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Vademécum de Apologética Católica

La Biblia relata la historia de la Virgen María en ambos, el Nuevo y el Antiguo Testamento. En el Antiguo Testamento leemos acerca de Nuestra Bendita Madre en las profecías y modelos proféticos que Dios ha usado para enseñarnos acerca de ella.

Génesis 3, 15 — Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón”.

En Génesis 3, 15 encontramos la primera profecía que habla de María, la descendencia de la mujer, que herirá mortalmente en la cabeza a la serpiente original. Cuando los sabios hebreos de tiempos antiguos tradujeron este versículo al lenguaje griego, usaron la palabra gunai (mujer, dama). Ella es la que va a traer el castigo divino sobre el padre de la “raza de víboras” (Mateo 12, 34) a quien Jesús se refirió cuando dijo “sois hijos de vuestro padre, el diablo” (Juan 8, 44). En este pequeño verso del Génesis encontramos la primera huella de las promesas del Evangelio. La simiente de la mujer es también la simiente de Abraham, el padre de todos los que tienen fe. Esa simiente es Cristo, quien viene al mundo a través de María. Esto nos lo explica San Pablo en Gálatas 3, 16: ” Pues bien, las promesas fueron dirigidas a Abraham y a su descendencia. No dice: ‘y a los descendientes’, como si fueran muchos, sino a uno solo, ‘a tu descendencia’, es decir, a Cristo.”

La enemistad entre la simiente de la mujer y la simiente o progenie de la serpiente original continúa hasta el tiempo del fin, tal cual se muestra en la visión del Apocalipsis de San Juan (Apocalipsis 11, 19 y 12, 6).

Isaías 7, 14 — Por eso el Señor mismo os dará un signo. Mirad, la doncella quedará encinta y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel.

Dios reitera que El va a enviar a un Mesías y revela aquí por primera vez que el Mesías va a ser el hijo de una joven doncella: “la doncella quedará encinta y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel.” La palabra usada aquí para virgen es almah (una doncella o jovencita). El nombre Emanuel significa “Dios con nosotros”. Isaías nos revela algo más sobre esta virgen:

Isaías 11, 1-5 — Saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces. Sobre él reposará el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor – y lo inspirará el temor del Señor. Él no juzgará según las apariencias ni decidirá por lo que oiga decir: juzgará con justicia a los débiles y decidirá con rectitud para los pobres del país; herirá al violento con la vara de su boca y con el soplo de sus labios hará morir al malvado. La justicia ceñirá su cintura y la fidelidad ceñirá sus caderas.

Esta profecía nos confirma indirectamente que la virgen que dará a luz al Mesías será de la tribu de Judá y de la familia de David. El Jesé que se menciona aquí, es el padre del rey David, que es de la tribu de Judá. Al principio de la historia de Israel, Jacob ya había profetizado que el Mesías vendría de la tribu de Judá (Génesis 49, 10). Aquí Isaías comienza a revelar el papel de la Madre del Mesías. Finalmente, en el Nuevo Testamento se hace la conexión en el Evangelio de San Mateo:

Mateo 1, 18-25 — Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el profeta: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel”, que traducido significa: “Dios con nosotros”. Al despertar, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.

Un contemporáneo de Isaías también menciona a la Madre del Mesías:

Miqueas 5, 1-2 — Y tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel: sus orígenes se remontan al pasado, a un tiempo inmemorial.

También el profeta Jeremías parece aludir a la Madre del Mesías en este misterioso verso:

Jeremías 31, 22 — ¿Hasta cuándo andarás por la senda errada, hija rebelde? Pues el Señor ha creado una cosa nueva en la tierra: La mujer rondará al varón con devoción.

Aquí la “hija rebelde” es la nación de Israel. La frase parece sugerir que Dios está por hacer algo para curar las constantes rebeliones de su pueblo. San Jerónimo explica este versículo como un modelo profético del nacimiento virginal de Cristo. La “cosa nueva” que Dios crea es María de Nazaret quien tendrá la misión de concebir un hombre completo y perfecto, sin mancha del pecado original.

En la Biblia hay otros tipos proféticos de María, como por ejemplo: Sara, Hanna, Débora, Jael, Judit y Ester, entre otras.

Sara, mujer de una nueva alianza

Sara es la esposa de Abraham, la madre de Isaac y la abuela de Jacob, quien llegó a ser el padre de las doce tribus de Israel. Hay muchos paralelos entre Sara y María de Nazaret. Como María, ella mora en Egipto con su esposo por un tiempo (Génesis 12, 10-20). Nunca tuvo hijos (Génesis 16, 1) hasta que su milagrosa gravidez fue anunciada por un mensajero celestial (Génesis 18, 10). Además, Sara le hace al ángel una pregunta muy similar a la que hizo María.

María le pregunta al ángel:

Lucas 1, 34 — […] “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”

Mientras que Sara dice:

Génesis 18, 12 — […] ‘¿Tendré un hijo a esta edad avanzada y siendo viejo mi esposo?’

Aunque estén separadas por miles de años, tanto Sara como María viven en tiempos importantes de la historia. En ambos tiempos Dios establece una nueva alianza con su pueblo.

Génesis 17, 2 — Yo haré una alianza contigo, y te daré una descendencia muy numerosa.

Lucas 1, 30-33 — Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”.

Hanna, madre de Samuel, ejemplo de fe

En tiempos antiguos los hijos eran el tesoro más preciado de una familia. Tener muchos hijos era considerado como una bendición de Dios. Cuando una mujer no podía tener hijos, tenía que sufrir el oprobio social de ser yerma. En muchos casos el marido tomaba una segunda esposa, lo cual hacía muy difícil la vida de la primer consorte. Este era el caso de Hanna, la esposa de un hombre llamado Elcana. Esta fiel mujer era estéril pero eso no la detuvo de orar con fervor a Dios para que le diera hijos.

Cierto año, al tiempo de celebrar un gran festival religioso en Siló, Hanna se acercó al Tabernáculo y oró ardientemente a Dios para que le diera un hijo. Oraba silenciosamente y el sacerdote Elí la observaba a cierta distancia. Elí notó que Hanna estaba muy perturbada y se convulsionaba llorando al rezar. El sacerdote concluyó – equivocadamente – que la mujer había bebido demasiado vino durante la celebración y la reprendió por estar ebria en la casa de Dios.

En este punto recordemos que María, junto con otros cristianos, también fue acusada de haber bebido demasiado después de celebrar el Pentecostés, el día en que la Iglesia niña recibió el Espíritu Santo (ver Hechos 2, 1-13).

1Samuel 1, 12-17 — Mientras ella prolongaba su oración delante del Señor, Elí miraba atentamente su boca. Ana oraba en silencio; sólo se movían sus labios, pero no se oía su voz. Elí pensó que estaba ebria, y le dijo: “¿Hasta cuándo te va a durar la borrachera? ¡Ve a que se te pase el efecto del vino!” Ana respondió: “No, mi señor; yo soy una mujer que sufre mucho. No he bebido vino ni nada que pueda embriagar; sólo me estaba desahogando delante del Señor. No tomes a tu servidora por una mujer cualquiera; si he estado hablando hasta ahora, ha sido por el exceso de mi congoja y mi dolor”. “Vete en paz”, le respondió Elí, “y que el Dios de Israel te conceda lo que tanto le has pedido”.

Después de recibir la bendición de Elí, Hanna creyó fielmente que Dios iba a responder a su oración. Le prometió a Dios que, si le daba un hijo, le consagraría al Señor para servirle de por vida. La respuesta a esa plegaria fue el profeta Samuel, el gran profeta-sacerdote de Israel que nació ese año. Hanna cumplió su promesa y cinco años después llevó a Samuel para que fuera criado por Elí, que era sacerdote de Dios en ese lugar.

Al igual que María, Hanna fue la madre de un gran profeta consagrado al servicio de Dios desde su infancia. (Comparar 1Samuel 1, 24 con Mateo 2, 22-40).

La Canción de Hanna, se encuentra en el segundo capítulo del primer libro de Samuel. Este hermoso poema fue seguramente la inspiración para el Magnificat de María (Lucas 1, 46-55).

1Samuel 2, 1-10 — Entonces Hanna oró, diciendo: “Mi corazón se regocija en el Señor, tengo la frente erguida gracias a mi Dios. Mi boca se ríe de mis enemigos, porque tu salvación me ha llenado de alegría. No hay santo como el Señor, porque no hay nadie fuera de ti, y no hay roca como nuestro Dios. No habléis con tanta arrogancia, que la insolencia no os brote de la boca, porque el Señor es el Dios que lo sabe todo, y es él quien valora las acciones. El arco de los valientes se ha quebrado, y los vacilantes se ciñen de vigor; los satisfechos se contratan por un pedazo de pan, y los hambrientos dejan de fatigarse; la mujer estéril da a luz siete veces, y la madre de muchos hijos se marchita. El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta de él. El Señor da la pobreza y la riqueza, humilla y también enaltece. El levanta del polvo al desvalido y alza al pobre de la miseria, para hacerlos sentar con los príncipes y darles en herencia un trono de gloria; porque del Señor son las columnas de la tierra y sobre ellas afianzó el mundo. El protege los pasos de sus fieles, pero los malvados desaparecerán en las tinieblas, porque el hombre no triunfa por su fuerza. Los rivales del Señor quedan aterrados, el Altísimo truena desde el cielo. El Señor juzga los confines de la tierra; él fortalece a su rey y exalta la frente de su Ungido”.

Débora y Jael, valientes siervas de Dios

Débora es un modelo de sabiduría femenina, que juzgó a Israel desde un lugar entre Ramá y Lapidot (Jueces 4, 4). En un tiempo en que los isaelitas eran oprimidos por los cananeos, Débora reunió a las tribus de Zabulón y Neftalí para combatir contra Sísara, el comandante cananeo. Débora profetizó que el poderoso opresor de los hebreos iba a hallar su fin a manos de una mujer. Este es otro modelo profético de María, quien debe cumplir la profecía de Génesis 3, 15 por medio de aplastar la cabeza de Satanás, la serpiente original. La mujer elegida por Dios para terminar con la vida de Sísara es Jael. Ambas, Débora y Jael son tipos proféticos de María.

Jueces 4, 17-23 — Mientras tanto, Sísara huyó a pie hasta la carpa de Jael, la esposa de Jéber, el quenita, porque Iabín, rey de Jasor, y el clan de Jéber, el quenita, estaban en buenas relaciones. Jael le salió al encuentro y le dijo: “Ven, Señor mío, pasa por aquí. No temas”. El entró en su carpa, y ella lo tapó con una manta. El le dijo: “Por favor, dame un poco de agua, porque tengo sed”. Ella abrió un recipiente donde había leche y le dio a beber. Luego lo volvió a cubrir. El le siguió diciendo: “Quédate a la entrada de la carpa, y si viene alguien y te pregunta: “¿Hay aquí algún hombre?, respóndele que no”. Pero Jael, la esposa de Jéber, sacó una estaca de la carpa, tomó en su mano un martillo y, acercándose a él sigilosamente, le clavó la estaca en la sien, hasta hundirla en la tierra. Sísara estaba profundamente dormido, agotado por el cansancio. Cuando ya estaba muerto, llegó Barac, que venía persiguiendo a Sísara. Jael le salió al encuentro y le dijo: “Ven y te mostraré al hombre que buscas”. El entró junto con ella, y vio a Sísara que yacía muerto, con la estaca clavada en la sien.

Judit libra a Israel de sus enemigos

El libro de Judit nos cuenta como Dios libró al pueblo judío por medio de una mujer valiente y temerosa de Dios. El nombre Judit significa “judía”. Ella es un ejemplo profético de la perfecta confianza en Dios que tuvo María y del amor de María por el pueblo elegido de Dios (Lucas 1, 38-37). Lo mismo que María, ella intecedió delante de Dios por la salvación de su pueblo.

Judit 9, 5-14 — “Tú has hecho el pasado, el presente y el porvenir; Tú decides los acontecimientos presentes y futuros, y sólo se realiza lo que Tú has dispuesto. Las cosas que Tú has ordenado se presentan y exclaman: “¡Aquí estamos!”. Porque Tú preparas todos tus caminos, y tus juicios están previstos de antemano. Mira que los asirios, colmados de poderío, se glorían de sus caballos y sus jinetes, se enorgullecen del vigor de sus soldados, confían en sus escudos y sus lanzas, en sus arcos y sus hondas, y no reconocen que Tú eres el Señor, el que pone fin a las guerras. ¡Tu Nombre es Señor! Quebranta su fuerza con tu poder, aplasta su poderío con tu ira, porque se han propuesto profanar tu Santuario, manchar la Morada donde habita la Gloria de tu Nombre, y derribar tu altar a golpes de hierro. Mira su arrogancia, descarga tu indignación sobre sus cabezas: concédeme, aunque no soy más que una viuda, la fuerza para cumplir mi cometido. Por medio de mis palabras seductoras castiga al esclavo junto con su jefe y al jefe junto con su esclavo. ¡Abate su soberbia por la mano de una mujer! Porque tu fuerza no está en el número ni tu dominio en los fuertes, sino que Tú eres el Dios de los humildes, el defensor de los desvalidos, el apoyo de los débiles, el refugio de los abandonados y el salvador de los desesperados. ¡Sí, Dios de mi padre y Dios de la herencia de Israel, Soberano del cielo y de la tierra, Creador de las aguas y rey de toda la creación: escucha mi plegaria! Que mi palabra seductora se convierta en herida mortal para los que han maquinado un plan siniestro contra tu Alianza y tu Santa Morada, la cumbre de Sión y la Casa que es posesión de tus hijos. ¡Que toda tu nación y cada una de sus tribus reconozcan que Tú eres Dios, el Dios de toda fuerza y de todo poder, y que no hay otro protector fuera de ti para la estirpe de Israel!”

La reina Ester, intercesora del pueblo de Dios

La reina Ester es uno de los más bellos tipos proféticos de Nuestra Bendita Madre. Ella también es un modelo de confianza en Dios y en el poder de la oración y el sacrificio personal. Cuando los enemigos del pueblo de Dios preparan un plan para exterminarlos, ella intercede por su pueblo delante del rey Asuero, arriesgando su vida en el proceso. Esther es una imagen profética de María, la valerosa Reina del Pueblo de Dios.

Ester 8, 4-6 — El rey tendió hacia Ester el cetro de oro. Ella se levantó, permaneció de pie en presencia del rey y dijo: “Si al rey le parece bien y quiere hacerme un favor, si lo juzga conveniente y está contento conmigo, haga revocar por escrito los documentos que Amán, hijo de Hamdatá, el agaguita, concibió y escribió para eliminar a los judíos de todas las provincias del Rey. ¿Cómo podré resistir, al ver la desgracia que se abatirá sobre mi pueblo? ¿Cómo podré ser testigo de la desaparición de mi estirpe?”

El tema de María como la Nueva Eva está prefigurado en esta historia. En la antigua corte de Persia, la reina Vasti es desterrada debido a su desobediencia. Cuatro años más tarde, el rey Asuero elige a Ester por esposa y reina, al hallar que es hermosa e inteligente. Vasti pareciera prefigurar a la primera Eva, así como María es prefigurada en Ester.

Al poco tiempo unos enemigos envidiosos de los judíos complotan para destruir a todos los judíos del imperio. La única persona que puede salvar a los judíos de una destrucción segura es Ester pero ella no puede hablar con el rey Asuero a menos que sea llamada al trono real. Por aquel entonces, cualquiera que apareciera delante del rey sin ser llamado era castigado con la muerte.

Pero Ester está decidida a salvar a su pueblo. Para lograrlo, ella y sus doncellas, junto con todos los judíos de Persia ayunan y rezan por tres días. Al final de esos tres días, Ester entra en la corte del rey sin ser invitada, para pedir por la vida de su pueblo. Esto nos recuerda claramente el papel de María como intercesora del pueblo de Dios, que ruega a Dios y ofrece su dolores como sacrificio de la misma manera en que Ester oró y ayunó por el bien de su pueblo.

Al final de la historia, por intercesión de la reina Ester, los judíos son salvados de sus enemigos a quienes derrotan completamente. Por eso es que el pueblo judío celebra la Fiesta de las Suertes, o Purim. En su origen, el ayuno de Ester y la nación judía se observaba en los días 14, 15 y 16 del Mes de Nisán, en lo que correspondería hoy a los tres días de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. En esto observamos un paralelo: así como Ester y los judíos derrotaron a sus enemigos en la antigua Persia, así Jesús derrotó a sus enemigos en el Calvario el 14 de Nisan, el día de su Pasión, en el Primer Viernes Santo.

Ester se nos presenta en la Biblia como una mujer de fe profunda, valiente, que ama a su pueblo y está dispuesta a arriesgar su vida por aquellos a quienes ama. Ella fue un instrumento de salvación dado por Dios para proteger a su pueblo. También María es instrumento de salvación por Dios. A través de ella recibimos a Jesús. Como Ester, ella es una intercesora permanente ante el trono de Dios, para el bien de sus hijos amados.

 

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