paul-claudel

Hans Jürgen Baden

La conversión de Claudel se funda, como las conversiones de Pablo, Agustín y Pascal, en su experiencia correspondiente. Se la puede fechar exactamente, y se realiza en un momento carismático, que transforma la vida de una forma radical. Según esto, no se trata de una conversión “paulatina”, sino de una acción repentina, imprevisible, que irrumpe en el hombre desde lo eterno. La espontaneidad de este acontecimiento está expresada acertadamente por el término “asalto”. El hombre se comporta de un modo pasivo, está desvalido y expuesto al ataque divino, sin posibilidad alguna de resistencia. Solo con reservas podemos decir que Claudel haya buscado la gracia y que se haya preparado a ella a través de la desesperación, del dolor y del miedo moral: de la misma manera que ciertos árboles son alcanzados por el rayo y otros son respetados. La irracionalidad del suceso se muestra más bien en que Claudel, a los dieciocho años de edad, no ha dado a la gracia ningún motivo especial para elegirle precisamente a él, un joven escéptico que asiste a la misa de Navidad como otros muchos; que se apoya en una columna de Notre-Dame para gozar del devoto espectáculo, hasta que el rayo descarga sobre él. La columna será para él columna de la gracia. Las principales frases del relato de este acontecimiento, sucedido el 25 de diciembre de 1886, dicen así:

“Yo me encontraba entre la muchedumbre cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha de la sacristía. Y entonces fue cuando se produjo el hecho que domina toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí con una tal fuerza de adhesión, con una tal conmoción de todo mi ser, con tal convicción, con tal certeza, que no dejó lugar a ninguna clase de duda; desde entonces, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de una vida agitada, no han podido debilitar mi fe, y , a decir verdad, ni tocarla siquiera”

El suceso es indeducible. No se le puede atribuir a una cierta “genialidad” religiosa: la genialidad es incomparable a la gracia. Tampoco estamos ante un así llamado buscador de Dios, que se hubiera entregado por completo a la caza de la verdad y de la certeza. En el momento de su conversión seguía Claudel las enseñanzas de una cosmología mecanicista, tal y como prevalecía entonces, sobre todo entre las personas cultas. Pero esta especie de cosmovisión naturalista no le satisface, le deja vacío, le preocupa, pero sin que esta preocupación denote todavía un estado religioso (negativo):

“A los dieciocho años yo creía lo que los así llamados hombres cultos de aquel tiempo creían…Aceptaba en todo su rigor la hipótesis monástica y mecanicista. Creía que todo estaba sometido a “leyes” y que el mundo era una cadena férrea de causas y efectos, que la ciencia llegaría un día a esclarecer. Yo hallaba todo esto muy triste y muy aburrido” El relato de su conversión, escrito en 1909, lo publicó Claudel mucho más tarde, el año 1913, es decir, veintisiete años después de su conversión. ¿Se deben dar a la publicidad semejantes experiencias sublimes e íntimas? ¿Tiene el público derecho a ser informado, para que algunos se sientan reafirmados en su nostalgia de Dios, en su hambre de verdad? Claudel no ha sido capaz de silenciar el carismático suceso, o coserlo en el forro como Pascal; conocía de antemano los reparos que iba a despertar, los supone también en Gide y le escribe precavidamente: “Puede creerme que esto (la publicación) me ha resultado sumamente difícil. Pero me lo habían pedido hombres, a quienes no tenía derecho de negar esta súplica. Hay cosas más importantes que un sentimiento de vergüenza”

Por tanto, el cristiano está obligado a dar “testimonio” de su experiencia espiritual, nadie ha tomado esta obligación más en serio que Claudel. Cuando un cristiano (y esto concierne también al escritor que se ha hecho cristiano) puede informarnos de forma verosímil sobre la realidad de la gracia, aviva de este modo en otros la llama de la fe – quizá oculta- y les ayuda en su camino hacia la salvación. Una salvación que, inconscientemente, sí anhelan. Así vence Claudel todo retraimiento, desecha la discreción que nos impide hacer públicos tales sucesos. Sabe que “para un gran número de hombres, tenidos por indiferentes, el carecer de Dios es causa de hondos sufrimientos. Es una horrible desgracia dejarles morir de hambre cuando hay pan para todos”

El escritor se hace apóstol, como Pablo sufre una “violencia” que le acosa desde su conversión y que ya no le deja en paz. El asalto que tiene lugar en la hora de la gracia no pierde eficacia ni intensidad; la primera impresión es que el arte en lo sucesivo debe ser ofrendado a Dios. En una conversación, consignada por Gide en su diario el año 1905, dijo Claudel:

“Durante largo tiempo, unos dos años, no he escrito nada; creía mi deber sacrificar el arte por la religión. ¡Mi arte! Sólo Dios pudo medir lo tremendo de esta oblación. Estuve salvado, al convencerme de que arte y religión no tienen por qué originar en nosotros ningún antagonismo; que, por así decirlo, deben estar en la vertical el uno del otro, y que su lucha es el sustento de nuestra vida”

Volvamos de nuevo a la conversión de Claudel:

“Había olvidado completamente todo lo que respecta a la religión, y en este campo me encontraba en el estado de ignorancia de un salvaje. Una primera vislumbre de la verdad penetró en mí al leer los libros de un gran poeta, para el que guardo un agradecimiento eterno; él ha jugado un papel destacado en la conformación de mi pensamiento: se trata de Arthur Rimbaud…Por primera vez abrieron estos libros una brecha en mi cárcel materialista, y me comunicaron la impresión vívida, casi física, de lo sobrenatural. Mi estado habitual de aturdimiento y desesperación siguió, sin embargo, inmutable. Este era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886 se dirigía a Notre Dame de París, para asistir a la misa solemne de Navidad. Por entonces había empezado yo a escribir y creía poder hallar en las ceremonias católicas, que contemplaba con un presuntuoso diletantismo, un aliciente apropiado y materia para un par de artículos decadentes. En este estado de ánimo, empujado y codeado por la multitud, oía con mediano gusto la Misa mayor. Después, como no tenía nada mejor que hacer, volví a las vísperas. Los niños de la escolanía vestidos de blanco y los alumnos del Seminario Menor de Saint-Nicolas-du-Chardonnet que les ayudaban empezaban a cantar lo que después sabría que era el Magnificat. Yo me encontraba entre la muchedumbre cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha de la sacristía. Y entonces fue cuando se produjo el hecho que domina toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí.”

“Creí con una tal fuerza de adhesión, con una tal conmoción de todo mi ser, con tal convicción, con tal certeza, que no dejó lugar a ninguna clase de duda; desde entonces, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de una vida agitada, no han podido debilitar mi fe, y, a decir verdad, ni tocarla siquiera. Tuve de repente un sentimiento lacerante de la inocencia, de la infancia eterna de Dios, una revelación inefable. Las numerosas veces que he intentado después reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, tropiezo con una serie de elementos que entonces formaron un único rayo, una única arma, de la que se sirvió la divina Providencia para tocar el corazón de una pobre criatura desesperada y abrirse camino hacia él. ¡Qué dichosos son los hombres que tienen fe¡ ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! Dios existe, está ahí. Es alguien, un ser personal, como yo. Me ama, me llama. Rompí a llorar y a sollozar, y el canto adorable del Adeste contribuyó también a mi conmoción. Era una conmoción muy dulce, que iba, no obstante, acompañada de un sentimiento de terror, casi de espanto. Pues mis convicciones filosóficas seguían incólumes. Dios no les prestó atención y las abandonó a su destino; no veía motivo alguno para cambiarlas; la religión católica me seguía pareciendo una colección de estùpidas anécdotas; sus sacerdotes y sus fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y el asco. El edificio de mis ideas y conocimientos no se vino abajo. Yo no descubría en él ninguna falta. Sólo había pasado una cosa, que yo había salido de él. Al joven y artista que yo era se le había revelado un nuevo ser poderoso con terribles exigencias; sin embargo, yo no supe conciliarlas con lo que me rodeaba. El estado de un hombre al que de un golpe se le arranca de su piel y se le transplanta a un cuerpo extraño, en un mundo para él desconocido, es la única comparación que podría ilustrar esta situación de total desconcierto. Lo que más contradecía a mis ideas e inclinaciones, precisamente eso tenía que ser verdad, precisamente eso debía orientarme quieras que no. ¡Ah! Pero al menos no, sin que yo pusiera toda la resistencia que estaba en mi mano. Esta resistencia duró cuatro años. Me atrevo a afirmar que me batí valientemente y que llevé la lucha hasta su fin sin ninguna trampa. No dejé nada por intentar. Empleé todas las posibilidades de defensa y, sin embargo, tuve que deponer una tras otra todas mis armas, no me valían para nada. Era la gran crisis de mi vida, aquella lucha espiritual a vida o muerte, de la que Arthur Rimbaud ha escrito: “La lucha espiritual es tan brutal como la pelea a muerte entre los hombres. ¡Dura noche! Todavía hierve la sangre seca sobre mi rostro”. Los jóvenes que desechan su fe tan a la ligera no saben lo que cuesta, lo que hay que pagar por ella. El pensamiento del infierno y también el pensamiento de todas las bellezas y de todas las alegrías que retorno a la verdad, según creía yo, me obligaría a sacrificar, eran los que sobre todo me retenían.”

“No obstante, la misma noche de ese día memorable de Notre-Dame, una vez que hube vuelto a mi casa a través de las calles lluviosas que ahora me parecían muy extrañas, cogí una Biblia protestante que una amiga alemana había dado en tiempos a mi hermana Camilla, y, por primera vez, escuché el acento de esa voz tan dulce y tan inflexible que no ha cesado después de resonar en mi corazón. Yo sólo conocía la “sencilla” historia de Jesús a través de Renan y, fiándome de este impostor, ignoraba que Jesús se había llamado a sí mismo Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea contradecía con una soberana sencillez las desvergonzadas afirmaciones del renegado y me abría los ojos. Si, confesé con el centurión: Jesús es el Hijo de Dios. Entre todos se ha dirigido a mí, a Paul, a mí me ha prometido su amor. Pero, al mismo tiempo, en caso de no estar dispuesto a seguirle, no me ha dejado otra alternativa que la condenación. ¡Ah, no hacia falta que me explicaran lo que era el infierno, yo había pasado en él mi “estación”! Esas pocas horas habían bastado para mostrarme que el infierno está dondequiera que Jesucristo no está. ¿Qué me importaba el resto del mundo en comparación de este nuevo ser maravilloso que acababa de revelárseme?- El hombre nuevo habla así en mí, pero el viejo se resistía con todas las fuerzas de que disponía y no quería saber nada de la vida que se abría ante él. ¿Debo confesarlo? En el fondo era la vergüenza delante de los demás hombres lo que más me impedía confesar abiertamente mis convicciones.”

El pensamiento de proclamar mi fe ante todo el mundo, de decir a mis padres que el viernes quería ayunar, el pensamiento de declararme a mí mismo como uno de aquellos ridiculizados católicos, me causaba un sudor frío; la violencia que se me había hecho despertaba a veces en mí una verdadera indignación. Pero sentía sobre mí una mano firme. No conocía a ningún sacerdote. Entre mis amigos no había ni un solo católico, El estudio de la religión se había convertido en mi interés fundamental. De forma extraña, al mismo tiempo, se produjo el despertar del alma y de las facultades poéticas, con lo que cesaron mis prejuicios y mis miedos infantiles.

Por este tiempo escribí la primera redacción de mis dramas Cabeza de oro y La ciudad. Aunque permanecía alejado de los sacramentos, participaba ya de la vida de la Iglesia, por fin, volvía a respirar y la vida penetraba por todos mis poros”.

Las anotaciones de Claudel (su Memorial) nos permiten, desde luego, reconocer que a la conversión momentánea siguen luchas interiores que se extienden a lo largo de cuatro años. Se trata de una especie de post-nacimiento espiritual, que sigue al verdadero nacimiento. La irrupción decisiva de Dios en la vida de Claudel ha sucedido, esta interrupción le ha transformado radicalmente, le ha expulsado de su antigua posición, pero todavía le queda por delante un largo y costoso camino: el camino de retorno a su Iglesia, a la práctica de la misa y de la confesión. Claudel, según su propia declaración, ha ofrecido una apasionada resistencia, hasta que por fin cedió.

El 25 de diciembre de 1890, bajo una “coacción interna, agotado y al borde de sus fuerzas”, se somete Claudel a la “llamada de Dios” y se confiesa.

Finalmente termina pronunciando las siguientes palabras sobre la Iglesia: ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!

Resumido del libro Literatura y conversión.