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Hans Jürgen Baden

Todo esto ha sucedido, el milagro se ha producido, el hijo pródigo ha vuelto a casa. El “pobre de espíritu” del sermón de la montaña se convierte en el “hombre inmortal” que, por lo demás, no debe la inmortalidad a sus propios méritos, sino exclusivamente a la gracia del Padre celestial.

“Fuera con el cadáver de “Dios”, deshagámonos de Dios!”. Esta temprana confesión atea de Döblin se encuentra en el anuario publicado el año 1919 por Alfred Wolfenstein, con el titulo La elevación. El énfasis expresionista, la cercanía con Nietzsche, el apasionamiento poco critico de esta colaboración nos harían pensar en un autor muy joven, sin embargo Döblin, nacido el año 1878, tenia entonces cuarenta años. El credo “Al otro lado de Dios” caracteriza, por tanto, la primera mitad de su vida. Empieza sin más con furibundos ataques contra Dios, al que se tilda de “anacronismo”, “frase hueca”, “fantasma”, “absurdo filosófeme de la infancia”, “fantasmagoría poética”. Consecuencia: “Hay que conseguir que Dios sea dejado a un lado; nuestro lema: ¡Deshagámonos de Dios!”. Cuando Döblin se acerca a los “objetos religiosos de la Iglesia”, le invade “un sentimiento inmediato de presenciar una conjuración de negros; no se toca el tambor, ni se danza con pieles y plumas, pero la diferencia no es grande”. “Hay que acabar con la primacía de los viejos mitos, con el hacer de un hombre evaporado, llamado Dios, el centro del mundo; con el complejo de ingenuidades infantiles que le acompañan”. Nos topamos aquí con un predicado de Dios, que es todavía más característico que todas las demás definiciones despectivas antes enumeradas: Dios es un “hombre evaporado”. Es decir, que Dios – en crasa contradicción con el relato del génesis- ha sido creado a imagen del hombre, es un producto del miedo y de la nostalgia humana, una proyección que el hombre hace de sí mismo en el vacío y en lo tremendo, en suma, un ilimitado antropomorfismo. Y concluye: en Dios el hombre se adora en resumidas cuentas a sí mismo, cierto, no una imagen clara y convincente de sí mismo, sino una imagen desfigurada, desvaída, “evaporada”. Rechaza toda conversión como “somnolencia, equivocación, superficial juego estético”.

Las definiciones de la religión en general, y del cristianismo en particular, están tomadas del arsenal de la ilustración clásica. Todo lo que aquí se enumera no nos resulta nuevo, sino archiconocido tema, con variaciones de Voltaire a Russell, de los enciclopedistas a Szczesny. Un inventario de las “fuerzas creadoras” de la religión da el siguiente catálogo. Primero: superstición y aquelarre aterrador, los “auténticos viejos hechiceros”. Segundo: afán de milagros, el salto mortal en el absurdo, la “religión como asilo”, cuando no se es capaz de aguantar la penalidad y la trivialidad de la vida cotidiana. Tercero: la “necesidad de apoyo”. Cuarto: la tendencia a obedecer. El hombre, como individuo, adolece de impotencia, quiere ser conducido, obedecer. En la oración, quinto, el hombre desea cargarse de una bendición más excelsa, como de electricidad celestial. “Por medio de la oración nos alejamos de nuestra miseria personal; otro tipo parecido de ilusión”. El balance se resume así: “Para que surja la religión lo importante es, sin duda alguna, la cobardía, o, puesto en forma positiva, el instinto de grupo.

Dos decenios después Döblin rompió tajantemente con estas ideas ilustradas. El último capítulo de su autobiografía El viaje del destino, lo titula: “Hacia una nueva y mejor ilustración”. La nueva ilustración ha puesto al descubierto la ilusión histórica de la razón, que se entronizó a sí misma como deidad; y se ha dado cuenta de que la razón es incapaz de resolver el enigma metafísico del hombre. La transformación religiosa de Döblin se extiende a lo largo de un espacio de tiempo de veinte años en cifras redondas. Hicieron falta dos decenios para que las dudas, los sufrimientos, circunstancias personales dificilísimas minaran esta posición de incredulidad y la derribaran. Toda conversión tiene su (invisible) prehistoria, que el converso sólo “a posteriori” consigue descifrar. Al principio, sólo existen sacudidas, temores, intuiciones momentáneas, coincidencias, que contradicen su propia casualidad; sólo después de haber alcanzado la fe consigue el sujeto en cuestión una nueva e inaudita inteligencia de estas difusas relaciones, logra ordenarlas, y las reconoce como lo que son en verdad: como impulsos trascendentales, estaciones de una conducción divina.

La evolución religiosa de Alfred Döblin fue activada de una forma decisiva por el golpe de Estado de 1933: de la noche a la mañana se vio desterrado con su familia, sus libros fueron pasto de las llamas en el auto de fe literario promovido por Goebbels. Döblin volvió a convertirse en fugitivo, ahora en el país cuya nacionalidad acababa de obtener. En el sur de Francia llegó a hallarse en la misma desesperada situación que Werfel, Heinrich Mann y otros.

El despojo

Döblin estaba persuadido de que no se trataba de una catástrofe política, sino de un juicio, en el verdadero sentido de la palabra. Las ideas de libertad, igualdad, fraternidad, izadas como banderas sobre Europa en 1789, estaban gastadas. Y a este juicio de Europa se unía indisolublemente el juicio sobre el propio pasado. Döblin se dio cuenta de que tenía las manos vacías, y de que la mirada sobre su obra no lograba consolarle. Se ve obligado a hacer un examen de conciencia que excluye toda ilusión. “No tenemos motivo alguno para gloriarnos de ninguna obra. Voy de un sitio a otro, y no hallo solución. Me siento forzado a hacer el balance de toda mi vida, a ajustar cuentas conmigo mismo, como si estuviera a las puertas de la muerte. Hay que indagar qué es lo que me ha conducido a este estado, qué he hecho y qué he dejado de hacer”. Este capítulo de la autobiografía lleva por título “Este es el tiempo del despojo”. El hombre es desnudado, ya no posee nada, incluso su yo, su alma, están perdidos. Sólo le quedan su escepticismo y apatía. “Nada de lo que poseía resiste. Podría fabricarme un madero, para que me llevara sobre el agua ¡Qué ridículo! ¿Cómo va a poder sostenerme lo que yo mismo, infeliz, juguete de las olas, he producido?”. De nuevo aparece la comparación de la existencia con una travesía por mar, una travesía que supone una aventura única y que ha sido emprendida con medios desproporcionados. Este pequeño bote, delicado y permeable, no está preparado para el elemento en el que se mueve; el resumen dice así: “Me he construido una barca demasiado ligera para cruzar el océano. Naturalmente las paredes se rompieron. El fondo resultó ser de papel y se reblandeció. Seguí avanzando, mientras me lo permitió el viento: luego, una ráfaga y otra, y la barca volcó, y la travesía se acabó”.

Así experimentaba Döblin los años de exilio desde la caída de Francia, años de temor, de permanente inseguridad y tribulaciones externas e internas. El “despojo” llega a tal punto, que del hombre atacado y expoliado por un destino absurdo ya no queda más que la misma nada. Sus manos están vacías. Se ha convertido en un pordiosero.

La gracia “trabaja” en su interior

Pero a pesar de su miseria, el fugitivo está muy lejos de resignarse. Una y otra vez comprueba que hay algo en él que “trabaja”. Titula así todo un capitulo: “En mi no había descanso”. Se resiste a ser víctima de aquel cansancio plomizo que entrega definitivamente al paciente a su destino, sin preguntar por el sentido de todo. Por el contrario, la inquietud crece, y le lleva a descubrir nuevas perspectivas, que ni siquiera pudo imaginar en épocas anteriores de su vida. La idea esencial dice así: Yo soy culpable. Yo soy responsable de mi catástrofe privada y del estado del mundo. El reconocimiento de la culpa conduce a la desesperación, detrás de cuyas sombrías fachadas empieza a apuntar algo totalmente nuevo y sorprendente: el arrepentimiento. El fugitivo, el “homo viator”, empieza a dolerse. ¡Qué lejos está ahora de aquella arrogancia juvenil que, en otro tiempo, le hizo apartar de un manotazo culpa y arrepentimiento, ebrio con la “hybris” de un Nietzsche! “La culpa es un pensamiento que me resulta completamente ajeno”: el desesperado se acuerda ahora de estas palabras de Nietzsche. Pero la realidad tiene ahora un cariz totalmente distinto, la suma de las más amargas experiencias dice justo lo contrario: la culpa es una realidad, y quien no la acepta nunca derribará su propia cárcel. Döblin señala “Culpa, arrepentimiento y desesperación son cosas, que a ningún hombre (no endurecido del todo) le resultan extrañas. Nadie que se sienta criatura viva podrás esquivarlas. El que dice que su yo no siente la culpa y el arrepentimiento, o ha privado a su yo de la vida y se esconde de ella, o ha explorado mal su propio interior, o se oculta”.

El que sufre, el desesperado, el que busca sin esperanza es tocado por la certidumbre de otro mundo. “De los mundos invisibles emanan señas, coincidencias y signos hacia este mundo visible. Es un curioso reblandecerse de la realidad. La realidad se hace transparente. En verdad, siempre lo ha sido. Sólo que no siempre hay ojos para percibirlo. Nos contentamos con nuestros árboles, animales y ciudades, es decir, con las capas superficiales”.

Con esta transparencia está relacionada una “capacidad totalmente nueva” para captar ciertos acontecimientos externos de la vida. En otro tiempo se los habría considerado sencillamente como casualidades. Estas casualidades se revelan ahora como señas, signos, improntas sensibles del mundo invisible.

Resistencia a la gracia

Es inútil resistirse. “Yo olvidé. No quise saber nada de él. El me vigilaba. No me soltó. Esta vez no dio ninguna señal. Intervino. Yo estaba conmovido y lo estoy todavía, tan pronto como pienso en ello”.

Döblin no quiere esquivar por más tiempo esta conmoción. Se abre a lo tremendo, reflexiona sobre ello, trata de expresar el encuentro con lo tremendo. Lo llama “fundamento primero”, pero en seguida se da cuenta de que esta definición no basta. Una y otra vez se siente impulsado a retirarse a la iglesia, para allí, solo, en la oscuridad iluminada por unos pocos cirios, poder meditar. Se sienta frente al crucifijo que le atrae con una fuerza mágica. ¿Cómo se comporta él con este hombre vilipendiado en la cruz, en qué relación se encuentra él con el “fundamento primero”? El buscador dubitante hace la siguiente reflexión: “La figura de un Jesús histórico, de un hombre de Palestina, como otros mil de su pueblo, no significa mucho. Si me pregunto ¿por qué le miro?, la respuesta dice, si quiero escuchar: Es Dios. No se trata de una palabra humana de consuelo, sino la comprobación de un hecho. Me siento al alcance de la vista del crucifijo. Cuando cierro los ojos, siento al crucificado allá arriba, a la derecha, como una cálida irradiación”.

El caviloso solitario de la Catedral confiesa: ha mirado con frecuencia al crucifijo, pero sin resultado alguno; la mirada se dirigía hacia arriba y volvía vacía abajo. Pero ahora, en esta hora, no es así. El hombre quiere una respuesta, quiere oír: Este es Dios.

La imagen del Dios escondido, del “Deus absconditus”, produce miedo y temblor. Hace falta un puente entre lo tremendo y nosotros, un lazo de unión que reúna y reconcilie los mundos escindidos. “¿Lo terrible? Una y otra vez busco yo el eslabón entre lo tremendo, el más allá, y el hombre”

De nuevo está el hombre sentado en la Catedral de Mende, casi vacía, y mira fijamente al crucifijo. Un puente se tiende sobre el abismo que le separa de lo tremendo. El hombre presiente que tiene ante sus mismos ojos el eslabón que busca, en este cuerpo martirizado, hecho de madera y metal. Y empieza a hablar al crucificado, las palabras surgen espontáneas, el hombre reza. “Ahora existe ya una intimidad entre el crucificado y yo. Hay un secreto entre nosotros. El que cuelga de la cruz no me habla, pero yo le hablo a él. No pregunto, Siento: ¡Tú! No yo, yo soy un fugitivo, me acosan los horrores. Pero ¿qué es esto comparado con el horror que tú debiste pasar en la tierra, entre nosotros, los hombres?…Con frecuencia he tenido una nostalgia tremenda de ello, de ti. Pero…no me acerco. Supera mis fuerzas. Tendría que venir alguien a agarrarme y empujarme”.”Pero hay algo en mí (aun cuando no tenga fuerza ni seguridad), que desde hace tiempo me atrae hacia el crucificado. Cuando leo el Nuevo Testamento y recorro sus palabras y sus hechos, no hay nada en él que no me eleve y proporcione gran alegría”.

La educación de su hijo

La necesidad de dar a su hijo una educación cristiana y de buscar para él la escuela pertinente, se convierte en el impulso decisivo que les obliga a poner fin a sus vacilaciones ideológicas. En las proximidades se alzaba una iglesia jesuítica; se dirigieron a los sacerdotes que allí residían. El hijo empieza a recibir de forma privada instrucción catequista, el mismo Döblin asiste a ella, para “informarse” sobre la religión cristiana-católica. Pero esta información fue pronto algo más. Döblin nos la relata: “Había entrado en un edificio enorme y antiquísimo. Se me condujo de sala en sala, a través de muchos salones, por amplias escaleras y resonantes corredores. Se abría esta o aquella puerta. No era necesario que visitara todo el edificio y que entrara en todos los cuartos. Ya habría tiempo para todo”. Al final de la instrucción, se halla el descubrimiento casi entusiasta: “!El dedo de Dios! ¡la señal! Entonces fue dada la señal de esta forma, por medio de un sentimiento de dicha. ¿Cómo dudar todavía de que éste era el verdadero camino? No titubeamos en tomarle”.

La suerte está echada. Nos encontramos en el punto álgido. El converso penetra en un campo de fuerzas espirituales, donde se le comunica continuamente nuevas ideas y conocimientos. Lee a autores como Agustín y Tomás, se interna gozoso en la mina de una tradición poderosa y viva, que sólo conocía de oídas. La fe se ahonda y se consolida cada vez más, y conduce al mismo tiempo a una “transformación psico-física” de toda la existencia.

El caminante, tras grandes penalidades, ha ascendido al macizo de la fe. Se encuentra arriba, cegado por la luz, extasiado, y sólo ahora percibe el vértigo de la subida. El camino continúa, no hay descanso ni ensueños quietistas entre el cielo y la tierra; pero lo más duro ya está hecho. El caminante quiere dar cuenta de este camino, por interés propio, pero sobre todo de aquellos que, sin un guía seguro, se extravían en los laberintos del mundo y en ellos perecen. De este modo surge el libro Der unsterbliche (“El hombre inmortal”) una “conversación sobre religión” entre un hombre mayor, cuya identidad con Döblin es innegable, y un joven escéptico. Se trata de una de las obras más importantes que se han escrito en los últimos decenios para ilustración y defensa de la fe cristiana. Esta obra desbanca, por sus hallazgos espirituales, por su altura moral y literaria, a pilas enteras de habituales escritos apologéticos. Es una lástima que no se haya vuelto a imprimir este libro confesional, compuesto con una gran brillantez y fuerza de convicción

El hijo pródigo ha vuelto a casa

El proceso espiritual concluye con la entrada en la Iglesia Católica. El tenia que ser despojado, vaciado; debía perder toda seguridad burguesa, y perderse enteramente a sí mismo, perseguido y sin patria, ante el crucifijo de una catedral del sur de Francia, antes que pudiera sentir “lo tremendo y beatificante de este fenómeno”. Pues el “explotar la figura de Jesús no es sólo un acto sentimental, sino que presupone la disponibilidad de entregarse a sí mismo a la muerte…”El que quiera conservar su vida, la perderá…” Döblin ha buscado y hallado esta muerte mística, murió bajo la cruz, inmerso en la muerte de Cristo, crucificado con El, como dice el gran Apóstol.

Todo esto ha sucedido, el milagro se ha producido, el hijo pródigo ha vuelto a casa. El “pobre de espíritu” del sermón de la montaña se convierte en el “hombre inmortal” que, por lo demás, no debe la inmortalidad a sus propios méritos, sino exclusivamente a la gracia del Padre celestial. Sobre la historia de toda conversión se alzan invisibles dos palabras, en las cuales se condensa y resume la misericordia de Dios: pura gracia.

 


Literatura y conversión, H. Jürgen Baden, Editorial Guadarrama, 1968, p. 198-241