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Brian Saint-Paul

Juan Pablo el Grande se ha ido a la vida eterna. Al final, fue una muerte hermosa. Rodeado por quienes le conocieron y amaron, a la vista de millares de fieles que vinieron a estar cerca de su cuerpo quebrado, Juan Pablo el Grande se ha ido a la vida eterna.

Con su prolongado sufrimiento y muerte nos ofreció una homilía final. Una que aun los principales medios de comunicación no podrían ignorar. Dijo: Cada vida humana tiene dignidad inherente; cada vida humana es preciosa; e incluso la muerte se debe abrazar y experimentar sin vergüenza.

Cuán diferente es esto a lo que nos dice hoy nuestra cultura. Matamos a nuestros jóvenes, hacemos morir de hambre a nuestros discapacitados, y ocultamos lejos de nosotros a nuestros ancianos. Todo para no confrontar esa visión adelantada de nuestra propia mortalidad. Nuestro mundo teme a la muerte, y desconfía de aquellos que no le tienen temor. Por tanto, no es ninguna maravilla que la mente secular nunca entienda realmente a Juan Pablo II.

Nos dicen que él era un gran político, un guerrero que derrotó al comunismo e impulsó paz en el mundo. Eso es verdad, pero hay más. Creo que él no fue un mero político; él no fue apenas un trabajador social o un soñador. Todo que lo hizo el Papa salió de su fe en Cristo y su confianza en que el amor siempre derrotará a la muerte.

Y esto, para muchos, parece una contradicción. De hecho al Occidente secular, gran parte de la vida de Juan Pablo II le parece inconsistente. Arguyen que fue un sacerdote célibe que escribió abundantemente sobre las glorias del matrimonio; abogó por la libertad religiosa mientras sofocaba la discusión en su propia iglesia; un progresista en lo social y un conservador en materias morales; un brillante filósofo, escritor y poeta que intentó entorpecer la investigación intelectual.

Contradicciones, dicen los críticos, pero justamente en esas paradojas yace la clave para entender a este hombre, porque la persona de Juan Pablo II es una especie de espejo que nos refleja. La manera en que vemos al Santo Padre nos dice más sobre nosotros mismos de lo que nos dice sobre él. Porque este Papa grande y santo era notable no por su capacidad de balancear fuerzas contrapuestas en su propia personalidad, sino su minuciosa consistencia. él creyó, como la Iglesia Católica ha enseñado siempre, que toda la vida humana tiene dignidad y que esa dignidad debe ser reflejada en nuestras relaciones con Dios, con nosotros mismos, con todos.

Sus escritos, sus posiciones teológicas, su activismo político, todo en él emerge de esta creencia fundamental. Eso que muchos de nosotros consideramos una contradicción en él nos demuestra, en realidad, lo bajo que hemos caído. La virtud le parece insensatez al hombre necio, y la sabiduría le parece ingenuidad.

No es ese el caso con Juan Pablo II. él reconoció la crueldad del corazón humano y el hambre que consume a las almas sin Dios. Pero él conocía el otro lado también. En la miseria del siglo XX, él vio la belleza que brilla aun en lo que queda de un mundo creado y juzgado bueno. La caída de la humanidad la ha corrompido mucho, pero a pesar de nuestros mejores esfuerzos, no podemos borrar las huellas de la mano de Dios en nosotros.

Tal es la realidad. Esto es lo que veríamos si el cristal no fuera tan oscuro. Juan Pablo II lo vió, y por eso viajó, habló, escribió y rezó tanto. Fue con sus ojos que pudimos ver una visión fugaz del más allá. Muchos de nosotros pudimos verla, aunque fuera por un momento, a través de él. Y lo que vimos nos ha maravillado.

 

Traducción de Gustavo Serrano-Diez. Publicado originalmente en Crisis.

 

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