la-humilde-amiga-de-los-pobres

Sandra Miesel

Aunque fue ignorada por muchos durante su vida, Jeanne Jugan – ahora Santa Marie de la Croix – Fundó una orden que hoy cuida de miles de pobres y enfermos alrededor del mundo.

Se supone que los santos deben ser humildes. Pocos han sido tan tranquilamente humildes como Jeanne Jugan, fundadora de las Hermanitas de los Pobres, quien fue canonizada por Benedicto XVI el 11 de octubre como St. Marie de la Croix. Por medio de la humildad ella logró lo que T. S. Eliot llamó «Una condición de completa simplicidad  (que cuesta nada menos que todo.)» Esa simplicidad continúa viviendo hoy en las hijas religiosas de Jeanne que sirven a los ancianos pobres alrededor del mundo.

Jeanne fue la hija de un pobre pescador, nacida en Cancale en la Bretaña francesa el 25 de Octubre de 1792 durante la Revolución Francesa. El sacerdote de su parroquia, quien había enfrentado al régimen revolucionario, dejó la villa a pocos años después. Las mujeres mantuvieron la fe viva por medio de la instrucción privada. Desafiantes, mantuvieron sus peregrinajes para rezar por la seguridad sus hombres de mar. Cuando Napoleón hizo la paz con la Iglesia en 1802, volvieron las misas y Jeanne pudo recibir los sacramentos.

El padre de Jeanne se ahogó cuando ella tenía solamente cuatro años. Su madre tuvo que trabajar duramente para mantener vivos a sus cuatro hijos. Las mujeres bretonas eran famosas entonces por su austeridad y en esos tiempos se ayudaban mutuamente. Jeanne hizo su parte vigilando el ganado, trabajando en la rueca y tejiendo. A la edad de 15 años fue a trabajar como sirvienta de cocina en una hacienda. La buena matrona la llevaba con ella cuando iba a distribuir comida a los pobres. Este aprendizaje en el arte de dar discretamente iba a resultarle muy valioso en los años por venir.

En 1816, Jeanne asistió a un enorme evento misionero en su parroquia, parte de una campaña nacional de re-evangelización que comenzó después de la Revolución. Durante el programa sintió la llamada divina que aún tardaría en manifestarse plenamente. «Dios me llama,» le dijo a su familia. «Me tiene reservada para un trabajo hasta ahora desconocido.» Jeanne rechazó a un pretendiente que la esperaba pacientemente y eligió consagrar su virginidad. Al año siguiente partió para trabajar en un hospital en la población vecina de Saint-Servran.

La Revolución y las guerras de Napoleón habían desgastado a Francia. Aparte del desorden social y las bajas militares, el desempleo y el hambre empujaban hordas de mendigos hambrientos a través de los campos. Las antiguas medidas de ayuda a los pobres–religiosas, cívicas y privadas–fueron sobrepasadas por la emergencia. En Saint-Servan, cuatro de cada diez personas quedaron desamparadas, el gobierno de la ciudad trató de limitar las limosnas a los mendigos locales que estuvieran registrados. La limitada institución en la que Jeanne trabajó por los seis años siguientes era un refugio de desahuciados y no un lugar donde mejorarse. Aunque allí aprendió los rudimentos de enfermería, su propia salud se quebró por el constante agotamiento.

Afortunadamente, una vieja amiga tomó a Jeanne como sierva de compañía, lo cual le permitió descansar dándole tiempo de recuperar sus fuerzas. Ambas mujeres pertenecían a la Sociedad del Corazón de la Madre Admirable, una orden laica fundada por San Juan Eudes, el gran misionero francés del siglo XVII. Jeanne y su amiga mantenían una rutina regular de oración y daban el catecismo a los niños de la parroquia. Cuando su amiga murió, Jeanne encontró una persona para compartir su casa y se ganaba la vida como sirvienta, lavandera y cuidando enfermos.

En 1839, 25 años después de su llamada inicial, Jeanne encontró su vocación cuando cedió su propia cama a una pobre anciana ciega sin hogar. Pronto llegaron un segundo anciano y un joven huérfano. Jeanne dejó sus trabajos para ayudarles por medio de mendigar. Sus huéspedes la ayudaban por medio de hilar y tejer cosas que luego vendían. A los dos años se habían mudado a un lugar más grande y cuidaban de doce «buenas mujeres.» Para mejor atender las siempre presentes necesidades, Jeanne y tres jóvenes amigas establecieron una asociación devota laica que llamaron «Servidoras de los Pobres» en 1842. Compraron su primera residencia ese año y atrajeron la favorable atención del obispo local.

Alegre, discreta y persistente, Jeanne tenía un carisma especial para mendigar, a pesar de haber tenido cierta resistencia inicial. «Colectaba por medio de dar gloria a Dios,» recuerda un contemporáneo. Rechazada, abofeteada y hasta empujada escaleras abajo, siempre se las arreglaba para llenar su canasta. Jeanne no solamente ayudaba a los pobres–ella misma adoptó la pobreza–La población entera se sintió impulsada a ayudarla dándole dinero, mercancías y trabajo voluntario a su siempre creciente empresa. Si la necesidad del día era leña para el hogar o mantequilla, las donaciones aparecían según se necesitaban.

Cuando Jeanne y sus compañeras ya se transformaban en una comunidad religiosa, recibieron un valioso aliento de una orden de enfermeros varones, los «Hermanos de San Juan de Dios» y de parte de un sacerdote local el Padre Agustín Le Pailleur. Pero en 1843, al poco tiempo de ser elegida por las hermanas como Superiora por segunda vez el Padre Le Pailleur anuló el procedimiento abruptamente e instaló en el puesto a una mujer más joven de su propia elección. Cuarenta años después, Le Pailleur seguía reclamando para sí el título de fundador de la comunidad, según él, bajo la súbita inspiración del Espíritu Santo.

Jeanne se sometió completamente. Nunca negó la historia contada por el Padre Le Pallieur, ni entonces, ni después. El nombre adoptado por ella al tiempo de tomar sus votos de pobreza, obediencia, castidad y hospitalidad como «Hermanita de los Pobres» al año siguiente fue «Marie de la Croix» (María de la Cruz,» algo que reflejaba a la perfección el testimonio de su vida.

Pero, para el público, Jeanne todavía estaba a cargo. Los dignatarios locales – a instancias del Padre Le Pallieur – llamaron la atención a la Academia de Francia, que le otorgó a «Mademoiselle Jeanne Jugan» un premio de 3.000 francos por sus buenas obras. Hasta los siempre anti-clericales masones le enviaron una medalla de oro que Jeanne hizo fundir para donar un cáliz a la capilla de las hermanas.

«La pequeña obra» floreció. En una década ya habían 15 fundaciones desde Bretaña hasta París y Londres, servidas por más de 300 hermanitas. Jeanne andaba por toda Francia golpeando a las puertas mendigando para Dios y sus amados pobres. Su comunidad, llamada ahora «Las Hermanitas de los Pobres» recibió la aprobación episcopal como congregación religiosa en Mayo 29 de 1852.

Apenas aprobada la obra, el Padre Le Pailleur ordenó a Jeanne que dejara de andar los caminos y se internara en la casa central de por vida. Como Padre Superior General de la Comunidad, quería que Jeanne se mantuviera oculta para poder vanagloriarse él personalmente por el trabajo.

Mientras tanto, Jeanne pasaba sus días viviendo tranquilamente entre las postulantes y novicias en la casa madre de la congregación, La Tour de Saint-Joseph, en la campiña de Rennes, en la Bretaña. Su bondad, alegría y simplicidad, su irrenunciable sentido de «pequeñez delante de Dios» y su gratitud por la gracia de las bendiciones divinas fueron permeando los corazones de sus jóvenes colegas. Jeanne Jugan se disolvió completamente en Sor Marie de la Croix. Fue «injertada en la Cruz.» Solo una vez la consultaron sus superiores y fue acerca del asunto de aceptar donaciones sustanciales. Aceptaron su consejo de confiar exclusivamente en la Divina Providencia. Fue una admisión tácita, silenciosa de que ella era la guardiana del espíritu de la congregación. La regla de pobreza corporativa fue debidamente inscrita en la Regla General que aprobó el Papa León XIII en marzo de 1879.

En sus años finales, Sor Marie de la Croix quedó ciega: «Ahora solo puedo ver a Dios,» dijo. Murió, aparentemente de un ataque cardíaco, el 28 de agosto de 1879. No se hizo anuncio público inmediato de su fallecimiento, quizás para que no afectara la celebración del santo del Padre Le Pallieur, San Agustín.

De todos modos la verdad prevaleció. A pedido de la Madre Superiora de las Hermanitas, hubo una investigación pontificia en 1890 que descubrió la verdad sobre el Padre Le Pailleur, quien fue enviado a su propio exilio en un convento romano. Una vez que Jeanne Jugan fue reconocida como la verdadera fundadora de las Hermanitas de la Caridad, la fama de su santidad comenzó a extenderse más y más. Después de una investigación diocesana en 1935, la causa para su canonización sue formalmente presentada en Roma en 1970. Se la declaró venerable en 1979 y fue beatificada en 1982. La canonización de Jeanne fue autorizada esta primavera luego que un hombre ne Omaha se curara de un cáncer del esófago metastizado, lo que fue declarado milagroso.

Como declaró el Papa Juan Pablo II al tiempo de la beatificación: «¡Dios no pudo glorificar a un servidor más humilde que ella!»

 


Este relato está en su mayor parte inspirado en Jeanne Jugan: Humble So As to Love More del autor Paul Milcent. A la fecha, 2.700 Hermanitas de los Pobres cuidan de 13.000 personas en 202 hogares en 32 países en cinco continentes. Subsisten completamente de limosnas, tal como lo deseaba su santa fundadora. Sandra Miesel es co-autora con Peter Vere del Pied Piper of Atheism (Publ. Ignatius Press, 2007) y co-autora con Carl Olson de The DaVinci Hoax (Publ. Ignatius Press, 2005). The Apostle to the Lepers, su artículo sobre San Damien de Molokai–también canonizado por S.S. Benedicto XVI el 11 de octubre–fue publicado en la edición de octubre del Catholic World Report.

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