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Bruce Sullivan

Me han pedido que venga aquí y que proporcione un somero relato de mis antecedentes personales. Comenzaré con una afirmación que le hice a una amiga mía en 1993, hace aproximadamente ocho años. Le manifesté a esta buena amiga mía, “Mira, Sharon. Si tú o cualquier otra persona me demuestran -con la Biblia- que la Iglesia Católica es la que Cristo fundó, mañana mismo me hago católico.”

Mediante este audaz desafío, tenía esperanzas de inducir a mi amiga -devota católica- a encarar una serie de estudios evangélicos de la Biblia. En cambio, ella me entregó una copia de “Catolicismo y Fundamentalismo” de Karl Keating y así comenzó el fin de mi carrera como predicador fundamentalista.

Mi deseo es compartir con ustedes mis antecedentes personales, mi peregrinaje a la fe católica y lo que descubrí en su Iglesia. Me crié en el Sur como Bautista del Sur. En nuestra familia, asistir a la iglesia tres veces por semana era moneda corriente. Le estoy eternamente agradecido a la Convención Bautista del Sur (de los Estados Unidos) y a mi familia por infundirme las Sagradas Escrituras, por guiarme a Cristo e inculcar dentro de mi alma la convicción de lo que este mundo más necesita es a Jesús. Pero no fue hasta que ingresé a la universidad que empecé a preguntarme cuáles eran mis creencias y, lo que es más importante, por qué.

Así, en 1980 ingresé a la universidad en Auburn University, en Auburn, Alabama.

Mis años en Auburn estuvieron llenos de entusiasmo. Fue una época de libertad; libertad para explorar y formular preguntas que tal vez uno no hace en su casa. Descubrí una amplia variedad de pastores y predicadores en la ciudad universitaria y diferentes iglesias. Hice un curso denominado “La Historia de la Religión en los EEUU”, mi primer semestre en ese lugar, como curso optativo. No sé por qué me sentí obligado a hacerlo, pero se transformó en un período de cuestionamiento en mi vida. Por primera vez, comencé a preguntarme seriamente qué me hizo diferente, como Bautista, digamos, de un metodista o presbiteriano.

Toda la búsqueda, averiguaciones y visitas que realicé durante esos años universitarios finalmente me condujeron a una confesión relativamente pequeña conocida con el nombre de Iglesia de Cristo (llamados también Campbellistas por sus detractores aunque no es así cómo ellos se identifican.)

La Iglesia de Cristo tuvo un tremendo impacto en mi vida. Me sentí atraído por la forma que tenían de exponer lo que ellos llamaban “Cristiandad no confesional.” Tenían diversas afirmaciones relacionadas con mis creencias, que sonaban bien, las que yo encontré nada menos que cautivantes. Las mismas incluían dictados tales como: “Somos solamente cristianos pero no los únicos cristianos,” “Hablamos cuando la Biblia habla; callamos cuando la Biblia calla,” y “llamamos a las cosas pertenecientes a la Biblia por sus nombres bíblicos.” Estas afirmaciones me resultaron bastante atractivas ante el caos confesional que me rodeaba. De esta manera, en febrero de 1985 me bauticé en la Auburn Church of Christ en Auburn, Alabama y comencé una relación de diez años con esa confesión.

La Iglesia de Cristo, aunque relativamente pequeña, me impactó muchísimo en al menos dos áreas: desde el punto de vista sociológico y teológico. Desde el punto de vista sociológico, me presentaron a mi esposa, Gloria. Ella siempre había sido miembro de la Iglesia de Cristo y cada uno de los integrantes de su familia que asiste a la iglesia es miembro de la Iglesia de Cristo.

Desde el punto de vista teológico, me introdujeron a ciertas ideas interesantes y que no formaban parte de mi educación Bautista sureña.

En primer lugar, me introdujeron a la esencia bíblica de creer que Cristo fundó una Iglesia visible, identificable e institucional. De esta forma, Uds. Católicos posiblemente digan, “¿Eh? ¿de dónde provino esta luminosa revelación?” Bueno, el meollo de la cuestión es que se trata de una idea muy católica y no muy protestante. Los evangélicos protestantes, en líneas generales, creen que la Iglesia es un cuerpo invisible no institucionalizado compuesto de creyentes de todas las diversas confesiones. Sin embargo, la Iglesia de Cristo, posee un concepto muy católico de la Iglesia (al menos en algunos aspectos.) Basándose sobre la Biblia, creen efectivamente que Cristo dio origen a una Iglesia visible, identificable e institucional. Además, creen que representan a la misma. Sin embargo, aparecieron en escena muy tardíamente -alrededor de 1.800 años después de Cristo- para merecer esos honores. A pesar de todo, me enseñaron el fundamento bíblico del concepto de iglesia.

En segundo lugar, también me enseñaron la base bíblica de la creencia de que el Bautismo tenía por objeto la absolución de los pecados. Este constituye un concepto claramente católico; no es Bautista. Por otra parte, me enseñaron la esencia bíblica de creer que esa justificación no era solamente por la fe. Otra vez un concepto católico muy bueno, aunque no se trata de una idea muy Bautista. Por último, me enseñaron que no es verdad que “una vez salvo, siempre salvo” que no se puede caer en desgracia. Nuevamente, este concepto es esencialmente católico pero no Bautista.

En resumidas cuentas, la Iglesia de Cristo se convirtió para mí en algo así como un escalón hacia la fe católica. Ahora, cuidado, esto nunca lo van a ver escrito en el cartel de la Iglesia campbellista de su barrio (ej. “Iglesia de Cristo: Escalón hacia la Iglesia católica.”) Lo que quiero decir es que en lo personal, la Iglesia de Cristo fue como un puente que me llevó desde mi formación evangélica a la Iglesia Católica.

Recuerdo bien el entusiasmo que sentí cuando me incorporé a la Iglesia de Cristo. Sentí que, después de investigar durante años desde el Pentecostalismo al Adventismo del Séptimo Día, había descubierto finalmente la Iglesia que Jesús fundó de la manera en que Pedro y Pablo la habían dejado. Después de la graduación en 1986, Gloria y yo nos casamos y partimos inmediatamente al Sunset School of Preaching en Lubbock, Texas.

Las Iglesias de Cristo no cuentan con seminarios. Esa es una palabra católica. No la emplean. Tienen algo así como “escuelas de predicación” (creo que una rosa con otro nombre sigue siendo una rosa.) Elegimos a la Sunset School of Preaching porque se la conocía por su dinamismo académico y su celo misionario. Nuestras expectativas no fueron defraudadas. El programa de estudios era buenísimo, se palpaba un clima de camaradería y la experiencia significó un profundo cambio de vida. Durante dos años éramos los alumnos privilegiados de hombres que habían dado sus vidas en servicios misioneros por todo el mundo. Sus ejemplos sirvieron para vivificar nuestro deseo por el servicio misionero. De esta forma, nos convertimos en miembros fundadores de un equipo misionero destinado a Brasil: el país más católico del mundo. Optamos por Brasil porque, en ese momento, creíamos que los católicos, más que nadie, necesitaban el verdadero evangelio de Jesucristo.

Quisiera decir que en ese momento, la opinión que tenía del catolicismo era un poco menos que halagadora. No creía que los católicos podrían ser considerados cristianos en el cabal sentido de la palabra. En lo que a mí respecta, eran idólatras, adoraban a la Virgen María, eran hijos de la prostituta de Babilonia. Y, si a usted le habían enseñado lo que me habían enseñado, hubiese creído lo que yo creía.

Deseo repetir esta última observación: si a usted le hubiesen enseñado lo que me enseñaron, hubiese creído lo que yo creía.

Aquí tengo que detenerme y “hacer publicidad” a favor de la catequesis. La catequesis, sea buena o mala, tiene un profundo impacto. Los programas catequísticos errados producen la formación defectuosa de las almas; los programas catequísticos confiables producen almas bien formadas. Nunca se puede asumir simplemente que cualquier persona está enseñando adecuadamente a sus hijos. Ni siquiera se puede asumir que su pastor lo está haciendo. Es su responsabilidad como padre. Como padres, tenemos que asegurarnos que le damos a nuestros hijos una sólida base en la fe católica. Eso no es algo que se pueda delegar a cualquier otra persona, ni siquiera a su pastor. Los pastores existen para ayudarnos a hacer eso (ayudarnos a cumplir nuestra vocación y catequizar a nuestros hijos.) Hay que hacer hincapié en esto una y otra vez. Nuevamente, si a usted le hubiesen enseñado lo que me habían enseñado, hubiese creído lo que yo creía.

Mi conversión al Catolicismo comenzó seriamente en 1993. En primer lugar, una familia se mudó a nuestro barrio: la familia Antonio. Art y Sharon Antonio se habían retirado de las Fuerzas Armadas, y fueron a Kentucky en busca de tierra barata y campo para criar a sus numerosos hijos en un sano ambiente rural. Luego de conocer a los Antonio y enterarme de su devoción por la fe católica, me propuse hacer la cosa más caritativa que se me podía ocurrir: presentarles el “verdadero” evangelio de Jesucristo tal como lo exponía la “verdadera” Iglesia de Cristo!

De modo que empecé a tratar de evangelizarnos y el trabajo siguió por un período considerable. Luego de muchos, muchos meses de intentarlo, se dieron vueltas las cosas y me proporcionaron una triple introducción a la fe católica. Esta triple introducción incluyó a la Liga Matrimonial (Couple to Couple League) , a Karl Keating, y el padre Benjamin Luther.

Primero, permítame mencionarles la la Liga Matrimonial.

Nosotros siempre nos habíamos opuesto a la legalización del aborto, pero desconocíamos la relación existente entre la anticoncepción y el aborto. Sharon nos dio material de la Liga Matrimonial que nos proporcionaba el apoyo histórico, racional y de las Sagradas Escrituras correspondientes a las enseñanzas morales de la Iglesia Católica, referidas a los anticonceptivos artificiales. Créanlo o no, lo que yo pensaba que sería motivo de división entre un esposo y su esposa, ha probado, en cambio, ser poderoso un imán. Irónicamente, se ha demostrado que las enseñanzas que son tan a menudo desechadas de inmediato por los católicos de nacimiento, en realidad, atraen continuamente gente a la Iglesia. ( Me refiero a la enseñanza de la Iglesia contenida en Humanae Vitae En donde, el Papa Paulo VI reiteró la enseñanza atemporal de la Iglesia sobre la castidad marital y la inaceptabilidad moral de la anticoncepción, la esterilización y el aborto.)

Sin embargo, aunque llegué a la conclusión de que en la Iglesia Católica se postulaba correctamente esta enseñanza en particular, aún no creía que tenía conocimiento del Evangelio desde sus fundamentos (las viejas ideas se resisten a desaparecer.) Había todavía un largo camino por recorrer. La segunda parte del programa era Karl Keating.

Luego de varios meses sin llegar a ninguna parte en mis intentos de convencer a Sharon que estudiara la Biblia conmigo, decidí hacer un poco de “acoso” caritativos. Esencialmente, un día la miré francamente y exclamé, “Mira, Sharon, si tú u otra persona me pueden demostrar con la Biblia que la Iglesia Católica es la Iglesia fundada por Cristo, mañana mismo me hago católico.” El día siguiente, me entregó una copia de Catolicismo y Fundamentalismo de Karl Keating. Nunca me sentí tan emocionado. No bromeo. No podría sentirme más feliz. Mientras lo observaba, al darme el libro para que lo lea también me estaba dando permiso para hacer una crítica del mismo y exponer los errores manifiestos que sabía, a priori, que el libro contenía. Lo percibí como un signo de que finalmente estábamos llegando a alguna parte. Fui a casa y observé el libro. Leí la primera cita de la contratapa perteneciente a Sheldon Vanauken, “Les aconsejo de todo corazón a los fundamentalistas honestos que no lean este libro. Podrían ver a toda su posición desmoronándose en ruinas.” Me reí. Creo que hasta me reí en voz alta. Sin embargo, no me reí por mucho tiempo.

Me llevé el libro de Keating en un viaje de negocios. Estaba acompañando a algunos jóvenes en actividades promocionadas por la Universidad de Kentucky del 9 al 11 junio de 1993. Mientras estaba realizando este viaje, tuve mucho tiempo para sentarme en el corredor y leer mientras que los jóvenes que estaba acompañando asistían a las conferencias. Al cabo del primer día, llamé a mi esposa y le dije, “Gloria, estamos en grandes problemas.” Le dije, “Este tipo me está formulando preguntas que no puedo responder.” Dijo, “bueno, sigue adelante y estudia, porque hay cosas para las que tampoco tengo buenas respuestas.” De modo que me dio la luz verde (no se daba cuenta con qué velocidad este tren estaba cobrando velocidad.)

El libro de Keating me sirvió en muchos aspectos. En primer término, ponía sobre el tapete los errores que fundamentan las hipótesis que yo tenía acerca de la fe católica. Mucha gente opina sobre esta religión. No obstante, una cantidad de ellos no saben ni jota acerca de la fe católica. Hombres que yo verdaderamente admiraba, como Jimmy Swaggart y Keith Green (dos de mis héroes en la universidad), son el blanco de un análisis directo de sus prejuicios anticatólicos en esta obra de Keating. Por este motivo, siempre he pensado que Karl Keating escribió este libro para mí. En la primera mitad del libro, les demuestra a estos hombres (y a otros) que se han ocupado de la fe católica de una manera muy injusta y que han presentado una visión muy distorsionada de ésta fe. El no intenta juzgar sus sentimientos o intenciones, sino exponer la naturaleza errónea de su manera de encarar el catolicismo.

El otro beneficio que obtuve del libro de Keating fue exponer la frágil naturaleza de las hipótesis no examinadas que sustentaban mi propia fe, o sea, Sola Scriptura (“solo la Biblia.”) La carencia de un apoyo bíblico que justifique la doctrina de “solo la Biblia ” y el tema del canon relacionado (la determinación de qué escritos de la antigüedad deben ser incluídos en la Biblia) son las mayores dificultades con las que se encunetran los protestantes. Con frecuencia no se ocupan de estos temas. ¿Por qué? Porque, usando “solo la Biblia”, resulta imposible establecer la enseñanza de la misma (y si la enseñanza no se halla en las Sagradas Escrituras, irónicamente, se contradicen.) Por otra parte, es imposible determinar el canon de las Sagradas Escrituras sin recurrir a la autoridad magisterial de la Iglesia Católica (algo que los no católicos no acostumbran a hacer.)

Por último, Keating hizo algo que pensé que nadie podía hacer. Presentó a la fe católica empleando la Biblia.

Volví de ese viaje de tres días en el Reino Unido, fui a la casa de Sharon y le devolví su libro. Preguntó, “¿Lo leíste?” dije, “Sí.” Eso es todo lo que iba a decirle. No le iba a permitir entusiasmarse por el hecho de que lo había leído y tenía algunas cosas sobre las qué pensar. Dijo, “A propósito, tienes que conocerte con el Padre Luther. El fue miembro de Iglesia de Cristo y vive en Kentucky. The Padres de la Misericordia te pueden ayudar a ponerte en contacto con él.” Bueno, no es mucho lo que puedo decir sobre los Padres de la Misericordia o el padre Luther. Padres de la Misericordia han sido pastores de mi parroquia durante más de medio siglo y me pusieron en contacto con el padre Luther que, en mi opinión, encarna al verdadero evangelista.

Lo llamé por teléfono y aceptó encontrarme en el restaurante de la zona. Una semana después aproximadamente, nos encontramos en el restaurante Budget Host Inn en la salida de la 58 en I-65 donde charlamos durante seis horas. Cuando me marché de ahí, sucedió algo extraño. Mi buzón nunca más volvió a estar vacío. El padre Luther comenzó a enviarme libros y a material de estudio casi diariamente. Me mandó tres años de ediciones antiguas de la revista This Rock y las devoramos en alrededor de dos meses, queriendo más. Solíamos hablar por teléfono todos los domingos por la mañana durante aproximadamente dos horas y media por sesión (para nosotros se trataba simplemente de una conversación convencional.) El padre Luther fue como el ángel que Dios me envió que me sirviera de interlocutor mientras yo exploraba la fe católica. Por lo general, era yo quién más hablaba por teléfono; luego la semana siguiente recibía una carta, algunas veces hasta cincuenta páginas de longitud. En una carta, explicaba la formación del Canon del Nuevo Testamento -solo un tema- para ¡58 páginas!

Digo todo esto por el siguiente motivo: uno nunca sabe qué impacto tienen las acciones más pequeñas y como pueden resultar beneficiosas. El padre Luther me enviaba una diversidad de material de lectura (sin un orden en especial) y sabía que si se leían, darían sus frutos si yo solo cooperaba con la gracia que Dios estaba concediendo. Y lo mismo sucede con todos nosotros. Si usted conoce a alguien interesado en la Fe, simplemente comience a ofrecerles libros, revistas, cassettes, cualquier cosa. Mientras reciba retazos de la verdad, el Espíritu Santo puede tejer esos retazos y transformarlos con el tiempo en un hermoso tapiz.

Luego de mi primer encuentro con el padre Luther, nada volvió a ser lo mismo. Por un lado, dio comienzo a un período que me resultaba incómodo, debido a que, durante un tiempo, era como vivir en dos mundos. Seguí predicando en la Iglesia de Cristo. Me embarqué en un viaje misionero a Haití durante diez días donde intenté oportunamente fingir que el espectro de la fe católica ya no existía. Gloria y yo asistimos a un encuentro de un grupo misionario con el objeto de investigar la posibilidad de formar otro equipo de misioneros para Sudamérica. Al mismo tiempo, asimilábamos todo lo que podíamos conseguir sobre la fe católica. No estábamos seguros a dónde este camino nos conduciría, de modo que no quisimos quemar ninguna nave todavía. Así, durante varios meses, nos encontramos en una especie de callejón sin salida.

Hacia el final del verano (un par de meses posteriores a la primera visita del padre Luther) me volvió a llamar y me dijo que vendría nuevamente a la ciudad. Yo recién había regresado de Haití y tenía la esperanza de que quizás todo esto era tal vez una pesadilla y que continuaría con mi vida normal. En realidad, no quería ver al padre Luther porque, aun cuando era un tipo simpático, pensé que estaba yo ya estaba preparado para olvidarlo todo. Pero decidí ir a encontrarme con él, porque no podía eludir las cosas y seguir mirándome al espejo. No obstante, le llevé a un amigo: mi mejor amigo de la Sunset School of Preaching (un joven que predicaba en la misma congregación que yo y que fue a Haití conmigo apenas algunas semanas antes.) Los dos fuimos al restaurante Budget Hose Inn y nos encontramos con el padre Luther (esta vez durante solo cuatro horas.) Al finalizar, mi amigo y yo nos excusamos y fuimos a los sanitarios. Nos miramos y dijimos, “Bueno, es un tipo simpático pero está equivocado.” Mi amigo se fue a su casa y yo salí con el padre Luther a la playa de estacionamiento para realizar nuestra sesión tradicional de despedida de una hora. Mientras nos despedimos, me da una sorpresa. Haciéndose el distraído exclama, “Ah, otra cosa.” Introdujo su mano en su auto y extrajo un juego de cassettes -“Respuestas a Objeciones Comunes que se le Hacen a la fe católica de Scott Hahn”. “Ok. Perfecto,” pensé. “Las voy escuchar.”

Cuando escuché las cintas del Dr. Hahn, cambió mi posición. No solamente tenía sentido lo que el Dr. Hahn decía, sino que estaba haciendo que la fe católica me resultara atractiva. Mi postura pasó de buscar las “trampas” de la fe católica a la de estudiarla para ver realmente si era verdad. En lugar de temer al catolicismo, le empecé a tomar cariño.

Ese invierno se produjo otra especie de hallazgo. Fui con el padre Luther a un retiro en la Universidad Franciscana de Steubenville, Ohio. Era el segundo retiro anual de The Coming Home Network. Si ustedes conocen EWTN, posiblemente hayan visto el programa de Marcus Grodi: The Journey Home (Regreso a Casa.) Marcus fundó una organización a la que denominó The Coming Home Network. Su objetivo es ayudar a los pastores protestantes a investigar y entrar en la Iglesia Católica. Esta organización -The Coming Home Network- era la anfitriona del retiro.

No estoy seguro de lo que me resultó mas beneficioso, si el mismo retiro ¡o las dieciséis horas en la ruta en una conversación sin pausa con el padre Luther! Sin duda, el retiro fue sumamente beneficioso. Había un grupo relativamente pequeño (alrededor de seis parejas y dos o tres sacerdotes.) Yo era el único que todavía no era católico. En efecto, yo, por así decirlo, seguía dando coces al aguijón. Mientras nos encontrábamos en el retiro, tomé penosamente conciencia de las limitaciones de mis argumentos. Había llegado a un punto en el que podía discutir ambos lados de los temas, y eso suele ser algo perturbador cuando uno sabe que es imposible que ambos lados estén en lo cierto. De esta forma, el domingo por la mañana del retiro, decidí que era hora de orar seriamente. Por supuesto, había estado rezando todo el tiempo pero esta vez sería diferente. Esa mañana especial, decidí hacer algo que nunca había hecho antes: invocar la intercesión de los santos del cielo.

Me levanté antes que todos en la casa en la que estaba parando. Me dirigí al atril del predicador de la familia y le rogué al Señor que me diese la sapiencia que tanto necesitaba. Sin embargo, antes de haber terminado, decidí poner en acción la enseñanza de la Iglesia sobre la Comunión de los Santos. Nunca antes había invocado a los santos y no tenía plena seguridad de cómo proceder y, por el mismo motivo, a quién recurrir. Por lo tanto, utilicé los “tres grandes”: Pedro, Pablo y María (no estaba seguro en el momento, pero sabía que me sonaban familiares.) Les pedí que rogaran por mí y que me ayudaran a conseguir las gracias que necesitaba desesperadamente. También le pedí a Dios que me perdonase si lo que acababa de hacer le era ofensivo de alguna manera.

Gracias a Dios, mis oraciones fueron escuchadas.

Asistí a Misa esa mañana en la Universidad Franciscana de Steubenville. Les miento si les digo que me acuerdo del nombre del sacerdote. Allí me senté en la parte trasera observando el desarrollo de la Misa (y solamente había asistido a Misa tal vez dos veces en mi vida.) Pero esta fue la primera vez que fui a la misa entendiendo algo (luego de rezar aquella oración.) Recuerdo que observaba, sentado en la parte trasera, preguntándome, “¿Y si ese sacerdote realmente es aquél que dicen qué es? ¿Y si está haciendo lo qué dicen que está haciendo? ¿Y sí lo que la Iglesia dice que está sucediendo, realmente está sucediendo?” Estos pensamientos me desconcertaron. En efecto, estaba completamente mudo (lo que, jocosamente hablando, fue el primer milagro documentable relacionado con mi conversión.) Luego, salí y desayuné con Marcus. Traté de decírselo pero me había quedado sin palabras. Esa noche la llamé a Gloria e intenté contárselo, pero no pude. Durante todo el año posterior, realmente no pude hablar acerca del tema sin que se me hiciera un nudo en la garganta.

Llegué a casa desde ese retiro sabiendo que me iba a convertir al catolicismo. No sabía cuándo o cómo pero sabía que me convertiría.

Poco después de regresar del retiro de CHN, le hice saber a mi buen amigo de Sunset (el que estaba conmigo en mi segunda visita con el padre Luther) que me iba a incorporar a la Iglesia Católica. Demás está decir que se sintió muy preocupado y, posteriormente hizo lo mismo que hubiese hecho si hubiera sido él el que estaba en mi lugar: volvió a telefonear a la oficina central de la Sunset School of Preaching, y dijo: “tienes que venir aquí y ayudar a este tipo; se volvió loco.”

El maestro que contactó había sido nuestro principal instructor cuando éramos alumnos y había sido misionero en Italia durante varios años. Este maestro me llamó por teléfono y dijo, “me enteré que usted está por convertirse al catolicismo.” Dije, “bueno, sí.” Dijo, “Hablemos sobre el tema.” Respondí que no había problemas, si realmente así lo deseaba.” Luego llegó en avión desde Lubbock, Texas. Veinticuatro horas después se encontraba en mi umbral de mi casa en Kentucky, lo cual es un gran logro. Se sintió obligado por una auténtica preocupación cristiana por mi alma; hecho por el que estoy sinceramente agradecido.

Nuestra conversación fue tensa desde el comienzo. Me miró y comenzó diciendo, “¿De modo que está dispuesto a hacer que el Papa substituya a Cristo?” Antes de que pudiera contestar, dijo, “porque, ese es el significado de la palabra vicario. Quiere decir substituto.” Por supuesto, lo que intentaba insinuar era que los católicos no necesitan a Jesús; tienen al Papa. Lo cuál es un absurdo total y por lo que respecta a la fe católica lo más alejado de su postura. Sin dudas, la palabra “vicario” significa efectivamente “substituto” en el sentido más literal. Sin embargo, la Iglesia Católica lo aplica al sucesor de San Pedro en el sentido de que el Papa es el representante o embajador visible de Cristo en la tierra. No reemplaza a Cristo (como en el sentido de suplantarlo); ocupa el lugar de Cristo como Su visible representante terrenal. No puedo evitar pensar que mi ex maestro lo sabía pero de todas maneras me planteó la pregunta como para desconcertarme. El resto de nuestro encuentro a partir de ahí fue de mal en peor.

En algún momento durante ese encuentro, observé a mi maestro -quizás hasta con lágrimas en los ojos -y exclamé, “Pero, ¿si lo que la Iglesia enseña acerca de la Eucaristía fuera cierto? ¿No sería hermoso?” Sin perder el ritmo, respondió despreciativamente. “Es abominable” En ese preciso momento no lo advertí, pero mi maestro, en ese momento, defendía la misma posición que esa persona en Juan 6 que dijo “¿Cómo nos puede dar este hombre su carne para que comamos…esto es terrible, ¿quién lo puede tolerar?.” Y, ustedes recordarán que estos son los discípulos acerca de los que el texto prosigue diciendo, “No caminaron más con El.” Se estancaron con el tema de la Eucaristía, cómo a muchos todavía le sucede en la actualidad.

Como ya he dicho, el encuentro simplemente continuó cuesta abajo. Ninguna de mis afirmaciones obtuvo algún tipo de reconocimiento, ni siquiera que hubiera una pizca de verdad. Antes de que anocheciera, ya me sentía como un tonto. Por ejemplo: como nuestro encuentro estaba por concluir, traje a colación el tema del pecado original. Le pregunté cómo -además de la enseñanza católica sobre el pecado original- uno podía explicar la condición humana y el hecho de que Jesús, aunque era poseedor de una naturaleza humana, era sin embargo diferente a nosotros. “Seguramente,” agregué, “la madre de Jesús nunca tuvo que darle una paliza cuando era una muchacho porque se había puesto insolente con ella.” La esposa de mi ex compañero de aula (que estaba escuchando la charla a hurtadillas) respondió, “Pero, estoy segura que alguna vez le tuvo que dar un cachetazo en la boca” Lo decía en serio. Pero, aun más elocuente fue que nuestro maestro ni se molestó en corregirla. Nunca dejaba de mirarme fijamente. En otras palabras, era yo -y no la esposa de mi amigo- el que estaba en el banquillo de los acusados.

Tuvimos otro encuentro la mañana siguiente. Cuando mi ex instructor estaba listo para retornar a Texas, ya me estaba sintiendo bastante perturbado. Antes de irse, tímidamente le di mi rosario. Le dije que lo podía conservar mientras nunca le dijera a nadie que lo había usado. Posteriormente volvió en avión a Texas, dejando mi fe en ruinas.

Mi maestro no lo advirtió en el momento, pero yo había llegado a un punto en el que reconocía que todo el edificio conocido como Cristiandad se mantiene erguido o se cae con la Iglesia Católica. Socavar al catolicismo (como él lo había hecho) solo sirve para asegurar que toda la estructura se desplome. De modo que cuando se aclaró la atmósfera a partir de nuestro encuentro del fin de semana, me quedó la sensación de que podría creer cualquier cosa con cualquier grado de convicción (lo cual es un sentimiento terrible para cualquiera, especialmente para un predicador.)

Había llegado al punto al que finalmente todo el protestantismo apunta; vale decir a una sombría e incierta semioscuridad. Lo mejor que podía hacer ahora era pararme en un púlpito (si tenía el coraje de hacerlo) y decir, “Según la palabra del Señor …creo.” ¿Por qué? Porque, sin la autoridad instructora de la Iglesia Católica, no tenía manera de saber si la Biblia que tenía en mi mano era o no, en efecto, la Palabra de Dios (mucho menos si mi interpretación era o no correcta.) Después de todo, ¿por qué creía que los 27 libros del Nuevo Testamento eran la Palabra de Dios? ¿Por qué no 29 libros y dos que faltaban? ¿Por qué no 25 libros, no debiendo existir dos? El único fundamento para creer que los 27 libros del Nuevo Testamento constituyen el cánon de la Escritura del Nuevo Testamento es la autoridad magisterial de la Iglesia Católica. Punto. No hay nadie -protestante, católico o de otra confesión – que pueda presentar un argumento convincente separado y aparte del magisterio de la Iglesia Católica. Y, sin embargo, si aún se podía argüir a favor de dicho canon, ¿qué seguridad tenía que mi comprensión era la correcta?

De modo que lo mejor que podía decir, “Según la Palabra del Señor …creo.” Y cuando un predicador comienza a ver todo en distintos tonos de grises, podemos decir sin temor a equivocarnos que es el momento en el que es acosado por la depresión.

Gracias a Dios, las cosas no permanecieron grises por demasiado tiempo. Todo cambió para mejor un día y quisiera contarles cómo sucedió.

Era un día lluvioso de primavera en Kentucky. Había salido del trabajo y decidí que ya era suficiente. Sabía que para retomar el camino correcto tenía que retroceder al punto que me encontraba antes de la visita de mi maestro. Sabía que tenía que encontrar abierta una Iglesia Católica en la que pudiera presentarme ante Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento.

Ahora, esto puede ser muy fácil decirlo que hacerlo en un barrio que no es culturalmente católico. Tuve que manejar 35 millas hasta New Haven, Kentucky, donde observé que la puerta de la Iglesia St. Catherine estaba abierta. Entré, tomé un rosario de un estante del atrio (¡sigan fabricando esos rosarios, muchachos!) y comencé a orar. Y, desde ese momento en adelante, las cosas comenzaron a cambiar. La atmósfera comenzó a aclararse y la niebla a disiparse.

Finalmente, en agosto de 1994, abandoné formalmente la Iglesia de Cristo y fui formalmente recibido en el seno de la Iglesia Católica en la vigilia pascual de 1995. Mi esposa, Gloria, se bautizó cuatro años más tarde en 1999.

Tengo que aprovechar esta oportunidad para ofrecer algunas reflexiones y observaciones que hice a lo largo del camino.

Como dije, Gloria se bautizó recién en 1999, cuatro años después de que yo me bautizara. Para ella fue una decisión sumamente difícil. Era miembro de toda la vida de la Iglesia de Cristo y no se iba a convertir al catolicismo tan solo porque yo me había convertido. No solo se esforzó intensamente por entender los temas doctrinarios relacionados sino que tuvo que luchar contra el escándalo que significaba adoptar la religión católica. A primera vista, parecía que su familia solamente sabía acerca de los católicos que llevaban vidas públicas escandalosas. Les costó muchísimo comprender cómo la Iglesia podría ser la Iglesia de Cristo, al mismo tiempo que -aparentemente- toleraba a los miembros que profesaban la fe, viviendo, no obstante, de una manera opuesta a los valores de la moralidad cristiana. Esto, por supuesto, plantea un obstáculo a muchas personas buenas. El mejor antídoto que conozco para eso, es remitirlos a las vidas de los santos. Háganles recordar a la Madre Teresa y a San Francisco de Asís. Recuérdenles la parábola de Nuestro Señor del trigo y la cizaña de Mateo 13,24-30. El Señor dijo que Su reino sería un campo en el que se sembrarían tanto trigo como cizaña (mala hierba.) Resulta sencillo demostrar que aquellos que no viven de acuerdo a las enseñanzas que la Iglesia enseña son las cizañas; mientras que el trigo consiste en aquellos que abrazan y viven de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia. La Iglesia nos brinda realmente los medios por los cuáles lograr la santificación pero no puede obligarnos a ninguno de nosotros a cooperar con esos medios.

Otra reflexión que quisiera ofrecer es esta: muchos católicos no reconocen el dolor del alma que frecuentemente acompaña la conversión a la fe católica. Como miembro de la Iglesia de Cristo, creía en el paraíso, el infierno, el juicio, el pecado, el error, Dios, la eternidad (que, a propósito, son todos conceptos muy católicos, si solamente una mayor cantidad de católicos creyeran en ellos.) Dado que yo creía en esas cosas, a veces me sentía muerto de miedo sobre lo que estaba sucediendo. Y si tomaba la decisión errada y mis chicos crecían pensando que eran bautizados pero al ser bautizados como bebés, no lo eran realmente y se iban al infierno porque había tomado una decisión estúpida. Estas cosas pesaban mucho sobre mi conciencia.

Como pastor de la Iglesia de Cristo, ciertos versículos de las Sagradas Escrituras, como Segunda de Tesalonisenses 2,5-12, me creaban grandes conflictos. En esos versículos, San Pablo advertía sobre una fuerte, engañadora influencia que Dios enviaría a aquellos que no amaban la verdad sino que se regodean en la malicia. En consecuencia, daba largas caminatas en los bosques angustiándome por si estaba o no siendo engañado. En efecto, puedo recordar a mi ex maestro, en la última carta que me escribió, extrayendo esta “carta de triunfo” . Citó a 2Tesalonisenses 2,5-12 y dije, “Bruce, creo que has caído víctima de la influencia (engañosa) que Dios prometió a los que juegan con el error religioso.” Bueno, yo no había jugado con nadie. Todo lo que había hecho era formular preguntas. Buenas preguntas. Preguntas honestas. Las preguntas para las que debería haber respuestas. Preguntas como, ¿”Cómo sabe que la Biblia es la Palabra de Dios sin la autoridad instructora de la Iglesia Católica?” Preguntas como, “¿Cómo sé que mi comprensión de la Palabra es correcta si no poseo el carisma de la infalibilidad?” Debería haber respuestas para estas cosas y no las pudo contestar. En efecto, en mi experiencia, nadie ha sido capaz de contestarlas fuera de la Iglesia Católica.

Hubo también obstáculos a lo largo del camino. Los amigos católicos con los que trabajaba me miraban con ojos de lástima y me decían, “¿Por qué me estaba esforzándome tanto con este tipo de cosas? Mi pastor me dice que todos vamos a ir al paraíso y no importa a que Iglesias vayas.” Yo solamente podría responder diciendo, “Bueno, ¡tu pastor no está enseñando lo que enseña la Iglesia Católica!”

Algunas veces los obstáculos llevan sotana. Recuerdo perfectamente una conversación que tuve con un sacerdote poco después de la visita de mi maestro. Mi maestro seguía machacando acerca de la perpetua virginidad de María. Estaba seguro que la Biblia hacía añicos esa falsa noción. Me daba versículos de la Biblia y yo los estudiaba. Mientras me encontraba en las garras de esta lucha, conocí a un joven sacerdote de una parroquia de la vecindad. Decidí analizar lo que tenía que decir acerca de la cuestión. Le dije que tenía en mente convertirme a la fe católica pero que tenía dificultad con la enseñanza de la Iglesia sobre la Perpetua Virginidad de María. No van a creer su respuesta. Dijo, “Bueno, ¿dónde enseña la Iglesia que María no tuvo otros hijos?” Dije, “Bueno, ‘Les pido a la Bendita Virgen María, siempre Virgen, a todos los ángeles y santos y a usted, a mis hermanos y hermanas que recen al Señor por mí, nuestro Dios.'” Dijo, “¡Esa es una oración! ¡No es una enseñanza!” “Bueno,” respondí, “¿no reza la Iglesia lo que ella cree?” Sin reconocer este aspecto, el joven sacerdote respondió, “Bueno, ¿Qué tiene si María tuvo realmente otros hijos?” Contesté, “Bueno, el ‘que tiene’ consistía en lo siguiente: la Iglesia dice que no y si los tuvo, entonces la Iglesia está equivocada -y si la Iglesia está equivocada, no puede ser la que dice ser.” Sin perturbarse, dijo, “La Iglesia ha estado equivocada en el pasado.” Pregunté, “¿Sobre qué?” Dijo, “Sobre Galileo!” Actualmente estaba leyendo el dossier católico sobre ese mismo tema, de modo que estaba preparado para hablar sobre el mismo. Señalé las falsas caricaturas relacionadas con el episodio y puntualicé que nada en ese acontecimiento socavaba algo que oficialmente había sido definido como enseñanza católica. Dijo, “Sí, pero la Iglesia es humana ” “Sí” respondí, “pero su alma es divina.” Así que finalmente me miró y dijo, “Mire, usted tiene que hablar con el padre Luther. Usted tiene que analizar con alguien sus motivos por querer ingresar al catolicismo. usted me da la impresión de ser alguien que quiere ver las cosas en términos de blanco y negro y casualmente eso no es ser católico.” Así que me marché pensando, ¡Esto es una locura! Esta gente ni siquiera sabe en lo que cree.” Comencé a irritarme con Karl Keating, el padre Luther, y cualquier otro por vivificar esperanzas acerca de la Iglesia que no existían realmente. Empecé a sentir que todo eran “ilusiones engañosas.”

Afortunadamente, cada vez que tenía un encuentro desalentador como el descripto anteriormente, me despertaba la mañana siguiente con las mismas dudas de siempre que pedían a voces ser contestadas (“¿Cómo usted sabe que la Biblia es la Palabra de Dios? ¿Cómo sabe que su entendimiento es correcto?.”) Estas dudas seguían empujándome en dirección a la única fuente en la que había hallado respuestas satisfactorias: la Iglesia Católica. El hecho de que había encontrado escollos a lo largo del camino solamente confirmaba lo que nuestro Bendito Señor dijo en los Evangelios. Dijo que habría escándalo (y también dijo que, “Desdichados son aquellos por quiénes viene.” Y, el Señor siempre me recordaba que por cada obstáculo con el que tropezara, me había puesto en contacto con los verdaderos católicos en mi vida como el padre Luther, la familia Antonio y los Padres de la Misericordia.

Qué encontré en la fe católica

Finalmente, quiero tomarme algunos minutos para responder a la pregunta que me fue formulada poco después de incorporarme a la Iglesia en 1995.

Estaba en un viaje de negocios en Keystone, Colorado. Era una hermosa tarde soleada de domingo. Estaba saliendo de mis aposentos para tomar un paseo por el bosque para tener un momento de tranquilidad. Tenía un libro conmigo, Hidden Treasure (Tesoro Escondido.) Era un libro que se centraba en los misterios de la Eucaristía. Justo cuando salía de mi alojamiento, se me acercó un compañero de trabajo para charlar. Tomó el libro de mis manos, examinó la tapa y las contratapas, me lo devolvió y dijo, “usted debe ser católico.” Respondí “Sí, soy católico.” Sin embargo, en lugar de dejarlo ahí, decidí lanzar un anzuelo con carnada. Dije, “Pero, no siempre lo fui.” “¿De veras?” respondió. Me hizo otra pregunta, “Bueno, ¿qué es lo que usted encontró en la Iglesia Católica que no pudo encontrar en el Protestantismo?” ¡Buena pregunta! Sin embargo, antes de contestarla, fue invitado por otro compañero de trabajo para ir al río a navegar los rápidos. Pero su pregunta persistió en mi cabeza y me gustaría ocuparme de ella ahora.

¿Qué encontré en la Iglesia Católica que no pude hallar en el protestantismo? Lo puedo resumir en cuatro palabras: Cristo en Su Plenitud.

¿Se puede encontrar a Cristo en el Protestantismo? Sí. Pero no en la plenitud en que se encuentra a través del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia Católica. En esta Iglesia, tenemos a Cristo en la plenitud de Su Palabra y en la plenitud de Sus Sacramentos.

En la plenitud de Su Palabra

No resulta suficiente contar solamente con la infalible Palabra Escrita de Dios. También tenemos que contar con la infalible compresión de la misma; o de lo contrario, no nos resulta muy beneficiosa, ¿no? ¿De qué sirve un libro infalible si tengo una comprensión errónea del mismo?

Dios confió las Sagradas Escrituras a la Iglesia. ¿Por qué a la Iglesia? Porque, el Espíritu Santo inspiró a sus miembros a escribir a otros miembros de la Iglesia, sobre cuestiones que tienen que ver con la Iglesia. Por ende, es solamente en el seno de la Santa Madre Iglesia que podemos percibir la plenitud de la Palabra de Dios (comprendiéndola correctamente.) Es por este motivo que San Pablo en Primera a Timoteo 3,15 dijo que la Iglesia es el “pilar y el soporte de la verdad.”

No sin ironía, la Iglesia que yo pensé que era la más alejada de la Biblia resultó ser la Iglesia de la Biblia. No solamente la Iglesia está identificada en la Biblia, sino que está totalmente impregnada por la misma. La Misa, por ejemplo, son las Sagradas Escrituras desde el principio al fin. Cuando más se conoce la Biblia, más se conoce la Misa. Tomen por ejemplo esta afirmación de la Misa: “Consideren favorablemente estas propuestas y acéptenlas como una vez aceptaron los dones de su servidor Abel, el sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe y el pan y el vino ofrecidos por Tu sacerdote Melquizedek.” En definitiva, cuando más conozcan la Biblia, más conocerán sobre Abel, Abraham y Melquizedec, e, igualmente, más sabrán acerca de la Misa. ¿Por qué? Porque, nuevamente, la Misa son las Sagradas Escrituras desde el principio hasta el fin.

En efecto, si uno asiste todos los días a la Misa diaria, escuchará con bastante exactitud la totalidad las Sagradas Escrituras leídas al cabo de tres años. El protestantismo desconoce esto. La mayoría de las iglesias protestantes, si bien sostienen que se atienen únicamente a la Biblia, tienen solamente algunos versículos de las Sagradas Escrituras que se leen durante cualquier servicio determinado. La mayor parte del servicio consiste aproximadamente en 30 a 45 minutos de predicación de aquellos escasos versículos que fueron leídos. No obstante, en cualquier Iglesia Católica, en un domingo dado, se hará una lectura del Antiguo Testamento, un salmo responsorio, una lectura del Nuevo Testamento y una lectura de los Evangelios.

Por último, uno puede recorrer la totalidad del protestantismo y no se encontrará una afirmación dogmática más intensa sobre la inspiración e infalibilidad de las Sagradas Escrituras de la que se hará en Dei Verbum. De modo que en la Iglesia Católica hallé a Cristo en la plenitud de Su Palabra.

En la plenitud de sus Sacramentos

También hallé a Cristo en la Plenitud de Sus Sacramentos, especialmente en el Sacramento de la Confesión y en el Sacramento de la Santa Eucaristía.

Con respecto al Sacramento de la Confesión: lo que había creído que era una perversa insolencia, ha resultado ser un instrumento de la Divina Gracia.

Solía escuchar con ansiedad las palabras que nuestro Señor pronunció al paralítico en Marcos 2,1-12. ¿Recuerdan al hombre que no podía caminar? Sus amigos tuvieron la bondad de llevarlo ante Jesús, bajándole por el techo. Jesús lo miró y le dijo, “Tus pecados han sido perdonados.” ¡Los fariseos y escribas tuvieron un ataque de paroxismo! “¡Este hombre está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados sino Dios?” Dijo Jesús, “¿Qué es más sencillo, decir al paralítico, ‘Tus pecados han sido perdonados’; o decir, ‘Levántate, recoge tu estera y camina’? Pero para que uno sepa que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar los pecados, te digo a ti, levántate, recoje tu estera y vete a casa.” Y, asi lo hizo.

Solía escuchar con ansiedad aquellas palabras, “Tus pecados han sido perdonados.” Yo prediqué todo tipo de sermón desde la Primera Epístola de Juan sobre la certidumbre de la Salvación y muchos miembros de la Iglesia de Cristo venían hasta mí después de dichos sermones y decían, “Eso me ayudó muchísimo, realmente.” El problema fue que a mí nunca me ayudó. Me costó mucho aplicarlo en mi propia vida. Me costó muchísimo obtener paz. Es una larga historia pero solía tener todo tipo de pugnas internas si yo me había arrepentido o no lo suficientemente, o si realmente la creía o no. Argumentaría que si me había arrepentido totalmente, o si efectivamente la creía, no seguiría haciendo muchas de las cosas pecaminosas que parecía incapaz de dejar de hacer. La ansiedad que me causaban estas dudas insistentes, a veces, era más de lo que podía soportar. Una vez, por ejemplo, tuve que ser ayudado por la iglesia porque había perdido el conocimiento durante la Cena del Señor (debido al estrés de intentar asegurarme que estaba participando dignamente.) Bueno, los períodos de pérdidas del conocimiento desaparecieron luego de mi primer Confesión (que duró más de dos horas.) De hecho, tal como Jesús enseñó en Juan 20,30, puedo escuchar la voz de Cristo -a través de Su sacerdote- decir, “Tus pecados han sido perdonados. Levántate, recoge tu estera y vete.”

Solía pensar, “Estos pobres católicos. Tienen que confesarse.” Ahora, siento lástima por los pobres no católicos que no se confiesan y por los pobres católicos que descuidan la confesión. Con respecto a la Santa Eucaristía: lo que creía que era un perverso atrevimiento y una blasfemia sin paralelos, ha demostrado ser “la fuente y la cima de la vida cristiana”, tal como lo enseña el catecismo. Es el mismo Jesucristo en el más Sagrado Sacramento.

Durante años, como miembro de la Iglesia de Cristo, había recibido fielmente la comunión semanalmente, en lo que llamamos la Cena del Señor. Pero, no era lo mismo. Como la mayoría de los protestantes, le asignábamos una profunda importancia a la Cena del Señor pero no creíamos en la Presencia Real del Señor: su verdadero Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad bajo la apariencia del pan y el vino. No teníamos un sacerdote que pudiera proporcionarnos el Sagrado Sacramento. En efecto, nos burlábamos de esas ideas y yo las ridiculizaba con términos como “intrigas clericales.”

No sabíamos lo que nos estábamos perdiendo. En realidad, no teníamos forma de saber lo que nos estábamos perdiendo.

Las palabras más hermosas que hayan llegado a mis oídos me han llegado en el contexto de los Sacramentos: El Sagrado Matrimonio cuando Gloria dijo, “acepto,” mi primera Confesión cuando escucho la voz de Cristo decir, “Tus pecados han sido perdonados,” y mi primera Sagrada Comunión cuando el padre Bill Casey de los Padres de la Misericordia dijo, “El Cuerpo de Cristo.”

De esta manera, nuevamente, ¿qué encontré en el catolicismo que no hallé en el protestantismo? Encontré a Cristo en Su plenitud: la plenitud de Su Palabra y la Plenitud de sus Sacramentos. Cristo y Su novia, la Iglesia Católica, son verdaderamente una y, por lo tanto, resulta imposible tener a Cristo en Su Plenitud en forma separada y apartada de la total incorporación a su Iglesia.

Algún día, no aquí, pero quizás en otro lugar, tal vez usted se encuentre en una parroquia de pesadilla. Es posible que el sacerdote sea el hombre más irreverente que jamás existió. En la parroquia podrá haber escándalos por todas partes. Las personas quizás ni se den la hora. El edificio podría tener el aspecto de una zona de desastre. Y justo del otro lado de la calle podría encontrarse la más maravillosa iglesia protestante del planeta. El pastor podrá ser el hombre más devoto de la ciudad. Probablemente las personas demuestren por usted un amor genuino. Tal vez cuenten con programas para niños. Podría sentirse tentado en su frustración abandonar la empresa y cruzar la calle e ingresar a la iglesia protestante. No lo haga. Porque, a pesar de la auténtica religiosidad de los pastores protestantes, no pueden hacer por usted lo que el más corrupto y malhablado sacerdote del mundo puede hacer. No pueden absolverlos de sus pecados y no les pueden darle el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, bajo la apariencia del pan y del vino en el Sagrado Sacramento.

Una última cosa

Por último, hay una última cosa que quisiera mencionar que encontré en la Iglesia Católica. Y, es aquí donde yace la mayor ironía de todas. Encontré el extraña criatura conocida con el nombre de “católico de nacimiento.”

En primer lugar, quiero decir que el término “católico de nacimiento” no tiene intenciones de ser una palabra irónica. Para mí, es un término cariñoso. ¡Sinceramente. Lo que hubiese dado yo por haber sido un “católico de nacimiento”!

Pero, imagínese tan solo haber pasado toda su vida tratando de encontrar la verdadera religión. Entonces, por fin, usted ha descubierto que está convencido de que es la Iglesia que Cristo creó solamente para descubrir que son los que nacen en su seno los que a menudo tienen dificultad en aceptar sus enseñanzas divinamente reveladas y su autoridad otorgada por Dios. Imagínese ver a aquellos que poseen la plenitud de la fe como su patrimonio natural tan frecuentemente, intercambiado como Esaú en el libro de Génesis, por un tazón de potaje, yendo a otra parte. Imagínese, si quiere, la perplejidad que provoca ver a los que han sido miembros de la Iglesia desde su infancia que se apresuran a creer y diseminar información perniciosa y distorsiones referentes a la misma (cuando deberían ser los primeros en dar a su Santa Madre el beneficio de la duda.) O, imagínense la sorpresa de ver que muchísimas veces, son los que han nacido en dos mil años de continuidad doctrinaria e histórica los que se apuran en ir a buscar a otras partes respuestas, cuando las mismas se encuentran justo aquí en la única Santa Iglesia Católica y Apostólica.

El objetivo y propósito al decir estas cosas es alentarlo a mirar su propia santa madre, la Iglesia, en busca de respuestas. Ella es nuestro vínculo visible, espiritual y físico con Jesucristo (que es el Camino, la Verdad y la Vida.)