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Rocco Buttiglione

La fe cristiana es una experiencia de transfiguración. La fe cristiana no es una superstición privada que supone un mundo mágico, cuyas puertas se abren de golpe más allá de los límites de la muerte.

La fe cristiana es una experiencia de transfiguración, estricto examen y clarificación de nuestra propia humanidad generado por el encuentro con Jesucristo, un hombre real y el Hijo de Dios. La luz de la fe ilumina la verdad sobre el hombre. Un cristiano accede al debate sobre el hombre que atraviesa toda la historia de la humanidad iluminada por la fe. Por lo tanto, tiene sus propios aportes que hacer cada vez que la verdad del hombre es cuestionada sobre la base de la cultura o inclusive la de la política.

Es justamente por este motivo que Benedicto XVI mencionó la necesidad de que los cristianos tengan el coraje de ser testigos también en la vida pública. No resulta posible ser cristianos en la vida privada y defender posiciones y valores opuestos o contrarios en la esfera pública. No sé si corresponde decir, como siempre se ha dicho en forma autoritaria, que es un pecado votar y apoyar a cualquiera que actúa en movimientos o partidos contrarios a los valores cristianos en política. Creo que es quizás más apropiado y más efectivo recordarles a todos que atestiguar y por ende, en el compromiso político, forma parte íntegra del testimonio cristiano en el mundo. De la misma manera, la doctrina social cristiana forma parte íntegra de la doctrina cristiana. Creo que es una obligación apoyar y respaldar aquellos políticos que tratan de defender los valores cristianos en el ruedo político. Creo que es obligación apoyar a quién sea que por este motivo sea discriminado, oprimido e impedido del derecho de expresarse, cuando el intento de marginar a los cristianos de las instituciones y de la vida pública es intenso. ¿Esto significa que los cristianos tienen que imponer por la fuerza su visión de la realidad sobre otros ciudadanos?

Por supuesto que no. Hay dos elementos del método que tiene que guiarnos.

El primero considera la distinción fundamental que existe entre la política y la moral. Dios creó al hombre libre y quiere que reconozca la verdad a través de su libertad. Es por esta razón que la verdad no puede ser impuesta. Solamente puede ser presentada con respeto y paciencia.

No obstante, esta regla se aplica solamente en el ámbito privado. Cuando actuamos en la esfera pública y trabajamos en forma conjunta con los demás, es inevitable que tengamos que arribar a un acuerdo según un precepto de acción conjunta. No existe ninguna sociedad sin leyes. El ámbito público es la esfera de la ley y la política. Se podría decir, “Hago lo que quiero en mi propia casa. Si las cosas que hago son morales o inmorales, le atañe a mi conciencia decidir”.

Lo mismo resulta cierto para lo que los adultos responsables hacen en forma conjunta. Por otra parte, uno no puede decir, “Yo hago lo que quiero con mis hijos en mi propia casa”. Los niños son personas y tienen derechos inviolables. Nuestra libertad debe terminar donde comienza la libertad del otro. Es allí donde comienza el diálogo entre las libertades. Es a partir de este diálogo donde originarse el precepto de la acción conjunta.

De modo que aquí tenemos el segundo principio que nos tiene que guiar, y que fue mencionado recientemente por el Patriarca de Venecia de una forma particularmente efectiva. Los cristianos deben participar con resolución y sin ser intimidados en el debate político y en el diálogo de la libertad proveniente de la ley en que se origina. Deben participar ofreciendo argumentos laicos extraídos de sus vivencias iluminadas por la fe. En la política, las citas de las Enseñanzas o de las sagradas Escrituras no constituyen un argumento a no ser que estén acompañadas o respaldadas por argumentos laicos, filosóficos y racionales. Por otra parte, la fe ilumina la humanidad de todos, de modo que la idea que nos sugiere puede y debe ser racionalmente argumentada.

Se pierde y se gana. La belleza de la democracia radica en el hecho de que nada es definitivo. Si perdemos, podremos tratar de organizar una contracción. Si ganamos, podremos mantenernos alerta, porque el resultado debe ser siempre protegido contra un intento de subvertirlo.

La invitación del Papa al testimonio público de la fe, nos impulsa una vez más y de manera ferviente, a dedicarnos al problema político de los cristianos en Europa y en Italia.


Publicado originalmente en el Corriere della Sera de Milán

El autor, Rocco Buttiglione (n. el 6 de Junio de 1948 en Gallípoli, Puglia) enseña filosofía y es miembro del partido Demócrata Cristiano en Italia. Ha estudiado Leyes en Turín y Roma y es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de San Pío V en Roma. Fue elegido diputado por Milán en mayo del 2001 y sirvió como Ministro de Asuntos Europeos en el gabinete de Sivio Berlusconi.

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