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Jeff Miller

Hay un proverbio que dice que si quieres que Dios se ría, cuéntale tus planes. También es cierto lo contrario. Si Dios quiere hacerte reír te contará los planes que tiene para ti.

El 14 de abril de 1999, durante la Vigilia de Pascua, fui recibido en el seno de la Iglesia Católica. Apenas un par de años antes, si un profeta me hubiese dicho que sentiría un gran regocijo al ingresar a la Iglesia o que tendría las mejillas bañadas en lágrimas mientras me confesaba por primera vez, le hubiese dicho que estaba seriamente equivocado.

Me encontraba en el apogeo de mi conservadurismo basado en el positivismo randiano. Para mí, el egoísmo radical era la virtud más elevada. La cumbre del individualismo y ser un “self-made man” eran los ideales más elevados. Las virtudes naturales contribuyeron a modificar este positivismo idealista hacia la manera en que yo me relacionaba con los demás, pero no era suficiente. Hacía mucho tiempo antes en que me había vuelto un engreído mientras despreciaba a aquellos pobres mortales supersticiosos que seguían creyendo en mitos primitivos como la existencia de Dios.

Durante los años formativos de mi vida, crecí en Portland, Oregon, en una atmósfera en que la religión no formaba parte de mi vida. La religión era algo privado sobre la que nunca se conversaba. Sabía que mis amigos del barrio iban a la iglesia con sus padres pero nunca hablaban sobre la iglesia o acerca de cuestiones religiosas. Asimismo, sabía que nuestra familia era vista con extrañeza debido a que no asistía a la iglesia. Hasta el día de hoy, mi padre dice que es agnóstico o un “cristiano retirado”. Mi madre, que falleció el año pasado, abrazó la Iglesia Católica en mis años de la escuela secundaria. El tema de la religión era tan privado en mi casa que yo ni siquiera sabía – hasta varios años después- que mi madre se había convertido del metodismo al catolicismo.

Dijo C. S. Lewis, “un joven que desea seguir siendo un ateo serio nunca puede pecar de ser demasiado cuidadoso en sus lecturas”. Sin saberlo, yo era bastante cuidadoso en mis lecturas. Mientras crecía, disfrutaba leyendo, siendo la ciencia-ficción mi género predilecto. Me jactaba en elegir lo que se denominaba “ciencia-ficción dura”, como Isaac Asimov y Hal Clement. Leía poco fuera del campo de la ciencia-ficción, excepto revistas generales sobre ciencia. También me gustaban los cuentos de Sherlock Holmes. El personaje me atraía ya que parecía controlarlo todo y empleaba sus habilidades mentales y la ciencia para resolver delitos. Intentaba actuar como Mr. Holmes conociendo con precisión lo que me rodeaba.

Mi primer “roce” con la religión fue ir con mi madre a una iglesia católica progresiva. Era un adolescente y para darle el gusto, fui a misa. La música utilizada durante el servicio incluía selecciones tales como “Turn! Turn! Turn!” de los Byrds and “Day by Day” del musical Godspell. Me encantaba cantar y no me importaba cantar estas canciones. Mi madre conocía a la mujer que dirigía al grupo vocal y terminé actuando en una audición de prueba y luego cantando con ellos. Disfrutaba de la ironía de ser ateo y cantar en la iglesia.

Una noche fui a la casa de un sacerdote para asistir a un curso sobre la Iglesia. El sacerdote nos proporcionó una vista de conjunto de la Biblia y cómo en realidad nunca se producían milagros sino que podían ser explicados por otros medios. Recuerdo que pensé como ateo que yo ya no creía en milagros. ¿Por qué me volvería católico para no creer en milagros? También escuché por primera vez la palabra catolicismo. De alguna manera, esta palabra me resultaba ominosa y no podía deshacerme de ella. Durante un período de un año, nunca recibí información alguna acerca de lo que enseñaba la Iglesia Católica. Las homilías estaban abarrotadas de temas sobre justicia social y no mucho más. Iba a comulgar sin saber lo que estaba recibiendo. Podría haberme reído si me hubiesen dicho lo que los católicos entendían por la Eucaristía, aunque hubiese sido lindo que a uno le dijeran la verdad. Mis padres terminaron divorciándose y dejé de ir a Misa. No pensaba que el divorcio de mis padres hubiese tenido algún efecto en mí. Mi madre procuró divorciarse y alentó a mi padre a hacer lo mismo, lo que no constituía un problema para mí. Durante este período, nunca conecté mi decadencia moral y mis cada vez más bajas calificaciones con lo que estaba pasando en casa. El divorcio de mis padres no fue en absoluto amargo o virulento, pero la separación y los cambios ulteriores me afectaron sin que yo me diese cuenta.

Durante los últimos años de la escuela secundaria me anoté en un curso de electrónica. Me gustaba estudiar la teoría de la electrónica y los componentes de montajes experimentales y se me ocurrió seguir una carrera relacionado con eso. Terminé incorporándome a la Armada bajo el programa de Campo de Electrónica Avanzada. Cuando se me preguntó qué religión quería que se me consignara en mi hoja de servicios, dije con orgullo: “ateo”.

Mientras asistía a la escuela de electrónica de la Armada, uno de los instructores me invitó a una cena en su casa. Resultó que se trataba de un protestante bautista que intentaba llevar gente a su fe. Charlamos en la sala de estar y dijo algunas cosas que me sonaron atractivas porque – a esta altura- era como un marinero típico que vivía de fiesta en fiesta. Traté de unirme a la conversación, pero la única idea filosófica en la que podía pensar era una letra de “Escalera al cielo” de Led Zeppelin: “Sí, hay dos senderos por los que puedes ir, pero a la larga, todavía hay tiempo de cambiar el camino que estás recorriendo”.

Esto indicaba claramente mi total carencia de profundidad espiritual en ese período, y actualmente, recordarlo me provoca una sonrisa. La noche acabó en un bautismo de inmersión completa y algunos folletos. Nunca volví a verlo y a las otras personas fuera de clase y eso fue todo. Mi conversión debe haber durado un total de veinticuatro horas. Era indudablemente el caso de una semilla plantada en terreno duro y rocoso.

Mientras me hallaba destinado en el extranjero, me casé en Filipinas. Mi esposa es católica y nos casamos en una Iglesia católica. Esta iglesia era en cierto modo una “fábrica de casamientos” y no se proporcionó ninguna preparación para la boda. Los únicos otros momentos durante la siguiente década y media en la que había ingresado a una iglesia fue para los bautismos de mis dos hijos. Me sentía intranquilo durante el preparativo bautismal y me sentí un farsante total por aceptar eso al mismo tiempo que era ateo. Durante muchos años, no pensé en el concepto de Dios o de religión que no sea para denostarlo. Mi esposa continuó con sus devociones privadamente con algunos misales que había traído y rezando el rosario. Trate de convencerla de que abandonara lo que yo consideraba que era una superstición pero con gran sabiduría me ignoró sobre el tema.

Cuando me enrolé en la Armada, mis opiniones estaban íntimamente alineadas con lo que es el liberalismo moderno: El gobierno necesita hacer todo lo que puede para ayudar a la gente y mejorar sus vidas. Pero mientras viajaba alrededor del mundo y teniendo una familia, mis perspectivas sobre lo que era importante en la vida estaban cambiando. A principios de los noventa, comencé a escuchar programas radiales de entrevistas y fue en el de G. Gordon Liddy en el que lo oí enumerar las cinco pruebas de Dios tal como las detalló Tomás de Aquino en su Summa Theologiae. Me sentí muy sorprendido por esas ideas que me sonaron racionales al oído. Empecé a observar que muchas personas a las que respetaba creían en Dios y que no estaba de acuerdo con muchos temas con aquellos que se denominaban no religiosos.

Quizás en forma subconsciente, vi que mi ateismo comenzaba a desmoronarse porque empezaba a trabajar activamente para reforzar mi “fe” atea. Comencé a leer libros sobre ateísmo. Un libro que leí recomendaba las obras de Ayn Rand. Con alegría leí Atlas Shrugged y pensé que contenía las respuestas que necesitaba para seguir siendo tanto un conservador como un ateo.

En el momento culminante de mi recién descubierto fervor, sucedió algo que me cambiaría la vida. Solía ir en bicicleta a mi trabajo y desde el mismo. Una mañana, mientras estaba llegando al final de un cuadra, vi que un coche se venía directamente hacia mí desde la derecha. El conductor del auto estaba girando para tomar el camino principal y no me vio. Calculé que no había forma de evitar ser chocado. En esos segundos, toda mi vida no pasó como un rayo ante mis ojos sino solamente el pensamiento seguro que me iba a matar. El auto me atropelló frontalmente y me levantó por el capó y luego golpeé contra el pavimento. Mi primera reacción fue de sorpresa: sorpresa de que estaba vivo. Se detuvieron muchas personas y una multitud de gente acudió en mi ayuda para determinar mi estado. El conductor del auto se alejó a toda velocidad sin ser advertido por los que me estaban ayudando.

Salí con heridas relativamente menores y algunos puntos de sutura. Esto fue también el fin de mi ateismo. Enfrentando la muerte, descubrí que realmente no creía que si me hubiese matado, mi existencia hubiese desaparecido del universo. El alma no es solamente una mera idea metafísica.

Ojalá que mi conversión hubiese sido tan repentina como la luz cegadora de Saulo de Tarso pero mis nuevos pensamientos solamente se filtraban en forma lenta en mi mente y me conducían a un teísmo general. Creí que había un Dios y no tenía ni idea qué debería hacer acerca de la información. Sabía que debería ir a una iglesia. Sería difícil encontrar a alguien tan ignorante del cristianismo como yo. Sabía que existían distintas iglesias pero no tenía idea en qué se diferenciaban las iglesias protestantes, católica o mormona.

Mi afición por el canto también estaba ligado a mi amor por los villancicos navideños. En un momento, durante la temporada navideña, uno podía encender la mayoría de las emisoras radiales y oír estos villancicos. A medida que se volvió cada vez más difícil que estas canciones se pasaran al aire, terminé oyendo radios locales protestantes para escucharlos. Por otra parte, comencé a escuchar los mensajes que transmitían entre las canciones. Mi ateísmo y estoicismo anteriores no me había preparado para todos los errores que cometí en la vida y ahora estaba listo para admitir que era un pecador y que estaba necesitado de un redentor.

Cuando la Navidad llegó a su fin, seguí escuchando sus transmisiones y aprendiendo quién era Jesús. Leí una gran cantidad de libros de destacados protestantes junto con un puñado de libros católicos. También comencé a leer la Biblia y cometí el error que la mayoría de los principiantes cometen empezando a leer desde el Génesis hasta la Revelación. Todavía tenía una opinión pagana sobre la religión. Cuando leía la Biblia, pensé que si se producía algo sobrenatural para probar que era verdad y que Dios existía. Dado que estaba leyendo la Biblia utilizando solamente mi propio margen de referencia, también reinventé mis herejías sobre la marcha. Uno de los puntos que advertí mientras escuchaba la radio protestante es que la persona que habla durante una hora frecuentemente contradecía lo que otro había dicho antes. A pesar de mi experiencia previa con la Iglesia Católica, comencé a profundizar más en el catolicismo.

Acababa de retirarme de la Armada y mi familia se mudó a Florida. Descubrí una librería católica y compré un catecismo y algunos otros libros. Leyendo el catecismo me sentí muy entusiasmado por lo que había encontrado. Advertí que lo que la Iglesia enseñaba era compatible con lo que había observado en la vida y estaba presentado en un todo coherente. Tenía una actitud residual de Sola Scriptura que había asimilado de la sociedad. Comprendía a través de los medios de comunicación que todo pensamiento cristiano serio debe encontrarse en la Biblia. Me preocupaba que parte de lo que leía no lo veía tampoco directamente en la Biblia.

Afortunadamente, nos habíamos mudado a una zona que tenía una radio católica y también EWTN por cable. Las preguntas formuladas y las respuestas que se daban en Catholic Answers Live (Respuestas Católicas en Vivo) fueron una parte importante de mi conversión intelectual. Siendo militar, me resultaba sencillo llegar a comprender que la Iglesia necesita una jerarquía y una autoridad para proclamar la verdad. Los militares han escrito instrucciones para casi todo, sin embargo, teníamos que interpretar constantemente para otros lo que significaban. Algunas veces teníamos que consultar a un mando superior para asegurarnos que nuestra interpretación era correcta.

Me di cuenta que tenía que existir una Iglesia viviente para proteger las doctrinas e interpretar y enseñarlas sin errores. Mientras transcurrió el tiempo, tuvo que existir una manera de abordar las nuevas preguntas que surgían: empleando sencillamente el estudio de la Biblia, sería muy difícil responder estas preguntas con cualquier autoridad sobre tópicos como fertilización in vitro y la clonación.

Los Padres Fundadores de los Estados Unidos comprendieron este problema cuando redactaron la Constitución. Sabían que la misma no podía interpretarse a sí misma y crearon la Corte Suprema para este fin. Por supuesto, este sistema fracasa si la Corte Suprema hace una interpretación que no concuerda con la intención de los fundadores. Debido al pecado original, ninguna organización humana puede evitar caer en errores. Solamente a través del Espíritu Santo que guía a la Iglesia que tenemos la certeza de que la Iglesia no está enseñándonos errores.

Como dijo Agustín, “no creería en los Evangelios si no fuera por la Iglesia”. Esta fue la misma piedra de Roseta que me ayudó a creer en la autoridad de la Iglesia y a aceptar todo lo que ella enseña. En lugar de considerar un tema como la anticoncepción y preguntarme si lo que la Iglesia enseñaba era cierto, tuve la actitud de que aceptaba esta doctrina como verdadera y que tenía que aprender por qué era cierta. He llegado a apreciar glorioso tesoro de lo que la Iglesia ha enseñado a través de los siglos. Las infraestructuras intelectuales de nuestra fe son algo que nunca puede agotarse y siempre podemos llegar a una comprensión más profunda de esas enseñanzas.

Con este concepto, ya estaba preparado para convertirme al catolicismo. Dado que la celebración de Pascuas estaba próxima, tuve que esperar y asistir a la siguiente sesión del Rito Católico de Iniciación para Adultos (RCIA) Mi esposa y yo también comenzamos a oír misa diariamente. Mi pasión por la Eucaristía se incrementó y fue difícil tener que permanecer atrás mientras otros recibían la Comunión. Finalmente llegó el día; me bauticé y fui confirmado.

Luego de comulgar me di cuenta que, tanto desde un punto de vista figurativo como literal, había pasado cuarenta años en un páramo y ahora había entrado en la Tierra Prometida. También supe que así como los Israelitas todavía afrontaban muchas batallas al ingresar en la Tierra Prometida, yo también enfrentaría batallas espirituales en los años siguientes.

Escribir una historia de conversión no es fácil ya que tiene un principio y mitad pero no un final verdaderamente. Nuestras historias de conversión en realidad no terminan hasta el día de nuestras muertes, cuando — es de esperar — oigamos, “Buen y fiel sirviente, entra en el gozo de tu amo”. Pasar del desierto del ateísmo a conocer y amar a Dios a través de la Iglesia es una alegría que no se puede expresar en palabras.