getsemani

Horacio Bojorge

Getsemaní se traduce: Valle de los Olivos o Lagar de las Aceitunas. Era un campo o huerto en la ladera del Valle del Cedrón y del Monte de los Olivos. Casi a los pies de los muros del Jerusalén. Según la tradición se sitúa a unos cincuenta metros del puente sobre el torrente Cedrón, torrente turbio o negro, según la etimología del nombre. Por este lugar huyó David de Jerusalén en su noche triste (2 Samuel 15,23ss). El Valle del Cedrón se une con el de Hinom o Gehenna, valle de los sepulcros, y está él mismo sembrado de sepulcros desde muy antiguo (2 Reyes 23,6). Entre esos sepulcros están los de Absalón y Zacarías. El lugar era ya en tiempos de Cristo un antiquísimo cementerio.

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I

Pues todo auxilio humano ha claudicado
en esta soledad de los olivos;
y puesto que remedio entre los vivos
en vano a mis quebrantos he buscado,

vengo a invocar a mis antepasados,
esos que todos tratan como muertos
mas Tú dejaste en mi interior despiertos,
velándome en el Huerto, desolados.

Si a muerte los vivientes me condenan
y de mis muertos recibí la vida:
¿por qué no he de bajar a la Gehenna
para buscar en mi raíz perdida
aquella comprensión para mi pena
que me explique la causa de esta herida?

II

Si estando mis amigos en el Huerto
se duermen de pesar bajo la luna;
si no consigue criatura alguna
velar con el que debe estar despierto;
si, así de solo, en este cementerio,
me siento tanto más acompañado
cuanto la multitud que me ha engendrado
me sale a recibir del cautiverio

¿Cómo rehusar el cáliz que me envías
ni pedirte que apartes esta hora,
si en ella ha de brillar por fin Tu Día,
y Tú has de esclarecerme en esa aurora
con luz que ya presiento y no vería
si no sufriera lo que sufro ahora?

III

Por poco tiempo estoy entre los muertos.
Por poco llevo a mis difuntos dentro.
A poco he de salirles al encuentro
y hacer un Paraíso de este Huerto.
Y Tú, de Quien procede toda vida,
de Quien cualquier paternidad procede,
Padre, que quieres concederme y puedes
lo que gima en tu Espíritu y te pida:

¿no me darás volver hasta la fuente
de tu infinita y paternal ternura?

¿y no pondrás por fin, sobre mi frente
ese cariño, que en mi noche oscura,
mendiga mi dolor, sin que lo encuentre,
de la indigencia de las criaturas?

IV

Este cáliz que tomo entre mis manos
y apuro hasta el final de mi destino
contiene la salud de los que amo
y en él vierto mi sangre como un vino.

Si no puedes ahorrarme su amargura
no puedo no querer lo que Tú quieres.
No puedo no morir lo que Tú mueres
abandonado por tus criaturas.

Piso solo en mi vela de guerrero
las uvas de tu ira en mis lagares.
Es un furor de Dios mi abrevadero
que tiñe de Nisán los olivares.

Y blando en mi perdón tu duro acero
que salpica de sangre mis ijares.

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Desde el Huerto de los Olivos, Cristo puede ver un cementerio donde yacen antepasados suyos. El Señor solía orar a menudo allí. En la noche de su agonía tiene a su vista la ciudad de Jerusalén y las tumbas del valle. Su descenso al Cedrón es como el descenso al valle de las sombras de la muerte (Salmo 23,4: ge’ tsalmávet en hebreo). Una tradición que puede ser muy antigua le llama al valle del Cedrón, Valle de Josafat y pone allí el juicio final anunciado por Joel 4,2.12.14. Joel lo llama también: Valle de la Decisión. Allí Jesús tomó en efecto decididamente la resolución de aceptar la Pasión que le asignaba el Padre.

Según el Salmo 22-23,4 en el valle de las sombras o el valle tenebroso es donde Dios conforta el alma del justo, lo guía por senderos de justicia por amor de su nombre, unge con aceite su cabeza y le sirve un cáliz desbordante. En todos los detalles del escenario de este Salmo podemos rastrear los sentimientos de Jesús, abandonado de todo auxilio humano y que se vuelve hacia la intimidad con su Padre. La multitud de sus antepasados le habla también del Padre, como a verdadero hombre, y le ayuda a levantarse hacia él. Dios Padre, es aquél «de quien toda paternidad procede en los cielos y en la tierra» (Efesios 3,15).

El Huerto está asociado con la tribulación de su Padre David. La circunstancia de dejar aparte a los discípulos y la frase misma de Jesús «quedaos aquí» tal como la formula Mateo, recuerda la de Abraham a sus mozos (Génesis 22,5) y sugiere un paralelismo con la tribulación de su Padre Abraham y el sacrificio de Isaac, o, como se dice en la tradición judía: «la ligadura de Isaac».

El descenso de Jesús al Valle, es como una prefiguración del descenso a los infiernos, un artículo del Credo frecuentemente olvidado hoy, según el cual, la primera obra de piedad de Cristo es acudir en ayuda de sus antepasados. Y en la perspectiva de Lucas, el árbol genealógico de Jesús arranca de Adán, por lo que todos los hombres justos que habían existido podía estar pendientes del acto liberador de Cristo en su Pasión.

Los Padres señalan y subrayan que es el alma de Jesús lo que se entristece y sufre. Quizás ningún salmo refleje mejor ese estado de alma como el 42-43: «como jadea la cierva», «por qué desfalleces, alma mía, y te agitas en mí…? mi alma desfallece…de noche….por qué he de andar sombrío (hebreo: kóder, de la misma raíz de Kiddrón o Cedrón, el valle oscuro) por la opresión del enemigo?»

Lo que Jesús sufre es reflejo y revelación de un misterioso sufrimiento del Padre: «No puedo no morir lo que Tú mueres, abandonado por tus creaturas». Jesús era consciente de que quien lo rechazaba a él, rechazaba al Padre que lo había enviado (Lucas 10,16 y par.). La identificación entre la voluntad de Cristo y la del Padre, entre los intereses de ambos, se refleja maravillosamente en el Salmo 68-69,10: «El celo de tu casa me consume a mí, y el insulto de los que te vejan recae sobre mí». Lo que dice el Salmo 87-88,9.19: «has alejado de mí compañeros y amigos, son mis compañías las tinieblas» y el eco que se desprende del Salmo 37- 38,12 «mis amigos y compañeros se alejan de mí, los míos se quedan a distancia», son reflejos, en la clave filial, de ese insondable misterio de la aversión de las creaturas frente a su Creador. El insondable misterio de la acedia, la tristeza demoníaca ante el Bien que es Dios.

Hay también múltiples lamentaciones del Salmo 87-88: «Señor, Dios mío, de día clamo, grito de noche ante ti», que se prestan muy bien para reflejar la situación de Cristo en la agonía del Huerto.

En el mismo valle del Cedrón, un poco más abajo, se encontraban los Jardines del Rey, precisamente en la confluencia con Hinnom o Gehenna. De esos jardines nos habla Nehemías 3,15. Jesús podía divisar desde su sitio o ubicarlos tras los recodos del valle, los sitios de la coronación de Salomón (1 RE 1,9.38 ss). Pero también otros tristemente célebres, como aquellos en los que el mismo Salomón erigió altares idolátricos (1Reyes 11,7). Jesús estaba también muy cerca de donde sus antepasados Acaz y Manasés ofrendaron a sus propios hijos en holocausto a Molok (2Reyes 7, 31s; 2 Crónicas 28,3; 33,6; Jeremías 32,35). Desde la reforma de Josías esta Gehenna, tan próxima a los deleites edénicos y paradisíacos de los jardines regios, había pasado a ser un basural de horrores (2 Reyes 23,10.13s; cfr. Jeremías 7,31-32;19,1-13; 2 Crónicas 34,4s) y un escenario de la venidera cólera divina (Isaías 30,33; 66,24), sinónimo de infierno.

Jesús baja a este valle como anticipación de su descenso al Hades. Baja al encuentro de sus antepasados para hacer de aquel Huerto, mirador triste de tanta historia triste, un nuevo Paraíso o Jardín del Rey: «he de salirles al encuentro y hacer un Paraíso de este Huerto».

La cercana fuente de Gihón, escenario de la coronación de Salomón, lleva el mismo nombre que uno de los ríos del Paraíso. Cercana está también la fuente de Roguel. Hoy la fuente de Gihón lleva el nombre de Fuente de María. De ahí la mención de la fuente: ¿No me darás volver hasta la fuente de tu infinita y paternal ternura?».

Por fin, agonía quiere decir combate. Y éste de Cristo nos hacer recordar al guerrero de Isaías 63: «Quién es ese que viene de Bosrá con el vestido teñido de rojo?… Yo solo pisé el lagar… y salpicó su zumo mis vestidos».