unidos) y dedicarse por completo al cuidado de estos niños. “Los más de ocho mil niños que recibimos anualmente en la Fundación Silver Lining (www.silverlining foundation.org) encuentran un segundo hogar y un estímulo para seguir luchando por la vida”, asegura la conocida ahora como sor Andrea. “Dios quería que hiciera algo más por los demás y ese algo era ayudar a los niños enfermos de cáncer. Me encanta lo que hago”.

La sonrisa de un niño

Tras 17 años de duro trabajo en favor de los niños enfermos, Jaeger sintió que Dios le pedía dar un paso más de entrega. “Tuve la suerte – ha explicado Cindy Crawford – de ser la primera en conocer su vocación: me contó que se le había aparecido en sueños santa Catalina de Siena quien, desde la Italia de la Edad Media, le pedía que fundase un convento”. Y Jaeger colgó definitivamente la raqueta y se enfundó los hábitos religiosos. “Con sólo lograr que un niño sonría durante un día, me sentiré más satisfecha que si ganara el torneo de Wimbledon”, aseguraba recientemente.

Oriunda de Chicago, donde nació en 1965, Andrea comenzó a jugar al tenis a los ocho años. Fue su padre, un boxeador retirado, quien le enseñó a dar sus primeros golpes de raqueta y quien, además, la instruyó en la fe. Apenas era una adolescente cuando se tuvo que enfrentar sobre la pista con Navratilova y Chris Evert. Comenzó a viajar por todo el planeta y a subir en el escalafón de las mejores tenistas del mundo. Un día, tras un partido, un amigo la invitó a un hospital para visitar a niños enfermos de cáncer. Fue el momento de inflexión en su vida. “Aquellas visitas se fueron haciendo más frecuentes. Cuando tenía un momento libre, corría al hospital más cercano. Se produjo una metamorfosis, y pronto sentí que Dios tenía un plan para mí, pero todavía no sabía cuál era”. Dos años después, con apenas 22, su carrera se trunca cuando una lesión de hombro la aparta para siempre del deporte. Es entonces cuando decide dedicarse a los enfermos. Ahora, Jaeger parece haber encontrado su mejor jugada en la vida consagrada.

 

Publicado originalmente en La Razón de Madrid.

 

 

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