autoridad-de-la-iglesia

Vademécum de Apologética Católica

La obligación de obedecer las enseñanzas de la Iglesia es fuertemente resistida por aquellos cristianos que están fuera de la fe católica. La Iglesia está llamada a reflejar la unidad de Dios mismo, Padre, Hijo y Espíritu Santo en la unión perfecta de la Santísima Trinidad. Cristo no creó una denominación cristiana. Las denominaciones son la creación de aquellos que no han querido sujetarse a las normas de la Iglesia que Cristo fundó. La Reforma Protestante comenzó con Lutero, Calvino, Zwinglio y otros católicos que comenzaron a proclamar sus propias interpretaciones personales del Evangelio, rompiendo así una tradición de autoridad que había durado mil seiscientos años desde la fundación de la Iglesia por Cristo. En esta sección analizaremos varios pasajes de las Escrituras que definen la autoridad de la Iglesia.

Lucas 10, 16 — Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza y quien me rechaza a mí, rechaza a Aquel que me ha enviado.

Si leemos el Evangelio de San Lucas comenzando por el capítulo 9, versículo 57 hasta el capítulo 10, versículo 24 encontramos el contexto evangélico de estas palabras de Jesús. Primeramente oímos a Jesús hablar de la vocación apostólica, (Lucas 9, 57-62) luego lo vemos enviar a los setenta discípulos (Lucas 10, 1-11) y finalmente oímos una severa advertencia sobre las consecuencias de no escuchar a sus enviados (Lucas 10, 13-12). El grupo de los setenta puede ser considerado un tipo representativo de la Iglesia enviada al mundo con la misión de declarar el Evangelio. Luego de enviarles a predicar a los habitantes de Judea, Jesús concluye con las palabras registradas en Lucas 10, 16. El contexto revela claramente la intención de Jesús de declarar el Evangelio al mundo entero por medio de la Iglesia. Cristo está determinado a dar a la Iglesia su propio poder y autoridad. El hecho de que él no enviara a todos sus discípulos en esta primera misión sino solamente a unos pocos elegidos, muestra a las claras que hay algunos que son llamados específicamente a una vocación de liderazgo en la comunidad. Estas vocaciones son un regalo de Dios a la Iglesia (Lucas 10, 2). En los años subsiguientes, los apóstoles hicieron uso de esa autoridad recibida de Cristo y ordenaron a otros hombres para servir como pastores del creciente número de fieles en todo el mundo. Ese proceso continúa hasta el día de hoy, fundado en la misma comisión y en la misma autoridad de entonces.

1 Timoteo 3, 15 — Pero si tardo en llegar, para que sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad.

San Pablo llama a la Iglesia – y no a las Escrituras – el fundamento de la verdad.

Nótese también que San Pablo habla de una Iglesia y no de varias iglesias o denominaciones.

Romanos 13, 1-2 — Someteos todos a las autoridades constituídas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios y las que existen, por Dios han sido constituídas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino y los rebeldes atraerán sobre sí mismos la condenación.

Dios ha ordenado que su Iglesia sea jerárquica y no democrática. Observamos también que todas las grandes tradiciones de fe reconocen el valor espiritual del sometimiento del alma a una autoridad superior a la propia.

Hebreos 13, 17 — Obedeced a vuestros dirigentes y someteos a ellos, pues ellos velan sobre vuestras almas como quienes han de dar cuenta de ellas, para que lo hagan con alegría y no lamentándose, cosa que no os traería ventaja alguna.

La jerarquía de la Iglesia está ordenada por Dios. La Biblia nos enseña que estamos obligados a seguir al liderazgo de la Iglesia. Dios podría haber formado a la Iglesia como una institución democrática pero no lo hizo. Dios creó la Iglesia como una institución jerárquica. La Iglesia está dispuesta de tal manera que, aquellos en posiciones de liderazgo, son responsables por las almas de los fieles y tendrán que dar cuenta a Dios por el rebaño confiado a su cuidado.

Mateo 28, 18-20 — Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Id, entonces y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo.

La Iglesia está investida con la autoridad de Jesús y nunca perecerá. Nuestra obligación es seguir a Cristo por medio de enseñar a otros lo que él mismo nos ha enseñado. Cristo permanece con nosotros en persona y en sus enseñanzas. Si nos apartamos de las doctrinas de Cristo y de la Iglesia, lo hacemos por nuestra propia cuenta y riesgo. Nótese que este pasaje de la Escritura muestra que la autoridad y el poder de Jesús es lo que da fuerza a los mandamientos y las enseñanzas de la Iglesia. Cristo nos garantiza que permanecerá con nosotros hasta que la misión sea cumplida. Aquellos que voluntariamente rompen filas para predicar sus propias interpretaciones del Evangelio no forman parte de esta obra divina.

Efesios 3, 10 — […] para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora manifestada a los Principados y a las Potestades en los cielos, mediante la Iglesia.

La sabiduría de Dios se anuncia a la humanidad a través de las edades y aun a los mismos ángeles por medio del testimonio vivo de la Iglesia. En la Iglesia descansa la responsabilidad de representar a Dios delante de toda la creación. El contexto muestra claramente el alcance de dicha misión: revelar los misterios sagrados a los judíos, las naciones gentiles y aun a las multitudes angélicas en los cielos. Las Sagradas Escrituras son uno de los medios que la Iglesia usa para llevar a cabo esta magna tarea. San Pablo nos muestra así que Dios se revela a través de los tiempos en las enseñanzas de la Iglesia.

Juan 11, 47-52 — Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en El y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.» Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno sólo por el pueblo y no perezca toda la nación.» Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación – y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos.

San Juan declara que hasta Caifás fue inspirado por el Espíritu Santo cuando, hablando desde la cátedra de Moisés, declaró que Jesús debía morir para que la nación entera no pereciera. Según nos dicen las Escrituras, el Espíritu Santo habló a través de Caifás debido a su oficio como Sumo Sacerdote y no porque fuera personalmente merecedor de ser el vocero de Dios. De la misma manera, aquellos que han heredado la cátedra de San Pedro han sido guiados por el Espíritu Santo, a pesar de sus ocasionales faltas de integridad. A Caifás le fue dado su libre albedrío y le fue permitido usarlo para complotar contra el Hijo de Dios. No obstante, cuando habló para instruir al pueblo de Dios, fue inspirado a decir la verdad, aun cuando él mismo no entendió la importancia trascendental de su propia profecía.

Mateo 23, 1-3 — Entonces Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: «Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; vosotros haced y cumplid todo lo que ellos os digan, pero no os guiéis por sus obras, porque no hacen lo que dicen.»

Jesús reconoce aun la autoridad de los fariseos cuando enseñan desde la cátedra de Moisés. Nótese que las Escrituras específicamente incluyen a los discípulos en el mandato de obedecer la prédica de los fariseos. Jesús siente sin lugar a dudas que la obediencia a la autoridad espiritual ordenada es importante. Nótese también que el mandato de Jesús es bien amplio. Le dice a sus seguidores «vosotros haced y cumplid todo» lo que con autoridad requieren sus líderes espirituales. Jesús no nos dejó lugar para excluir aquellas cosas que podamos considerar difíciles o gravosas.

1 Juan 4, 6 — Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.

La sumisión a la autoridad apostólica es el distintivo de la fidelidad.

Efesios 2, 19-20 — Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo.

Como dice San Pablo: la Iglesia está fundada sobre la roca sólida de la salvación.

Mateo 18, 15-18 — Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, llévalo a la Iglesia. Y si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, considéralo como pagano o publicano. Os aseguro que todo lo que vosotros atéis en la tierra, quedará atado en el cielo y lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el cielo.

La Biblia nos dice que llevemos nuestros desacuerdos a la Iglesia y no a las Escrituras. Podríamos presentar distintos argumentos bíblicos para resolver un desacuerdo pero entonces ¿a quién correspondería la última palabra? Una versión paralela de este mandamiento se halla en el pasaje citado a continuación.

Deuteronomio 17, 8-12 — El que obre presuntuosamente, desoyendo al sacerdote que está allí para servir al Señor, tu Dios, o al juez, ese hombre morirá. Así harás desaparecer el mal de Israel.

El Antiguo Testamento contiene su propia forma de autoridad magisterial, similar a la autoridad que tiene la Iglesia de enseñar la fe. Queda claro que los desacuerdos debían ser juzgados por los sacerdotes y jueces y no por interpretaciones contradictorias hechas por cada creyente. En ninguna parte del Antiguo o del Nuevo Testamento – se afirma que las Escrituras son la autoridad suprema de la fe. En Hechos capítulo 15 se puede ver claramente cómo los líderes de la Iglesia resuelven un desacuerdo sobre el asunto de la circunsición. La decisión apostólica resolvió aquella disputa, prevaleciendo aun sobre los mandamientos del Antiguo Testamento.

Efesios 3, 4-6 — Según esto, leyéndolo podéis entender mi conocimiento del Misterio de Cristo; misterio que en generaciones pasadas no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido ahora revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu.

La Divina Revelación nos llega a través de la Iglesia. En nuestros días no hay razón alguna para suponer que un individuo cualquiera pueda recibir inspiración directa, personal y espontánea del Espíritu Santo. Esto es especialmente cierto si dicha «revelación» contradice los dogmas apostólicos. Aunque algunos usan este pasaje para justificar la interpretación personal, el contexto muestra claramente que San Pedro y los demás miembros del cuerpo apostólico fueron guiados por el Espíritu Santo a aceptar a los creyentes gentiles en la Iglesia. El Espíritu no reveló al mismo tiempo a todos los creyentes esta maravillosa verdad, sino tan solo a los apóstoles y pastores.

Hechos 15, 30-31 — Ellos, después de despedirse, bajaron a Antioquía, reunieron la asamblea y entregaron la carta. La leyeron y se gozaron al recibir aquel aliento.

Hechos 16, 4 — Conforme iban pasando por las ciudades, les iban entregando, para que las observasen, las decisiones tomadas por los apóstoles y presbíteros en Jerusalén.

Pablo, Bernabé y Timoteo llevaron al mundo los dogmas de la Iglesia. Los apóstoles esperaban que sus mandatos fueran obedecidos sobre la base de la autoridad que Dios les había otorgado. No esperaban que se los obedeciera por haber apelado con elocuencia a la «Sola Scriptura.» En otras palabras, la autoridad de ellos existe fuera de las Escrituras. Queda claro que lo que enseñan coincide con las verdades de la Escritura porque es la misma enseñanza. Lo mismo puede decirse de la Iglesia hoy día.

Efesios 5, 25-26 — Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la Palabra.

A primera vista, esto parece una declaración sorprendente: que Cristo fue crucificado para santificar a la Iglesia. Pero si reflexionamos sobre el asunto vemos que debe ser justamente así, ya que la Iglesia es el propio Cuerpo Místico de Jesús (1 Corintios 12, 12-27). La salvación viene a través de El y – por lo tanto – a través de su Iglesia.

Números 12, 1-15 — «¿Acaso el Señor ha hablado únicamente por medio de Moisés?», decían. «¿No habló también por medio de nosotros?».

Miriam, la hermana de Moisés, se rebela junto con Aarón. Como castigo, Miriam queda afectada de lepra por no someterse a la autoridad designada por Dios. La objeción que ella presenta es la misma que presentan tantos hermanos protestantes que impugnan la estructura jerárquica del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia. Sin embargo la familia de Dios ha sido siempre una jerarquía y jamás ha sido una democracia. Este pasaje muestra lo que Dios piensa de aquellos que presuntuosamente usan los talentos que Dios les ha dado para su propia exaltación y dejan de obedecer a quienes Dios ha nombrado para guiar a su pueblo.

Números 16, 1-35 — Se amotinaron contra Moisés y Aarón y les dijeron: «¡Vosotros os habéis excedido en vuestras atribuciones! Toda la comunidad es sagrada y el Señor está en medio de ella. ¿Por qué entonces vosotros os ponéis por encima de la asamblea del Señor?» […] Ellos bajaron vivos al abismo, con todo lo que les pertenecía. La tierra los cubrió y desaparecieron de en medio de la asamblea.

Otra vez vemos claramente que la comunidad de los fieles es jerárquica y que aquellos que se niegan a someterse a ella son castigados. Es interesante notar que muchas de las personas que se oponen a la «religión organizada» esgrimen el mismo argumento.

Judas 1, 11 — Porque siguieron el camino de Caín; por amor al dinero cayeron en el extravío de Balaam y perecieron en la rebelión de Coré.

Aquí se hace referencia a la rebelión de Coré, como en el párrafo anterior. El apóstol San Judas escribe a personas dentro de la comunidad cristiana primitiva que resistían la autoridad de los apóstoles y urgían a los cristianos recién llegados a la Iglesia a regresar a la Ley Mosaica. Claramente, la autoridad dada por Dios no reside en cada individuo sino más bien en aquellos dirigentes que han sido ordenados por el poder de Dios siendo investidos de la autoridad de los apóstoles, quienes la reciben de Jesucristo.

Números 11, 27-29 — Un muchacho vino corriendo y comunicó la noticia a Moisés, con estas palabras: «Eldad y Medad están profetizando en el campamento».

Josué, hijo de Nun, que desde su juventud era ayudante de Moisés, intervino diciendo: «Moisés, señor mío, no se lo permitas». Pero Moisés le respondió: «¿Acaso estás celoso a causa de mí? ¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor, porque él les infunde su Espíritu!»

Aquí vemos que el Espíritu Santo no otorga automáticamente a todos los fieles la capacidad de profetizar. Ese es el fundamento de la doctrina falsa de «Sola Scriptura,» la pretensión que el Espíritu Santo guiará automáticamente a todos los fieles a la verdad de las Escrituras o, en otras palabras, que hará profetas de todos ellos. Nunca ha resultado ser así, a pesar de lo que pueda haber deseado Moisés. Dios sigue enviando visionarios y profetas para guiar a su pueblo aún en nuestros días. Sin embargo, el don de la profecía no incluye en sí mismo la autoridad de contradecir la doctrina de la Iglesia.

Juan 14, 16-18 — Y yo rogaré al Padre y él os dará otro Paráclito para que esté siempre con vosotros: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Vosotros, en cambio, lo conocéis, porque El permanece con vosotros y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros.

La promesa de la infalibilidad está implícita en la palabra «siempre.» Sabemos que Jesús, en este pasaje, está hablando con sus apóstoles ya que esto es parte de su discurso en la última cena.

Juan 14, 26 — Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, os enseñará todo y os recordará lo que os he dicho.

Nuevamente, la promesa de la infalibilidad se hace evidente en el uso de la palabra «todo.» Cristo no se equivoca. Nótese que en este pasaje Jesús se dirige solamente a sus apóstoles.

Juan 16, 13 — Cuando venga el Espíritu de la Verdad, El os guiará a toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y os anunciará lo que irá sucediendo.

La promesa de Jesús a su Iglesia instituída es inmensamente amplia. El hecho de que la Iglesia ha permanecido doctrinalmente consistente por veinte siglos – aun bajo la frecuente presión de las autoridades seculares y los vaivenes de las ideas en boga – es prueba fehaciente de que Jesús ha cumplido su promesa.

1 Pedro 5, 2-3 — Apacentad el rebaño de Dios, que os ha sido confiado; velad por él, no forzada, sino espontáneamente, como lo quiere Dios; no por un interés mezquino, sino con abnegación; no pretendiendo dominar a los que os han sido encomendados, sino siendo de corazón ejemplo para el rebaño.

Pedro se expresa aquí con gran autoridad.

«La última parte de la Carta [Primera de Pedro] se refiere a las relaciones entre los miembros de la Comunidad y aquellos que tienen la misión de presidirla, el apóstol les previene especialmente contra todo abuso de la autoridad en provecho propio. A los fieles, a su vez, los llama a respetar a los pastores y a comportarse humildemente entre sí y delante de Dios. Y para todos vale su exhortación a perseverar firmemente en la fe.» [1]

Si Pedro no estuviera en una posición especial de liderazgo, no podría dar esta clase de exhortación a los otros pastores de la Iglesia.

2 Pedro 1, 20-21 — Pero tened presente, ante todo, que nadie puede interpretar por cuenta propia una profecía de la Escritura.

Las Escrituras son claramente beneficiosas para nuestra instrucción, sin embargo nuestras propias interpretaciones carecen de autoridad. Nótese la importancia que San Pedro otorga a esta verdad cuando dice: «Tened presente, ante todo». Bíblicamente hablando, la obediencia es el principio de la sabiduría. Todo cristiano debiera saber que Dios no lo dejará solo a la hora de conocer las doctrinas esenciales para la salvación. Y por lo tanto ante todo debemos tener en cuenta que no podemos discernir la doctrina sanamente sin la asistencia de la Iglesia. La obediencia a las enseñanzas de la Iglesia es un signo seguro de humildad y el primer paso en dirección a la salvación.

2 Pedro 2, 1-2 — […] habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán solapadamente desviaciones perniciosas y renegarán del Señor que los redimió, atrayendo sobre sí mismos una inminente perdición. Muchos imitarán su desenfreno trayendo inminente ruina sobre sí mismos.

Este pasaje se usa frecuentemente para defender la creencia en la supuesta «gran apostasía» que declara que el total de la Iglesia Católica cayó en error inmediatamente después de la muerte de Jesús. Sin embargo lo que aquí se prueba es lo contrario, ya que si la Iglesia entera hubiera apostatado no hubieran quedado fieles «entre» los cuales los «falsos maestros» pudieran enseñar.

2 Pedro 3, 16 — En ellas [las Cartas de San Pablo] hay pasajes difíciles de entender, que algunas personas ignorantes e inestables interpretan torcidamente – como, por otra parte, lo hacen con el resto de la Escritura, para su propia perdición.

Las Escrituras no pueden ser nuestra autoridad suprema ya que siempre existirá el problema de cómo interpretarlas. Sin una autoridad que las interprete – una autoridad guiada por el Espíritu Santo – es inevitable que reine la discordia. Esto es lo que vemos en las decenas de miles de denominaciones protestantes que existen hoy día. Mientras que todas están de acuerdo en que las Escrituras son su máxima autoridad, no hay dos denominaciones que estén de acuerdo con lo que esas mismas Escrituras quieren decir.

1 Tesalonicenses 5, 12-13 — Os rogamos, hermanos, que seáis considerados con los que trabajan entre vosotros, es decir, con aquellos que os presiden en nombre del Señor y os aconsejan. Estimadlos profundamente y amadlos a causa de sus desvelos. Vivid en paz unos con otros.

Como es su costumbre, el apóstol San Pablo afirma la jerarquía de la Iglesia y recuerda a los fieles los sacrificios que hacen los pastores por amor al rebaño.

1 Corintios 14, 37-38 — Si alguien se tiene por profeta o se cree inspirado por el Espíritu, reconozca en esto que les escribo un mandato del Señor y si alguien no lo reconoce como tal, es porque Dios no lo ha reconocido a él.

Aquellos que son verdaderamente instruídos por el Espíritu Santo siempre reconocen la autoridad de la Iglesia y están de acuerdo con ella. La autoridad de la Iglesia está por sobre el discernimiento personal. No es posible que un creyente aislado pueda rectificar las enseñanzas de la Iglesia. Eso nunca ha sucedido y nunca sucederá.

Efesios 4, 11-16 — El comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros. Así organizó a los santos para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo. Así dejaremos de ser niños, sacudidos por las olas y arrastrados por el viento de cualquier doctrina, a merced de la malicia de los hombres y de su astucia para enseñar el error.

La Biblia enseña que la obediencia a la Iglesia es nuestra protección contra la apostasía. No gozan de es protección aquellos que forman sus propias denominaciones fuera de la Iglesia original. Es por eso que los grupos eclesiales nacidos de la Reforma Protestante continúan dividiéndose hasta el día de hoy.

Gálatas 1, 8 — Pero si nosotros mismos o un ángel del cielo os anuncia un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡que sea expulsado! Ya os lo dijimos antes y ahora os vuelvo a repetir: el que os predique un evangelio distinto del que vosotros habéis recibido, ¡que sea expulsado!

Dios puso a la Iglesia en el mundo como un signo visible para los creyentes. No debiéramos creer en interpretaciones de la Palabra que no sean autorizadas por la autoridad apostólica de la Iglesia. La misión de las Escrituras no es suscitar en cada creyente un significado diferente. Nos exponemos a esta maldición apostólica si adoptamos y proclamamos una interpretación personal contraria a la enseñanza de los apóstoles.

Lucas 11, 17 — Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: Un reino donde hay luchas internas, va a la ruina y sus casas caen una sobre otra.

Desde los tiempos de la Reforma Alemana, el cristianismo ha sido dividido una y otra vez. Es evidente que tal no es el plan de Dios. No fue la intención de Cristo el fundar una denominación sino mas bien una iglesia católica – en otras palabras completa, unida y universal – Para afirmar aún más esta idea, lea la inspirada oración de Cristo por la unidad en Juan 17, 20-23: «No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como Tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y Tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que Tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.» La Iglesia es católica (universal, entera) en su enseñanza, en la historia y en toda la extensión del mundo.

Efesios 1, 22-23 — El puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo y la plenitud de Aquel que llena completamente todas las cosas.

San Pablo enseña que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Tiene tanto sentido esperar que un cuerpo humano pueda existir partido en pedazos como pretender que el cristianismo exista dividido.

La Iglesia ha sido puesta por Dios en el mundo para ser la voz de la verdad, guiando a la humanidad en todo tiempo y lugar. Cada decisión doctrinal que la Iglesia ha producido o producirá en el futuro, es ley para todos los cristianos católicos. Por supuesto, siempre habrá quienes creen que pueden dar su opinión personal sobre lo que es o no es verdad. Ese espíritu de independencia a ultranza que prevalece actualmente en el mundo, ha sido causa de que muchos pierdan el sentido de la fe. Dios nos da más que suficiente libertad en todo aspecto de nuestras vidas, sin embargo nos demanda, en cuestiones espirituales, que le demos una obediencia completa. La autoridad de la Iglesia y la garantía que tenemos de un Magisterio infalible, son los signos que guían a la humanidad obediente a la gloriosa libertad de los hijos de Dios. (Romanos 8, 21).


[1] Nota introductoria a 1 Pedro Capítulo 5, El Libro del Pueblo de Dios, la Biblia Pbros. Armando J. Levoratti y Alfredo B. Trusso.