la-paradoja-de-hua-shih

Carlos Caso-Rosendi

«Porque ¿de qué aprovecha al hombre, si granjeare el mundo entero, y perdiere su alma?» Jesús, en el Evangelio Según San Mateo.

En dias ya olvidados alguien me contó o quizás leí descuidadamente la historia que cuento aquí.

Una tarde de mayo el maestro Hua-Shih enseñaba a uno de sus pupilos el arte de la caligrafía. El verano no había llegado todavía y la tarde quieta invitaba a la reflexión.

Hua-Shih le pidió al discípulo que pintara el signo del hombre sobre una hoja de papel de arroz.

El alumno destapó el tintero y tomó el pincel entre sus dedos. Con respetuosa concentración comenzó a dibujar los trazos hasta que el símbolo estuvo completo.

Sin siquiera elevar la mirada esperó el dictamen de su maestro.

Hua-Shih, parado detrás del muchacho aprobó silenciosamente el delicado trabajo.

«Lo has hecho bien. Ahora por favor toma el tintero, el papel y el pincel y sígueme».

El maestro caminó hasta alcanzar el sendero que llevaba a la costa. Al pasar los campesinos se detenían haciendo una reverencia. Un pescador muy respetuoso que venía del mar, dejó su carga en el piso para hacer el saludo ritual. Hua-Shih lo miró con benevolencia pero no se detuvo.

Al llegar a la orilla del mar el tutor y su pupilo se detuvieron unos segundos. Ahora soplaba una suave brisa cálida. El día era excepcionalmente bello considerando que era la época de las lluvias. En el horizonte se podían distinguir algunas nubes, el aire limpio estaba singularmente húmedo porque la brisa venía del lado del mar.

«Vacía tu tintero en el agua». Dijo Hua-Shih

El muchacho obedientemente lo hizo así.

Hua-Shih se sentó lo mejor que pudo sobre una roca e invitó a su discípulo a hacer lo mismo.

El muchacho se sentó en la arena que estaba levemente húmeda y se preparó para escuchar.

«Escribe otra vez el signo del hombre». Dijo Hua-Shih muy serio.

«Excelente Maestro, ya no tengo tinta». Contestó el niño mirando los pies de su mentor.

«¡Oh sí! ¡Tenemos tinta! ¿No acabamos de guardarla en el mar?» Le preguntó Hua-Shih arqueando las cejas inquisitivamente mientras su cabeza se inclinaba levemente hacia adelante.

El niño reconoció el gesto. Estaba por aprender algo importante.

«Mi maestro, mi luz». Dijo el niño humildemente.»¿Cómo puedo usar la tinta si se ha diluído en el mar?»

«Dices bien. La tinta está en el mar pero ya no es útil ¿Verdad?»

«Era útil cuando estaba en el tintero». Observó el muchacho.

«Es verdad. Cuando la tinta estaba contenida entre las paredes del tintero te sirvió para escribir el signo del hombre. Pero ahora, aunque sepamos donde está, no la podemos recuperar y el signo del hombre quedará sin escribir». El maestro usó el tono triste de los que hablan de algo irrecuperable y agregó: «¿Qué has aprendido?»

El muchacho reflexionó un segundo y dijo: «Que las paredes del tintero hacen que la tinta sea útil».

«Bien has dicho Li-Ch’ung . Como las paredes del tintero hacen a la tinta útil, así son las virtudes para el alma del hombre. Olvídate de los límites de la virtud y tu alma se diluirá en la inmensidad del mundo. Respeta los límites que te impone el mundo y llegarás a ser un hombre completo y el mundo te pertenecerá».

Pasaron unos minutos en silencio mirando el mar. La brisa húmeda era ahora un poco más fría, señal de que la lluvia era inminente. Regresaron a la casa por un sendero diferente.

Ya en la casa, el maestro le entregó al discípulo un tintero nuevo.

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