el-secreto-de-chesterton

Andrea Monda

En la primera página de la biografía de Santo Tomás, Chesterton señala que mientras «es posible trazar un perfil de San Francisco, sólo puede hacerse un plano de Santo Tomás, como el plano de una ciudad laberíntica». Pienso que también de Chesterton, parecido por el físico además de la mente a Santo Tomás, sólo puede hacerse un plano, un gran mapa geográfico. Trazaré por tanto un pequeño perfil, lo cual para este escritor es ciertamente reductivo. De hecho, George Bernard Shaw indicó que «Chesterton es nuestro Quinbus Flestrin, el Hombre-Montaña, un querubín gigantesco y redondo, que además de ser indignamente grande de cuerpo y mente, cuando lo miramos parece ampliarse ante nuestra vista en todas las direcciones». Hay algo de verdad en esta afirmación de Bernard Shaw; más bien hay una verdad, aquella vinculada con la «monstruosidad» de Chesterton. Este gigante en lo físico fue en realidad pintor, poeta, volcánico periodista, filósofo, dramaturgo, agudo crítico literario, ensayista, novelista, autor de obras policiales, humorista, apologista… y sé que he olvidado algo. Su magnitud artística es de carácter inconmensurable (y de hecho jamás fue medida y valorada debidamente por la crítica). Acercarse a este ser proteiforme no es cosa fácil e inspira además cierto temor… Personalmente, frente a él me he sentido a menudo inadecuado, desorientado, como extraviado en un laberinto en el cual carecía de la clave de lectura.

Shaw fue acertado al definirlo como un monstruo en permanente evolución (si bien es preciso agregar que todas las evoluciones y recorridos de Chesterton lo conducían nuevamente al punto de partida, a su residencia de origen, que era en suma ese catolicismo que descubrió finalmente en 1922 cuando ya había cumplido 48 años de edad). él habría definido el golpe de su amigo-enemigo irlandés como un pecado de herejía, ese pecado consistente en fijar y aislar una sola verdad, omitiendo y anulando las otras. No es casual el hecho de que Shaw forme parte del gran número de hombres ilustres incluidos en 1905 por Chesterton en su famoso ensayo Herejes, es decir, personas como Kipling, «cuya visión de las cosas tiene la audacia de ser diferente de la mía», personas precisamente como Shaw, que «tomo en cuenta como un hereje, es decir, como un hombre cuya filosofía es sumamente sólida, sumamente coherente y sumamente infundada».

Durante casi cuarenta años, GKC y GBS (como llamaban a Chesterton y Shaw) se enfrentaron y combatieron mutuamente, abordando prácticamente todo el saber humano; desde el sufragio universal hasta el teatro, desde la política hasta la filosofía, desde la moda femenina hasta el aborto y la eugenesia…

Una de las teorías de GBS que GKC no podía aceptar fue la del Superhombre. Escribe también en Herejes:

«El señor Shaw no logra comprender que para nosotros aquello que es precioso y digno de amor es el hombre, el viejo bebedor de cerveza, creador de formas de fe, combativo, falaz y respetable. Y las cosas basadas en esta criatura permanecen a perpetuidad; las cosas basadas en la fantasía del Superhombre han muerto con las civilizaciones moribundas que las generaron. Cuando Cristo, en un momento simbólico, estableció Su gran sociedad, El no eligió para piedra angular al brillante Pablo ni al místico Juan sino más bien a un vulgar, un elitista, un cobarde; en una palabra, a un hombre. Y sobre ésa roca El fundó Su Iglesia, y las puertas del Infierno no han prevalecido contra ella. Todos los imperios y reinos han fallado, debido a su inherente y continua debilidad, que han sido fundados por hombres fuertes y se apoyan en hombres fuertes. Pero esta sola cosa, la Iglesia, fue fundada sobre un hombre frágil y por esa razón es indestructible. Y es que ninguna cadena es más fuerte que su eslabón más débil».

Esta es una de las páginas más hermosas de uno de sus libros más famosos, pero en mi opinión también menos logrados. Herejes es un libro realmente áspero de leer, confuso, complicado, un verdadero laberinto dentro del cual, sin embargo, por todas partes asoman joyas, piedras preciosas, como, por ejemplo, esta súbita pincelada, esta empinada lírica en la cual la fe, que de hecho ya animaba al joven londinense que 17 años después adoptará el catolicismo, no sólo no hace pesado el texto, sino que lo aliviana, le permite volar, emocionar, conmovernos. Por otra parte, no debemos olvidar que el «monstruoso» escritor inglés fue también un hábil pintor en su juventud. Lo observa Borges, su sorprendente y gran admirador:

«En sus escritos quedan huellas pictóricas marcadas. Sus personajes acostumbran entrar a escena como actores y sus paisajes vivamente esbozados se fijan en la memoria. GKC vivió unos años impregnados de melancolía a los cuales se refiere con la definición fin de siècle. De este tedio imposible de eliminar lo salvan Whitman y Stevenson. Con todo, algo permaneció adherido a él, perceptible en su gusto por lo horrendo. El hombre que fue Jueves, su novela más famosa, tiene el subtítulo «Un íncubo». Podría haber sido Poe o tal vez un Kafka; pero el prefirió –y le estamos agradecidos por su opción — ser Chesterton y optó valerosamente por la felicidad o simuló haberla encontrado. Pasó de la fe anglicana a la católica, basada, según él, en el buen sentido. Infirió que lo extraño de dicha fe está en armonía con lo extraño del universo, así como la peculiar forma de una llave se adapta perfectamente a la forma especial de una cerradura. En Inglaterra, el catolicismo de Chesterton perjudicó su fama, ya que la gente insiste en reducirlo a mero propagandista católico. Lo fue innegablemente, pero también fue un hombre de genio, un gran prosista y un gran poeta. La literatura es una de las formas de la felicidad; tal vez ningún escritor me ha dado tantas horas felices como Chesterton».

He reproducido enteramente la larga cita de Borges, no sólo porque la suscribo en su totalidad, sino también porque alude en forma central a uno de los puntos esenciales de este breve perfil.

El título de este trabajo surge de la última página de Ortodoxia, tal vez su obra maestra, en la cual está escrito que «la alegría es el gigantesco secreto del cristiano». A la luz de las observaciones de Borges, invirtiendo los términos del planteamiento — mediante un procedimiento por paradojas típico de GKC — me atrevería a proponer que su gigantesco secreto tal vez fue, en cambio, el sufrimiento, el dolor, la nostalgia. En este sentido, GKC es un monstruo al menos de dos caras.

Confirman mi intuición las espléndidas páginas de Emilio Cecchi en su famoso ensayo Pesci Rossi, en el cual relata una visita a Chesterton en su pequeña casa de Beaconsfield.

«Podríamos compararlo con un Padre de la Iglesia, obligado por la necesidad de los tiempos y el ministerio a predicar en estilo burlesco a las muchedumbres de escépticos y sibaritas. Oponiéndose a las degeneraciones anárquicas y materialistas del Romanticismo tardío, se erigió en campeón de la Familia, el Orden, los Ritos, el Sentido Común… Visto por delante, Chesterton tiene la figura de un obispo; pero al girar el obispo y verse por detrás, tiene la figura de un payaso… Tal vez fui pensando sobre todo en el payaso (dicho esto con el respeto que tengo por él), y encontré sobre todo al obispo. Fui con el gusto por la extraña alegría lírica de la cual descubrió el secreto. Y al salir de su casa llevaba conmigo más que nada el sentido de su profunda gravedad moral y su dolor. Lo creía más joven, franco y seguro. Lo encontraba más experimentado y cansado, más complejo, más conmovido y más fuerte. … Esperaba encontrarlo tranquilo junto a la mole del trabajo terminado. Y estaba alegre a causa de brillantes certezas, pero también lleno de problemas y dificultades, totalmente atrapado, poseído, sumido con su vasta estatura moral en la actual dificultad del mundo…».

Esta intuición también es confirmada por el ensayo de Averincev. Aun cuando dice no estar de acuerdo con Borges, parte del mismo punto de vista para reflexionar sobre el «lado oscuro» de GKC.

El filólogo ruso se detiene en la biografía del escritor y destaca el pesar, la presencia del sufrimiento y el dolor. GKC era un hombre enfermo, afirma Avernicev. El inconfundible gran volumen físico era señal de mala salud, una mala salud que lo llevó a la muerte a los 62 años, en junio de 1936. Por otra parte, la falta de hijos y la pérdida de su amado hermano Cecil en la guerra contribuyeron ciertamente a perturbar profundamente al pueril Gilbert. Ante todo esto, GKC «optó por la felicidad». Esta felicidad surgió de la fe y fue fruto y expresión de su libre albedrío. Tuvo una clara determinación, que vivió en forma natural y sencilla, y ninguna de las personas que vivieron junto a este niño grande percibió jamás el sufrimiento que envolvía su existencia.

En este sentido, no me sorprende que se hable de una beatificación de Chesterton. Eligiendo y adoptando la alegría cristiana, GKC salió del laberinto de su vida. Brota en mi mente una imagen del escritor alemán Michael Ende: «Un hombre está encerrado dentro de un laberinto. Para ser feliz, debe salir. Para salir, debe ser feliz».

Así, GKC conoció la horrenda sensación del laberinto. Pensemos en los cuentos del Padre Brown, tal vez la obra que más celebridad ha otorgado al escritor inglés. Como explica en su Autobiografía, el Padre Brown es un personaje inspirado por la figura de su amigo el Padre O»Connor, y la idea de estos cuentos policiales surge de la reflexión del hecho de que ningún hombre está más en contacto y en conocimiento de todo el mal del mundo que un sacerdote.

Por consiguiente, GKC tenía muy presente todo el horror del laberinto, de la insensatez de la vida; pero sustituyó esta imagen por otra, tan estimada por él y por todo hombre común: la imagen de la casa. El tema del regreso a casa es tal vez El Tema de GKC, que al convertirse al catolicismo tuvo la sensación de entrar nuevamente a algo familiar, algo que había perdido en la infancia. En un ensayo muy breve sobre Tomás Moro, GKC afirma que el santo inglés fue «un campeón de la libertad en su vida pública y más aún en su muerte pública. En su vida privada, encarna esa verdad que no se percibe hoy en día: la verdad según la cual el lugar de la libertad es la casa… si los individuos esperan tener la tutela de su propia libertad, deben defender su vida familiar».

En este sentido, su novela más significativa y autobiográfica es ciertamente Manalive, en la cual Innocenzo Smith da la vuelta al mundo para descubrir… Inglaterra, entra a escondidas y roba… en su casa (igual a Beaconsfield), se casa luego… con su esposa (de cabellos rojos). En un momento dado el protagonista dice:

«Entiendo que Dios me ordenó amar un determinado lugar y estar al servicio del mismo, me hizo honrarlo como pudiera, también con mis excentricidades… Entiendo que el Paraíso está en cierto lugar y no en todas partes; es algo determinado y no cualquier cosa. Y en resumidas cuentas no me sorprendería demasiado si hubiera realmente un farol verde frente a mi casa arriba en el cielo».

Esta es la quintaesencia de la poética chestertoniana. Pocos días después de su fallecimiento, Mircea Eliade lo recordaba así:

«La literatura inglesa ha perdido al ensayista contemporáneo más importante, y el mundo cristiano a uno de sus más preciosos apologistas. Inglaterra está más triste y confusa después del desaparecimiento de G.K. Chesterton. Las herejías modernas podrán defenderse libremente. No estará presente ahora la pluma punzante de G.K.C. esperándolas. No encontrarán nuevamente al adversario insuperable en la controversia, con su sana inteligencia y su optimismo apaciguador. Lo han llamado The Laughing Philosopher, el filósofo que ríe. Ríe porque ha huido del sello de la estupidez pretenciosa, porque ha desenmascarado la enorme insensatez y la falta de sinceridad ocultas detrás de las herejías y las filosofías populares; pero al mismo tiempo ríe porque la vida es una novela sentimental, porque el milagro ocurre permanentemente en torno a nosotros, porque la salvación es real… Innocenzo Smith nos hace ver muy bien que hemos perdido el sentido de lo maravilloso precisamente porque lo buscamos en vez de ver que está en medio de nosotros. Buscamos lo milagroso y lo romántico, como buscamos la felicidad, el amor perfecto y la sabiduría, sin percatarnos de que están alrededor nuestro, esperando que los veamos».

La vida es más novelesca que cualquier novela porque está constituida de milagro y misterio.

«… En las primeras poesías -señala Averincev-, tan inmaduras que no sólo Auden, sino hasta el chestertoniano más apasionado podría elogiarlas por su calidad literaria, resuena un motivo que estará presente en todos los versos y en la prosa de este autor. Un niño que aún no ha nacido reflexiona sobre el hecho de que lo dejaran entrar al mundo, aun cuando sólo fuera por un día, permitiéndole así participar en el juego y la batalla de la vida, lo cual para él constituiría una felicidad y un honor tan inmerecidos que jamás soñaría con quejarse, por muchas dificultades que hubiera, ni con enfadarse, por muchas ofensas que recibiera… No se trata de optimismo y de ningún modo Chesterton llamaría así a su fe. El optimista considera que todo se da para que ocurra lo mejor y vencerá en la batalla; Chesterton estructura los acentos de distinta forma: la existencia no es un bien que depende de que las cosas se den para que ocurra lo mejor, sino del hecho mismo de estar en contraposición con el no ser, e independientemente de cómo se resuelva la batalla, debemos aceptar con gratitud precisamente su riesgo, su carácter indeterminado, aleatorio e imprevisible. Con esto, como ya se ha dicho, está vinculada la libertad de elección de la persona. Al hombre se le da una oportunidad… ¿Qué más puede pretender? La aceptación que reconoce el riesgo transforma los objetos más comunes y habituales en espléndidas piedras preciosas, como en la perspectiva del niño que no ha nacido y sueña con el milagro del nacimiento…»

Chesterton child (como lo llamaba el Padre O’Connor) no tiene la inocencia de los niños (si ellos realmente la tienen); pero observa como un niño el mundo, para él rico en maravillas, milagros y misterio. En una frase formidable, que a Borges le encantaba recordar, GKC afirma: «Todo pasará, sólo quedará el asombro y sobre todo el asombro ante las cosas cotidianas». Estamos en lo esencial de la poética de GKC. Para él, el mundo no se acabará porque terminen las maravillas, sino el maravillarse, la capacidad de asombrarse.

Para terminar este breve retrato, no puedo dejar de citar rápidamente otras pequeñas piedras preciosas, engastadas en la corona de varios colores de este rey del buen sentido y el buen humor. Afirma en su Autobiografía: «éste fue mi primer problema: inducir a los hombres a comprender la maravilla y el esplendor de los seres vivos». Escribe en El hombre que fue Jueves: «Reservad para vosotros a vuestro Byron que conmemora las derrotas de los hombres. Yo derramaré lágrimas de orgullo leyendo el horario de los ferrocarriles».

En Ortodoxia es más difícil elegir. Quiero recordar únicamente cuatro citas:

«La medida de toda felicidad es el reconocimiento. Todas mis convicciones están representadas por una adivinanza que me impresionó desde niño. Dice el acertijo: ¿Qué dijo la primera rana? La respuesta es la siguiente: «Señor, qué bien me haces saltar». Contiene en síntesis todo lo que estoy diciendo. Dios hace saltar a la rana y la rana está contenta de brincar».

 

«Con frecuencia he preferido llamarme optimista para evitar la demasiado evidente blasfemia del pesimismo; pero todo el optimismo de la época ha sido falso y desalentador, por este motivo: que siempre ha procurado demostrar que estamos hechos para el mundo. El optimismo cristiano, en cambio, se basa en el hecho de que no estamos hechos para el mundo».

 

«Las cosas en las cuales siempre he creído más son los cuentos de hadas, que me parecen cosas totalmente razonables. El país de las hadas no es sino el asoleado país del sentido común. Tenemos la lección de la Cenicienta, que por lo demás es la misma del Magnificat: exaltavit humiles. Tenemos la famosa lección de la Bella y la Bestia: una cosa debe ser amada antes de ser amable…».

 

«Hay quienes han adquirido el hábito estúpido de hablar de la ortodoxia como algo pesado, monótono y seguro. Sin embargo, nada existe tan peligroso y estimulante como la ortodoxia: la ortodoxia es la sabiduría y ser sabios es más dramático que ser locos. La Iglesia nunca eligió los caminos trillados ni aceptó los lugares comunes, nunca fue respetable. Es fácil ser locos; es fácil ser herejes; es siempre fácil dejar que una época se ponga a la cabeza de algo, lo difícil es conservar la propia cabeza…».

En su espléndido ensayo The Everlasting Man, un libro de historia universal sin ni siquiera una fecha (para alegría de J. L. Borges), GKC, acusado de antisemitismo durante su vida, habla así de los hebreos:

«Si aún nos queda algo de esa sencillez original, si poetas y filósofos pueden en cierto sentido pronunciar una plegaria universal, si vivimos bajo un cielo grande y sereno que paternalmente se extiende sobre todos los pueblos de la tierra, si filosofía y filantropía son lugares comunes para todos los hombres razonables con una religión, todo eso se lo debemos más que nada a un pueblo nómada, inquieto y secreto, que confirió a los hombres la suprema y serena bendición de un dios celoso… ellos tuvieron una de las piedras angulares del mundo: el Libro de Job, el cual victoriosamente se yergue frente a la Ilíada y las tragedias griegas: aún más que ellas, fue el punto de encuentro y ruptura de la poesía y la filosofía en la mañana del mundo». Y pasando al Nuevo Testamento, reflexiona sobre el gigantesco secreto del cristiano: la alegría. «Pero otra cualidad se revela en todas sus enseñanzas, que me parece por lo demás olvidada en la literatura moderna sobre dichas enseñanzas, y es la idea persistente de que en realidad él nada vino a enseñar. Si un episodio me impresiona personalmente como algo sumamente y gloriosamente humano, es el episodio del vino en la fiesta nupcial».

Con estas palabras, GKC, hablando de la humanidad, traza como un autorretrato suyo:

«La verdad más simple sobre el hombre es el hecho de ser realmente extraño: extraño casi en el sentido de ser extranjero en esta tierra… solo, entre todos los animales, es sacudido por la benéfica locura de la risa, como si hubiese cogido algún secreto de una forma más verdadera del universo y quisiera ocultarlo al universo mismo».

GKC descubrió el secreto del universo y esto lo hizo feliz, tan feliz -observaba Kafka- que podría pensarse que encontró a Dios. Y el lugar donde lo encontró es ciertamente la Iglesia Católica. Cuando murió, en junio de 1936, Pío XI, que el año anterior había canonizado a Tomás Moro, lo definió en un telegrama como Defensor Fidei, desenterrando un antiguo título, otorgado cuatro siglos atrás por León X a Enrique VIII. Y antes de encontrarlo en la Iglesia, GKC encontró a Dios en la figura de Jesucristo y en la alegría que él trajo consigo para dar al mundo. Así termina su obra maestra Ortodoxia:

«La alegría, que fue pequeña manifestación en el pagano, es el gigantesco secreto del cristiano… El pathos (de Jesús) fue natural, casi casual. Los estoicos antiguos y modernos ocultaron sus lágrimas por orgullo. él nunca escondió Sus lágrimas. él las mostró claramente en Su rostro abierto a todo espectáculo cotidiano, como ocurrió cuando él vio desde lejos Su ciudad natal. Pero él escondió algo. Los solemnes superhombres, los diplomáticos imperiales están orgullosos de contener su ira. él nunca contiene su ira. él derribó los bancos de mercancías en los escalones del Templo y preguntó a los hombres cómo esperaban librarse de la condena al infierno. Con todo, él contuvo algo. Lo digo con reverencia: en esta personalidad desbordante había un aspecto que se podría llamar reservado. Algo había que ocultó a todos los hombres cuando fue a orar en la montaña, algo que cubrió permanentemente con un brusco silencio o un impetuoso aislamiento. Era algo demasiado grande para que Dios lo mostrara a nosotros cuando él caminaba sobre la tierra; y a veces he imaginado que era Su alegría».

Teólogo vestido de payaso, el alegre GKC, que no por azar eligió escribir la biografía de Dickens y Stevenson, también escribió (como decíamos) las de Santo Tomás y San Francisco: el orden y la locura; si del primero tenía el gran tamaño físico y la mente racional, del segundo tenía el corazón de niño y el loco amor por el asombro ante lo creado. GKC osó, en este mundo, amar a Cristo y la Iglesia con el mismo amor, osó hablar de cosas antiguas como la Ortodoxia y la Herejía. Tal vez fue una voz fuera del coro en un siglo aparentemente oscuro como es el siglo XX; pero quizás ésta es sólo una apariencia, una ilusión óptica. Liana Millu, que se salvó de Auschwitz, ha dicho que en los años de la guerra «hombres y mujeres pudieron mostrar lo mejor y lo peor de sí mismos». En su poema The Ballad of the White Horse, Chesterton emplea la hermosa expresión «caminar en la oscuridad con el corazón contento». Esto debe hacer el cristiano, esto hizo GKC.

Me viene a la mente cómo pocos años después del fin de la aventura terrenal de GKC, escribía el teólogo Dietrich Bonhoeffer desde la cárcel nazista donde estaba recluido esperando el martirio: «¿Quién en nuestros tiempos todavía puede cultivar sin preocupaciones la música y la amistad, tocar y estar alegre? Seguramente no el hombre «ético», sino únicamente el cristiano». La benéfica, pero no tranquilizadora (espero) carcajada del gigantesco GKC ha sacudido al mundo porque tocó la base única, verdadera y terrible, de la herejía: la de la tristeza y la desesperación.

 

 

Anuncio publicitario