cisma-y-apostasia

Vademécum de Apologética Católica

Hasta las tradiciones de religiones no cristianas reconocen el valor que tiene para el alma el someterse a una autoridad espiritual mayor, que uno mismo. Sin embargo la doctrina protestante de “Sola Scriptura” da la máxima autoridad espiritual a la interpretación individual de las Escrituras y al hacerlo elimina la posibilidad del sometimiento a una autoridad superior. Como ya está ampliamente demostrado, esta actitud garantiza la constante proliferación de nuevas denominaciones y sectas, cada una de ellas tratando de afirmar su peculiar interpretación. Resumiendo, “Sola Scriptura” es una doctrina que hace inevitables las divisiones. Sin embargo la Biblia es clara en afirmar que las divisiones cismáticas son contrarias a la voluntad de Dios.

Hechos 17, 30-31 — Dios, pues, pasando por alto los tiempos de la ignorancia, anuncia ahora a los hombres que todos y en todas partes deben convertirse, porque ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia, por el hombre que ha destinado, dando a todos una garantía al resucitarlo de entre los muertos.

Los tiempos de la ignorancia han terminado; Dios nos muestra el camino a través de su hijo Jesucristo. No tenemos excusas para no seguir a Cristo y a la Iglesia que El ha fundado.

Romanos 13, 1-2 — Someteos todos a las autoridades constituídas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios y las que existen, por Dios han sido constituídas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación.

San Pablo no puede ser más claro. Cuando nos sometemos a las autoridades superiores ordenadas por Dios, estamos en realidad sometiéndonos a Dios mismo.

Jeremías 14, 15-16 — Por tanto, así dice Yahvé: “Tocante a los profetas que profetizan en mi nombre sin haberles enviado yo y que dicen: “No habrá espada ni hambre en este país.” Con espada y con hambre serán rematados los tales profetas y el pueblo al que profetizan yacerá derribado por las calles de Jerusalén, por causa del hambre y de la espada y no habrá sepulturero para ellos ni para sus mujeres, sus hijos y sus hijas; pues volcaré sobre ellos mismos su maldad”.

Es malo seguir a un falso profeta y aun peor es serlo.

Marcos 13, 21-22 — Entonces, si alguno os dice: “Mirad, el Cristo aquí,” “miradlo allí”, no lo creáis. Pues surgirán falsos cristos y falsos profetas y realizarán señales y prodigios con el propósito de engañar, si fuera posible, a los elegidos.

Consejo de Cristo: no todo líder religioso debe ser obedecido sino solamente aquellos que tienen autoridad dada por Dios.

2 Pedro 2, 1-2 — Hubo también en el pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas y que, negando al Dueño que los adquirió, atraerán sobre sí una rápida destrucción. Muchos seguirán su libertinaje y por causa de ellos, el camino de la verdad será difamado.

La mayoría de los grandes herejes de la historia han venido de entre las filas de los clérigos de la Iglesia Católica. Esto es evidencia del aviso profético de Jesús, quien dijo que los falsos maestros que traerían herejías destructivas estarían mezclados entre los creyentes.

Mateo 7, 15-20 — Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los reconoceréis.

Los falsos profetas no siempre pueden ser identificados fácilmente. Algunos pueden ser aparentemente bien formados en la fe, reverentes y educados en el manejo de las Escrituras.

Ezequiel 22, 28 — Sus profetas los han recubierto de argamasa con sus vanas visiones y sus presagios mentirosos, diciendo: “Así dice el Señor Yahvé”, cuando Yahvé no había hablado.

Hay falsos profetas que invocan el nombre del Señor.

Apocalipsis 2, 15-16 — Así tú también mantienes algunos que sostienen la doctrina de los nicolaítas. Arrepiéntete, pues; si no, iré pronto donde ti y lucharé contra ésos con la espada de mi boca.

El Señor en persona se ocupará de aquellos que se adhieren al error.

Tito 3, 10-11 — Al sectario, después de una y otra amonestación, rehúyele; ya sabes que ése está pervertido y peca, condenado por su propia sentencia.

Hay que evitar el contacto con los herejes y cismáticos.

1 Juan 2, 19 — Salieron de entre nosotros; pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros.

San Juan nos está diciendo bien claramente que la sumisión a la autoridad apostólica es evidencia de fidelidad y—debemos destacar—la propia habilidad de interpretar las Escrituras no es evidencia de fidelidad a Dios.

1 Juan 4, 6 — Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el Espíritu de la Verdad y el espíritu del error.

El signo seguro de la verdad es la autoridad apostólica. Aquellos que se apartan de las enseñanzas de los apóstoles no pertenecen a Dios. Las enseñanzas apostólicas se disciernen a través de las Escrituras y la Sagrada Tradición tal como la define el Magisterio de la Iglesia y el testimonio de los primeros Padres quienes aprendieron la fe de los mismos apóstoles.

Deuteronomio 17, 8-12 — Si tienes que juzgar un caso demasiado difícil para ti, una causa de sangre, de colisión de derechos, o de lesiones, un litigio cualquiera en tus ciudades, te levantarás, subirás al lugar elegido por Yahvé tu Dios y acudirás a los sacerdotes levitas y al juez que entonces esté en funciones. Ellos harán una investigación y te indicarán el fallo de la causa. Te ajustarás al fallo que te hayan indicado en este lugar elegido por Yahvé y cuidarás de actuar conforme a cuanto te hayan enseñado. Te ajustarás a las instrucciones que te hayan dado y a la sentencia que te dicten, sin desviarte a derecha ni a izquierda del fallo que te señalen. Si alguno procede insolentemente, no escuchando ni al sacerdote que se encuentra allí al servicio de Yahvé tu Dios, ni al juez, ese hombre morirá. Harás desaparecer el mal de Israel.

La sumisión a la autoridad espiritual ordenada por Dios siempre ha sido un requisito—y una marca identificadora—de los elegidos de Dios. El proclamarnos a nosotros mismos—o a nuestras propias interpretaciones de la Escritura—como la suprema autoridad de la fe, nos pone en peligro mortal.

2 Corintios 6, 14-15 — ¡No unciros en yugo desigual con los infieles! Pues ¿qué relación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué unión entre la luz y las tinieblas? ¿Qué armonía entre Cristo y Belial? ¿Qué participación entre el fiel y el infiel?

Números 12, 1-15 — Miriam y Aarón murmuraron contra Moisés por causa de la mujer kusita que había tomado por esposa: por haberse casado con una kusita. Decían: “¿Es que Yahvé no ha hablado más que con Moisés? ¿No ha hablado también con nosotros?” Y Yahvé lo oyó. Moisés era un hombre muy humilde, más que hombre alguno sobre la faz de la tierra. De improviso, Yahvé dijo a Moisés, a Aarón y a Miriam: “Salid los tres a la Tienda del Encuentro.” Y salieron los tres. Bajó Yahvé en la columna de nube y se quedó a la puerta de la tienda. Llamó a Aarón y a Miriam y se adelantaron los dos. Dijo Yahvé: “Escuchad mis palabras: Si hay entre vosotros un profeta, en visión me revelo a él y hablo con él en sueños. No así con mi siervo Moisés: él es de toda confianza en mi casa; boca a boca hablo con él, abiertamente y no por enigmas y contempla la imagen de Yahvé. ¿Por qué, pues, habéis osado hablar contra mi siervo Moisés?” Y se encendió la ira de Yahvé contra ellos. Cuando se marchó y la Nube se retiró de encima de la tienda, he aquí que Miriam estaba leprosa, blanca como la nieve. Aarón se volvió hacia Miriam y vió que estaba leprosa. Y dijo Aarón a Moisés: “Perdón, Señor mío, no cargues sobre nosotros el pecado que neciamente hemos cometido. Por favor, que no sea ella como quien nace muerto del seno de su madre, con la carne medio consumida.” Moisés clamó a Yahvé diciendo: “Oh Dios, cúrala, por favor.” Yahvé respondió a Moisés: “Si tu padre le hubiera escupido al rostro, ¿no tendría que pasar siete días de vergüenza? Que quede siete días fuera del campamento y luego sea admitida otra vez”. Miriam quedó siete días excluida del campamento. Pero el pueblo no partió hasta que ella se reintegró.

Miriam se rebela y como resultado de su pecado, contrae la lepra. La queja de Miriam se parece mucho a los sentimientos que expresan muchos cristianos de hoy día que ponen en duda la autoridad de la jerarquía eclesiástica. Como ya sabemos, la Biblia se refiere al “reino” de Dios y no al “comité” de Dios o la “cooperativa” de Dios.

Números 16, 1-35 — Coré, hijo de Yishar, hijo de Quehat, hijo de Leví, Datán y Abirón, hijos de Eliab y On, hijo de Pélet, hijos de Rubén, se enorgullecieron y se alzaron contra Moisés junto con doscientos cincuenta israelitas, principales de la comunidad, distinguidos en la asamblea, personajes famosos. Se amotinaron contra Moisés y Aarón y les dijeron: “Esto ya pasa de la raya. Toda la comunidad entera, todos ellos están consagrados y Yahvé está en medio de ellos. ¿Por qué, pues, os encumbráis por encima de la asamblea de Yahvé?” Lo oyó Moisés y cayó rostro en tierra. Dijo luego a Coré y a toda su cuadrilla: “Mañana por la mañana hará saber Yahvé quién es el suyo, quién es el consagrado y le dejará acercarse. Al que Yahvé haya elegido le dejará acercarse. Mirad, pues, lo que habéis de hacer: Tomad los incensarios de Coré y de toda su cuadrilla, ponedles fuego y mañana les echaréis incienso ante Yahvé. Aquel a quien elija Yahvé, será el consagrado; ¡esto ya pasa de la raya, hijos de Leví!” Dijo Moisés a Coré: “Oídme, hijos de Leví. ¿Os parece poco que el Dios de Israel os haya apartado de la comunidad de Israel para ponerlos junto a sí, prestar el servicio a la Morada de Yahvé y estar al frente de la comunidad atendiendo al culto en lugar de ella? Te ha puesto junto a sí, a ti y a todos tus hermanos, los hijos de Leví y ¡todavía se os ha antojado el sacerdocio! Por eso, contra Yahvé os habéis amotinado, tú y toda tu cuadrilla; porque ¿quién es Aarón, para que murmuréis contra él?” Mandó Moisés llamar a Datán y Abirón, hijos de Eliab. Pero ellos respondieron: “No queremos ir. ¿Te parece poco habernos sacado de una tierra que mana leche y miel para hacernos morir en el desierto, que todavía te eriges como príncipe sobre nosotros? No nos has traído a ningún país que mana leche y miel, ni nos has dado una herencia de campos y vergeles. ¿Pretendes cegar los ojos de estos hombres? ¡No iremos!” Moisés se enojó mucho y dijo a Yahvé: “No mires a su oblación. Yo no les he quitado ni un solo asno, ni le he hecho mal a ninguno de ellos.” Dijo Moisés a Coré: “Tú y toda tu cuadrilla presentaos mañana delante de Yahvé: tú, ellos y Aarón. Que tome cada uno su incensario, le ponga incienso y lo presente delante de Yahvé; cada uno su incensario: doscientos cincuenta incensarios en total. Tú también y Aarón, presentad cada uno vuestro incensario.” Tomaron cada uno su incensario, le pusieron fuego, le echaron incienso y se presentaron a la entrada de la Tienda del Encuentro, lo mismo que Moisés y Aarón. Coré convocó ante éstos a toda la comunidad a la puerta de la Tienda del Encuentro y se apareció la gloria de Yahvé a toda la comunidad. Habló Yahvé a Moisés y Aarón y les dijo: “Apartaos de esa comunidad, que los voy a devorar en un instante.” Ellos cayeron rostro en tierra y clamaron: “Oh Dios, Dios de los espíritus de toda carne: un solo hombre ha pecado, ¿y te enojas con toda la comunidad?” Respondió Yahvé a Moisés: “Habla a esa comunidad y diles: Alejaos de los alrededores de la morada de Coré.” Se levantó Moisés y fue donde Datán y Abirón; los ancianos de Israel le siguieron. Y habló a la comunidad diciendo: “Apartaos, por favor, de las tiendas de estos hombres malvados y no toquéis nada de cuanto les pertenece, no sea que perezcáis por todos sus pecados.” Ellos se apartaron de los alrededores de la morada de Coré. Datán y Abirón habían salido y estaban a la puerta de sus tiendas, con sus mujeres, hijos y pequeñuelos. Moisés dijo: “En esto conoceréis que Yahvé me ha enviado para hacer todas estas obras y que no es ocurrencia mía: si mueren estos hombres como muere cualquier mortal, alcanzados por la sentencia común a todo hombre, es que Yahvé no me ha enviado. Pero si Yahvé obra algo portentoso, si la tierra abre su boca y los traga con todo lo que les pertenece y bajan vivos al seol, sabréis que esos hombres han rechazado a Yahvé. Y sucedió que, nada más terminar de decir estas palabras, se abrió el suelo debajo de ellos; la tierra abrió su boca y se los tragó, con todas sus familias, así como a todos los hombres de Coré, con todos sus bienes. Bajaron vivos al seol con todo lo que tenían. Los cubrió la tierra y desaparecieron de la asamblea. A sus gritos huyeron todos los israelitas que estaban a su alrededor, pues se decían: “No vaya a tragarnos la tierra.” Brotó fuego de Yahvé, que devoró a los doscientos cincuenta hombres que habían ofrecido el incienso.

El antiguo relato de la rebelión de Koré contiene estos mismos lemas que bien coinciden con los lemas de los reformadores del siglo XVI.

Romanos 10, 3 — Pues desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios.

La sumisión a la autoridad de Dios y a las autoridades que Dios ha puesto en la tierra es una de las claves para una sana vida espiritual. Las personas que tratan de encontrar su propio camino corren un grave riesgo al confiar en su propio entendimiento de la revelación divina en vez de prestar atención a la sabiduría colectiva, conservada en la Iglesia a través de los siglos.

La edición del año 2000 de la World Christian Encyclopedia, publicada por Oxford University Press, estima que existen unas 33.820 denominaciones cristianas. En general estos grupos separados están de acuerdo en muy pocas doctrinas de la fe, con excepción quizás de la vida celestial (aunque tienen fuertes desacuerdos sobre como acceder a ella). Esta no puede ser la unidad que Jesús imploró al Padre antes de su muerte en el Calvario (ver el Evangelio de Juan capítulo 17).