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Carlos Caso-Rosendi

Cuando leo algunas de la biografías que se han escrito sobre Juan Pablo II no deja de admirarme lo que yo considero una de sus supremas virtudes : su calidad esencial de ciudadano europeo. Y es que este obispo, venido del frío que imperaba en 1978 detrás de la llamada “cortina de hierro” es una muestra insigne de esa Europa con la que todos hemos soñado: la Europa de la acción y de la luz. Este hombre que habla con facilidad y fluidez en una cantidad de idiomas de nuestro continente, es un nativo de Polonia pero su tesis doctoral en teología visita la hispanidad profunda de San Juan de la Cruz. En él se tocan los extremos del orbe europeo.

Su calidad de Obispo de Roma es entrañable hasta en el uso del dialecto diario de los romanos, que lo quieren tanto o más que a muchos de sus propios hijos que han alcanzado el purpurado. Rodeado por un remolino de sanas y jóvenes caras en Lourdes, visitado por miles y miles de fieles en Roma, caminando en sus vacaciones con el trasfondo de los Alpes Suizos o entre un mar rojo y gualda de banderas en Madrid… este Papa toca el corazón de Europa y de su gente con una facilidad que muchos políticos quisieran tener para sí. ¿Por qué?

Su primera proyección es histórica. Nacido en 1920, apenas cinco años antes de que Chesterton escribiera la frase que prologa estas líneas, Karol Woytila conoció muy pronto el dolor de la pérdida de toda su familia, hermano, padre y madre. La irrupción del fascismo y la invasión alemana de su tierra natal, lo encuentran en esta frágil situación. Huérfano de familia y de patria, este hombre sensible, inclinado al teatro y a la filosofía debe trabajar en una fábrica para evitar la deportación a Alemania. Ya tan joven, nadando contra la corriente de los extremismos reinantes que parecen inundarlo todo, Karol Woytila está siendo forjado por Dios como una herramienta secreta que devolverá a Europa su sentido último de unión y de destino común.

En esos años Polonia es un símbolo de Europa. Enquistada entre los dos grandes males de la era y del continente, el fascismo alemán y el monstruoso comunismo soviético este noble país eslavo, profundamente católico, es crucificado una y otra vez por ambos extremismos y debe luchar con tenacidad para retener su identidad cultural. En este contexto crece el gigante que hoy conocemos. Silenciosamente Dios moldea esta alma grande para mostrarnos que aún hoy se regocija en las cosas débiles y endebles para humillar a los que hacen de las fortalezas su Dios en lugar de hacer de Dios su fortaleza.

El tiempo pasa y el primer enemigo de Europa es derrotado y subyugado. La pesadilla de Hitler de un Reich de mil años resulta apenas en un tironeo de doce años, preludio de una derrota deshonrosa y brutal. Sin embargo, Polonia ve acercarse los negros nubarrones del comunismo que se ciernen sobre su suelo. Apenas terminada la guerra, la cortina de hierro cae sobre los países del Este. Y es en esta lucha en la que el padre Woytila sigue creciendo, sin imaginar quizá que un día será el instrumento que Dios usará para liberar a su patria.

Siguen corriendo los años, y así como Hitler y Stalin han pasado, se han ido uno tras otro los poderosos del Kremlin. Y un día Monsignor Woytila es llamado a la silla de Pedro, a regir la Iglesia en Roma. El Papa que vino del frío, lo llaman algunos y muchos se preguntan qué pasará ahora; qué traerá este “Papa joven” nacido detrás de la cortina de hierro. El resto es ya historia. Cinco años después de la consagración de Rusia a la Inmaculada Concepción de María los martillazos del pueblo alemán destruyen el muro de la vergüenza en Berlín.

Este Papa debe también cargar las heridas de otro extremismo, y así las balas de Mehmet Alí Agca laceran su cuerpo y lo ponen a un paso de la muerte, a la que por milagro escapa. El Padre Woytila ha dejado atrás a Hitler, a Stalin y a sus sucesores, al Reich de mil años y a la Unión Soviética. Sobreviviendo al atentado contra su vida le dado un esquinazo a la muerte. Perdonando a su sicario nos ha dado una lección de paz que nadie puede discutir.

Este hombre, forjado en las viscisitudes de Europa ha debido sufrir en carne propia los dolores de cada europeo: guerra, extremismo, intolerancia, dolor… nada le es ajeno y todo lo recibe en el abrazo de Cristo, en el abrazo de la Pasión y de la Cruz. Debilitado en el cuerpo pero hecho una inexpugnable fortaleza en el espíritu, el Padre Woytila ha sido llamado por Dios a ser actor principal en el drama de la Europa de hoy. Ya han pasado el nazismo y el comunismo; Europa se enfrenta hoy a nuevos y más destructivos enemigos.

No tan visibles como aquellos antagonistas de antaño, pero igualmente denodados en sus ideales de destrucción. Si aquellos tenían divisiones de soldados, tanques y misiles nucleares, éstos empuñan las no menos destructivas armas del aborto, los anticonceptivos, el divorcio, la disolución cultural. El soviet supremo ha sido reemplazado por la “intelligentsia” progresista, los iluminados que llevan las antorchas liderando en su marcha la instauración de la cultura de la muerte. Ya no atacan nuestras ciudades, quieren derribar nuestras familias.

El viejo guerrero Woytila los ha visto desafiar a la Iglesia milenaria usando sus puestos en el parlamento y los gobiernos europeos. Sin temor alguno, sin ambigüedades les ha declarado la eterna elección: preservar la vida o promover la muerte. Cultura, con su raíz espiritual de “cultus” – servicio sagrado – nos recuerda a todos que nada puede separarse de Dios y sin embargo vivir.

Europa, aún entre las pinzas de sus enemigos, sabe bien hacia dónde debe ir aunque en los días por venir las oscuras fuerzas de la secularidad progresista la quieran subyugar, el eco de las edades aún repite el “non praevalebunt” y aunque no sabemos cómo, lo que sabemos es que los enemigos de hoy se unirán sin remedio a los enemigos de ayer… polvo olvidado que arrastra el viento de la historia.

No pretendo conocer la mente de Dios ni puedo leer el futuro, pero si se me permite expresar un deseo y agregar a ese deseo la plegaria de que resulte profético… dejadme pedir que sea este vaso frágil que aún ocupa la silla de Pedro, el que presida el nacimiento de una Europa libre, orgullosa de sus raíces cristianas y del su viaje cultural milenario y que sea otra vez desde Roma que la luz de la civilización europea surja con fuerza. Para que una vez más la debilidad de Dios muestre ser más fuerte que la fuerza de los hombres.

Encuentro que Juan Pablo II es lo suficientemente débil para que en él brote, pujante, la fuerza de Dios para Su gloria eterna.

Señor, permite que tu siervo Juan Pablo II siga nadando contra la corriente hasta que le des la victoria. Que así sea, te rogamos.

Casi cualquier cosa muerta puede ir con la corriente, pero solamente algo que está vivo puede nadar contra la corriente.[1]


[1] G. K. Chesterton; The Everlasting Man, ca. 1925